


/… LA LEYENDA 94
ROCHA MOYA: VOLVER AL PODER SIN HABER SALIDO DE LA SOMBRA
Crónica de un gobernador señalado en Estados Unidos por presuntos vínculos con una estructura criminal, que retomó el cargo sin haber sido exonerado; de una investigación mexicana todavía abierta; de un Morena que aseguró desconocer su decisión y se deslindó públicamente de ella; y de un Sinaloa donde el poder recupera sus oficinas mientras las familias continúan buscando a quienes la violencia no ha devuelto.
LA FRENTE QUE NADIE DECLARÓ LIMPIA
Rubén Rocha Moya volvió a la gubernatura de Sinaloa pronunciando una frase que parece escrita con la arrogancia del poder: regresaba con la frente limpia y en alto.
¿Quién se la limpió?
No fue una sentencia. No fue una resolución definitiva de la Fiscalía General de la República. No fue el cierre de la carpeta abierta en México. Tampoco desaparecieron las acusaciones estadounidenses que lo señalan, junto con otros funcionarios y exfuncionarios, por presunta colaboración con el crimen organizado, tráfico de drogas y delitos relacionados con armas.
Rocha se absolvió a sí mismo.
Después de 112 días de licencia, convirtió una comparecencia en prueba de inocencia, una investigación inconclusa en certificado de honorabilidad y la inexistencia de una orden mexicana de captura en demostración de pureza. Entró nuevamente al Palacio de Gobierno como si las preguntas hubieran muerto durante su ausencia.
Pero las preguntas permanecen ahí.
La solicitud estadounidense fue de detención provisional urgente con fines de extradición. En esa etapa, el tratado bilateral no obliga a presentar todo el expediente probatorio que deberá acompañar una petición formal. México decidió no detenerlo al considerar insuficientes los elementos recibidos. Eso no destruye las imputaciones, no cancela la posibilidad de un procedimiento posterior y mucho menos equivale a declarar inocente al gobernador.
Rocha regresó aprovechando el espacio que existe entre no poder detenerlo y haber demostrado que nada ocurrió. Se instaló dentro de esa franja oscura donde la justicia todavía no termina de hablar, pero el poder ya comenzó a celebrar.
CUANDO MORENA RETIRÓ LAS MANOS
El golpe más frío llegó desde su propia casa.
Morena informó que no conoció previamente la decisión del gobernador, afirmó que su reincorporación fue personal y se deslindó expresamente de ella. No hubo abrazo de bienvenida, defensa colectiva ni fotografía familiar. Rocha abrió la puerta del despacho y descubrió que su partido había decidido no entrar con él.
Mientras invocaba a la Cuarta Transformación, la dirigencia nacional evitaba compartir la responsabilidad de su regreso. Mientras proclamaba que la verdad estaba de su lado, Morena recordaba que las investigaciones continuaban. Mientras pretendía volver arropado por el movimiento, el movimiento retiraba cuidadosamente las manos.
El deslinde no demuestra que Rocha sea culpable. Demuestra algo políticamente devastador: ni siquiera los suyos quisieron respaldar la certeza con la que se proclamó limpio.
Quizá Morena por fin comprendió que una cosa es defender la presunción de inocencia y otra cargar sobre la espalda a un gobernador sujeto a acusaciones de enorme gravedad. Quizá entendió que la soberanía no puede convertirse en detergente para borrar cualquier señalamiento. O quizá solamente percibió el peligro y decidió apartarse antes de conocer el desenlace.
Rocha volvió solo. Y hay regresos en los que el poder recuperado no alcanza para ocultar el abandono.
EL PODER REGRESÓ; LOS DESAPARECIDOS, NO
Rocha Moya recuperó la gubernatura. Sinaloa no recuperó la paz.
Mientras permaneció de licencia, la violencia siguió trabajando tiempo completo. Continuaron los asesinatos, las desapariciones, los enfrentamientos, los vehículos incendiados, los comercios cerrados y las familias obligadas a obedecer horarios dictados por hombres armados. Los criminales no necesitaron un nombramiento para ejercer poder sobre la vida cotidiana.
El gobernador volvió a una oficina. Miles de sinaloenses continúan esperando que alguien vuelva a casa.
Ahí se encuentra la obscenidad de esta historia. Rocha pide que México contemple su frente mientras las madres contemplan la tierra buscando restos. Defiende el honor de su familia mientras otras familias recorren hospitales, fiscalías, caminos y fosas. Proclama la fuerza de su verdad en un estado donde demasiadas verdades solamente aparecen cuando alguien se atreve a cavar.
Tiene derecho a defenderse. No tiene derecho a presentarse como exonerado cuando las investigaciones siguen abiertas. Puede ejercer el cargo mientras ninguna resolución se lo impida, pero no convertir su regreso en una victoria moral. La legalidad puede permitirle ocupar nuevamente la silla; no puede devolverle por decreto la confianza derrumbada alrededor de ella.
La pregunta más terrible no está solamente en el expediente estadounidense. Está en Sinaloa, en la sangre acumulada, en la autoridad desafiada y en la fragilidad de un gobierno que no consiguió evitar que la violencia impusiera su propia administración sobre las calles. Incluso si Rocha lograra demostrar algún día que todas las acusaciones en su contra son falsas, todavía tendría que responder por el estado que recibió, por el territorio que gobierna y por la oscuridad que creció bajo su mandato.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo La Leyenda desde Guanajuato, mirando hacia un Sinaloa donde el gobernador decidió regresar sin avisarle siquiera a su partido. No afirmo que Rubén Rocha Moya sea culpable de las acusaciones estadounidenses. Afirmo que no ha sido exonerado, que las indagatorias permanecen abiertas y que ninguna frente puede declararse limpia mientras la verdad continúe atrapada entre expedientes, silencios y una tierra que sigue tragándose a sus hijos.
Rocha Moya regresó al poder.
Morena se deslindó.
Los desaparecidos siguen sin encontrar el camino de vuelta.
(By Notas de Libertad).

Índice de Contenido
/… LA LEYENDA 94
BIENVENIDA
LA FACTURA QUE ROCHA MOYA LE ENTREGÓ A TODO MORENA
El regreso de Rubén Rocha Moya no solamente devuelve a un gobernador al despacho que dejó durante más de cien días: coloca sobre Morena el peso de una crisis que ya no puede atribuirse únicamente a acusaciones extranjeras; de un antiguo secretario de Seguridad convertido en testigo cooperante en Estados Unidos; de la detención del hombre que acompañaba a Héctor Melesio Cuén cuando fue asesinado; de una versión oficial desmentida por las evidencias; y de un partido que ahora deberá pagar el costo de haber permitido que la protección jurídica del cargo resulte más poderosa que la necesidad política de esclarecer la verdad.
(By Notas de Libertad).
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- Operación W…podcast…Con Claudia Padilla, Carlos Gardez y Wintilo Vega.
/… LA MUJER QUE APRENDIÓ A CAMINAR GUANAJUATO ANTES DE QUERER GOBERNARLO
Fernanda Arellano Caudillo llegó a Operación W para anunciar que buscará la candidatura de Morena a la Presidencia Municipal de Guanajuato; pero, durante la conversación conducida por los periodistas celayenses Claudia Padilla y Carlos Gardez junto con Wintilo Vega, terminó abriendo una historia más profunda: la de una niña del Cerro del Cuarto que conoció la pobreza antes que la política, la de una regidora dispuesta a confrontar al poder y la de una mujer que deberá demostrar si todo cuanto ha vivido puede convertirse en una manera diferente de gobernar.
Video Crónica.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… JESÚS MARTÍNEZ ÁLVAREZ: EL POLÍTICO QUE SUPO TRANSITAR ENTRE DOS OAXACAS
Fue alcalde, secretario de Gobierno en momentos distintos, diputado federal dos veces, gobernador de Oaxaca, operador político, opositor y protagonista de la primera alternancia del estado. Atravesó el largo dominio priista, rompió con el partido donde había construido buena parte de su carrera y regresó años después al poder desde una coalición que había derrotado al PRI. Pero detrás de los cargos permaneció un político de conversación serena, inteligencia práctica y maneras que parecían pertenecer a otra forma de ejercer el oficio. Su muerte, este 21 de agosto de 2026, cierra una trayectoria que permite recorrer casi medio siglo de la historia política de Oaxaca.
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… EL AVISO INOPORTUNO:
Ahora que en Guanajuato se puso de moda revisar antecedentes antes de repartir candidaturas, lo democrático sería pasar por el detector a todos: PAN, Morena, PRI, Verde, Movimiento Ciudadano y cualquiera que ya tenga bardas, espectaculares y un grupo de WhatsApp llamado “Proyecto 2027”. La delincuencia organizada, hasta donde sabemos, todavía no pide credencial de partido.
Sobre quienes creen que bastará una carta de no antecedentes penales, prefiero no discutir. El cuestionario debería incluir otras preguntas: quién pone el dinero, con quién se reúne, qué negocios lo rodean y cuántos familiares descubrieron súbitamente que servir al pueblo es mucho más bonito cuando viene con nómina. Con semejante revisión, algunos entrarían buscando candidatura y saldrían preguntando dónde tramitan un amparo.
El verdadero espectáculo comenzará cuando el filtro deje de revisar al adversario y llegue al candidato propio. Ahí algún dirigente seguramente propondrá suspenderlo por violaciones graves a los derechos humanos… del partido.
Y como decía un viejo mapache electoral mientras escondía tres expedientes debajo del escritorio: candidato que pase todos los filtros, no se registra; se reporta como especie en peligro de extinción.
(By Notas de Libertad).
/...Agenda en Corto
1.- “YO CON ESPADAS” … Y QUE TODOS SE ENTEREN
En las competencias internas hay apoyos que se susurran, otros que se entregan con la puerta cerrada y algunos que solamente aparecen cuando el ganador parece inevitable. Jorge Espadas está consiguiendo algo distinto en el proceso para elegir a quien coordinará la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en León: militantes dispuestos a poner el rostro, decir su nombre y presumir públicamente que ya tomaron partido.
2.- MORENA REPARTIÓ PRIMERO… Y DESPUÉS PIDIÓ BUENOS MODALES
En política hay quienes descubren las reglas de urbanidad justo cuando cambia de manos el micrófono. En el informe legislativo de Ricardo Ferro Baeza, Hades Aguilar llevó la confrontación con priistas y panistas hasta expresiones abiertamente insultantes. Días después, Mauricio Trejo Pureco llamó “Cuarta Destrucción” a la 4T y María Eugenia García Oliveros decidió responderle desde la Diputación Permanente. Está en todo su derecho. Lo curioso es que la preocupación por las palabras apareció cuando las palabras comenzaron a viajar en sentido contrario.
3.- EN IRAPUATO, LA DESESPERACIÓN SE SUBIÓ AL ESPECTACULAR
Víctor Zanella entró al proceso panista para definir quién encabezará el proyecto político en Irapuato, pero la competencia se pobló, otros perfiles comenzaron a ganar terreno y él parece no avanzar a la velocidad que esperaba. Entonces aparecieron por distintos puntos de la ciudad varios espectaculares con su fotografía y una palabra imposible de ignorar: “PRESIDENTE”. La aclaración viene después y bastante más pequeña: presidente, sí, pero de la Comisión de Hacienda y Fiscalización del Congreso. En plena carrera por Irapuato, la casualidad tipográfica tiene una puntería verdaderamente envidiable.
4.- TOÑO NAVARRO TOMA LA DELANTERA EN LA CARRERA DEL PAN POR SAN FRANCISCO DEL RINCÓN
La encuesta de TAG Research de agosto comienza a dibujar con mayor claridad la competencia interna del PAN en San Francisco del Rincón y coloca a Toño Navarro en la posición más sólida. Encabeza la preferencia para convertirse en candidato, es por amplia diferencia el aspirante panista más conocido, aparece primero cuando se pregunta quién puede dirigir mejor el municipio y domina con claridad en trayectoria y experiencia. A ello se agrega una característica del electorado que también juega a su favor: entre los ciudadanos consultados existe una preferencia mayor por un hombre que por una mujer para ocupar la próxima Presidencia Municipal.
5.- ANDRÉS OJEDA: LO CONOCEN POCOS, PERO GUSTA RÁPIDO
La encuesta de TAG Research levantada en Cortazar entre el 30 de julio y el 1 de agosto, mediante 500 entrevistas presenciales, dejó un dato que merece bastante más atención que un simple segundo lugar. Mauricio Estefanía encabeza el escenario con 29%, mientras Andrés Ojeda alcanza 15.4%. La sorpresa aparece cuando se cruza esa cifra con otra: apenas 16.5% de los entrevistados conoce a Ojeda. Todavía tiene que presentarse ante buena parte del municipio y, sin embargo, entre quienes comienzan a identificarlo parece existir una aceptación extraordinariamente alta. La pregunta entonces ya no es solamente cuánto tiene, sino por qué está gustando.
6.- ¿EN LA FERIA DE LEÓN SE PAGABA PARA PEGARLE A SALIM?
Humberto Gutiérrez, el enfant terrible del periodismo guanajuatense, volvió a meter el dedo donde más incomoda. Esta vez lanzó una acusación demasiado seria para perderse entre pleitos de redes: asegura que desde Comunicación Social de la Feria de León le ofrecieron 15 mil pesos en publicidad para golpear mediáticamente al diputado Miguel Salim Alle. El señalado lo niega. Pero Humberto no habló de oídas: dio una cantidad, identificó a quien señala y asegura tener una grabación. Y cuando una denuncia llega con semejante nivel de precisión, lo menos que merece es una explicación institucional a la misma altura.
(By Operación W).
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/...Agenda del Poder
/… 1.- MORENA YA SACÓ DIEZ NIÑOS DEL SALÓN; AHORA QUE EXPLIQUE DÓNDE LOS VA A METER
David Martínez Mendizábal sabe de educación, conoce la academia y entiende perfectamente que una política pública no se construye cambiando un número en la ley. Por eso resulta todavía más cuestionable que Morena pretenda fijar en 25 el máximo de alumnos por grupo y dejar para después las aulas, los maestros, el presupuesto y el problema que terminarán cargando las familias.
/… 2.- SHEFFIELD NO QUIERE LEÓN; QUIERE CERRARLE LA PUERTA A EMMANUEL
La confrontación entre Ricardo Sheffield y Emmanuel Reyes Carmona ya rebasó Guanajuato y terminó metida hasta en el chat de los senadores de Morena. Pero no son dos aspirantes disputándose la misma candidatura: Sheffield no busca la Presidencia Municipal de León. Su batalla es impedir que Emmanuel llegue a ella. Y detrás de los mensajes, acusaciones y amenazas de denuncias aparece una discusión mucho más profunda: si tener domicilio en una ciudad significa realmente pertenecer políticamente a ella.
/… 3.- SI LA PRESIDENTA NO SABÍA, ¿QUIÉN ESTÁ TOMANDO LAS DECISIONES?
El regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa abrió una grieta que va mucho más allá de su situación personal: Claudia Sheinbaum reconoció que conoció la decisión cuando ya había sido anunciada. Casi simultáneamente, Enrique Inzunza prepara su regreso presencial al Senado; antes llegaron los episodios de Andy López Beltrán y Marina del Pilar. Son historias diferentes, pero juntas van dejando una impresión peligrosa para la Presidenta y para Morena: los acontecimientos avanzan y Palacio Nacional parece llegar detrás de ellos.
/… 4.- CUANDO EL PODER EMPIEZA A TOMAR NOTA DE QUIÉN LO CRITICA
Luisa María Alcalde quiso demostrar que existe una maquinaria digital dedicada a golpear al gobierno y terminó colocando sobre la mesa una pregunta bastante más grave: qué hace el poder público exhibiendo desde Palacio Nacional nombres y rostros de periodistas, comunicadores y analistas críticos de la 4T. Investigar bots es legítimo; descubrir quién los financia sería incluso necesario. Lo que resulta inadmisible es utilizar esa investigación como telón de fondo para señalar a quienes incomodan al gobierno.
/… 5.- MÉXICO CRECE POCO Y ESO TAMBIÉN SE PAGA EN LA QUINCENA
La CEPAL redujo a 1.3% su expectativa de crecimiento para México en 2026. Parece una de esas cifras reservadas para economistas, hasta que se traduce: significa que el país está generando muy poca riqueza adicional. Después del pobre desempeño económico del sexenio de López Obrador, el gobierno de Claudia Sheinbaum tampoco consigue acelerar suficientemente la economía. Y cuando un país produce casi lo mismo año tras año, las oportunidades que puede repartir también crecen demasiado despacio.
/… 6.- LA HORMIGA: EL MUCHACHO DE CELAYA QUE DECIDIÓ NO QUEDARSE CÓMODO
Armando González Alba tenía razones suficientes para quedarse: goles, reconocimiento, una camiseta importante y un sitio conquistado en el futbol mexicano. Pero a los 23 años entendió que algunas oportunidades no llegan para mejorar lo que ya tienes, sino para averiguar de qué estás hecho. De Celaya a Guadalajara y ahora hasta Grecia, “La Hormiga” comienza una historia en la que tendrá que volver a ganárselo todo.
(By Operación W).
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-Alimento para el alma.
“Cultivo una rosa blanca”
De:José Martí
Sobre el poema:
“Cultivo una rosa blanca”: la grandeza de conservar limpio el corazón
Lectura profunda del poema de José Martí donde una flor sencilla se transforma en símbolo de amistad, entereza y libertad interior frente a la difícil decisión de no permitir que el daño recibido determine aquello en lo que podemos convertirnos
Sobre el autor:
JOSÉ MARTÍ: UNA VIDA ENTERA PUESTA AL SERVICIO DE LA PALABRA Y LA LIBERTAD
Reseña biográfica y de la obra del escritor cubano que hizo de la poesía, el periodismo, el pensamiento y la acción pública distintas expresiones de una misma convicción: que la dignidad del ser humano debía defenderse tanto con las ideas como con los actos
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Cristy Arias, Shanel Arias & Fabián Veloz.
(By Notas de Libertad).
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… /… JALPA DE CÁNOVAS: EL HOMBRE QUE IMPIDIÓ QUE EL PASADO SE FUERA
Un recorrido por el antiguo pueblo levantado sobre arena, por la hacienda que llegó a extenderse sobre diez municipios, por el templo neogótico que Luis Long dibujó para desafiar al tiempo y, sobre todo, por la vida de don Luis Cabrera, el hombre que regresó a Jalpa después de veintiocho años y convirtió una fotografía guardada desde la infancia en el principio de una extraordinaria tarea de rescate.
Video Crónica
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 23 de agosto al sábado 29 de agosto.
Santoral
CUANDO LA FE SE CONVIERTE EN UNA FORMA DE VIVIR
El santoral reúne historias profundamente distintas. Hay reyes y campesinos, religiosos y laicos, misioneros, educadores, mártires y personas que dedicaron…
Efemérides Nacionales e Internacionales
CUANDO UN DÍA DEJÓ DE SER COMO LOS DEMÁS
La historia no avanza de manera uniforme. Existen jornadas en las que una decisión política, una…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
EL CALENDARIO TAMBIÉN TOMA POSICIÓN
Una conmemoración no aparece en el calendario por casualidad. Detrás de ella existe una decisión colectiva: recordar una…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… PIMPINELA: DOS HERMANOS QUE CONVIRTIERON LAS DISCUSIONES DEL AMOR EN CANCIONES
Lucía y Joaquín Galán encontraron una forma completamente distinta de contar las relaciones humanas: ella puso el temperamento, la actuación y el desgarramiento; él construyó las historias, las melodías y el personaje masculino. Juntos levantaron un escenario donde durante más de cuatro décadas han discutido, mentido, perdonado, traicionado y vuelto a comenzar frente a millones de personas.
*Con un click escucha: *Pimpinela – 30 Grandes Éxitos, Sus Mejores Canciones (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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/… BRAULIO: EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A CANTAR DESDE EL LUGAR DONDE EL AMOR PIERDE LA CORDURA
El cantautor canario convirtió el deseo, los encuentros clandestinos, la culpa, la ruptura y la pasión sin remedio en una obra de extraordinaria intensidad. Su historia atraviesa los festivales europeos, la consagración latinoamericana y una larga permanencia en la memoria sentimental de varias generaciones.
*Con un click escucha: *My Top Videos (PlayList).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
STALIN: LA CORTE DEL ZAR ROJO
De Simon Sebag Montefiore
Resumen:
STALIN: LA CORTE DEL ZAR ROJO
CUANDO LA REVOLUCIÓN TERMINÓ ENCERRADA EN LAS HABITACIONES DE UN SOLO HOMBRE
La historia íntima del círculo que gobernó la Unión Soviética junto a Stalin: viejos revolucionarios convertidos en jerarcas, familias atrapadas entre el privilegio y la persecución, cenas que podían terminar en sentencias de muerte y una lucha permanente por sobrevivir cerca del hombre que decidía el destino de todos.
Sobre el autor:
Simon Sebag Montefiore: el historiador que entra por las puertas privadas del poder
De los últimos días de los zares a los corredores del Kremlin, de Jerusalén a las grandes dinastías del mundo, el escritor británico ha construido una obra en la que la historia deja de ser una sucesión de fechas para convertirse en un relato poblado por familias, ambiciones, afectos, traiciones y personajes enfrentados a las consecuencias de sus decisiones.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… EL DÍA QUE PERDIÓ EL PRI
La historia completa de la campaña presidencial de Francisco Labastida: una contienda que comenzó con la fuerza del partido más poderoso de México y terminó, entre divisiones, errores, contradicciones y un país decidido a cambiar, con la primera derrota presidencial del priismo.
(By operación W).

LA FACTURA QUE ROCHA MOYA LE ENTREGÓ A TODO MORENA
El regreso de Rubén Rocha Moya no solamente devuelve a un gobernador al despacho que dejó durante más de cien días: coloca sobre Morena el peso de una crisis que ya no puede atribuirse únicamente a acusaciones extranjeras; de un antiguo secretario de Seguridad convertido en testigo cooperante en Estados Unidos; de la detención del hombre que acompañaba a Héctor Melesio Cuén cuando fue asesinado; de una versión oficial desmentida por las evidencias; y de un partido que ahora deberá pagar el costo de haber permitido que la protección jurídica del cargo resulte más poderosa que la necesidad política de esclarecer la verdad.
EL PRECIO DE NO HABER PODIDO DETENERLO
Morena se deslindó. Su dirigencia nacional aseguró que no conocía anticipadamente la decisión. El Gobierno federal, por conducto de la Secretaría de Gobernación, también estableció distancia y señaló que el regreso pertenecía exclusivamente a Rubén Rocha Moya. Las investigaciones, dijo, permanecen abiertas. Las palabras intentaron levantar una muralla, pero terminaron exhibiendo algo todavía más grave: el gobernador de Sinaloa volvió sin que su partido ni el Gobierno de la República quisieran asumir políticamente su retorno.
Si Morena realmente desconocía la decisión, perdió el control sobre uno de sus gobernadores más comprometidos por la sospecha. Si la conocía y prefirió fingir sorpresa, perdió credibilidad. Y si intentó persuadirlo para que no regresara y fue incapaz de conseguirlo, perdió autoridad. No existe una salida limpia: cualquiera de las tres posibilidades deja una fractura dentro del poder.
Rocha Moya recuperó el mando político, el presupuesto, la relación con las fuerzas estatales y, sobre todo, la protección procesal vinculada con su cargo. Volvió mientras continúan abiertas investigaciones y cuando cualquier procedimiento penal en su contra tendría que atravesar nuevamente el muro constitucional del fuero. No puede afirmarse que ésa haya sido la razón de su regreso. Pero tampoco puede exigirse a la sociedad que no observe la coincidencia. Cuando un político retorna precisamente al lugar que vuelve más difícil tocarlo, la sospecha no nace de la malicia ciudadana: nace de la forma en que el poder decidió acomodar sus tiempos.
EL HOMBRE QUE CONOCE LAS ENTRAÑAS DEL GOBIERNO
El costo más peligroso para Rocha no se encuentra en un comunicado partidista. Se encuentra del otro lado de la frontera y conoce desde dentro el funcionamiento de su administración. El general Gerardo Mérida Sánchez fue secretario de Seguridad Pública de Sinaloa. No era un empleado distante ni un nombre perdido en el organigrama: encabezó la institución que recibía información sobre operativos, mandos, detenciones, movimientos criminales y decisiones capaces de marcar la vida o la muerte en un territorio incendiado.
Mérida ingresó voluntariamente a Estados Unidos, quedó bajo custodia de sus autoridades y enfrentó cargos ante una corte federal. Después fue aceptado como testigo cooperante tras proporcionar información inicial. Aunque recientemente dejó de aparecer en el registro público de la Oficina Federal de Prisiones, no existe una explicación completa sobre su condición actual. Ese silencio puede pesar más que una celda: cuando un acusado desaparece del aparador penitenciario mientras negocia su cooperación, comienza el tiempo de las declaraciones que todavía no conocemos.
No sabemos qué ha contado, qué documentos entregó ni hasta dónde puede llegar su testimonio. Inventarlo sería irresponsable. Pero la sola existencia de esa colaboración modifica el tamaño de la crisis. Mérida sabe qué información llegaba al gobierno, quién la recibía, qué órdenes se transmitían y cuáles operaciones podían ser advertidas antes de comenzar. Conoce nombres, jerarquías, reuniones y silencios. Rocha puede responder a los periodistas, denunciar motivaciones políticas y defenderse ante la opinión pública; lo que no puede controlar es la memoria de quien estuvo sentado dentro de su aparato de seguridad y ahora habla bajo las reglas de otra justicia.
A esa presión se agrega la detención de Fausto Corrales Rodríguez, conductor de Héctor Melesio Cuén y testigo de sus últimas horas. La Fiscalía General de la República lo acusa de ocultar información y declarar falsamente sobre el crimen. La investigación federal demolió la historia construida por la Fiscalía de Sinaloa, aquella que pretendió colocar el asesinato en una gasolinera durante un supuesto intento de robo. Las pruebas condujeron hacia otro escenario y convirtieron la primera versión en un montaje cuya elaboración también exige responsables.
No existe hasta ahora una prueba judicial que coloque a Rocha en aquel sitio ni que demuestre que ordenó fabricar esa historia. Pero el engaño nació dentro de las instituciones de su estado. Y cuando una fiscalía inventa el lugar de un asesinato, altera el relato y desvía la mirada, la responsabilidad política no desaparece porque el gobernador asegure que nadie le informó.
LA SOSPECHA QUE MORENA LLEVARÁ HASTA LAS URNAS
El costo final no lo pagará solamente Rocha Moya. Lo cargarán los candidatos de Morena que recorran Sinaloa y el país hablando de honestidad mientras los ciudadanos recuerdan que un gobernador señalado volvió al cargo, que su exsecretario de Seguridad coopera con Estados Unidos y que la fiscalía estatal presentó como verdad una escena desmentida por la investigación federal.
Morena enfrenta una percepción devastadora: la idea de que protege a políticos relacionados con organizaciones criminales. Una percepción no constituye sentencia ni sustituye las pruebas, pero puede destruir una reputación política con la misma fuerza con que una sentencia destruye una carrera. Y cuando el partido se deslinda sin actuar, alimenta aquello que intenta negar. Porque la distancia verbal no sirve si el gobernador conserva el cargo, el fuero y el control del gobierno.
El regreso de Rocha obliga a Morena a escoger entre su gobernador y su palabra. Si lo sostiene, deberá explicar por qué. Si espera que las investigaciones estadounidenses se desgasten, quedará a merced de cuanto decida revelar Mérida. Si confía en que el tiempo sepulte el asesinato de Cuén, tendrá que enfrentarse a cada nueva evidencia sobre la fabricación de aquella historia.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo La Leyenda desde Guanajuato, pensando en el precio que una fuerza política termina pagando cuando deja de decidir y comienza solamente a deslindarse. Morena quiso presentar el regreso como un acto personal, pero ningún gobernador vuelve solo: detrás de él regresan las sospechas, las contradicciones y las preguntas que su partido tendrá que responder frente a millones de ciudadanos.
Rubén Rocha Moya volvió al Palacio de Gobierno creyendo que recuperaba aquello que le pertenecía.
En realidad, regresó cargando una factura.
Lleva su nombre, compromete a Morena y puede pesar en las urnas de 2027.
(By Notas de Libertad).




- Operación W…podcast…Con Claudia Padilla, Carlos Gardez y Wintilo Vega.
/… LA MUJER QUE APRENDIÓ A CAMINAR GUANAJUATO ANTES DE QUERER GOBERNARLOLIDAD




Fernanda Arellano Caudillo llegó a Operación W para anunciar que buscará la candidatura de Morena a la Presidencia Municipal de Guanajuato; pero, durante la conversación conducida por los periodistas celayenses Claudia Padilla y Carlos Gardez junto con Wintilo Vega, terminó abriendo una historia más profunda: la de una niña del Cerro del Cuarto que conoció la pobreza antes que la política, la de una regidora dispuesta a confrontar al poder y la de una mujer que deberá demostrar si todo cuanto ha vivido puede convertirse en una manera diferente de gobernar.
EL LUGAR DONDE COMENZÓ TODO
Hay quienes conocen una ciudad porque aprendieron sus calles en los mapas. Fernanda Arellano conoció Guanajuato caminándolo. Nació en la capital, creció en el Cerro del Cuarto, estudió en una telesecundaria y después llegó con su madre a La Venada. Durante un tiempo, su casa fue apenas un cuarto de lámina levantado sobre un terreno irregular. Su madre limpiaba hogares ajenos y lavaba ropa para sostener a sus hijas. En aquella familia, el dinero podía convertirse en una elección dolorosamente sencilla: pagar el transporte o comprar tortillas.
La infancia no esperó a que Fernanda estuviera preparada. Desde los seis años aprendió a cocinar porque su madre tenía que trabajar y el hambre no conocía horarios. A los once ya lavaba su ropa y ayudaba a mantener la casa. Después estudió Derecho, trabajó mientras cursaba la universidad y se convirtió en la primera integrante de su familia en obtener un título profesional.
Esa historia apareció durante la conversación sin necesidad de convertirla en artificio. Estaba en sus palabras, pero también detrás de ellas. Cuando habló de los niños que no pueden pagar la entrada a una deportiva, de las familias sin dinero para el camión o de las comunidades abandonadas, no observó la pobreza desde la ventana de una oficina. Habló desde la memoria de quien alguna vez tuvo que medir el mundo con unas cuantas monedas.
Ahora quiere gobernar la ciudad donde aprendió a sobrevivir. Y semejante pretensión contiene una promesa, pero también una responsabilidad enorme: quien ha conocido la carencia ya no puede alegar ignorancia cuando el poder le entrega la posibilidad de combatirla.
UNA CANDIDATURA ENTRE CALLEJONES Y FUEGOS INTERNOS
Fernanda Arellano no acudió al programa a insinuar una aspiración. La colocó sobre la mesa. Buscará encabezar a Morena y asegura estar preparada para solicitar licencia, registrarse y competir cuando llegue la convocatoria.
Su argumento no es únicamente jurídico. Es territorial y emocional. Ella nació en Guanajuato, conoce sus barrios, ha utilizado sus camiones, camina desde La Venada hasta el centro y sabe que, en esta ciudad, un callejón puede conducir a otro con mayor eficacia que algunas decisiones gubernamentales.
La alusión a quienes llegaron recientemente a la capital fue transparente: una credencial puede acreditar un domicilio, pero no fabricar identidad. La frase inevitablemente alcanza a Miriam Reyes Carmona y convierte el origen, la pertenencia y el conocimiento de la ciudad en algunos de los terrenos donde habrá de librarse la contienda morenista.
Sin embargo, la batalla más áspera quizá no se encuentre enfrente, sino dentro de Morena. Fernanda reconoció que creció políticamente cerca de Ricardo Sheffield, aunque hoy asegura no representar a un grupo. Habló de unidad mientras describía un partido atravesado por corrientes, aspiraciones y decisiones encontradas. Incluso en el Ayuntamiento, los votos de los integrantes de Morena no siempre caminan juntos.
Su desafío será demostrar que puede convocar a quienes hoy compiten con ella. Porque ninguna candidatura construye unidad solamente pronunciando la palabra. La unidad comienza cuando las diferencias dejan de utilizarse como trincheras y se convierten en una conversación sobre el proyecto que necesita la ciudad.
Fernanda dice que permanecerá en Morena aun si no resulta elegida, pero tampoco oculta su certeza: cree que será candidata y presidenta municipal. Esa determinación puede darle la fuerza necesaria para atravesar un proceso interno complejo, enfrentar resistencias y sostener una candidatura en una ciudad donde Morena todavía busca abrirse paso. Entre la firmeza de sus convicciones y la posibilidad de reunir a un partido dividido se decidirá buena parte de su destino.
GOBERNAR SIN OLVIDAR DE DÓNDE SE VIENE
La regidora dibujó el Guanajuato que quisiera encontrar después de una elección: limpio, iluminado, con transporte digno, deportivas accesibles, comunidades atendidas, agua fuera de los intereses políticos y un Museo de las Momias capaz de recuperar su grandeza.
Cuestionó los 58 millones de pesos destinados a la semaforización, la ausencia inicial de estudios suficientes, la descoordinación vial y los recursos retirados de áreas sensibles. Habló de contenedores desbordados, calles oscuras, un tiradero convertido en una amenaza y un sistema de agua que recauda millones sin traducirlos, en la proporción necesaria, en infraestructura para la población.
También sostuvo que gobernar exige tocar todas las puertas. Una alcaldesa no puede negarse a conversar con la federación porque tenga otro color, ni alejarse del gobierno estatal por diferencias partidistas. Cuando los gobiernos convierten la coordinación en una disputa de orgullos, quienes terminan pagando no son los partidos: son las comunidades que continúan esperando agua, alumbrado, seguridad y caminos.
Fernanda habló de recuperar espacios deportivos para impedir que la calle les arrebate a los jóvenes; de llevar la cultura fuera de los escritorios; de devolver contenido a los hermanamientos de Guanajuato y de construir políticas públicas para la diversidad, más allá de las fotografías y los discursos. Reconoció que Morena también carga errores, personajes cuestionables y una dirigencia estatal incapaz de contener todas sus fracturas. Frente a esas contradicciones, asumió que le corresponderá defender aquello en lo que cree, señalar lo que deba corregirse y explicar por qué su propuesta pretende representar algo distinto en la capital.
En Operación W, Claudia Padilla, Carlos Gardez y Wintilo Vega condujeron una conversación que pasó de la candidatura a la cocina familiar, de los conflictos internos a los sueños, y de la estrategia electoral a las experiencias que todavía acompañan a Fernanda.
La entrevista dejó una imagen poderosa: aquella niña que caminaba porque no siempre había dinero para el camión ahora quiere conducir el destino de Guanajuato. Todavía deberá ganar una candidatura, convencer a su partido y enfrentar una elección. Sin embargo, la prueba definitiva comenzará si algún día recibe las llaves de la Presidencia Municipal, porque llegar desde abajo puede explicar una vida, pero lo verdaderamente importante será no olvidar a quienes continúan ahí cuando se consigue llegar hasta arriba.
Video crónica





/… JESÚS MARTÍNEZ ÁLVAREZ: EL POLÍTICO QUE SUPO TRANSITAR ENTRE DOS OAXACAS
Fue alcalde, secretario de Gobierno en momentos distintos, diputado federal dos veces, gobernador de Oaxaca, operador político, opositor y protagonista de la primera alternancia del estado. Atravesó el largo dominio priista, rompió con el partido donde había construido buena parte de su carrera y regresó años después al poder desde una coalición que había derrotado al PRI. Pero detrás de los cargos permaneció un político de conversación serena, inteligencia práctica y maneras que parecían pertenecer a otra forma de ejercer el oficio. Su muerte, este 21 de agosto de 2026, cierra una trayectoria que permite recorrer casi medio siglo de la historia política de Oaxaca.
ANTES DEL PODER ESTUVO OAXACA
El muchacho que comenzó haciendo cuentas
Antes de que su nombre apareciera en las boletas electorales, en las puertas de las oficinas de gobierno o en la lista de quienes alguna vez condujeron Oaxaca, Jesús Emilio Martínez Álvarez conoció una vida bastante más sencilla: la del muchacho que necesitaba trabajar mientras construía su propio camino. Nació el 18 de septiembre de 1944 en Oaxaca y perteneció a una generación que creció viendo un país todavía acomodándose después de las grandes sacudidas revolucionarias, cuando el poder político comenzaba a institucionalizarse y el PRI se convertía, mucho más que en un partido, en la gran estructura alrededor de la cual terminaría organizándose durante décadas la vida pública mexicana.
Estudió Contaduría Pública en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Pero su formación no transcurrió únicamente entre aulas, libros y ejercicios contables. Trabajó desde joven. En sus propios recuerdos aparece incluso aquella etapa como cobrador, recorriendo lugares, buscando clientes y aprendiendo algo que probablemente ninguna universidad podía enseñarle: mirar a las personas a los ojos, escuchar explicaciones, distinguir entre una negativa definitiva y una puerta que todavía podía abrirse. Después llegaron las prácticas profesionales en despachos de contabilidad y finalmente la decisión de establecer el suyo. Mucho antes de aprender a negociar conflictos políticos, había aprendido a ordenar números, revisar documentos y vivir de una profesión que exige paciencia antes que estridencia.
Entre aquellos primeros clientes apareció un apellido que muchos años después regresaría de manera sorprendente a su vida. Nicolás Monteagudo, abuelo de Gabino Cué, recurrió a los servicios profesionales del joven contador. En ese momento era imposible imaginar que aquella relación temprana terminaría formando parte de una historia política que atravesaría generaciones. Décadas más tarde, Gabino trabajaría cerca de Martínez Álvarez en la Ciudad de México; después se convertiría en gobernador de Oaxaca y finalmente lo llamaría para participar en el primer gobierno estatal surgido de la alternancia. La política suele construir coincidencias que sólo adquieren sentido cuando se observan desde el final del camino.
Pero entonces nada de aquello existía. Estaba el contador, su despacho y una ciudad donde las relaciones personales todavía constituían una parte fundamental de la vida profesional. Martínez Álvarez fue construyendo una reputación desde ese territorio discreto. No apareció de pronto en la política convertido en dirigente. Antes existió una etapa de trabajo profesional que ayuda a entender algunos rasgos que conservaría después: el cuidado de las formas, la capacidad para escuchar y una manera de relacionarse que privilegiaba la conversación sobre el estruendo.
Aprender el gobierno desde abajo
Su entrada al servicio público tampoco ocurrió desde la cúspide. Antes de sentarse en las oficinas donde se tomaban las grandes decisiones pasó por espacios administrativos que le permitieron conocer al gobierno desde sus engranes cotidianos. Fue recaudador de Rentas y posteriormente subtesorero general del estado. Puede parecer una escala menor cuando se observa desde una trayectoria que terminaría incluyendo una gubernatura, dos diputaciones federales y dos momentos distintos en la Secretaría General de Gobierno, pero probablemente fue allí donde comenzó a conocer algo mucho más importante que los cargos: cómo funcionaba realmente Oaxaca.
Porque gobernar Oaxaca nunca ha significado únicamente administrar una capital. Significa comprender un territorio atravesado por regiones profundamente distintas, municipios con historias propias, comunidades indígenas, organizaciones campesinas, disputas agrarias, sindicatos, comerciantes y poderes locales que muchas veces mantienen una relación con el gobierno estatal mucho más compleja de lo que puede advertirse desde un escritorio. Los recursos públicos, la recaudación y las oficinas hacendarias terminaban siendo también ventanas hacia aquella realidad.
Eran los años del predominio priista. El partido gobernaba prácticamente todos los espacios institucionales importantes y las fronteras entre administración, política y estructura partidista resultaban mucho menos nítidas que en el México actual. Para un joven funcionario, aprender el gobierno significaba inevitablemente aprender también las reglas de aquel sistema: quién hablaba con quién, cómo se construían los acuerdos, dónde comenzaban los conflictos y qué actores podían resolverlos antes de que llegaran a convertirse en crisis.
Martínez Álvarez comenzó a ascender dentro de esa estructura sin construir alrededor de sí la imagen del político arrebatado. Con el tiempo, esa característica se volvería una constante de su trayectoria. No sería un hombre recordado por los golpes sobre la mesa ni por las declaraciones explosivas. Su instrumento principal sería otro: sentarse, escuchar, calcular posibilidades y buscar una salida. No siempre tendría éxito y tampoco atravesaría medio siglo de política sin contradicciones, pero aquel estilo comenzaba a formarse mucho antes de que alcanzara los grandes cargos.
La siguiente prueba ya no tendría que ver solamente con números ni expedientes. Tendría una ciudad completa frente a él.
La ciudad que puso a prueba al político
En 1978 Jesús Martínez Álvarez llegó a la presidencia municipal de Oaxaca de Juárez. Tenía treinta y tres años. El contador que había comenzado trabajando desde abajo se encontraba ahora frente a una responsabilidad donde cada decisión adquiría inmediatamente rostro, calle y consecuencia. Una ciudad no puede gobernarse desde la abstracción: la basura se ve, el tránsito se padece, el comercio ocupa las banquetas y cualquier intento de modificar hábitos arraigados encuentra resistencias antes de producir resultados.
Uno de los asuntos que marcaron aquella administración fue precisamente el ordenamiento del espacio urbano. El centro de Oaxaca acumulaba vendedores ambulantes, anuncios, marquesinas y ocupaciones que modificaban progresivamente su fisonomía. Martínez Álvarez decidió intervenir. El retiro y reordenamiento del comercio en la vía pública significó enfrentarse a intereses concretos y asumir el costo político que inevitablemente acompaña cualquier intento por recuperar espacios ocupados durante años. También emprendió acciones para retirar anuncios y estructuras que alteraban la imagen de una ciudad cuyo patrimonio histórico exigía una atención que entonces todavía no tenía la dimensión internacional que alcanzaría después.
Aquella presidencia municipal permite observar por primera vez con claridad al personaje que aparecería en las siguientes décadas. No porque todo lo realizado hubiera sido indiscutible ni porque debamos convertir su administración en una colección de aciertos. Lo interesante está en otro sitio: muy joven, Martínez Álvarez comenzó a descubrir que ejercer autoridad significa inevitablemente incomodar a alguien y que la diferencia entre imponer y gobernar se encuentra muchas veces en la manera de administrar el conflicto posterior.
Cuando dejó la presidencia municipal en 1980 ya no era únicamente un contador que había ingresado a la administración pública. Había gobernado la capital del estado y conocía directamente el peso de tomar decisiones que afectaban intereses económicos, organizaciones y ciudadanos. Había aprendido también que Oaxaca difícilmente acepta soluciones construidas sin interlocución.
El siguiente paso lo llevaría mucho más cerca del corazón del poder estatal. Ya no tendría enfrente solamente los problemas de una ciudad. Desde la Secretaría General de Gobierno comenzarían a llegar a su escritorio los conflictos de un estado entero: disputas municipales, problemas agrarios, organizaciones sociales, movimientos políticos y un Istmo de Tehuantepec donde comenzaba a escribirse una de las historias opositoras más importantes del México de aquellos años.
Ahí terminaría definitivamente el aprendizaje administrativo.
Y comenzaría el político.
EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A NEGOCIAR OAXACA
La Secretaría donde llegaban todos los conflictos
Oaxaca comenzó a revelársele de otra manera cuando Jesús Martínez Álvarez cruzó las puertas de la Secretaría General de Gobierno. Hasta entonces había conocido los números de la administración, los mecanismos de la hacienda pública y la responsabilidad inmediata de gobernar la capital. Ahora iba a encontrarse con algo que ningún escritorio podía ordenar por completo: un estado donde detrás de cada conflicto había una historia y, muchas veces, detrás de esa historia permanecía otra todavía más antigua.
Pedro Vázquez Colmenares había asumido la gubernatura en diciembre de 1980. Martínez Álvarez entró a su gobierno en una posición desde la cual podía observar Oaxaca prácticamente sin filtros. A su oficina llegaban disputas municipales, organizaciones campesinas, diferencias por la tierra, inconformidades sindicales, problemas de transporte, elecciones cuestionadas, comunidades enfrentadas y dirigentes que viajaban durante horas para buscar una salida a aquello que en sus lugares de origen llevaba semanas, meses o incluso años acumulándose.
La política dejó entonces de parecerse a un organigrama. Oaxaca tenía demasiadas voces para gobernarse mediante una sola fórmula. Lo que funcionaba en los Valles Centrales podía resultar inútil en el Istmo; las razones de una comunidad de la Mixteca podían no parecerse en nada a las de la Costa; una línea apenas perceptible sobre un mapa podía representar para dos pueblos la tierra heredada de sus mayores y convertirse en una disputa transmitida durante generaciones. Antes de intentar resolver un problema había que descubrir todo lo que se escondía detrás de él.
Era también el Oaxaca del PRI dominante. El partido gobernaba el estado, controlaba prácticamente todos los espacios institucionales importantes y formaba parte de un sistema nacional donde la competencia electoral todavía ocurría en condiciones muy diferentes de las actuales. Martínez Álvarez pertenecía a ese mundo político. Se había formado dentro de él, ejercía responsabilidades desde él y no tendría sentido atribuirle entonces convicciones opositoras que llegarían muchos años después. Pero justamente desde una de las oficinas centrales de aquel régimen comenzó a presenciar señales de que la sociedad oaxaqueña estaba cambiando con mayor rapidez de la que las estructuras tradicionales alcanzaban a reconocer.
La prueba más difícil apareció en el Istmo de Tehuantepec.
Juchitán ya anunciaba otro país
Juchitán no necesitaba aprender a discutir con el poder. Su historia, su identidad zapoteca y una arraigada tradición de organización habían construido una sociedad particularmente celosa de su autonomía política. Allí había crecido durante los años setenta la Coalición Obrera Campesina Estudiantil del Istmo, la COCEI, que consiguió reunir inconformidades agrarias, demandas populares, estudiantes, trabajadores y liderazgos locales alrededor de un movimiento con capacidad real para disputar el gobierno municipal.
En 1981 llegó el acontecimiento que sacudió el tablero político oaxaqueño. La alianza de la COCEI con el Partido Comunista Mexicano conquistó el Ayuntamiento de Juchitán y Leopoldo de Gyves de la Cruz encabezó aquella experiencia. En el México de principios de los ochenta, cuando buena parte del mapa político parecía pintado permanentemente con los mismos colores, aquello era mucho más que la victoria de una oposición municipal. Demostraba que una organización construida desde abajo podía disputar territorio, ganar una elección y ejercer el poder frente a un partido que llevaba décadas acostumbrado a gobernar.
La convivencia comenzó pronto a deteriorarse. El ayuntamiento coceísta, el gobierno estatal y las autoridades federales fueron acumulando diferencias hasta entrar en una confrontación cada vez más difícil de contener. Hubo movilizaciones, acusaciones, choques, detenciones y denuncias de actuaciones policiacas que endurecieron todavía más los ánimos. En agosto de 1983, el Congreso de Oaxaca declaró la desaparición de poderes municipales y puso fin a aquella primera administración encabezada por la COCEI.
Martínez Álvarez estaba colocado en una posición central de esa crisis. Como secretario general de Gobierno tenía responsabilidades directas en la conducción política del estado y, de acuerdo con el modelo vigente entonces, presidía también la Comisión Estatal Electoral. No era un observador de lo que ocurría en Juchitán. Formaba parte del gobierno que enfrentaba aquella oposición y de una estructura política que todavía reunía funciones que décadas después serían separadas precisamente para construir autoridades electorales autónomas.
Sería injusto reducir aquellos acontecimientos a un enfrentamiento personal y también lo sería borrar las responsabilidades institucionales de quienes ejercían el poder. Juchitán vivió años duros. La oposición denunció represión y arbitrariedades; el gobierno enfrentaba a una organización con enorme capacidad de movilización que tampoco estaba dispuesta a retroceder. La política había dejado de transcurrir únicamente en oficinas y elecciones controladas: estaba en las calles, en las plazas y en una sociedad que defendía con enorme intensidad su derecho a decidir.
La desaparición del ayuntamiento no destruyó a la COCEI. Ésa quizá fue la lección más importante. El poder podía intervenir un gobierno municipal, pero no podía desaparecer las razones sociales que habían permitido a aquella organización crecer. Juchitán seguiría siendo durante años un territorio de competencia y resistencia, y la oposición volvería a gobernarlo.
En aquellas jornadas comenzaba a anunciarse un México que tardaría todavía mucho tiempo en llegar al resto del país. La alternancia no era aún una costumbre democrática; perder una elección seguía siendo una experiencia excepcional para el partido gobernante. Pero en el Istmo ya había ciudadanos que habían descubierto que el poder podía cambiar de manos.
Martínez Álvarez conoció aquella transformación desde el lado más incómodo: el de quien debía administrar una realidad que ya no obedecía completamente a las reglas con las que había sido construido el sistema.
Entre la disciplina y el acuerdo
Los años en la Secretaría General de Gobierno fueron convirtiendo la política en algo menos abstracto para Martínez Álvarez. Un conflicto dejaba de ser una carpeta cuando enfrente aparecían quienes llevaban horas viajando para explicar por qué dos comunidades reclamaban la misma tierra. Una elección dejaba de ser una cifra cuando el resultado dividía un municipio. Y una protesta adquiría otra dimensión cuando detrás de las consignas comenzaban a aparecer historias de abandono, intereses económicos, liderazgos regionales y agravios acumulados.
Ahí fue construyendo una manera de ejercer el oficio que lo acompañaría durante buena parte de su vida. No era un político de exabruptos. Su fortaleza estaba más cerca de la conversación, del conocimiento del interlocutor y de la paciencia necesaria para encontrar el punto donde dos posiciones aparentemente irreconciliables podían comenzar a acercarse. Eso no significa convertirlo en un negociador infalible. Juchitán basta para demostrar que hubo conflictos que terminaron desbordando cualquier posibilidad de entendimiento. Significa algo más sencillo: su primera herramienta política no parecía ser el estruendo.
Durante aquellos años también conoció los límites del sistema al que pertenecía. El PRI continuaba siendo una maquinaria formidable, pero debajo de esa fortaleza comenzaban a crecer oposiciones regionales, organizaciones independientes y ciudadanos menos dispuestos a aceptar que todas las decisiones importantes fueran tomadas desde el mismo lugar. Todavía faltaban años para que México conociera una verdadera competencia nacional por la Presidencia y casi dos décadas para que Oaxaca experimentara su primera alternancia estatal, pero algunas señales ya estaban ahí.
En 1985 Martínez Álvarez dejó la Secretaría. El PRI lo postuló como candidato a diputado federal por el III Distrito de Oaxaca y ganó la elección. Después de haber sido alcalde y de pasar prácticamente todo el gobierno de Vázquez Colmenares atendiendo los asuntos políticos del estado, San Lázaro parecía abrirle una etapa diferente. Llegó a la LIII Legislatura con una experiencia estatal considerable y con la posibilidad de comenzar a construir una presencia en la política nacional.
Pero aquella diputación tendría una duración inesperadamente breve.
Mientras comenzaba a ocupar su lugar en la Cámara de Diputados, Pedro Vázquez Colmenares se preparaba para dejar anticipadamente la gubernatura de Oaxaca. La sucesión no podía esperar al calendario electoral siguiente. Había que encontrar a quien condujera el estado durante los meses restantes y entregara el gobierno al próximo mandatario constitucional.
Entonces la mirada volvió hacia el hombre que acababa de marcharse.
Jesús Martínez Álvarez había pasado años sentado cerca del gobernador, recibiendo problemas, buscando acuerdos y recorriendo los laberintos de la política oaxaqueña. Ahora tendría que regresar para ocupar el lugar desde donde se tomaba la última decisión.
La curul apenas comenzaba.
La gubernatura ya lo estaba esperando.
EL DIPUTADO QUE REGRESÓ A OAXACA COMO GOBERNADOR
Una curul que duró apenas unos meses
Jesús Martínez Álvarez llegó a San Lázaro en 1985 llevando Oaxaca todavía demasiado cerca. Había dejado la Secretaría General de Gobierno después de casi cinco años de conocer conflictos, recorrer equilibrios y aprender que en su estado las soluciones rara vez podían construirse con una sola pieza. El PRI lo postuló por el III Distrito Electoral Federal, con cabecera en Oaxaca, ganó la elección y comenzó la LIII Legislatura con la posibilidad de abrir una etapa diferente en su carrera.
Tenía cuarenta y un años.
No llegaba como un político improvisado ni como uno de aquellos diputados cuya primera responsabilidad pública importante era precisamente la curul. Había sido presidente municipal de Oaxaca de Juárez, había pasado por la administración financiera estatal y venía de ocupar una de las posiciones más sensibles del gabinete de Pedro Vázquez Colmenares. Conocía el gobierno desde dentro y había vivido suficientemente cerca del gobernador como para comprender que el poder tenía una cara distinta cuando las decisiones dejaban de aconsejarse y comenzaban a asumirse.
San Lázaro podía convertirse en el espacio para ampliar sus horizontes. México estaba gobernado por Miguel de la Madrid y atravesaba años particularmente difíciles: la crisis económica seguía golpeando a las familias, el terremoto de septiembre de 1985 había sacudido a la capital y también había exhibido una sociedad capaz de organizarse al margen de las estructuras oficiales. El país comenzaba a moverse de maneras que todavía no alcanzaban a modificar completamente el sistema político, pero que anunciaban transformaciones más profundas.
Martínez Álvarez apenas comenzaba a acomodarse en esa nueva dimensión cuando Oaxaca volvió a atravesarse en su camino.
El 30 de octubre todavía formó parte de la representación de diputados federales invitada al quinto informe de Pedro Vázquez Colmenares. Nada hacía pensar públicamente que apenas un mes después los dos hombres ocuparían lugares completamente distintos.
Noviembre cambió la historia.
Cuando el destino cambió en San Lázaro
Pedro Vázquez Colmenares decidió separarse anticipadamente de la gubernatura. Su periodo constitucional debía concluir en 1986, pero recibió una responsabilidad dentro del gobierno federal y solicitó licencia para abandonar el Ejecutivo oaxaqueño. El Congreso local tuvo entonces que resolver quién terminaría el periodo.
La decisión recayó en Jesús Martínez Álvarez.
Hay algo extraordinario en la velocidad con que ocurrió todo. El hombre que durante años había acompañado la conducción política del estado se había marchado apenas unos meses antes para convertirse en legislador federal. De pronto, Oaxaca lo llamaba de regreso, pero ya no para recibir instrucciones del gobernador ni para operar desde la Secretaría General de Gobierno. Ahora sería él quien tendría que ocupar el despacho principal.
El 29 de noviembre de 1985 comunicó a la Cámara de Diputados que la Legislatura oaxaqueña lo había designado gobernador interino y solicitó licencia para separarse de su curul. La denominación importa porque fue la utilizada por el propio Martínez Álvarez al informar oficialmente a San Lázaro sobre su designación. Un día después, el 30 de noviembre, tomó posesión.
Su primera diputación federal había durado apenas unos meses.
La gubernatura tampoco sería larga. Desde el instante en que recibió el cargo sabía que el calendario no estaba de su lado. No llegaba a inaugurar un sexenio ni a presentar un proyecto concebido para seis años. Llegaba para concluir el periodo iniciado por otro gobernador y entregar el poder el 30 de noviembre de 1986.
Aquello producía una condición política peculiar. Tenía todas las responsabilidades constitucionales de un gobernador, pero apenas doce meses para ejercerlas. Recibía una administración construida por Vázquez Colmenares, un presupuesto en marcha, compromisos previamente adquiridos y conflictos que no habían pedido permiso para esperar al siguiente gobierno.
Y uno de ellos estalló prácticamente al mismo tiempo que tomaba posesión.
En Temazcal, aquel mismo 30 de noviembre, se produjeron acontecimientos graves que involucraron al diputado federal Pablo Ventura. Hubo detención, acusaciones sobre una posible violación de su fuero constitucional y una discusión que llegó pocos días después hasta la Cámara de Diputados. Martínez Álvarez apenas estaba entrando al gobierno cuando tuvo que intervenir en una crisis que amenazaba con escalar desde Oaxaca hasta San Lázaro.
No hubo luna de miel.
La gubernatura comenzó con el conflicto tocando la puerta.
Gobernar mientras el reloj ya estaba corriendo
Un año puede ser mucho tiempo cuando se espera y muy poco cuando se gobierna. Martínez Álvarez recibió Oaxaca sabiendo que cada semana consumía una parte considerable de su mandato. No podía comportarse como un gobernador recién electo que dispone de meses para integrar un proyecto, reorganizar el gabinete y esperar los resultados. Tampoco podía limitarse a cuidar la oficina hasta la entrega. El estado seguía exigiendo decisiones.
Y Juchitán seguía ahí.
La historia que había conocido desde la Secretaría General de Gobierno regresó durante su gubernatura con una nueva vuelta. La COCEI continuaba siendo una fuerza política imposible de borrar del Istmo. Las elecciones municipales de 1986 volvieron a colocar frente a frente al PRI y a la oposición juchiteca. Las acusaciones y la desconfianza amenazaban con devolver al municipio a una confrontación semejante a la que había marcado los años anteriores.
Esta vez Martínez Álvarez buscó otra puerta.
La salida terminó siendo la integración de un concejo municipal en el que pudieron convivir representantes de fuerzas que hasta entonces se habían enfrentado con enorme dureza. No significaba que las diferencias hubieran desaparecido ni que Juchitán hubiera encontrado repentinamente la tranquilidad. Significaba algo políticamente importante: después de años de choque, el gobierno aceptaba que la oposición tenía una presencia que debía incorporarse a la solución.
Quizá ahí puede verse con mayor claridad cuánto había aprendido Martínez Álvarez desde la crisis de 1983. El mismo conflicto que anteriormente había terminado en la desaparición de poderes encontraba ahora un intento de convivencia institucional. No era la rendición del PRI ni la victoria definitiva de la COCEI. Era el reconocimiento de una realidad: ninguno podía hacer desaparecer al otro.
Mientras atendía esos problemas, otra sucesión avanzaba inexorablemente. El PRI ya preparaba la elección del gobernador que sí tendría un periodo completo. Heladio Ramírez López, político de origen mixteco con una larga trayectoria en las organizaciones campesinas priistas, se convirtió en candidato y posteriormente ganó la gubernatura.
Para Martínez Álvarez existía una paradoja difícil de ignorar. Había alcanzado el cargo más importante de su estado, pero hacerlo durante el último año de un periodo constitucional modificaba inevitablemente su propio horizonte político. La gubernatura que podía representar la culminación de una carrera se convertía, al mismo tiempo, en una estación breve.
Alrededor de aquella designación sobrevivirían durante años interpretaciones sobre las razones políticas que la hicieron posible y sobre si aceptar el gobierno terminó cerrándole la posibilidad de competir por un sexenio propio. Algunas versiones sostendrían que precisamente ahí estuvo la jugada: llevarlo al Ejecutivo durante unos meses para apartarlo de la sucesión ordinaria. Convertir esa interpretación en certeza sería ir demasiado lejos. Lo comprobable es más interesante que la especulación: Martínez Álvarez llegó a la gubernatura cuando la candidatura para el periodo siguiente se resolvía dentro de un sistema donde las decisiones nacionales del PRI pesaban enormemente, y quien terminó gobernando los siguientes seis años fue Heladio Ramírez.
El 30 de noviembre de 1986 terminó el encargo.
Exactamente un año después de haber tomado posesión, Jesús Martínez Álvarez entregó el gobierno. Había llegado desde una curul que apenas comenzaba y se marchaba después de conducir durante doce meses un estado que conocía desde muchos ángulos, pero que sólo entonces había observado desde la responsabilidad última.
No tuvo tiempo para construir una época alrededor de su nombre. Su paso por la gubernatura fue demasiado breve para eso. Pero tampoco fue simplemente un administrador encargado de esperar al siguiente mandatario. Le correspondió contener conflictos, enfrentar una sucesión, buscar una salida distinta para Juchitán y conducir el cierre de una administración que no había comenzado con él.
Después vino algo que quizá entonces parecía improbable.
El hombre que había sido alcalde, secretario de Gobierno, diputado federal y gobernador antes de cumplir cuarenta y tres años comenzó a alejarse del centro político de Oaxaca.
Su siguiente aprendizaje ocurriría en otro escenario.
En la Ciudad de México encontraría a Manuel Camacho Solís, conocería desde dentro una de las experiencias políticas más interesantes de aquellos años y volvería a cruzarse con una familia cuyo apellido había aparecido cuando todavía era un joven contador.
Allí entraría nuevamente en su vida Gabino Cué.
Y mucho después, ese encuentro terminaría llevándolo otra vez a Oaxaca.
CUANDO OAXACA LE QUEDÓ LEJOS, PERO NUNCA ATRÁS
La capital donde el poder se negociaba todos los días
Después de entregar la gubernatura, Jesús Martínez Álvarez tuvo que aprender una circunstancia poco frecuente en la política: haber llegado muy pronto a la cima y descubrir que todavía quedaban muchos años por delante. A los cuarenta y dos años ya había sido presidente municipal de Oaxaca, secretario general de Gobierno, diputado federal y gobernador. Podía mirar hacia atrás y encontrar casi completa la biografía que otros habrían necesitado una vida para construir. Lo difícil era responder qué seguía después.
La respuesta apareció lejos de Oaxaca.
En 1988 llegó a la Delegación Venustiano Carranza, en el Distrito Federal. No era un territorio menor ni tranquilo. Allí convivían barrios populares, mercados, terminales, comercio callejero, grandes avenidas, las inmediaciones del aeropuerto y una porción de esa ciudad oriental donde la vida comenzaba antes del amanecer. Martínez Álvarez cambió de paisaje, pero volvió a encontrarse con algo conocido: gobernar significaba entrar inevitablemente en el territorio de los intereses.
El Distrito Federal de finales de los ochenta tampoco era la ciudad disciplinada por las estructuras políticas de décadas anteriores. El terremoto de 1985 había dejado algo más profundo que edificios derrumbados: una ciudadanía que había descubierto su propia capacidad de organizarse. Asociaciones vecinales, comerciantes, colonos, damnificados y movimientos urbanos habían adquirido una voz que ya no esperaba dócilmente instrucciones del gobierno. A ello se sumaba una capital inmensa donde el ambulantaje, el transporte, la vivienda, la seguridad y los servicios públicos convertían cualquier decisión administrativa en un problema político.
Venustiano Carranza fue su primera escala entre 1988 y 1989. Después vino una responsabilidad que merece detenerse porque allí la negociación adquirió una dimensión diferente: la administración de Autotransportes Urbanos de Pasajeros Ruta 100.
Ruta 100 era mucho más que una empresa de autobuses. Era uno de los organismos públicos más grandes y políticamente sensibles de la capital, con miles de trabajadores, una organización sindical poderosa, enormes necesidades financieras y una operación cotidiana de la que dependían millones de desplazamientos. Allí no había comunidades agrarias ni disputas municipales como las que Martínez Álvarez había conocido en Oaxaca, pero existía otra clase de territorio: talleres, rutas, costos, sindicatos, usuarios y una maquinaria que tenía que funcionar cada mañana independientemente de las tensiones políticas que ocurrieran en su interior.
Aquella escala ayuda a comprender mejor su ascenso posterior. No pasó de una delegación directamente a convertirse en responsable político de toda la capital. Hubo en medio una experiencia administrativa y laboral de enorme complejidad que volvió a colocar frente a él la necesidad de conciliar autoridad, operación y negociación.
Manuel Camacho Solís observaba esa manera de trabajar.
Y terminó llevándolo más cerca.
Camacho y el laboratorio del poder
Manuel Camacho no entendía la política como una simple sucesión de órdenes. Había llegado a la jefatura del Departamento del Distrito Federal en diciembre de 1988 convertido en una de las figuras más importantes del grupo de Carlos Salinas de Gortari. Tenía ambiciones nacionales, una extraordinaria capacidad de operación y una obsesión particular por la negociación. Donde otros veían una protesta que debía ser contenida, Camacho buscaba primero al interlocutor; donde aparecía una organización inconforme, quería saber quién podía sentarse a hablar por ella.
Ese estilo encontró afinidad con la experiencia que Martínez Álvarez había acumulado en Oaxaca.
En 1991 llegó a la Secretaría General de Gobierno del Departamento del Distrito Federal. No fue un salto repentino, sino una acumulación de responsabilidades que terminó colocándolo en el corazón político de la capital.
Y aquella capital hervía.
El comercio en vía pública había alcanzado dimensiones enormes. Las organizaciones de vendedores poseían dirigentes, territorios y capacidad de movilización. Los conflictos por vivienda seguían vivos. Los movimientos vecinales habían aprendido a negociar. El Distrito Federal comenzaba lentamente a exigir derechos políticos que todavía no tenía: sus habitantes no podían elegir directamente a quien gobernaba la ciudad y el presidente de la República continuaba designando al jefe del Departamento.
Martínez Álvarez quedó en medio de esa ciudad y del peculiar método político de Camacho.
Allí volvió a utilizar algo que había aprendido en Oaxaca: un conflicto no se desactiva necesariamente cuando una de las partes derrota a la otra. A veces la salida consiste en construir un espacio donde ambas descubran que prolongarlo resulta más costoso que negociar.
No debemos idealizar aquella política. El gobierno capitalino seguía disponiendo de una enorme concentración de poder y muchas decisiones continuaban tomándose desde arriba. Tampoco todos los conflictos terminaron mediante acuerdos. Pero el equipo de Camacho convirtió la negociación en una herramienta central de gobierno y Martínez Álvarez ocupó una posición desde la cual participó directamente en ese ejercicio.
Después vendría otro movimiento dentro del propio equipo. Camacho lo llevó a tareas de coordinación metropolitana, una responsabilidad que obligaba a mirar la ciudad más allá de sus límites administrativos. La mancha urbana ya desbordaba al Distrito Federal y se extendía hacia los municipios del Estado de México; transporte, agua, contaminación y crecimiento urbano ignoraban las fronteras dibujadas en los mapas.
Fue en ese tramo cuando una historia que había comenzado muchos años atrás en Oaxaca volvió a tocar su puerta.
El joven oaxaqueño que llegó desde España
Mucho antes de la política, había existido la contabilidad.
Cuando Jesús Martínez Álvarez comenzaba su vida profesional en Oaxaca, uno de los hombres que confió en aquel joven contador fue Nicolás Monteagudo, abuelo de Gabino Cué. No sólo fue cliente suyo: Martínez Álvarez recordaría muchos años después la generosidad con la que aquel hombre lo ayudó a conseguir nuevos clientes cuando apenas comenzaba a abrirse camino.
La vida tardó décadas en completar aquella escena.
Gabino Cué estudió en el Tecnológico de Monterrey y posteriormente continuó su preparación en España. Al regresar a México buscaba comenzar una trayectoria profesional en el servicio público. Era 1992. Martínez Álvarez se encontraba entonces dentro del equipo de Manuel Camacho y el joven oaxaqueño terminó incorporándose como asesor.
No sabía todavía que estaba entrando a una relación que atravesaría buena parte de su propia vida política.
Cué tenía delante a un hombre que ya había recorrido casi todos los escalones del poder oaxaqueño. Martínez Álvarez, por su parte, encontraba frente a él al nieto de aquel antiguo cliente que lo había ayudado cuando apenas tenía un despacho de contabilidad y ninguna de las responsabilidades públicas que vendrían después.
No hace falta inventar conversaciones entre ambos. La coincidencia posee suficiente fuerza por sí misma.
Aquel joven comenzó a conocer desde dentro la administración pública en un equipo donde la negociación era parte cotidiana del oficio. En ese mismo entorno coincidieron otros personajes que después tendrían trayectorias políticas propias. El grupo de Camacho se había convertido en una escuela peculiar: convivían funcionarios experimentados, jóvenes operadores y políticos que pocos años después tomarían caminos completamente distintos.
Y sobre todos ellos estaba la enorme sucesión presidencial de 1994.
Camacho aspiró a convertirse en candidato presidencial del PRI. Carlos Salinas terminó inclinándose por Luis Donaldo Colosio. Aquella decisión alteró profundamente el futuro del camachismo y dispersó con el tiempo a muchos de quienes habían trabajado alrededor del regente.
Martínez Álvarez había encontrado en la Ciudad de México algo que Oaxaca no podía enseñarle: la política observada desde la cercanía del poder presidencial. Había visto funcionar a uno de los grupos más sofisticados del salinismo, había participado en el gobierno de una ciudad gigantesca y había acompañado a un hombre que llegó a imaginarse en la Presidencia de la República.
Pero quizá lo más importante de aquellos años no fue un cargo.
Fue una relación.
El joven asesor que regresaba de España seguiría su camino. Gabino Cué pasaría después por otras responsabilidades, volvería a Oaxaca y construiría una carrera propia. Jesús Martínez Álvarez también tomaría otra dirección. Durante años sus trayectorias avanzarían por caminos diferentes.
Hasta que Oaxaca volviera a juntarlos.
Para entonces, sin embargo, tendría que ocurrir algo que habría resultado difícil imaginar cuando Martínez Álvarez gobernaba el estado en 1985.
El PRI dejaría de ser su casa.
EL DÍA QUE CAMBIÓ DE BANQUETA
Romper con el partido que había sido su vida
Durante muchos años, separar la biografía política de Jesús Martínez Álvarez de la del PRI habría resultado casi imposible. No porque su historia fuera excepcional dentro de aquella generación, sino porque prácticamente todos los escalones importantes de su carrera habían sido recorridos dentro del mismo sistema: desde ahí gobernó Oaxaca de Juárez, llegó a la Secretaría General de Gobierno, obtuvo una diputación federal y terminó ocupando la gubernatura. El partido no había sido solamente el vehículo para alcanzar cargos; había sido el espacio donde aprendió a hacer política, construyó relaciones y entendió las reglas de una época.
Por eso su ruptura no puede reducirse a una fecha.
Cuando regresó de la experiencia en el Distrito Federal, encontró un Oaxaca distinto y también una estructura priista que había reorganizado sus propios equilibrios. Él ya había sido gobernador y había conocido el poder nacional desde la cercanía de Manuel Camacho Solís. No regresaba como un cuadro joven dispuesto a esperar pacientemente una oportunidad. Tenía historia propia, relaciones propias y una manera de entender la política que no necesariamente coincidía con los grupos que controlaban entonces al priismo oaxaqueño.
Durante los años siguientes se fue ensanchando la distancia. Oaxaca pasó del gobierno de Heladio Ramírez al de Diódoro Carrasco y después, en 1998, al de José Murat. Las generaciones cambiaban, aparecían nuevos liderazgos y las viejas lealtades ya no garantizaban espacios. Martínez Álvarez comenzó a quedar fuera de un centro de decisiones en el que alguna vez había ocupado prácticamente todos los lugares posibles.
Pero también estaba cambiando México.
En 1997 el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En 2000 ocurrió lo que durante décadas había parecido remoto: Vicente Fox ganó la Presidencia y terminó con la permanencia priista en Los Pinos. De pronto, abandonar al PRI ya no significaba necesariamente abandonar toda posibilidad de hacer política. El sistema que había cobijado la carrera completa de Martínez Álvarez había dejado de ser el único camino hacia el poder.
En 2001 tomó la decisión.
Renunció al PRI.
No necesitamos convertir aquella salida en una escena teatral que nadie presenció. Su significado estaba en todo lo que dejaba detrás. Martínez Álvarez no rompía con un partido en el que hubiera permanecido unos cuantos años. Se separaba de la organización dentro de la cual había transcurrido la mayor parte de su vida pública. Había conocido su fortaleza desde adentro y también había presenciado el comienzo de su desgaste.
El hombre que alguna vez gobernó Oaxaca bajo sus siglas comenzaba a caminar hacia la oposición.
La pequeña fuerza naranja
Convergencia por la Democracia ofreció a Martínez Álvarez una posibilidad distinta. El partido había sido construido bajo el liderazgo de Dante Delgado, otro político con raíces priistas que también había gobernado su estado —Veracruz— antes de romper con el partido de origen. Aquella coincidencia biográfica no era menor. Convergencia reunía a personajes procedentes de diferentes historias políticas y pretendía ocupar un espacio propio frente a las tres grandes fuerzas que dominaban entonces la competencia nacional.
Martínez Álvarez se incorporó a esa construcción y alcanzó responsabilidades importantes. Para 2003 su peso dentro de Convergencia era suficiente para encabezar a sus diputados federales.
Y entonces volvió a San Lázaro.
Habían pasado dieciocho años desde aquella primera llegada de 1985. En esa ocasión había ganado un distrito como candidato del PRI y apenas había alcanzado a comenzar la legislatura antes de pedir licencia para regresar a Oaxaca como gobernador. Ahora volvía por representación proporcional, bajo unas siglas distintas y en una Cámara que ya no se parecía demasiado a la que había conocido.
México tampoco era el mismo.
Vicente Fox gobernaba sin mayoría legislativa. El PRI seguía siendo una fuerza formidable y había recuperado la condición de primera bancada en la Cámara, pero ya no podía decidir solo. El PAN defendía al primer gobierno presidencial surgido de la alternancia; el PRD poseía una presencia considerable; y alrededor de ellos estaban el Verde, el Partido del Trabajo y Convergencia.
Ahí aparecía la paradoja de las bancadas pequeñas. Tenían pocos votos, pero eso no significaba que carecieran de voz. En una Cámara sin mayorías automáticas, un grupo reducido podía encontrar espacios de influencia si sabía negociar, mantenerse unido y aprovechar correctamente cada voto.
Martínez Álvarez entendía ese juego.
Desde el comienzo de la LIX Legislatura ocupó un lugar en la Junta de Coordinación Política junto a los dirigentes de las demás bancadas. En esa mesa estaban los personajes que tenían que convertir la pluralidad de quinientos diputados en acuerdos capaces de permitir que la Cámara funcionara. Convergencia llegaba con una representación diminuta frente a los grandes grupos, pero su coordinador se sentaba institucionalmente en la misma mesa donde se discutían la integración de comisiones, la agenda legislativa, las comparecencias y buena parte de los acuerdos que organizaban la vida cotidiana de San Lázaro.
Y no siempre guardó silencio.
En octubre de 2003, durante la complicada elección de los nuevos consejeros del Instituto Federal Electoral, Martínez Álvarez cuestionó desde la tribuna la lógica de cuotas con la que las fuerzas principales estaban intentando integrar al organismo. El episodio resulta revelador no porque Convergencia pudiera imponer su posición —no tenía los votos para hacerlo—, sino porque muestra la dificultad que él mismo señalaba: las propuestas de los partidos minoritarios podían quedar sepultadas cuando las fuerzas grandes decidían repartirse los espacios.
Era precisamente ahí donde la cohesión adquiría valor.
La bancada naranja podía ser pequeña, pero caminaba junta.
Y yo la veía desde la otra orilla.
El hombre que recuerdo en San Lázaro
Fue entonces cuando traté a Jesús Martínez Álvarez.
Yo era vicecoordinador del Grupo Parlamentario del PRI en la LIX Legislatura, bajo la coordinación de don Emilio Chuayffet. Nuestra bancada era la más numerosa de la Cámara; la de Convergencia cabía varias veces dentro de la nuestra. Pero San Lázaro tiene una particularidad que termina relativizando el tamaño de los grupos: tarde o temprano, quienes tienen responsabilidades de conducción necesitan encontrarse.
Martínez Álvarez era el coordinador de Convergencia y yo formaba parte de la conducción de la bancada priista. Coincidimos por esa razón en el trabajo parlamentario y tuve oportunidad de tratarlo durante aquellos años.
Mi recuerdo de él no está construido desde la intimidad ni quiero presentarlo ahora como una amistad que no fue. Lo recuerdo desde el lugar exacto en que nos conocimos: la política.
Y lo recuerdo bien.
Era un hombre inteligente, de muy buen trato, sereno. No necesitaba convertir una diferencia en un pleito para hacer valer su posición. No recuerdo en él los exabruptos que con tanta facilidad aparecen en la vida parlamentaria, donde una cámara, una tribuna o un micrófono pueden tentar a cualquiera a sustituir los argumentos por el espectáculo.
Había algo de su trayectoria en esa manera de conducirse. Para cuando coincidimos en San Lázaro, Martínez Álvarez ya había pasado por casi todo: había administrado una ciudad, atendido los conflictos de Oaxaca, gobernado el estado, conocido la política del Distrito Federal, trabajado con Manuel Camacho y abandonado el partido dentro del cual había construido su carrera. Difícilmente una discusión parlamentaria podía hacerle creer que el mundo comenzaba y terminaba en el salón de sesiones.
También recuerdo a su grupo.
Convergencia tenía pocos diputados, pero era una bancada cohesionada. Para un coordinador de una fuerza minoritaria aquello era fundamental. Los grandes grupos podían absorber diferencias internas y seguir teniendo cientos de votos; una bancada pequeña no podía darse ese lujo. Cada ausencia pesaba, cada discrepancia podía disminuir todavía más su capacidad de negociación y cada voto debía administrarse con inteligencia.
Martínez Álvarez sabía lo que representaba.
No intentaba comportarse como coordinador de una bancada que no tenía. Tampoco parecía acomplejarlo sentarse frente a quienes disponían de muchos más diputados. Conocía el tamaño de su fuerza y desde ahí negociaba.
Tal vez por eso guardo un recuerdo particularmente grato de aquel periodo. No porque siempre estuviéramos de acuerdo. Pertenecíamos a partidos distintos y ocupábamos responsabilidades distintas. Precisamente ahí estaba la riqueza de aquella convivencia: se podía disentir sin convertir al otro en enemigo.
Han pasado más de veinte años desde aquella Legislatura. Muchos nombres, discusiones, iniciativas y votaciones inevitablemente comienzan a confundirse en la distancia. Pero permanecen ciertas maneras de ser. A veces uno termina recordando de un político no el discurso que pronunció ni la votación que defendió, sino cómo entraba a una conversación, cómo escuchaba y qué ocurría cuando aparecía una diferencia.
De Jesús Martínez Álvarez me quedó eso.
La inteligencia sin necesidad de presumirla. El trato amable sin convertirlo en debilidad. La serenidad de quien podía defender una posición sin necesitar un golpe sobre la mesa.
Cuando terminó la LIX Legislatura en 2006, nuestros caminos políticos volvieron a separarse.
El suyo todavía guardaba una última paradoja.
Había dejado al PRI para caminar con Convergencia. Con el tiempo también terminaría alejándose de ese partido. Y cuando parecía que su historia en los grandes cargos públicos había quedado atrás, volvería a aparecer el nombre de aquel joven oaxaqueño que muchos años antes había llegado desde España para trabajar a su lado.
Gabino Cué estaba a punto de intentar lo que nadie había conseguido hasta entonces:
sacar al PRI del gobierno de Oaxaca.
Y Jesús Martínez Álvarez terminaría regresando con él.
VOLVER CUANDO OAXACA YA HABÍA CAMBIADO
También Convergencia dejó de ser su lugar
Jesús Martínez Álvarez terminó la LIX Legislatura en 2006 con una experiencia que parecía confirmar que había encontrado una segunda casa política. Después de romper con el PRI, Convergencia le había permitido regresar a San Lázaro, encabezar una bancada y participar nuevamente en las decisiones nacionales. Sin embargo, aquella relación tampoco sobrevivió.
La distancia había comenzado a crecer. Lo que Martínez Álvarez creyó que podía convertirse en una opción política diferente terminó decepcionándolo. Y en julio de 2009 decidió decirlo públicamente. No buscó palabras para suavizar su juicio: reconoció que se había equivocado al militar en Convergencia y cuestionó que detrás de aquella organización existiera el proyecto político que él había imaginado cuando se incorporó. Incluso dejó abierta una posibilidad que resultaba sorprendente después de su ruptura de 2001: si regresaba a la actividad partidista, podría hacerlo desde el PRI.
Era una vuelta inesperada, pero no llegó a consumarse de la manera que aquellas declaraciones parecían anticipar.
Su relación personal con Gabino Cué tampoco quedó atrapada en el rompimiento con Convergencia. Martínez Álvarez distinguió una cosa de la otra. Podía haberse desencantado del partido naranja sin trasladar automáticamente esa ruptura al hombre que muchos años antes había trabajado cerca de él en el Distrito Federal. La política había separado sus caminos; el conocimiento personal permanecía.
Y entonces llegó 2010.
Oaxaca llevaba décadas viendo cambiar los nombres de sus gobernadores sin que cambiaran las siglas del partido que los llevaba al poder. Gabino Cué decidió intentarlo nuevamente, ahora encabezando una alianza que parecía construida con piezas incapaces de convivir: PAN, PRD, Convergencia y PT. La derecha y la izquierda se encontraron alrededor de un objetivo común: terminar con la permanencia del PRI en el gobierno estatal.
El 4 de julio ocurrió.
Cué derrotó a Eviel Pérez Magaña.
Por primera vez en muchas décadas, Oaxaca tendría un gobernador surgido de una fuerza distinta al PRI.
Y para Martínez Álvarez aquella victoria contenía una ironía que sólo podía construir el tiempo. El muchacho que había llegado desde España para colaborar con él en el gobierno capitalino estaba a punto de ocupar el mismo despacho que él había ocupado veinticinco años antes.
La alternancia que parecía imposible
Martínez Álvarez recibió el triunfo de Gabino Cué con esperanza. Habló de reconciliación y se mostró dispuesto a colaborar sin exigir una posición. Había alcanzado ya casi todos los cargos que podían seducir a un político oaxaqueño; no necesitaba inventarse una nueva carrera.
Pero terminó regresando al servicio público.
Primero asumió la representación del Gobierno de Oaxaca en la Ciudad de México. Era un espacio lógico para alguien que conocía los dos mundos: podía hablar desde Oaxaca y sabía moverse en la capital del país. Sin embargo, aquella responsabilidad duraría poco porque en agosto de 2011 una crisis dentro del propio gobierno de Cué volvió a mover las piezas.
Irma Piñeyro dejó la Secretaría General de Gobierno denunciando interferencias que dificultaban el ejercicio de sus responsabilidades. El problema era serio. La administración que había llegado prometiendo una nueva forma de gobernar comenzaba a descubrir que una coalición electoral podía ganar junta y, al mismo tiempo, tener enormes dificultades para gobernar junta.
Cué recurrió entonces a su antiguo jefe.
El 10 de agosto de 2011 Jesús Martínez Álvarez tomó protesta nuevamente como secretario general de Gobierno.
La escena tenía una profundidad histórica difícil de ignorar. Habían transcurrido aproximadamente tres décadas desde la primera vez que ocupó aquella responsabilidad con Pedro Vázquez Colmenares. La primera había llegado como un hombre formado dentro del PRI hegemónico; la segunda, llamado por el gobernador que acababa de terminar con esa hegemonía.
Casi todo alrededor había cambiado.
El país tenía elecciones competidas. Los gobernadores ya no dependían de un presidente perteneciente necesariamente a su mismo partido. Oaxaca había vivido el levantamiento social de 2006, la APPO, una confrontación magisterial que había dejado cicatrices profundas y una elección histórica que había enviado al PRI a la oposición. Las organizaciones sociales poseían mayor capacidad de presión y la Sección 22 se había convertido en un actor imposible de ignorar.
Martínez Álvarez regresó a una oficina conocida, pero el Oaxaca que encontró ya no era el mismo.
Y tampoco lo era el poder que tenía detrás.
Apenas unos meses después de su llegada, la Sección 22 acordó desconocerlo como interlocutor y exigió su salida. Los Chimalapas entraron nuevamente en tensión por la vieja disputa territorial con Chiapas. Municipios, transportistas, normalistas, organizaciones sociales y conflictos agrarios mantenían a la Secretaría en una negociación permanente.
En Chimalapas mostró quizá su posición más firme. La creación por Chiapas del municipio de Belisario Domínguez sobre territorio reclamado históricamente por las comunidades zoques de Santa María y San Miguel Chimalapa llevó el conflicto a otro nivel. Martínez Álvarez asumió la defensa de la posición oaxaqueña, participó en negociaciones para disminuir la tensión en la zona y el gobierno estatal terminó llevando la controversia hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación.
Había regresado al oficio que conocía mejor: sentarse frente al conflicto.
Pero esta vez comenzó a descubrir que algunos de los problemas más difíciles no estaban afuera.
Estaban dentro del propio gobierno.
La última Secretaría y una renuncia que dijo demasiado
La coalición que llevó a Gabino Cué al gobierno había conseguido reunir electoralmente aquello que parecía irreconciliable. PAN, PRD, Convergencia y PT compartieron candidato porque coincidían en la necesidad de derrotar al PRI. Ganar resolvió aquella pregunta.
Después apareció otra mucho más difícil:
¿cómo gobernar juntos?
Los distintos grupos que habían contribuido al triunfo reclamaban espacios, defendían funcionarios, construían parcelas de influencia y mantenían relaciones propias con organizaciones políticas y sociales. La pluralidad que había hecho posible la victoria comenzó a complicar la operación cotidiana del gobierno.
Martínez Álvarez estaba precisamente en la Secretaría encargada de impedir que los conflictos desbordaran al Ejecutivo. Para desempeñar esa función necesitaba algo elemental: capacidad para negociar hacia afuera y autoridad suficiente para conseguir que los acuerdos fueran respetados hacia dentro.
Con el tiempo comenzó a sentir que la segunda estaba desapareciendo.
Las diferencias con otros integrantes del gabinete dejaron de ser discretas. Hubo desencuentros públicos, particularmente alrededor del manejo de determinados conflictos y de la actuación de áreas cuya participación resultaba indispensable para cumplir los acuerdos construidos desde Gobernación. Martínez Álvarez empezó a encontrarse en una situación políticamente insostenible: podía sentarse durante horas para desactivar un problema y descubrir después que decisiones tomadas dentro del mismo gobierno volvían a encenderlo.
Para un hombre formado durante décadas en la negociación, aquello tocaba el centro mismo de su función.
El 13 de abril de 2013 terminó la historia.
Presentó a Gabino Cué su renuncia irrevocable.
No fue una despedida protocolaria. Martínez Álvarez dejó claro que consideraba indispensable que un secretario general de Gobierno tuviera la confianza completa del gobernador y que él había llegado a la conclusión de que no contaba con ella en la medida necesaria. También señaló la existencia de intereses internos que intervenían en conflictos que podían estar resueltos o encaminados y terminaban reactivándolos.
No acusaba a la oposición.
Hablaba de adentro.
Y ahí estaba quizá la contradicción más dolorosa del primer gobierno de alternancia. Habían conseguido derrotar al sistema que durante décadas concentró el poder, pero la pluralidad que hizo posible esa victoria también podía convertirse en fragmentación cuando llegaba el momento de ejercerlo.
Martínez Álvarez conocía perfectamente la diferencia.
Había ocupado la Secretaría General de Gobierno cuando el PRI controlaba prácticamente todo el tablero político oaxaqueño. Había vuelto a la misma oficina treinta años después, cuando ningún partido podía controlarlo por sí solo. Había conocido el exceso de concentración y ahora conocía las dificultades de la dispersión.
Ninguno de los dos extremos garantizaba gobernabilidad.
Su salida tuvo además una dimensión personal inevitable. Gabino Cué no era simplemente el gobernador que había firmado su nombramiento. Era aquel joven al que había conocido desde antes de que comenzara su carrera, el nieto de un hombre ligado a sus primeros años profesionales, el muchacho que había trabajado a su lado en la Ciudad de México.
Ahora renunciaba a su gobierno.
No necesitamos inventar una ruptura sentimental para darle fuerza a la escena. La política proporciona suficiente material: el antiguo jefe había regresado para colaborar con quien alguna vez fue su joven asesor, y menos de dos años después concluía que ya no tenía las condiciones necesarias para seguir siendo responsable de la política interior.
Cuando Martínez Álvarez salió de la Secretaría en abril de 2013 tenía sesenta y ocho años.
Esta vez no había otra diputación esperándolo.
No había una gubernatura al final del pasillo.
Tampoco otro partido al que necesitara llegar.
Había pasado suficiente tiempo dentro del poder para comenzar a mirarlo desde afuera.
Y quizá sólo entonces pudo observar completo el extraño recorrido de su propia vida: había gobernado con el PRI, roto con el PRI, representado a una oposición, desencantado también de ella y regresado al gobierno acompañado por quienes finalmente habían conseguido la alternancia.
Le quedaban todavía trece años de vida.
Tiempo suficiente para mirar lo que ocurrió después y preguntarse cuánto había cambiado realmente aquella política a la que entregó buena parte de la suya.
CUANDO EL PODER QUEDÓ DETRÁS
La libertad de no necesitar otro cargo
Abril de 2013 abrió para Jesús Martínez Álvarez una etapa distinta. Esta vez no había una campaña esperando, una responsabilidad inmediata ni un nuevo espacio partidista hacia el cual caminar. A los sesenta y ocho años podía hacer algo que no siempre resulta sencillo después de una vida entera dentro de la política: seguir participando sin necesitar un nombramiento para hacerse escuchar.
No desapareció. Cambió el lugar desde donde hablaba. La distancia de las oficinas le permitió intervenir sin la obligación de justificar las decisiones de un gobierno ni defender posiciones colectivas. Conservó una atención particular sobre Oaxaca y sobre asuntos que conocía directamente. Entre ellos permaneció Chimalapas, la larga controversia territorial con Chiapas que había atendido como secretario general de Gobierno y que continuó considerando un asunto fundamental para la defensa del territorio oaxaqueño.
Los años fueron liberando su palabra de las ataduras naturales del ejercicio público. Ya no tenía detrás una bancada, una estructura administrativa ni la responsabilidad de alcanzar un acuerdo antes de que terminara el día. Podía observar, disentir y señalar aquello que consideraba equivocado desde la experiencia acumulada durante décadas.
En 2024, ya con ochenta años, volvió a intervenir en una de las grandes discusiones nacionales: la reforma al Poder Judicial. Expresó su preocupación por los contrapesos institucionales y por las consecuencias que podía tener una transformación de esa magnitud sobre el equilibrio entre los poderes. Más de medio siglo después de sus primeros pasos en la administración pública, seguía interesado en el funcionamiento de las instituciones y en los límites que debían acompañar al ejercicio de la autoridad.
Había llegado a una edad política poco frecuente: aquella en la que ya no era necesario calcular cada palabra pensando en el siguiente cargo. Su historia estaba hecha. Lo que dijera podía nacer simplemente de aquello que pensaba.
Lo que medio siglo le permitió comprender
Oaxaca había sido su gran escuela. No únicamente porque allí comenzó su carrera, sino porque pocas tierras obligan tanto como ésta a desconfiar de las soluciones fáciles. Martínez Álvarez había conocido un estado donde la distancia entre dos comunidades puede medirse en kilómetros y la diferencia entre ellas puede tener siglos; donde un problema agrario puede sobrevivir a varias generaciones de gobernadores y donde una elección municipal puede despertar agravios mucho más antiguos que los candidatos que aparecen en la boleta.
Con los años aprendió que tener facultades legales no significa poseer automáticamente autoridad política. Un nombramiento permite ordenar; conseguir que una decisión sea aceptada requiere algo distinto. Ahí entraban el conocimiento de los actores, la paciencia, la palabra empeñada y, sobre todo, la capacidad para descubrir quién podía realmente construir un acuerdo y quién solamente ocupaba temporalmente una silla.
También conoció los límites de ese método. No todo puede negociarse y no toda conversación termina en entendimiento. Juchitán se lo había mostrado desde los años ochenta; Chimalapas volvió a recordárselo tres décadas después. Algunos conflictos se transforman, cambian de protagonistas y sobreviven a quienes alguna vez intentaron resolverlos. El poder puede contenerlos durante un tiempo, pero pocas veces consigue borrar las razones profundas que los originaron.
Su experiencia le permitió conocer además dos riesgos diferentes. Vivió la época en que una sola fuerza política concentraba prácticamente todas las decisiones importantes y regresó al gobierno cuando la alternancia distribuyó el poder entre grupos que habían conseguido unirse para ganar, pero no siempre para gobernar. Había visto los problemas de la concentración y también los de la fragmentación. Entre ambos extremos permanecía la misma necesidad: construir autoridad suficiente para hacer posible el acuerdo.
Tal vez ahí estaba una parte esencial de su manera de entender la política. No en la idea romántica de que todo conflicto puede resolverse sentándose a conversar, sino en algo más difícil: saber cuándo hablar, con quién hacerlo, qué puede concederse, qué debe defenderse y en qué momento un acuerdo deja de ser posible.
Los últimos años lo encontraron mirando esa política desde otra distancia. Ya no tenía que ganar una elección, preservar una coalición ni cuidar la disciplina de una bancada. Había llegado al punto en que la experiencia podía expresarse sin pedirle permiso al futuro.
Y entonces llegó este viernes.
El viernes que terminó una larga conversación
Este 21 de agosto de 2026 murió Jesús Emilio Martínez Álvarez. Tenía ochenta y un años.
La noticia hizo regresar nombres, lugares y momentos que el tiempo había ido colocando en distintos rincones. La muerte tiene esa extraña capacidad: modifica de golpe la distancia. Lo que parecía remoto vuelve a sentirse cercano y algunos encuentros que habían quedado guardados durante años recuperan inesperadamente sus voces.
En mi caso, uno de esos lugares es San Lázaro.
Coincidimos en la LIX Legislatura de la Cámara de Diputados. Yo era vicecoordinador del Grupo Parlamentario del PRI y Jesús Martínez Álvarez coordinaba a los diputados de Convergencia. Nuestras responsabilidades hicieron que nos tratáramos durante aquellos años, en una Cámara donde ninguna fuerza podía decidir por sí sola y la conversación entre bancadas formaba parte indispensable del trabajo político. De ese tiempo conservo un grato recuerdo suyo.
Lo recuerdo inteligente, sereno, afable en el trato. Conducía una bancada pequeña pero cohesionada y sabía defender sus posiciones sin necesidad del exabrupto. Había recorrido demasiado en la política como para creer que levantar la voz equivalía a tener razón. Escuchaba, argumentaba y podía sostener una diferencia sin transformar al interlocutor en enemigo.
Más de veinte años han pasado desde aquella Legislatura. El salón de sesiones siguió llenándose, las curules cambiaron de ocupantes, llegaron otros coordinadores, desaparecieron algunas fuerzas y surgieron otras. Aquellas jornadas que entonces parecían ocuparlo todo fueron convirtiéndose en historia. Sin embargo, algunos rasgos permanecen asociados a las personas mucho después de que se olvidan las discusiones concretas. De Jesús Martínez Álvarez me quedó precisamente esa impresión: la de un político que conocía el peso de la palabra y no necesitaba acompañarla con estridencia.
Hoy esa imagen tiene otro significado.
La política suele construir alrededor de los cargos una apariencia de permanencia. Durante un tiempo parece que determinadas oficinas, personajes y decisiones son el centro de todo. Después llega otra generación, cambia los nombres de las puertas, ocupa los escritorios y comienza nuevamente la historia. El poder continúa. Quienes lo ejercieron, no.
Por eso una muerte termina colocando las cosas en su verdadera dimensión. Los cargos explican una trayectoria, pero no alcanzan a contener una vida. Los nombramientos tienen fecha de inicio y de término; la impresión que dejamos en quienes alguna vez caminaron a nuestro lado obedece a otro calendario.
Jesús Martínez Álvarez tuvo una vida marcada por los regresos. Cuando una etapa parecía concluida, el camino encontraba alguna manera de devolverlo a la política. Salió de Oaxaca y volvió para gobernarla. Dejó tempranamente San Lázaro y muchos años después regresó desde otras siglas. Cuando los grandes cargos parecían definitivamente atrás, Oaxaca volvió a llamarlo para participar en el primer gobierno de alternancia.
Siempre había otra puerta.
Siempre quedaba alguna conversación pendiente.
Siempre parecía existir un camino de regreso.
Hasta este viernes.
Esta vez no habrá una llamada que vuelva a convocarlo, ni una mesa donde espere otro conflicto, ni una curul desde la cual pedir la palabra. Quedarán sus decisiones para ser juzgadas por la historia, sus aciertos y sus errores, las batallas que pudo resolver y aquellas que quedaron abiertas. Y quedará también algo que ninguna fotografía oficial consigue conservar: la huella personal que dejó en quienes tuvieron oportunidad de tratarlo.
Hoy Oaxaca despide a Jesús Martínez Álvarez.
Y quienes alguna vez compartimos con él un tramo del camino sabemos que, detrás del gobernador, del diputado, del secretario y del dirigente, se ha ido también un hombre que supo hacer de la política un espacio donde todavía era posible disentir sin dejar de respetarse.
Después de tantos regresos, esta vez la ausencia es definitiva.
Descanse en paz, Jesús Martínez Álvarez.
(By operación W).

/… EL AVISO INOPORTUNO:
Ahora que en Guanajuato se puso de moda revisar antecedentes antes de repartir candidaturas, lo democrático sería pasar por el detector a todos: PAN, Morena, PRI, Verde, Movimiento Ciudadano y cualquiera que ya tenga bardas, espectaculares y un grupo de WhatsApp llamado “Proyecto 2027”. La delincuencia organizada, hasta donde sabemos, todavía no pide credencial de partido.
Sobre quienes creen que bastará una carta de no antecedentes penales, prefiero no discutir. El cuestionario debería incluir otras preguntas: quién pone el dinero, con quién se reúne, qué negocios lo rodean y cuántos familiares descubrieron súbitamente que servir al pueblo es mucho más bonito cuando viene con nómina. Con semejante revisión, algunos entrarían buscando candidatura y saldrían preguntando dónde tramitan un amparo.
El verdadero espectáculo comenzará cuando el filtro deje de revisar al adversario y llegue al candidato propio. Ahí algún dirigente seguramente propondrá suspenderlo por violaciones graves a los derechos humanos… del partido.
Y como decía un viejo mapache electoral mientras escondía tres expedientes debajo del escritorio: candidato que pase todos los filtros, no se registra; se reporta como especie en peligro de extinción.
(By Notas de Libertad).




Desliza a la derecha para leer el siguiente título
/… La Agenda En Corto.
1.- “YO CON ESPADAS” … Y QUE TODOS SE ENTEREN
En las competencias internas hay apoyos que se susurran, otros que se entregan con la puerta cerrada y algunos que solamente aparecen cuando el ganador parece inevitable. Jorge Espadas está consiguiendo algo distinto en el proceso para elegir a quien coordinará la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en León: militantes dispuestos a poner el rostro, decir su nombre y presumir públicamente que ya tomaron partido.
2.- MORENA REPARTIÓ PRIMERO… Y DESPUÉS PIDIÓ BUENOS MODALES
En política hay quienes descubren las reglas de urbanidad justo cuando cambia de manos el micrófono. En el informe legislativo de Ricardo Ferro Baeza, Hades Aguilar llevó la confrontación con priistas y panistas hasta expresiones abiertamente insultantes. Días después, Mauricio Trejo Pureco llamó “Cuarta Destrucción” a la 4T y María Eugenia García Oliveros decidió responderle desde la Diputación Permanente. Está en todo su derecho. Lo curioso es que la preocupación por las palabras apareció cuando las palabras comenzaron a viajar en sentido contrario.
3.- EN IRAPUATO, LA DESESPERACIÓN SE SUBIÓ AL ESPECTACULAR
Víctor Zanella entró al proceso panista para definir quién encabezará el proyecto político en Irapuato, pero la competencia se pobló, otros perfiles comenzaron a ganar terreno y él parece no avanzar a la velocidad que esperaba. Entonces aparecieron por distintos puntos de la ciudad varios espectaculares con su fotografía y una palabra imposible de ignorar: “PRESIDENTE”. La aclaración viene después y bastante más pequeña: presidente, sí, pero de la Comisión de Hacienda y Fiscalización del Congreso. En plena carrera por Irapuato, la casualidad tipográfica tiene una puntería verdaderamente envidiable.
4.- TOÑO NAVARRO TOMA LA DELANTERA EN LA CARRERA DEL PAN POR SAN FRANCISCO DEL RINCÓN
La encuesta de TAG Research de agosto comienza a dibujar con mayor claridad la competencia interna del PAN en San Francisco del Rincón y coloca a Toño Navarro en la posición más sólida. Encabeza la preferencia para convertirse en candidato, es por amplia diferencia el aspirante panista más conocido, aparece primero cuando se pregunta quién puede dirigir mejor el municipio y domina con claridad en trayectoria y experiencia. A ello se agrega una característica del electorado que también juega a su favor: entre los ciudadanos consultados existe una preferencia mayor por un hombre que por una mujer para ocupar la próxima Presidencia Municipal.
5.- ANDRÉS OJEDA: LO CONOCEN POCOS, PERO GUSTA RÁPIDO
La encuesta de TAG Research levantada en Cortazar entre el 30 de julio y el 1 de agosto, mediante 500 entrevistas presenciales, dejó un dato que merece bastante más atención que un simple segundo lugar. Mauricio Estefanía encabeza el escenario con 29%, mientras Andrés Ojeda alcanza 15.4%. La sorpresa aparece cuando se cruza esa cifra con otra: apenas 16.5% de los entrevistados conoce a Ojeda. Todavía tiene que presentarse ante buena parte del municipio y, sin embargo, entre quienes comienzan a identificarlo parece existir una aceptación extraordinariamente alta. La pregunta entonces ya no es solamente cuánto tiene, sino por qué está gustando.
6.- ¿EN LA FERIA DE LEÓN SE PAGABA PARA PEGARLE A SALIM?
Humberto Gutiérrez, el enfant terrible del periodismo guanajuatense, volvió a meter el dedo donde más incomoda. Esta vez lanzó una acusación demasiado seria para perderse entre pleitos de redes: asegura que desde Comunicación Social de la Feria de León le ofrecieron 15 mil pesos en publicidad para golpear mediáticamente al diputado Miguel Salim Alle. El señalado lo niega. Pero Humberto no habló de oídas: dio una cantidad, identificó a quien señala y asegura tener una grabación. Y cuando una denuncia llega con semejante nivel de precisión, lo menos que merece es una explicación institucional a la misma altura.
(By Operación W).
1.- “YO CON ESPADAS” … Y QUE TODOS SE ENTEREN
En las competencias internas hay apoyos que se susurran, otros que se entregan con la puerta cerrada y algunos que solamente aparecen cuando el ganador parece inevitable. Jorge Espadas está consiguiendo algo distinto en el proceso para elegir a quien coordinará la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en León: militantes dispuestos a poner el rostro, decir su nombre y presumir públicamente que ya tomaron partido.
El video tiene una sencillez que termina siendo su mayor fuerza: uno tras otro aparecen militantes diciendo “Yo con Espadas”.
Nada más, pero tampoco nada menos.
Porque lo llamativo no está únicamente en cuántos aparecen, sino en cómo lo hacen. Hay seguridad, entusiasmo y, sobre todo, un orgullo difícil de fabricar cuando el respaldo solamente responde a la disciplina o al compromiso.
Ahí puede encontrarse una de las razones por las que Jorge Espadas se adelantó.
No esperó a que el proceso adquiriera temperatura; comenzó a calentar la competencia mientras los demás todavía acomodaban sus piezas.
Primero mostró capacidad de organización. Después llegaron adhesiones importantes. Ahora está consiguiendo algo todavía más complicado: que una parte de la militancia no solamente esté con él, sino que quiera ser vista estando con él.
Alan Márquez y Luis Ernesto Ayala continúan en la competencia. Tienen trayectoria, relaciones, equipos y posibilidades. Nada está resuelto y sería absurdo repartir desde ahora un triunfo que todavía tendrá que construirse.
Pero Espadas consiguió apropiarse antes que ellos de algo que ninguna convocatoria puede ordenar: entusiasmo.
Y el entusiasmo en política tiene una pésima costumbre para quien viene detrás: se contagia.
Un panista mira a otro tomar posición. Después aparece otro rostro conocido. Luego alguien que permanecía esperando comienza a preguntarse si realmente conviene seguir esperando. Y poco a poco la pregunta deja de ser quién está con Espadas para convertirse en quién falta por decirlo.
Ésa es la verdadera fuerza del video.
El “Yo con Espadas” comienza a funcionar como una expresión de pertenencia. Ya no basta apoyar; hay quienes quieren presumir el apoyo.
Todavía faltan etapas, mediciones y decisiones. Alan y Luis Ernesto seguramente responderán y la competencia tendrá nuevos momentos.
Pero Espadas ya consiguió una primera ventaja difícil de esconder:
mientras los demás buscan cómo alcanzarlo, él consiguió que sus propios seguidores quieran contarle a todos que van con él.
Y como diría aquel viejo panista que sabía que en las internas también importa llegar antes:
“Camarón que se duerme… cuando despierta, Espadas ya juntó hasta los que él pensaba invitar.”




2.- MORENA REPARTIÓ PRIMERO… Y DESPUÉS PIDIÓ BUENOS MODALES
En política hay quienes descubren las reglas de urbanidad justo cuando cambia de manos el micrófono. En el informe legislativo de Ricardo Ferro Baeza, Hades Aguilar llevó la confrontación con priistas y panistas hasta expresiones abiertamente insultantes. Días después, Mauricio Trejo Pureco llamó “Cuarta Destrucción” a la 4T y María Eugenia García Oliveros decidió responderle desde la Diputación Permanente. Está en todo su derecho. Lo curioso es que la preocupación por las palabras apareció cuando las palabras comenzaron a viajar en sentido contrario.
Ricardo Ferro Baeza llevó su informe legislativo a San Miguel de Allende con una aspiración política que ya no necesita demasiadas adivinanzas: quiere gobernar el municipio.
Por eso debería cuidar cada mensaje, cada fotografía y, particularmente, cada micrófono que entrega.
Entre sus invitadas estuvo Hades Aguilar, compañera suya en la bancada de Morena.
Y Hades no fue precisamente a impartir un seminario sobre cortesía parlamentaria.
Sus expresiones contra priistas y panistas rebasaron la crítica política y se instalaron abiertamente en el insulto.
El episodio hizo ruido y terminó agregándole al informe de Ferro un capítulo que seguramente no estaba incluido entre los resultados que pretendía presumir.
Días después, Mauricio Trejo Pureco habló de la Cuarta Transformación y encontró una manera bastante más breve de expresar lo que piensa de ella: “Cuarta Destrucción”.
Cinco palabras bastaron.
María Eugenia García Oliveros decidió responder desde la Diputación Permanente. Nada extraordinario: una diputada de Morena defendiendo el movimiento al que pertenece frente a la crítica de un alcalde priista.
Lo verdaderamente sabroso aparece cuando se comparan las sensibilidades.
Porque cuando una legisladora de Morena utilizó expresiones insultantes contra priistas y panistas, la rudeza pareció caber perfectamente dentro del equipaje político. Pero cuando Mauricio jugó con el nombre de la 4T, de pronto aparecieron las reglas de etiqueta.
Y mientras unos discuten quién habló más fuerte, Ricardo Ferro debería estar haciendo otra cuenta.
Si pretende gobernar San Miguel, necesita sumar voluntades, ampliar simpatías y construir puentes mucho antes de pedir votos. Hades es su compañera de bancada. La conoce, conoce su estilo y difícilmente podía esperar que frente a un micrófono descubriera repentinamente una vocación diplomática.
Entonces queda una pregunta inevitable.
Si Ferro compartía el tono, tendrá que asumir políticamente lo ocurrido.
Y si no lo compartía, quizá descubrió demasiado tarde que en política también se responde por el escenario que uno organiza.
Más aún cuando se pretende gobernar una ciudad y lo último que debería hacer un aspirante es permitir que desde su propia fiesta le confeccionen gratuitamente la lista de quienes pueden terminar enfrentándolo.
Como decía aquella abuela que jamás necesitó estudiar ciencia política para entender a la gente:
“Si ya sabes cómo es, ¿para qué la invitas?”
Lo demás pertenece a una vieja costumbre de la política. Unos critican, otros responden; unos elevan el tono y los otros encuentran palabras para devolverlo. Pretender que solamente un lado tenga derecho a la rudeza sería como organizar una pelea y después querer reglamentar con qué mano puede defenderse el contrario.
Y como decía aquel viejo político que había sobrevivido a tantas campañas que ya no se espantaba ni con los discursos de sus propios compañeros:
“A puñaladas iguales, llorar es cobardía.”




3.- EN IRAPUATO, LA DESESPERACIÓN SE SUBIÓ AL ESPECTACULAR
Víctor Zanella entró al proceso panista para definir quién encabezará el proyecto político en Irapuato, pero la competencia se pobló, otros perfiles comenzaron a ganar terreno y él parece no avanzar a la velocidad que esperaba. Entonces aparecieron por distintos puntos de la ciudad varios espectaculares con su fotografía y una palabra imposible de ignorar: “PRESIDENTE”. La aclaración viene después y bastante más pequeña: presidente, sí, pero de la Comisión de Hacienda y Fiscalización del Congreso. En plena carrera por Irapuato, la casualidad tipográfica tiene una puntería verdaderamente envidiable.
Víctor Zanella lleva suficientes años en política para saber que en Irapuato nada de esto ocurre en el vacío.
Mucho menos varios espectaculares.
Y mucho menos ahora.
Está metido en un proceso panista donde compiten distintos perfiles y donde su verdadero problema comienza a ser conseguir que la carrera gire alrededor suyo.
Entonces aparecieron las carteleras.
Zanella, su fotografía y una palabra enorme: PRESIDENTE.
Más abajo llega la precisión: se refiere a la Comisión de Hacienda y Fiscalización del Congreso del Estado.
Todo aclarado.
Lo verdaderamente divertido es imaginar cuántos irapuatenses circulan por la ciudad preguntándose quién preside las comisiones legislativas y necesitaban urgentemente semejante recordatorio.
Porque la palabra escogida no es cualquiera.
Es exactamente la que Zanella quisiera colocar delante de su nombre en Irapuato después de 2027.
No necesitamos convertirnos en autoridad electoral ni repartir sentencias sobre lo que puede o no puede hacerse. Para eso existen instituciones y procedimientos.
Aquí interesa otra cosa: lo que revelan políticamente esos espectaculares.
Y revelan prisa.
Zanella consiguió respaldos y superó una etapa del proceso interno. Eso es cierto.
Pero cumplir el requisito no significa haberse convertido en el hombre a vencer.
Distintas mujeres y hombres se mueven, otros construyen y otros también quieren la Presidencia Municipal de Irapuato.
Quizá por eso alguien decidió que había llegado el momento de aumentar el tamaño.
Si todavía no alcanza la percepción, siempre quedan algunos metros de lona.
El problema es que una cartelera puede agrandar una fotografía, pero no necesariamente una candidatura.
Puede conseguir que miles de irapuatenses lean “PRESIDENTE”.
Lo verdaderamente difícil será conseguir que algún día quieran cruzarlo en una boleta.
Y como decía aquel viejo operador de Irapuato que sabía reconocer perfectamente cuándo una campaña comenzaba a ponerse nerviosa:
“Cuando el candidato no crece… crece el espectacular.”




4.- TOÑO NAVARRO TOMA LA DELANTERA EN LA CARRERA DEL PAN POR SAN FRANCISCO DEL RINCÓN
La encuesta de TAG Research de agosto comienza a dibujar con mayor claridad la competencia interna del PAN en San Francisco del Rincón y coloca a Toño Navarro en la posición más sólida. Encabeza la preferencia para convertirse en candidato, es por amplia diferencia el aspirante panista más conocido, aparece primero cuando se pregunta quién puede dirigir mejor el municipio y domina con claridad en trayectoria y experiencia. A ello se agrega una característica del electorado que también juega a su favor: entre los ciudadanos consultados existe una preferencia mayor por un hombre que por una mujer para ocupar la próxima Presidencia Municipal.
La carrera apenas comienza y sería prematuro hablar de una definición, pero la fotografía de agosto ya permite saber desde dónde está arrancando cada uno. TAG Research colocó frente a los ciudadanos a los tres perfiles que hoy aparecen en la competencia panista y Toño Navarro encabeza la preferencia para representar al PAN con 24.8%, seguido por Diana Gutiérrez con 20.4% y Mayra Gordillo con 11.7%. No es una distancia que permita considerar resuelto el proceso, pero sí establece con claridad quién lleva actualmente la delantera.
El dato adquiere mayor relevancia cuando se observa solamente a quienes manifiestan intención de votar por Acción Nacional. También ahí Navarro ocupa el primer sitio, con 29.8%, frente al 26.1% de Diana Gutiérrez y el 10.2% de Mayra Gordillo. Toño, por tanto, encabeza tanto en la población consultada como dentro del electorado que hoy expresa una preferencia por el PAN.
Hay además una característica de San Francisco del Rincón que resulta particularmente interesante en esta competencia. Cuando se preguntó si la población preferiría a un hombre o a una mujer como próximo presidente municipal, 50.6% se inclinó por un hombre y 34.8% por una mujer. Naturalmente, el género no decide una candidatura ni garantiza una elección, pero cuando la competencia panista está formada por un hombre y dos mujeres, es un dato que necesariamente entra en la lectura del momento.
Después viene una de las diferencias más importantes de toda la encuesta: el conocimiento.
Toño Navarro es identificado por 30.9% de los ciudadanos. Mayra Gordillo ocupa el segundo lugar con 17.8% y Diana Gutiérrez aparece en tercero con apenas 11.3%. La distancia es considerable: Toño prácticamente duplica el conocimiento de Mayra y se acerca a triplicar el de Diana. Esto resulta especialmente relevante porque Diana aparece segunda en preferencia, pero no en conocimiento. Son dos indicadores diferentes y conviene no confundirlos.
Hay algo todavía más interesante. Cuando no se presentan previamente los nombres y simplemente se pregunta a los ciudadanos a quién han escuchado mencionar como posible aspirante a la Presidencia Municipal, Toño vuelve a destacar. Su mención espontánea alcanza 6.02%, después de registrar 2.53% en mayo. Es decir, su nombre comienza a relacionarse naturalmente con la sucesión municipal sin necesidad de que el encuestador lo coloque frente al entrevistado.
Y si el conocimiento representa una fortaleza, la trayectoria constituye hasta ahora su ventaja más contundente.
Cuando TAG Research pregunta quién puede dirigir mejor San Francisco del Rincón, Navarro ocupa el primer sitio con 26.6%. Pero cuando la pregunta es quién tiene mayor trayectoria y experiencia, la distancia se abre de manera notable: Toño alcanza 39.8%, frente a 10.3% de Diana Gutiérrez y 10% de Mayra Gordillo.
Ahí aparece una posible explicación de por qué Navarro encabeza la competencia.
No se trata únicamente de que su nombre sea más conocido. Una parte importante de los ciudadanos parece asociarlo con experiencia y capacidad para gobernar. Y eso puede tener un peso especial en San Francisco del Rincón, donde la propia encuesta muestra que la decisión electoral descansa mucho más en las personas que en la fidelidad automática a los partidos.
También en visión y valores Navarro se mantiene en la parte más alta de la medición: obtiene 26.6%, prácticamente empatado con Diana Gutiérrez, que registra 26.7%. En confianza la diferencia también es mínima, con Diana en 25.5% y Toño en 24.3%. Es decir, las dos áreas donde Navarro no ocupa formalmente el primer sitio presentan márgenes estrechísimos; en cambio, donde él aventaja —conocimiento, preferencia, capacidad para dirigir y trayectoria— algunas de las diferencias son considerablemente mayores.
Vista completa, la fotografía de agosto resulta favorable para Toño Navarro. Es primero en preferencia para convertirse en candidato; primero entre quienes actualmente votarían por el PAN; primero en conocimiento; primero en presencia espontánea dentro de la conversación sucesoria; primero en capacidad para dirigir San Francisco del Rincón y, con enorme diferencia, primero en trayectoria y experiencia.
Todavía falta camino. Habrá movimientos, nuevas mediciones, decisiones partidistas y una competencia que seguramente aumentará de intensidad conforme se acerque 2027. Ninguna encuesta entrega candidaturas y ninguna fotografía de agosto puede escribirse como resultado definitivo.
Pero sí permite establecer quién comienza adelante, dónde están sus fortalezas y quiénes necesitan crecer para alcanzarlo.
Hoy, en la carrera panista por San Francisco del Rincón, ese lugar lo ocupa Toño Navarro.
Y como decía aquel viejo operador que sabía leer encuestas y también silencios: “Cuando los números hablan, hasta los que no quieren oír empiezan a sacar cuentas.”




5.- ANDRÉS OJEDA: LO CONOCEN POCOS, PERO GUSTA RÁPIDO
La encuesta de TAG Research levantada en Cortazar entre el 30 de julio y el 1 de agosto, mediante 500 entrevistas presenciales, dejó un dato que merece bastante más atención que un simple segundo lugar. Mauricio Estefanía encabeza el escenario con 29%, mientras Andrés Ojeda alcanza 15.4%. La sorpresa aparece cuando se cruza esa cifra con otra: apenas 16.5% de los entrevistados conoce a Ojeda. Todavía tiene que presentarse ante buena parte del municipio y, sin embargo, entre quienes comienzan a identificarlo parece existir una aceptación extraordinariamente alta. La pregunta entonces ya no es solamente cuánto tiene, sino por qué está gustando.
Una encuesta no explica por sí misma las razones de una preferencia, pero el perfil de Ojeda ofrece algunas pistas. Tiene juventud, pero no llega sin experiencia; ha trabajado en áreas del gobierno estatal relacionadas con desarrollo social, planeación, evaluación, políticas públicas, juventudes y derechos humanos. Es decir, puede ofrecer renovación sin tener que presentarse como alguien que mañana necesitaría aprender desde cero cómo funciona una administración pública.
También juega a su favor algo que en política suele apreciarse solamente cuando comienza a escasear: no carga todavía con un costal de pleitos. Su nombre no llega acompañado de grandes confrontaciones locales, derrotas electorales o años de desgaste frente al ciudadano. Eso le permite aparecer como una cara nueva sin parecer necesariamente improvisado.
Después está la cercanía. Ojeda ha comenzado a trabajar territorio, recorrer, escuchar y hacerse presente sin construir alrededor suyo la imagen del político que aterriza únicamente cuando necesita votos. Para alguien con apenas 16.5% de conocimiento, cada nuevo contacto puede convertirse todavía en una primera impresión. Y hasta ahora, a juzgar por la relación entre conocimiento y preferencia que muestra TAG Research, esas primeras impresiones parecen estar funcionando.
El contraste resulta interesante. Mauricio Estefanía tiene 87% de conocimiento y registra 29% de preferencia. Ojeda apenas comienza a ser identificado y ya alcanza 15.4%. Eso no significa que automáticamente vaya a crecer conforme aumente su conocimiento; sería una conclusión que ninguna encuesta permite. Pero sí revela algo que sus competidores deberían mirar con atención: su problema todavía es que no lo conocen, no que lo conozcan y no lo quieran.
Ahí puede encontrarse su mayor oportunidad.
Para el PAN también hay una señal. Ojeda aparece como su perfil mejor colocado en ese escenario sin haber alcanzado todavía un nivel importante de conocimiento. Si consigue conservar una imagen de juventud, preparación, cercanía y renovación mientras amplía presencia territorial, puede convertirse en una opción bastante más seria de lo que su todavía reducido conocimiento sugeriría.
Le falta muchísimo. Necesita construir equipo, acreditar conocimiento profundo de Cortazar y demostrar que un buen perfil administrativo puede convertirse en liderazgo político. Pero empieza con algo que no se compra en espectaculares ni se decreta desde un partido: cuando la gente comienza a conocerlo, parece encontrar razones para considerarlo.
Y como decía aquel viejo operador que sabía que una campaña se vuelve peligrosa cuando un nombre nuevo empieza a caer bien:
“No te preocupes por el que todos conocen y ya sabes cuánto tiene; preocúpate por el que apenas se presenta… y ya te está alcanzando.”




6.- ¿EN LA FERIA DE LEÓN SE PAGABA PARA PEGARLE A SALIM?
Humberto Gutiérrez, el enfant terrible del periodismo guanajuatense, volvió a meter el dedo donde más incomoda. Esta vez lanzó una acusación demasiado seria para perderse entre pleitos de redes: asegura que desde Comunicación Social de la Feria de León le ofrecieron 15 mil pesos en publicidad para golpear mediáticamente al diputado Miguel Salim Alle. El señalado lo niega. Pero Humberto no habló de oídas: dio una cantidad, identificó a quien señala y asegura tener una grabación. Y cuando una denuncia llega con semejante nivel de precisión, lo menos que merece es una explicación institucional a la misma altura.
Humberto Gutiérrez tiene una especialidad que a estas alturas ya forma parte de su personaje: preguntar donde otros prefieren pasar de largo y conseguir que, tarde o temprano, alguien termine enojado.
Por algo es el enfant terrible.
Esta vez el asunto dejó de tener gracia muy pronto.
Porque Miguel Salim no es un personaje accidental en la historia de la Feria. Lleva tiempo cuestionando cifras, gastos, ingresos, cortesías y decisiones del organismo. Puede acertar o equivocarse; para eso existen documentos, auditorías y respuestas públicas.
Lo que no debería existir es otra cosa.
Si un diputado pregunta, se le contesta.
Si cuestiona números, se le presentan números.
Si incomoda, se aguanta.
Pero si alguien pretendiera utilizar publicidad para conseguir que un periodista golpeara al crítico, entonces ya no estaríamos hablando de comunicación institucional, sino de algo bastante más delicado.
Y aquí los 15 mil pesos casi terminan siendo lo menos importante.
Lo verdaderamente grave sería la condición.
Publicidad legítima se contrata para difundir mensajes, espacios o contenidos y deja detrás conceptos, acuerdos y responsabilidades. Lo que denuncia Humberto es otra cosa: dinero acompañado de una encomienda política.
Por eso la respuesta no puede quedarse en descalificarlo.
Humberto asegura tener una grabación. Y conociendo al enfant terrible, seguramente esta historia todavía no ha terminado de enseñar los dientes.
Mientras tanto, la Feria de León tiene una oportunidad muy sencilla para apagar el incendio: explicar con claridad si desde su estructura de comunicación se realizó o no semejante ofrecimiento y dejar establecido cómo se contrata, distribuye y decide su publicidad.
Porque además existe una coincidencia demasiado incómoda para ignorarla: el supuesto destinatario de los golpes sería precisamente Miguel Salim, uno de los políticos que más ruido ha hecho alrededor de las cuentas y decisiones de la Feria.
Eso merece explicación.
No gritos.
No descalificaciones.
Explicación.
Y como decía aquel viejo director de periódico que conocía perfectamente la diferencia entre contratar publicidad y pretender comprar voluntades:
“Al periodista incómodo se le responde con información; el día que intentas comprarle el garrote, el golpe puede terminar siendo para ti.”
(By operación W).





“Cultivo una rosa blanca”
De: José Martí
Cultivo una rosa blanca en junio como en enero para el amigo sincero que me da su mano franca. Y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo; cardo ni ortiga cultivo; cultivo la rosa blanca.




*Si quieres escucharlo en la voz de: *Cristy Arias, Shanel Arias & Fabián Veloz.
Sobre el poema.
“Cultivo una rosa blanca”: la grandeza de conservar limpio el corazón
Lectura profunda del poema de José Martí donde una flor sencilla se transforma en símbolo de amistad, entereza y libertad interior frente a la difícil decisión de no permitir que el daño recibido determine aquello en lo que podemos convertirnos
La rosa que revela una manera de estar en el mundo
José Martí necesitó apenas ocho versos para plantear una de esas preguntas que pueden acompañarnos durante toda la vida: ¿qué clase de persona queremos ser frente a los demás? La respuesta comienza con una rosa blanca, pero la verdadera clave está en la acción que realiza el poeta. No encuentra la rosa ni la recibe: la cultiva. Hay detrás de ella cuidado, paciencia y voluntad. De esa manera, Martí convierte la bondad en algo que debe construirse y conservarse.
La primera destinataria de esa flor es la amistad sincera. El amigo llega ofreciendo una “mano franca”, una imagen sencilla que contiene confianza, lealtad y ausencia de engaño. Frente a esa sinceridad, el poeta responde con una rosa igualmente limpia. Existe correspondencia entre ambos: alguien ofrece honestidad y recibe afecto. Hasta ese momento, el poema parece celebrar una amistad sustentada en la reciprocidad.
También importa que Martí diga que cultiva la rosa “en junio como en enero”. Más allá de las estaciones concretas, los dos meses transmiten permanencia. La verdadera amistad no debería existir únicamente durante los días favorables. Su valor se descubre cuando sobrevive a los cambios, a las distancias y a las dificultades. La rosa permanece porque el sentimiento que representa aspira también a permanecer.
Pero Martí no escribió estos versos únicamente para decir que debemos corresponder bien a quien nos trata bien. Eso sería hermoso, aunque demasiado sencillo. La profundidad comienza cuando la misma rosa aparece frente a alguien que no la merece.
La herida que no consigue convertirse en espina
De pronto entra en el poema “el cruel”. El contraste es enorme. Ya no estamos frente a la mano franca del amigo, sino ante alguien capaz de arrancarle al poeta, simbólicamente, el corazón con el que vive. Martí no disminuye la gravedad de la ofensa para hacer más fácil su conclusión. Reconoce el daño y lo lleva hasta una imagen extrema.
Entonces aparecen dos posibilidades: el cardo y la ortiga. Ambas representan una respuesta nacida de la misma aspereza que produjo la herida. Sería comprensible devolver rechazo por rechazo, agresión por agresión, resentimiento por dolor. Sin embargo, el poeta decide no cultivar ninguna de esas plantas.
Ahí está el centro moral del poema. Martí no afirma que el cruel se haya vuelto bueno ni confunde al adversario con el amigo. Tampoco dice que el sufrimiento deba olvidarse. Su decisión ocurre dentro de sí mismo: no permitirá que la conducta de otro determine la calidad de sus propios sentimientos.
La diferencia es fundamental. Perdonar no significa necesariamente volver a confiar; conservar la nobleza no obliga a renunciar a los límites ni a la dignidad. La rosa blanca expresa otra cosa: la posibilidad de atravesar una herida sin convertirla en una identidad. El daño ocurrió, pero no tendrá derecho a decidir el futuro de quien lo recibió.
Vista así, la rosa protege tanto a quien la recibe como a quien la cultiva. Porque el resentimiento también exige cuidados: hay que recordarlo, alimentarlo y mantener viva la ofensa. Martí decide no dedicarle su existencia a semejante tarea.
La victoria más difícil ocurre dentro de uno mismo
El poema termina regresando a su punto de partida: “cultivo la rosa blanca”. Después del amigo y del cruel, de la fraternidad y de la herida, la elección permanece. Esa repetición final ya no significa exactamente lo mismo que al principio. La primera rosa podía parecer un gesto de cariño; la última se ha convertido en una afirmación de carácter.
Ahí se encuentra la extraordinaria vigencia del poema. No siempre podemos escoger aquello que recibimos de los demás. Podemos encontrarnos con lealtad o traición, reconocimiento o desprecio, afecto o crueldad. Pero entre lo que alguien nos hace y aquello en lo que decidimos convertirlo existe un territorio que todavía nos pertenece.
Martí coloca la verdadera fortaleza precisamente ahí. Responder al odio con odio puede resultar inmediato; impedir que el odio ajeno se instale dentro de nosotros exige una disciplina mucho mayor. La rosa blanca no representa debilidad. Representa dominio sobre uno mismo.
Por eso estos versos terminan hablando de algo más grande que la amistad y el perdón. Hablan de libertad interior. El cruel puede causar una herida, pero no necesariamente tiene que conquistar también el corazón de quien hirió.
Tal vez esa sea la enseñanza más profunda de “Cultivo una rosa blanca”. La vida nos obliga continuamente a decidir qué hacemos con lo que recibimos. José Martí propone una respuesta difícil: reconocer la herida, distinguir perfectamente quién tendió la mano y quién causó dolor, pero no permitir que la amargura se convierta en nuestra manera de vivir.
La rosa blanca termina siendo, entonces, una elección. Y acaso también una victoria: llegar al final de una herida conservando la capacidad de no sembrar dentro de nosotros aquello mismo que un día nos lastimó.
Sobre el autor.
JOSÉ MARTÍ: UNA VIDA ENTERA PUESTA AL SERVICIO DE LA PALABRA Y LA LIBERTAD
Reseña biográfica y de la obra del escritor cubano que hizo de la poesía, el periodismo, el pensamiento y la acción pública distintas expresiones de una misma convicción: que la dignidad del ser humano debía defenderse tanto con las ideas como con los actos
El muchacho que conoció demasiado pronto el precio de sus ideas
José Julián Martí Pérez nació en La Habana el 28 de enero de 1853 y apenas había comenzado a descubrir el mundo cuando la realidad política de Cuba entró de lleno en su vida. Creció en una isla todavía gobernada por España, dentro de una sociedad marcada por enormes desigualdades y por un movimiento independentista que comenzaba a transformar la conciencia de numerosos cubanos. Martí no contempló aquel conflicto desde lejos. Siendo todavía adolescente tomó posición y aprendió muy pronto que expresar determinadas convicciones podía tener consecuencias.
La prisión llegó cuando apenas comenzaba su juventud. El encierro y los trabajos forzados dejaron marcas físicas, pero sobre todo contribuyeron a definir su carácter. Aquella experiencia le permitió conocer desde dentro la humillación del sometimiento y convirtió la libertad en algo mucho más concreto que una palabra política. Para Martí, ser libre terminaría significando también conservar la dignidad, pensar sin obediencias impuestas y asumir responsabilidad frente a la injusticia.
Después vino el destierro. España fue uno de los primeros escenarios de una existencia que transcurriría entre viajes, separaciones y regresos imposibles. Estudió, escribió y fue construyendo una cultura extraordinariamente amplia. Más tarde pasó por México, Guatemala y Venezuela, hasta establecer durante una larga etapa de su vida su centro de operaciones en Nueva York. Esa condición de viajero terminó ampliando profundamente su mirada: cuanto más conocía otros países, más pensaba en Cuba y en el destino común de América.
Su actividad fue asombrosamente diversa. Enseñó, pronunció discursos, escribió para periódicos, tradujo, mantuvo una correspondencia inmensa y participó en la organización del movimiento independentista cubano. La política nunca consiguió apagar al escritor ni la literatura lo apartó de la realidad. En Martí ambas dimensiones terminaron alimentándose mutuamente.
Regresó a Cuba en 1895 para participar directamente en la lucha que había ayudado a organizar desde el exilio. Murió el 19 de mayo de ese año en Dos Ríos. Tenía solamente cuarenta y dos años. La brevedad de su vida contrasta con la extraordinaria cantidad de pensamiento, literatura y acción que consiguió dejar detrás de sí.
Mucho más que el poeta de la rosa blanca
La enorme popularidad de algunos de sus versos puede ocultar la verdadera dimensión de su obra. José Martí no fue solamente el autor de “Cultivo una rosa blanca” ni el creador de poemas destinados a convertirse en parte de la memoria popular. Fue un escritor de registros muy distintos y una de las inteligencias literarias más completas de Hispanoamérica durante el siglo XIX.
En su poesía encontramos diferentes momentos de su vida interior. Ismaelillo posee una intimidad vinculada al amor filial y a la necesidad de encontrar refugio afectivo. Versos sencillos alcanza una claridad que parece espontánea, aunque detrás de ella existe una extraordinaria capacidad de condensación. Versos libres, por su parte, muestra una voz más intensa, quebrada y poderosa, capaz de llevar el idioma hacia zonas de mayor tensión emocional.
Pero Martí fue también un extraordinario prosista. En sus crónicas periodísticas observó ciudades, acontecimientos políticos, personajes, costumbres y transformaciones sociales. No miraba únicamente aquello que ocurría; intentaba descubrir lo que significaba. Esa diferencia convierte muchas de sus páginas periodísticas en literatura capaz de sobrevivir a la noticia que originalmente las provocó.
Su escritura destinada a los niños ocupa otro lugar fundamental. Con La Edad de Oro imaginó a los jóvenes lectores como personas capaces de comprender el mundo si alguien sabía explicárselo con claridad, respeto y belleza. Quería despertar curiosidad, acercarlos a otras culturas y enseñarles que aprender podía convertirse también en una aventura.
A ello deben sumarse su correspondencia, sus discursos, sus ensayos y sus textos políticos. Incluso cultivó el teatro y la narrativa. Esa amplitud demuestra que Martí nunca concibió la escritura como un territorio cerrado. Cada género le permitía aproximarse de manera distinta a una preocupación que permanecía en el fondo: cómo construir seres humanos más conscientes de su libertad y de sus responsabilidades.
Una obra donde la palabra debía parecerse a la vida
Existe una profunda coherencia entre el hombre que Martí quiso ser y la literatura que escribió. Sus grandes temas no fueron escogidos desde la comodidad de un escritorio: libertad, amistad, dignidad, sacrificio, justicia y pertenencia americana atravesaron también su propia existencia. Esa relación explica la particular fuerza que todavía conservan muchas de sus páginas.
Su importancia literaria se encuentra igualmente en la renovación del idioma. Martí escribió en una época en la que la literatura hispanoamericana comenzaba a buscar una personalidad diferente. Su prosa adquirió movimiento, imágenes inesperadas, musicalidad y una extraordinaria flexibilidad. En poesía fue capaz de combinar la herencia tradicional con una sensibilidad que anunciaba nuevas formas de expresión.
También pensó profundamente a América. No la entendía simplemente como una extensión cultural de Europa ni como un conjunto de países condenados a imitar modelos ajenos. Percibió una realidad formada por historias, pueblos y contradicciones propias que necesitaba conocerse antes de decidir su destino. Para él, la independencia política resultaba insuficiente si no iba acompañada de independencia intelectual.
Ahí puede colocarse también la pequeña rosa blanca que terminó recorriendo generaciones. Su sencillez contiene mucho del pensamiento martiano: la firmeza no necesita convertirse en odio; la dignidad puede sobrevivir a la ofensa; la bondad elegida conscientemente posee más fuerza que la bondad que nunca ha sido puesta a prueba.
Martí no alcanzó a contemplar la Cuba independiente que imaginó. Su muerte ocurrió cuando todavía quedaba por delante una larga historia de guerra y decisiones políticas. Pero su obra sobrevivió al hombre y terminó adquiriendo una dimensión continental.
Quizá por eso continúa siendo leído. No únicamente porque pertenece a la historia cubana ni porque algunos de sus versos hayan alcanzado enorme popularidad, sino porque dejó preguntas que siguen abiertas. Qué significa vivir con dignidad, cuánto vale realmente la libertad, qué debemos hacer con el conocimiento y hasta dónde estamos dispuestos a responder por aquello en lo que creemos.
José Martí convirtió esas preguntas en literatura y después intentó convertirlas en vida. Esa unión, difícil y pocas veces conseguida, explica por qué su palabra todavía permanece.
(ByNotas de Libertad).

/… JALPA DE CÁNOVAS: EL HOMBRE QUE IMPIDIÓ QUE EL PASADO SE FUERA
Un recorrido por el antiguo pueblo levantado sobre arena, por la hacienda que llegó a extenderse sobre diez municipios, por el templo neogótico que Luis Long dibujó para desafiar al tiempo y, sobre todo, por la vida de don Luis Cabrera, el hombre que regresó a Jalpa después de veintiocho años y convirtió una fotografía guardada desde la infancia en el principio de una extraordinaria tarea de rescate.
EL PUEBLO QUE TODAVÍA HABLA DESDE SUS MUROS
Jalpa de Cánovas no comienza en el nombramiento de Pueblo Mágico ni termina en la belleza tranquila de su plaza. Su historia viene de mucho más lejos. Su nombre original, Xalpan, hablaba de un asentamiento construido sobre arena; después llegaron la hacienda, las bodegas, los trigales, las presas y una extensión territorial que en su momento alcanzó aproximadamente 67 mil hectáreas distribuidas entre tierras de Guanajuato y Jalisco. Jalpa fue abundancia, poder económico y granero; también fue desigualdad, levantamiento, reparto agrario y desmembramiento.
Por sus propiedades pasaron familias que ampliaron la hacienda, la heredaron, la dividieron o intentaron protegerla. Manuel Cánovas delimitó las tierras y en 1872 agregó su apellido al nombre del poblado. Más tarde, el matrimonio de Guadalupe Cánovas y Óscar Braniff enlazó la historia local con el Porfiriato y con los días convulsos de la Revolución. Braniff participó en conversaciones de pacificación, salió del país y regresó a una comunidad que ya no obedecía con la docilidad de otros tiempos. Jalpa también aprendió a discutirle al poder.
En medio de esa grandeza permanece el Templo del Señor de la Misericordia. La construcción comenzó en 1885 y quedó vinculada al talento de Luis Long, quien dejó dibujos a escala para que los trabajadores pudieran continuar una obra que él no podía vigilar permanentemente. El ladrillo rojo, los vitrales y la verticalidad neogótica no son solamente un atractivo arquitectónico: son la prueba de una promesa que tardó décadas en encontrar forma.
UNA FOTOGRAFÍA QUE ESPERÓ SU REGRESO
Pero esta historia encuentra su verdadera respiración en don Luis Cabrera. Cuando era niño visitó la casa de una tía y descubrió sobre una mesa una fotografía del templo durante su construcción, tomada por Luis Long. La pidió, se la llevó y la guardó con el cuidado instintivo de quien todavía no sabe que acaba de recibir una misión. Después salió de Jalpa: estudió durante tres años y trabajó veinticinco en Bimbo. La vida transcurrió lejos, pero aquella imagen permaneció esperándolo dentro de una caja de objetos juveniles.
Cuando regresó después de veintiocho años, buscó la caja y encontró intacta la fotografía. Entonces comenzó todo. Don Luis visitó casas de personas mayores, pidió imágenes antiguas, escuchó historias y recibió objetos que las familias preferían entregarle antes de verlos desaparecer. Llegaron herramientas de labranza, botas, ruedas, molinos, documentos, armas, utensilios y una sinfonola de 1947. Lo que inició como curiosidad se convirtió en una lucha silenciosa contra el olvido y contra los compradores que recorrían los pueblos llevándose aquello que nadie había aprendido todavía a considerar patrimonio.
También llegaron los archivos. Con claves copiadas de catálogos y acompañado por su hija, don Luis pasó años consultando y reproduciendo documentos en el Archivo Histórico de León. Cada papel permitía corregir una fecha, reconocer un rostro o reconstruir una sucesión. Su autoridad no nació de repetir leyendas, sino de confrontar testimonios, fotografías y expedientes hasta conseguir que la historia de Jalpa pudiera sostenerse frente a las preguntas.
EL MUSEO DONDE LAS FAMILIAS VUELVEN A ENCONTRARSE
El Museo Luis Cabrera es el resultado de esa perseverancia. En sus habitaciones caben la vida prehispánica, los primeros propietarios, la época de la hacienda, las dos iglesias, la Cristiada, los instrumentos del trabajo cotidiano y las historias de quienes casi nunca aparecen en los libros. Allí puede hablarse del padre Pedro González, organizador de escuelas, grupos mutualistas y cajas de ahorro; de Víctor López Díaz y los jóvenes de Jalpa incorporados al movimiento cristero; pero también de mujeres, peones, artesanos y familias separadas por la migración.
Una de las anécdotas más hermosas comenzó cuando don Luis fotografió a Hilario López y a su esposa frente a su casa de adobe. Ambos se habían casado tres veces y habían sido novios cuando eran jóvenes, aunque la vida sólo los reunió definitivamente durante la vejez. La imagen apareció después en una publicación y, algún tiempo más tarde, decenas de familiares llegaron desde Los Ángeles buscando aquella fotografía. El museo dejó entonces de ser una colección: se convirtió en el lugar donde una familia dispersa encontró la puerta de regreso.
Después de treinta y cuatro años de búsqueda, don Luis no presume haber reunido cosas antiguas. Ha conseguido algo mucho más difícil: impedir que Jalpa pierda la conversación con quienes la construyeron. En el número 104 de la calle Luis Long, cada documento conserva una pregunta y cada objeto espera una voz que explique para qué sirvió y en qué manos estuvo.
Por eso este recorrido de Rincones y Sabores no visita solamente un museo ni contempla únicamente un pueblo hermoso. Entra en la obra de un hombre que regresó para devolverle a su comunidad aquello que el tiempo comenzaba a quitarle. Jalpa de Cánovas tiene hacienda, templo, presas, nogales y caminos. Pero posee además a don Luis Cabrera: un guardián que comprendió que salvar el pasado también es una manera profundamente amorosa de cuidar el porvenir.
Video crónica
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).





Domingo 23 de agosto al sábado 29 de agosto.
SANTORAL
CUANDO LA FE SE CONVIERTE EN UNA FORMA DE VIVIR
El santoral reúne historias profundamente distintas. Hay reyes y campesinos, religiosos y laicos, misioneros, educadores, mártires y personas que dedicaron su existencia al cuidado de los demás. Lo que permanece de ellos no es únicamente el nombre colocado junto a una fecha, sino la manera particular en que cada uno respondió a las circunstancias de su tiempo. Algunos dejaron instituciones; otros, escritos; muchos apenas conservaron una historia transmitida durante generaciones. Todos forman parte de una tradición que encontró en sus vidas una razón para recordarlos.
DOMINGO 23 DE AGOSTO
SANTA ROSA DE LIMA
Isabel Flores de Oliva nació en Lima en 1586 y pasó a la historia como Rosa de Santa María. Ingresó como terciaria dominica y convirtió la oración, la penitencia y el servicio a enfermos y necesitados en el centro de una vida muy breve: murió con apenas 31 años. Fue la primera santa nacida en América canonizada por la Iglesia católica y es patrona de América, Perú y Filipinas. En el calendario romano universal se celebra el 23 de agosto, aunque en diversos países americanos su festividad tradicional permanece el día 30.
SAN FELIPE BENICIO
Felipe Benicio nació en Florencia en 1233 y recibió una sólida formación en medicina y filosofía antes de incorporarse a la Orden de los Siervos de María. Dentro de los Servitas ejerció responsabilidades de gobierno y contribuyó decisivamente a extender la congregación por distintas regiones de Europa. La tradición resalta especialmente su humildad, pues intentó apartarse de honores y cargos que consideraba incompatibles con la vida sencilla que había elegido. Murió en 1285 y fue canonizado en 1671.
SANTOS ABUNDIO E IRENEO
Abundio e Ireneo pertenecen a las antiguas comunidades cristianas de Roma y fueron martirizados durante la persecución del emperador Valeriano. La tradición señala que sufrieron persecución después de dar sepultura al cuerpo de la mártir Concordia, un gesto que podía convertirse en motivo de condena para quienes auxiliaban a otros cristianos. Su memoria quedó vinculada con el cementerio de San Lorenzo, en la vía Tiburtina, y permaneció incorporada al santoral como ejemplo de fidelidad y solidaridad en tiempos de persecución.
SAN EUGENIO
Eugenio pertenece al antiguo santoral occidental y su memoria se conserva el 23 de agosto. Como ocurre con numerosas figuras de los primeros siglos cristianos, los datos históricos sobre su existencia son escasos y parte de su biografía quedó envuelta en tradiciones transmitidas durante generaciones. Su permanencia en el calendario refleja el peso que tuvieron aquellas comunidades que conservaron el recuerdo de quienes consideraron ejemplos de entrega religiosa y fidelidad.
SAN LUPO
San Lupo, también conocido como Lupus, es venerado entre los santos del 23 de agosto. Las tradiciones cristianas orientales lo presentan como servidor de san Demetrio de Tesalónica y testigo de su martirio. Después de la muerte de Demetrio continuó proclamando abiertamente su fe, lo que provocó su persecución durante el gobierno del emperador Maximiano Galerio. Finalmente fue condenado y ejecutado.
LUNES 24 DE AGOSTO
SAN BARTOLOMÉ APÓSTOL
Bartolomé fue uno de los doce apóstoles de Jesús y tradicionalmente se le identifica con Natanael, el personaje presentado por el Evangelio de Juan como un hombre inicialmente escéptico que termina reconociendo a Jesús. Después de la resurrección, antiguas tradiciones lo sitúan predicando en diferentes regiones de Oriente, entre ellas India y Armenia, donde habría sufrido martirio. Su festividad ocupa un lugar principal en el calendario litúrgico del 24 de agosto.
SANTA JUANA ANTIDA THOURET
Juana Antida Thouret nació en Francia en 1765 y vivió los años convulsos de la Revolución Francesa, cuando numerosas comunidades religiosas fueron disueltas. Después de distintas dificultades fundó las Hermanas de la Caridad de Besanzón, dedicadas a atender enfermos, pobres, niños abandonados y a ofrecer educación. Murió en Nápoles en 1826 después de una vida marcada por el servicio y también por fuertes incomprensiones dentro de la propia Iglesia. Fue canonizada en 1934.
SANTA EMILIA DE VIALAR
Emilia de Vialar nació en Francia en 1797 y utilizó la herencia recibida de su familia para fundar, en 1832, la Congregación de las Hermanas de San José de la Aparición. Su proyecto religioso tuvo desde el principio una marcada vocación misionera y asistencial. Las religiosas extendieron su trabajo hacia el norte de África, Oriente Medio y otras regiones, atendiendo escuelas, hospitales y comunidades necesitadas. Emilia murió en Marsella en 1856 y fue canonizada por Pío XII en 1951.
SANTA ÁUREA
Áurea figura entre las santas recordadas el 24 de agosto. Su nombre está asociado con antiguas tradiciones cristianas de martirio y fidelidad religiosa. Como sucede con numerosos santos de los primeros siglos, la documentación histórica disponible es limitada y diferentes tradiciones conservaron versiones distintas de su vida. Su permanencia en el santoral refleja la memoria de aquellas primeras comunidades que transmitieron durante generaciones el nombre de quienes murieron por conservar su fe.
SAN AUDENO DE ROUEN
Audeno, conocido también por su nombre francés Ouen, nació a comienzos del siglo VII y llegó a ser obispo de Rouen. Participó activamente en la vida religiosa y política del reino franco y mantuvo estrecha relación con otros grandes evangelizadores de su época. Durante su episcopado impulsó monasterios y comunidades religiosas y favoreció la expansión del cristianismo en la región. Su nombre permanece ligado a numerosos templos y localidades francesas.
MARTES 25 DE AGOSTO
SAN LUIS IX, REY DE FRANCIA
Luis IX subió al trono francés siendo todavía niño y gobernó durante buena parte del siglo XIII. La tradición destaca su preocupación por la justicia, la atención a los pobres y una religiosidad que influyó profundamente en sus decisiones personales y políticas. Participó en las Cruzadas, fundó hospitales y monasterios y mandó construir la Sainte-Chapelle de París para albergar importantes reliquias. Murió en Túnez en 1270 y fue canonizado apenas 27 años después.
SAN JOSÉ DE CALASANZ
José de Calasanz nació en Aragón en 1557 y desarrolló buena parte de su obra en Roma. Allí quedó impresionado por el abandono educativo de los niños pobres y decidió dedicar su vida a ofrecerles enseñanza gratuita. Fundó las Escuelas Pías y la Orden de los Escolapios, convirtiendo la educación en el centro de su apostolado. Su propuesta fue innovadora porque entendió la escuela como un instrumento capaz de transformar no sólo al alumno sino también a su entorno social. Fue canonizado en 1767.
SAN GENÉS DE ROMA
Genés es tradicionalmente considerado patrono de actores y personas vinculadas con las artes escénicas. Una antigua narración lo presenta como un actor romano que participaba en una representación destinada a ridiculizar el cristianismo y que, durante la actuación, experimentó una conversión. Al negarse posteriormente a renunciar a su nueva fe habría sido martirizado. Aunque su historia contiene elementos legendarios, su culto se extendió ampliamente y permanece ligado al 25 de agosto.
SAN GENÉS DE ARLÉS
Genés de Arlés fue un joven escribano que vivió durante las persecuciones contra los cristianos en los primeros siglos del Imperio romano. La tradición cuenta que se negó a participar profesionalmente en procedimientos que consideraba contrarios a su fe y huyó buscando protección. Finalmente fue detenido y ejecutado. Su veneración se difundió por la Galia y con el tiempo llegó a ser considerado protector de escribanos, secretarios y notarios.
SANTA PATRICIA DE NÁPOLES
Patricia pertenece a la tradición religiosa de Nápoles, ciudad donde su veneración alcanzó particular fuerza. Antiguas narraciones la presentan como una joven de origen noble que rechazó un matrimonio concertado para consagrarse a la vida religiosa. Después de diversas peregrinaciones habría llegado a Nápoles, donde murió siendo todavía joven. Sus reliquias y su culto quedaron profundamente vinculados con la ciudad, que la reconoce entre sus protectoras.
MIÉRCOLES 26 DE AGOSTO
SANTA TERESA DE JESÚS JORNET E IBARS
Teresa Jornet nació en Cataluña en 1843 y encontró su vocación en el cuidado de las personas mayores abandonadas. En 1873 fundó, junto con el sacerdote Saturnino López Novoa, la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, que comenzó atendiendo a quienes llegaban a la vejez sin familia ni recursos. Su obra se extendió con rapidez por España y otros países, convirtiendo la atención digna de los ancianos en el centro de su vida religiosa. Murió en 1897 y fue canonizada por Pablo VI en 1974.
SAN CEFERINO, PAPA
Ceferino fue elegido papa hacia el año 199 y condujo a la Iglesia de Roma durante aproximadamente dos décadas, en una época de persecuciones y fuertes controversias doctrinales. Durante su pontificado enfrentó las discusiones acerca de la relación entre el Padre y el Hijo y encargó a su diácono Calixto la organización del cementerio cristiano de la Vía Apia que más tarde sería conocido como las catacumbas de San Calixto. Murió hacia el año 217 y su memoria permanece unida al 26 de agosto.
SAN ALEJANDRO DE BÉRGAMO
La tradición presenta a Alejandro como un soldado romano vinculado con la Legión Tebana que se convirtió al cristianismo. Cuando recibió órdenes de perseguir a otros cristianos se negó a obedecer, abandonó el ejército y fue capturado después de intentar escapar. Finalmente sufrió martirio en Bérgamo, ciudad italiana que lo adoptó como uno de sus principales patronos. Su figura quedó asociada con la decisión de anteponer las convicciones religiosas incluso frente a las exigencias del poder militar.
SANTA JUANA ISABEL BICHIER DES AGES
Juana Isabel nació en Francia en 1773 y vivió de cerca las consecuencias de la Revolución Francesa sobre las comunidades católicas. Colaboró con san Andrés Huberto Fournet cuando éste ejercía clandestinamente su ministerio y, una vez restablecida una mayor libertad religiosa, participó en la fundación de las Hijas de la Cruz. La congregación concentró sus esfuerzos en la educación de los niños pobres y en la atención a enfermos. Murió en 1838 y fue canonizada en 1947.
SAN MELQUISEDEC
Melquisedec aparece en el libro del Génesis como rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo. Recibió a Abraham después de una victoria militar, lo bendijo y ofreció pan y vino. Aunque su presencia bíblica es breve, adquirió una enorme importancia en la tradición cristiana porque posteriormente fue interpretado como una figura anticipatoria del sacerdocio de Cristo. Su nombre reaparece en los Salmos y en la Carta a los Hebreos, donde se profundiza ese significado espiritual. Su memoria se incluye en el santoral del 26 de agosto.
JUEVES 27 DE AGOSTO
SANTA MÓNICA
Mónica nació en Tagaste, en el norte de África, hacia el año 331. Se casó con Patricio y fue madre de varios hijos, entre ellos Agustín, cuya juventud estuvo marcada por búsquedas intelectuales y una vida alejada inicialmente del cristianismo. Durante años, Mónica acompañó aquella etapa con una combinación de paciencia, diálogo y oración. Alcanzó a presenciar la conversión y el bautismo de su hijo antes de morir en Ostia en 387. La tradición cristiana terminó convirtiéndola en símbolo de perseverancia familiar y espiritual.
SAN CESÁREO DE ARLÉS
Cesáreo nació hacia el año 470 y llegó a ser obispo de Arlés, en el sur de la actual Francia. Fue uno de los grandes pastores y predicadores de la Iglesia occidental durante la transición entre la antigüedad tardía y la Edad Media. Sus sermones buscaban explicar la fe de manera comprensible para comunidades muy diversas y dedicó especial atención a la formación religiosa del pueblo. También impulsó reglas monásticas y promovió una vida eclesial más disciplinada en una época políticamente inestable.
SAN POEMEN DE TEBAS
Poemen, cuyo nombre significa “pastor”, fue uno de los grandes padres del desierto egipcio de los siglos IV y V. Eligió una vida de retiro, oración y austeridad y con el tiempo se convirtió en una referencia para otros monjes que acudían a pedirle consejo. Muchas de sus enseñanzas fueron conservadas en breves sentencias que insisten en la humildad, la prudencia, el dominio de uno mismo y la misericordia hacia los demás. Su influencia se extendió mucho más allá de las comunidades monásticas de Egipto.
SAN GEBARDO DE CONSTANZA
Gebardo nació en el siglo X dentro de una familia noble alemana y llegó a ser obispo de Constanza. Utilizó buena parte de sus recursos para fundar el monasterio de Petershausen, al que quiso dar una vida religiosa inspirada en las grandes reformas monásticas de su tiempo. Como obispo se ocupó de la formación del clero, la atención de los pobres y la organización de su diócesis. Murió en 995 y su culto se desarrolló especialmente en las regiones de habla alemana y alrededor del lago de Constanza.
SAN RUFO DE CAPUA
Rufo es venerado como uno de los antiguos mártires vinculados con la ciudad de Capua, en la región italiana de Campania. La información histórica conservada sobre su vida es limitada, como ocurre con numerosos cristianos de los primeros siglos cuyo recuerdo sobrevivió principalmente a través de los martirologios y de la veneración local. La tradición lo sitúa entre quienes sufrieron la muerte por mantener su fe durante las persecuciones del Imperio romano.
VIERNES 28 DE AGOSTO
SAN AGUSTÍN DE HIPONA
Agustín nació en Tagaste, en el norte de África, en el año 354. Su juventud estuvo marcada por una intensa búsqueda intelectual, por dudas religiosas y por una vida que él mismo describiría después con enorme sinceridad en sus Confesiones. La influencia de su madre, santa Mónica, y el encuentro con san Ambrosio en Milán fueron decisivos para su conversión. Bautizado en 387, regresó a África y terminó siendo obispo de Hipona. Sus escritos sobre la gracia, la libertad, el mal, la historia y la relación entre fe y razón lo convirtieron en uno de los pensadores más influyentes del cristianismo occidental. Murió el 28 de agosto de 430.
SAN HERMES, MÁRTIR
Hermes pertenece a los mártires de la antigua Iglesia romana. La tradición lo presenta como un hombre de origen griego que alcanzó una posición importante dentro de la sociedad de Roma y posteriormente abrazó el cristianismo. Su conversión terminó provocando su persecución y muerte. Su memoria quedó vinculada a la antigua Vía Salaria, donde fue venerado desde los primeros siglos.
SAN MOISÉS EL ETÍOPE
Moisés, conocido también como Moisés el Negro, vivió en Egipto durante el siglo IV. Las antiguas narraciones cuentan que durante su juventud llevó una vida violenta y llegó a formar parte de grupos de salteadores. Su encuentro con comunidades monásticas provocó una transformación profunda y terminó convirtiéndose en uno de los grandes padres del desierto. Fue reconocido por su humildad, su capacidad de perdonar y una espiritualidad centrada en combatir primero los propios defectos antes de juzgar a los demás. Murió junto con otros monjes durante un ataque contra su monasterio.
SAN ALEJANDRO DE CONSTANTINOPLA
Alejandro fue obispo de Constantinopla durante el siglo IV y participó en uno de los periodos doctrinalmente más difíciles de la Iglesia antigua. Le correspondió enfrentar las controversias relacionadas con el arrianismo, que cuestionaba aspectos centrales acerca de la naturaleza de Cristo. Las fuentes cristianas lo recuerdan por su firmeza en la defensa de las decisiones adoptadas en el Concilio de Nicea y por su actividad pastoral en una ciudad que comenzaba a adquirir enorme importancia dentro del Imperio romano.
SAN EDMUNDO ARROWSMITH
Edmundo Arrowsmith fue un sacerdote jesuita inglés nacido a finales del siglo XVI, en una época en que el ejercicio público del catolicismo estaba severamente restringido en Inglaterra. Después de estudiar en el continente regresó clandestinamente a su país para ejercer el ministerio sacerdotal. Fue arrestado, juzgado y condenado por su condición de sacerdote católico. Murió ejecutado en 1628 y posteriormente fue reconocido entre los mártires ingleses.
SÁBADO 29 DE AGOSTO
MARTIRIO DE SAN JUAN BAUTISTA
El 29 de agosto la Iglesia recuerda la muerte de Juan Bautista, el profeta que preparó el camino para Jesús y que denunció públicamente la conducta del rey Herodes Antipas. Según los Evangelios, Herodes lo había encarcelado después de que Juan censurara su unión con Herodías. Durante un banquete, una promesa hecha a la hija de Herodías terminó conduciendo a la decapitación del Bautista. Esta memoria litúrgica es antiquísima y complementa la celebración de su nacimiento, que tiene lugar el 24 de junio.
SANTA SABINA DE ROMA
Sabina fue una mujer de la nobleza romana que vivió durante el siglo II. La tradición señala que abrazó el cristianismo por influencia de Serapia y que, después del martirio de ésta, decidió manifestar abiertamente su propia fe. Fue detenida y finalmente decapitada alrededor del año 120. Sus reliquias quedaron vinculadas con la basílica que lleva su nombre en el monte Aventino de Roma, uno de los templos cristianos más antiguos y significativos de la ciudad.
SAN MEDERICO DE AUTUN
Mederico, conocido también como Merry, fue un monje francés del siglo VII que ingresó desde joven en la vida religiosa. Llegó a ser abad del monasterio de San Martín de Autun, pero después prefirió retirarse buscando una existencia más sencilla y contemplativa. Terminó viviendo cerca de París, donde su fama de santidad atrajo a numerosos fieles. Su nombre quedó unido a una antigua iglesia parisina y su memoria se conserva tradicionalmente el 29 de agosto.
SAN ADELFO DE METZ
Adelfo fue uno de los primeros obispos de Metz, ciudad situada en la actual Francia. Vivió durante los primeros siglos de consolidación del cristianismo en aquella región y su figura quedó asociada al desarrollo de la comunidad cristiana local. Como ocurre con muchos obispos de la antigüedad, los detalles precisos de su biografía son escasos, pero su culto permaneció firmemente arraigado y su nombre aparece en distintos calendarios tradicionales bajo la fecha del 29 de agosto.
SAN SEBBO DE ESSEX
Sebbo, también conocido como Sæbbi, fue rey de Essex durante el siglo VII. Las antiguas crónicas lo describen como un gobernante profundamente religioso que, después de años en el poder, deseaba abandonar la vida política para ingresar en un monasterio. Finalmente pudo hacerlo y terminó sus días como monje. Su historia representa uno de esos casos medievales en los que el ejercicio de la autoridad terminó cediendo paso voluntariamente a una vida de retiro espiritual.





Música para recordar el ayer
/… PIMPINELA: DOS HERMANOS QUE CONVIRTIERON LAS DISCUSIONES DEL AMOR EN CANCIONES




Lucía y Joaquín Galán encontraron una forma completamente distinta de contar las relaciones humanas: ella puso el temperamento, la actuación y el desgarramiento; él construyó las historias, las melodías y el personaje masculino. Juntos levantaron un escenario donde durante más de cuatro décadas han discutido, mentido, perdonado, traicionado y vuelto a comenzar frente a millones de personas.
LA FAMILIA DONDE COMENZÓ LA HISTORIA
Pimpinela nació mucho antes de que existiera su nombre. Comenzó dentro de una familia argentina profundamente unida a España, entre las canciones escuchadas en casa, las historias de la emigración y la insistencia de una madre convencida de que sus hijos podían construir algo extraordinario si aprendían a trabajar juntos.
Joaquín Galán nació en Buenos Aires el 21 de julio de 1953. Desde joven se acercó a la música, formó agrupaciones, interpretó canciones de grupos internacionales y comenzó a componer. Lucía, nacida el 23 de mayo de 1961, soñaba principalmente con actuar. Estudió teatro, participó como corista y descubrió que sobre un escenario podía convertirse en alguien diferente sin dejar de ser ella misma.
María Engracia, su madre, observó aquello que los hermanos todavía no alcanzaban a imaginar. Joaquín poseía la escritura y la estructura musical; Lucía tenía la capacidad de transformar una letra en una escena. Ella insistió en que cantaran juntos, aunque la diferencia de edades, temperamentos y aspiraciones parecía convertir la propuesta en una aventura improbable.
La unión comenzó a encontrar sentido cuando Joaquín mostró una de sus composiciones y Lucía, en lugar de limitarse a cantarla, la interpretó como si estuviera enfrentando verdaderamente al hombre de la historia. Allí apareció el germen de Pimpinela: no dos voces buscando armonizar, sino dos personajes confrontándose mientras la música sostenía el conflicto.
El cantautor argentino-español Luis Aguilé resultó importante en sus primeros pasos y los ayudó a acercarse a una compañía discográfica. En 1981 publicaron Las primeras golondrinas. El disco todavía no provocó el estallido que vendría después, pero incluyó “Tú me prometiste volver”, una primera muestra de ese diálogo sentimental que pronto se convertiría en su identidad.
EL AMOR SUBIÓ AL ESCENARIO PARA DISCUTIR
En 1982 llegó “Olvídame y pega la vuelta” y la canción romántica cambió de habitación. Hasta entonces, gran parte de las baladas presentaban a una sola persona contando su versión del abandono. Pimpinela permitió que el otro respondiera. El hombre regresaba después de una ausencia; la mujer escuchaba sus explicaciones, rechazaba la reconciliación y terminaba expulsándolo. Aquello no parecía únicamente una canción: era una obra teatral comprimida en unos cuantos minutos.
Lucía no interpretaba a una mujer engañada: se convertía en ella. Su voz podía pasar de la contención al reproche, y del dolor a una furia liberadora. Joaquín asumía al hombre que intenta justificarse, seducir, evadir o recuperar lo perdido. El público no presenciaba un dueto entre hermanos, sino el enfrentamiento de una pareja que parecía arrastrar años de cuentas pendientes.
La fórmula pudo agotarse rápidamente, pero Pimpinela comprendió que las relaciones humanas proporcionaban conflictos infinitos. “A esa” presentó a una mujer dirigiéndose a la nueva pareja del hombre que había amado. “Dímelo delante de ella” colocó a tres personajes alrededor de una verdad imposible de ocultar. “Por ese hombre”, grabada con Dyango, convirtió el triángulo amoroso en una conversación donde cada voz llevaba su propia versión del engaño. “Valiente”, “Ahora decide”, “Una estúpida más”, “Yo, dueña de la noche”, “La familia” y “Hay amores que matan” ampliaron aquel repertorio de reclamos, despedidas y reconciliaciones.
Su aportación principal no consistió únicamente en cantar peleas de pareja. Pimpinela creó un lenguaje escénico reconocible. Cada tema tenía exposición, conflicto, personajes y desenlace. Los gestos, las miradas, los desplazamientos y los silencios formaban parte de la obra. Incluso quien conocía perfectamente el final volvía a mirar la discusión como si en aquella ocasión alguno de los dos pudiera responder de otra manera.
Durante los años ochenta conquistaron América Latina y España, se presentaron en grandes escenarios y grabaron versiones en portugués, italiano e inglés. La raíz española de sus padres les permitió vivir el éxito en España como algo más profundo que la conquista de otro mercado. Era también el regreso simbólico de una familia que había atravesado el océano buscando una vida distinta.
MUCHO MÁS QUE UNA PELEA CANTADA
La longevidad de Pimpinela se explica porque Lucía y Joaquín nunca quedaron encerrados por completo dentro de su creación más famosa. Su discografía fue incorporando nuevos sonidos y otros asuntos: la familia, la inmigración, la soledad, las mujeres, el paso del tiempo y las transformaciones de la pareja. Álbumes como Hermanos, Convivencia, Lucía y Joaquín, Hay amores… y amores, De corazón a corazón, Pasiones, Marido y mujer, Corazón gitano, Diamante y Estamos todos locos documentan una evolución que conservó la esencia teatral, pero evitó convertirla en una repetición inmóvil.
Ambos exploraron también la actuación, la televisión, el cine y el teatro musical. La inclinación interpretativa de Lucía encontró nuevos personajes, mientras Joaquín amplió su trabajo como compositor y productor. Sin embargo, cada proyecto paralelo terminó confirmando la fortaleza de aquello que construían juntos: dos personalidades diferentes unidas por una disciplina familiar que logró resistir el éxito, las giras, las discusiones verdaderas y el desgaste de varias décadas.
Esa dimensión familiar adquirió una expresión más profunda con la creación del Hogar Pimpinela para la Niñez. El proyecto trasladó su presencia pública hacia la atención de niños y familias en condiciones vulnerables. La historia de quienes hicieron de los conflictos familiares una materia artística encontró así una prolongación fuera del escenario: proteger a quienes necesitan un lugar donde comenzar de nuevo.
Pimpinela permanece porque sus canciones nunca dependieron únicamente de una moda musical. Mientras existan parejas que oculten verdades, amantes que regresen demasiado tarde, mujeres que decidan marcharse y hombres que comprendan una pérdida cuando ya no pueden evitarla, su teatro sentimental seguirá encontrando espectadores.
Lucía y Joaquín Galán consiguieron algo que parecía imposible: cantar como hermanos mientras millones de personas estaban convencidas de estar escuchando a una pareja despedazarse. Y en esa confusión cuidadosamente creada se encuentra la grandeza de su obra: convertir una discusión privada en un espectáculo universal donde cada persona termina reconociendo alguna pelea que creyó haber olvidado.
(By Notas de Libertad).
Valiente.
Te Regalo yo Mis Ojos.
A Esa.
/… BRAULIO: EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A CANTAR DESDE EL LUGAR DONDE EL AMOR PIERDE LA CORDURA




El cantautor canario convirtió el deseo, los encuentros clandestinos, la culpa, la ruptura y la pasión sin remedio en una obra de extraordinaria intensidad. Su historia atraviesa los festivales europeos, la consagración latinoamericana y una larga permanencia en la memoria sentimental de varias generaciones.
UNA VOZ NACIDA FRENTE AL ATLÁNTICO
Braulio Antonio García Bautista nació el 22 de julio de 1946 en Santa María de Guía, al norte de Gran Canaria. Creció en una isla desde la cual el horizonte no parece una frontera, sino una invitación permanente a partir. Aquel paisaje atlántico terminaría acompañándolo incluso cuando su carrera lo llevó lejos de Canarias: en su manera de cantar siempre quedó una mezcla de distancia, pertenencia y nostalgia.
Su camino artístico comenzó a tomar forma durante los primeros años de la década de los setenta. En una época dominada por los festivales, cuando una canción podía abrir en unos minutos las puertas de la radio, la televisión y la industria discográfica, Braulio aprendió a enfrentarse al público con sus propias composiciones. Participó repetidamente en Benidorm y Alcobendas, escenarios en los que comenzó a distinguirse como algo más que un intérprete de voz poderosa: detrás de aquella presencia existía un autor capaz de convertir las contradicciones humanas en canciones.
En 1976 representó a España en el Festival de Eurovisión con “Sobran las palabras”. El resultado fue modesto, pero la experiencia amplió su proyección y dejó una enseñanza decisiva: una clasificación no determina la verdadera duración de un artista. Braulio no había llegado para vivir de una noche europea, sino para construir una obra que encontraría su espacio natural al otro lado del océano.
Tres años después conquistó el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar con “A tu regreso a casa”. Aquella victoria confirmó su fuerza como compositor y le abrió un territorio sentimental enorme. América Latina comenzó a reconocer en él una voz cercana, capaz de decir sin pudor aquello que muchas personas solamente se atrevían a sentir en silencio.
LAS HABITACIONES SECRETAS DEL DESEO
Braulio pertenece a una generación de cantautores para quienes el amor nunca fue una experiencia limpia ni ordenada. En sus canciones, la pasión llega acompañada por el miedo, la infidelidad, la diferencia de edades, el abandono, el deseo prohibido y esa clase de dependencia en la que una persona sabe que debería marcharse, pero permanece porque afuera ya no encuentra nada que se parezca a la vida.
“En la cárcel de tu piel” resume buena parte de su universo creativo. El amor aparece como un encierro aceptado, una prisión sin necesidad de cerrojos porque el cautivo no desea escapar. La fuerza de la canción no depende solamente de su imagen central, sino de la entrega con la que Braulio la interpreta: su voz avanza desde la confesión hasta una intensidad casi física, como si el cuerpo también tuviera que cantar aquello que las palabras ya no consiguen contener.
“En bancarrota” llevó esa misma capacidad hacia el territorio del derrumbe. El personaje no pierde únicamente una relación; descubre que ha gastado en ella cuanto tenía por dentro. “Pequeña amante” entró en un espacio más delicado y controvertido, mientras “La más bella herejía” hizo del deseo una rebelión contra las prohibiciones. En “Lo bello y lo prohibido”, “Noche de bodas”, “Juguete de nadie” y otras composiciones, Braulio examinó el amor desde sus zonas menos respetables: allí donde la felicidad puede convivir con la culpa y la moral pública no siempre coincide con la verdad privada.
Su obra alcanzó una enorme resonancia durante la década de los ochenta. Discos como En la cárcel de tu piel, Lo bello y lo prohibido, Con todos los sentidos, Sobrevivientes del amor y Entre el amor y el deseo consolidaron una identidad inconfundible. No era solamente un baladista: era un narrador de intimidades peligrosas. Sus canciones parecían cartas encontradas en una habitación cerrada, confesiones que quizá nunca debieron salir a la luz, pero que millones de personas reconocieron como propias.
La televisión también encontró en su música una extensión natural del melodrama. Compuso e interpretó temas vinculados con distintas telenovelas, entre ellos “Un tiempo para nosotros”, “La gloria y el poder”, “Teresa” y “Esta clase de amor”. Sus canciones podían acompañar aquellas historias porque ya contenían, por sí mismas, todos los elementos de una novela: pasión, secretos, derrotas, regresos y personajes dispuestos a perderlo todo.
EL REGRESO PERMANENTE A CANARIAS
La relación de Braulio con su tierra no fue únicamente geográfica. Canarias aparece en su obra como raíz, orgullo y también inconformidad. Algunas de sus composiciones defendieron la identidad isleña con una firmeza que provocó polémicas y distanciamientos. “Mándese a mudar” se convirtió en una pieza especialmente incómoda por su dureza contra determinadas actitudes de superioridad hacia los canarios.
La controversia contribuyó a que Braulio buscara nuevos horizontes. Estados Unidos, particularmente Miami, y los países latinoamericanos le ofrecieron un público capaz de recibirlo sin exigirle que renunciara a su origen. Allí consolidó la etapa más poderosa de su carrera, obtuvo discos de oro y platino, recibió premios y alcanzó una nominación al Grammy por Lo bello y lo prohibido. También participó, junto con numerosas figuras de la música hispana, en la grabación solidaria de “Cantaré, cantarás”.
Con los años regresó una y otra vez a las raíces. Grabó canciones dedicadas a Canarias, exploró el bolero y revisó su propia trayectoria sin convertirla en una pieza de museo. En producciones como Apenas 20 años, Amar es lo que importa, Distintos, El regreso, Boleros, con los que me enamoré y Sie7e décadas, mostró que la permanencia no consiste en repetir exactamente lo que alguna vez funcionó, sino en volver a cantarlo desde todo cuanto la vida ha dejado encima.
Braulio ha recibido el reconocimiento de su ciudad natal, de las instituciones canarias y, sobre todo, de un público que continúa encontrando su propia historia dentro de sus canciones. Su voz ya no necesita perseguir las modas porque pertenece a un territorio más resistente: el de las emociones que cambian de nombre, de rostro y de época, pero nunca desaparecen.
Ésa es la verdadera dimensión de su obra. Braulio no cantó al amor perfecto, sino al amor humano: contradictorio, posesivo, luminoso, culpable, devastador y muchas veces imposible. Cantó para quienes descubrieron demasiado tarde que ya estaban enamorados, para quienes aceptaron vivir dentro de una pasión sin salida y para quienes, después de perderlo todo, todavía conservaron fuerzas para colocar un disco y volver a recordar.
En La Cárcel De Tu Piel.
Noche De Bodas.
En Bancarrota.

STALIN: LA CORTE DEL ZAR ROJO




Resumen.
STALIN: LA CORTE DEL ZAR ROJO
CUANDO LA REVOLUCIÓN TERMINÓ ENCERRADA EN LAS HABITACIONES DE UN SOLO HOMBRE
La historia íntima del círculo que gobernó la Unión Soviética junto a Stalin: viejos revolucionarios convertidos en jerarcas, familias atrapadas entre el privilegio y la persecución, cenas que podían terminar en sentencias de muerte y una lucha permanente por sobrevivir cerca del hombre que decidía el destino de todos.
UNA MUJER MUERTA Y UNA CASA QUE DEJÓ DE SER HOGAR
Simon Sebag Montefiore no comienza por la infancia de Stalin ni dedica centenares de páginas a seguir paso a paso su llegada al poder. Lo encuentra cuando ya ha vencido a sus principales rivales, cuando Trotski vive expulsado de la Unión Soviética y cuando la dirección bolchevique empieza a aceptar que el antiguo compañero georgiano se ha colocado por encima de todos. El centro del libro no es la creación del revolucionario, sino la intimidad del gobernante que aprendió a convertir las relaciones personales en mecanismos de dominio.
En noviembre de 1932, Moscú celebraba el decimoquinto aniversario de la Revolución. La dirigencia soviética participaba en ceremonias públicas y después se reunía para continuar la celebración lejos de las multitudes. En una de aquellas veladas apareció la fractura que abriría el relato. Nadezhda Allilúyeva, esposa de Stalin, discutió con él, abandonó la reunión y horas después se quitó la vida.
Nadya conocía el mundo revolucionario desde niña. Su familia había protegido a bolcheviques antes de 1917 y ella había crecido entre conversaciones clandestinas, persecuciones y promesas de construir una sociedad distinta. Se casó muy joven con Stalin y compartió con él una vida donde el matrimonio, el partido y el gobierno terminaron mezclándose hasta no dejar un espacio verdaderamente privado. Cuando deseaba discutir con el esposo, se encontraba frente al dirigente al que los demás comenzaban a obedecer sin objeciones.
El matrimonio había acumulado distancias, celos, ausencias y humillaciones. Nadya padecía problemas de salud y atravesaba periodos de profunda inestabilidad emocional. También veía de cerca la violencia de una transformación económica que estaba destrozando el campo. Mientras estudiaba y convivía con personas menos protegidas que las familias dirigentes, escuchaba noticias sobre escasez, hambre y persecución. Stalin esperaba lealtad incluso dentro de su casa; ella todavía conservaba la necesidad de enfrentarlo.
El disparo convirtió una crisis matrimonial en secreto de Estado. La población no debía saber que la esposa del máximo dirigente había elegido morir. La versión oficial ocultó el suicidio y la familia tuvo que vivir dentro de la mentira. Stalin reaccionó con dolor, pero también con resentimiento. Consideró que Nadya no sólo lo había abandonado: había utilizado su muerte para castigarlo.
A partir de entonces, la casa perdió cualquier posibilidad de normalidad. Stalin dejó de construir una vida doméstica y se refugió en horarios nocturnos, residencias vigiladas y reuniones cada vez más prolongadas. La política ocupó el lugar que había quedado vacío. Sus colaboradores dejaron de ser únicamente miembros del gobierno; se convirtieron en la compañía de un viudo incapaz de permanecer solo y demasiado poderoso para relacionarse con los demás sin someterlos.
Los hijos cargaron con una ausencia que nadie podía explicar públicamente. Yakov, nacido del primer matrimonio de Stalin, mantenía una relación particularmente dolorosa con su padre. No reunía las cualidades que el dirigente admiraba y recibía de él desprecio antes que afecto. Un intento de suicidio provocó una reacción cruel del padre, quien lo juzgó incluso por no haber conseguido matarse. Entre ambos nunca se formó una cercanía capaz de vencer la dureza de Stalin.
Vasili creció como hijo del dirigente supremo, rodeado de privilegios y personas dispuestas a complacerlo. Esa condición no lo hizo fuerte. Lo dejó sin límites, sin amistades plenamente sinceras y sin una identidad separada del apellido paterno. Su vida comenzó a hundirse en la bebida, la arrogancia y una sucesión de excesos que el poder podía ocultar, pero no corregir.
Svetlana recibió durante la infancia una ternura que Stalin mostraba pocas veces. Jugaba con ella, le escribía mensajes afectuosos y aceptaba la fantasía doméstica en la que la niña se presentaba como dueña y él como subordinado. Pero incluso esa relación terminaría sometida a la autoridad política. Cuando Svetlana creció y quiso decidir sobre sus afectos, descubrió que el padre cariñoso podía utilizar policías, expedientes y destierros para intervenir en su vida.
Fuera de la familia, la Unión Soviética atravesaba una transformación despiadada. Stalin había lanzado la colectivización de la agricultura y una industrialización ejecutada a velocidades brutales. Las comunidades campesinas fueron obligadas a entregar tierras, producción y autonomía. Quienes resistían podían ser clasificados como enemigos, expulsados de sus hogares o enviados a regiones lejanas. La hambruna se extendió por territorios enteros mientras el gobierno continuaba exigiendo grano y castigando cualquier incumplimiento.
Los hombres que rodeaban a Stalin no observaban esas decisiones desde una distancia inocente. Viajaban a las regiones, exigían cuotas, destituían funcionarios, autorizaban arrestos y enviaban informes que reducían la catástrofe a metas de producción. Viacheslav Molotov, Lazar Kaganóvich, Kliment Voroshílov, Anastás Mikoyán y otros dirigentes no eran simples empleados obligados a obedecer. Habían consagrado su vida al bolchevismo y aceptaban que la construcción del nuevo Estado requería aplastar a quienes fueran definidos como obstáculos.
Montefiore muestra cómo una generación de revolucionarios terminó formando una aristocracia distinta de la que había destruido. No poseía títulos nobiliarios ni palacios heredados, pero disfrutaba viviendas reservadas, personal de servicio, vehículos, alimentos difíciles de conseguir y casas de descanso inaccesibles para la población. Sus hijos crecían juntos y sus esposas compartían amistades, preocupaciones y celebraciones. El privilegio se justificaba como una necesidad del trabajo revolucionario, pero la distancia frente al resto del país resultaba cada vez más profunda.
Stalin conocía a esas familias desde los años de clandestinidad, cárcel, exilio y guerra civil. Sabía quién había sido valiente, quién había vacilado, quién mantenía una antigua rivalidad y quién ocultaba una debilidad. Su poder no se apoyaba solamente en los cargos. También procedía de esa enorme colección de recuerdos. Guardaba agravios durante años y sabía esperar hasta encontrar el momento de cobrarlos.
Después de la muerte de Nadya, la antigua cercanía dejó de ofrecer seguridad. El afecto podía convertirse en sospecha y los servicios prestados no garantizaban gratitud. Quienes habían compartido juventud y peligros con Stalin comenzaron a comprender que conocerlo desde antes no los protegía. En algunos casos, significaba que sabían demasiado sobre el hombre que ahora deseaba controlar hasta la versión de su propio pasado.
LOS HOMBRES QUE FIRMABAN SENTENCIAS SIN SABER SI SERÍAN LOS SIGUIENTES
Stalin alteró el reloj del gobierno. Trabajaba hasta entrada la madrugada y obligaba a los demás a adaptar sus vidas a ese horario. Las llamadas podían llegar cuando cualquier persona ordinaria dormía. Ser convocado significaba abandonar la casa, dirigirse al Kremlin o a una residencia campestre y prepararse para una velada cuya duración y propósito sólo conocía el anfitrión.
Después de revisar documentos o discutir decisiones, comenzaban las comidas. Stalin determinaba el menú, elegía las películas y prolongaba la sobremesa. Hacía beber a sus acompañantes, provocaba conversaciones, contaba historias y obligaba a participar en bromas que podían volverse humillantes. La aparente diversión estaba atravesada por la vigilancia. Todos debían calcular cuánto hablar, cuándo reír y qué opinión podía expresarse sin despertar una pregunta peligrosa.
El dirigente estudiaba a los asistentes en momentos de cansancio o embriaguez. Quería observar qué decían cuando bajaban la guardia. Una duda, un gesto o una amistad podían quedar registrados en su pensamiento y adquirir significado meses después. Las reuniones privadas funcionaban como exámenes sin reglas conocidas. Aprobar una noche no significaba estar a salvo la siguiente.
Molotov construyó su supervivencia mediante una obediencia casi mineral. Trabajaba con disciplina, soportaba agresiones y defendía decisiones incluso cuando afectaban a personas cercanas. Kaganóvich se distinguía por la energía con que ejecutaba las políticas más duras. Voroshílov aportaba una lealtad vistosa y una camaradería que complacía al jefe. Mikoyán poseía agilidad para leer los cambios del ambiente y apartarse antes de quedar encerrado en una posición peligrosa. Cada uno encontró una manera distinta de permanecer cerca de Stalin, aunque ninguno podía sentirse seguro.
Serguéi Kírov, jefe del partido en Leningrado, gozaba de popularidad y mantenía con Stalin una relación de confianza. Su asesinato en diciembre de 1934 proporcionó el acontecimiento que permitió convertir la persecución selectiva en una operación inmensa. Las circunstancias exactas de su muerte quedaron rodeadas por dudas, pero el uso político no dejó lugar a ambigüedades. Stalin presentó el crimen como señal de una conspiración extendida dentro del partido y exigió encontrar enemigos detrás de cada vínculo.
La antigua oposición fue llevada ante tribunales donde el resultado ya estaba resuelto. Zinóviev, Kámenev, Bujarin y otros dirigentes históricos terminaron confesando planes fantásticos: sabotajes, espionaje, asesinatos y alianzas secretas con gobiernos extranjeros. Las declaraciones eran arrancadas mediante aislamiento, amenazas contra las familias, agotamiento y tortura. Algunos aceptaban repetir el guion con la esperanza de salvar a sus hijos o creyendo que su último servicio al partido consistía en obedecer incluso cuando éste los destruía.
Los juicios públicos ofrecían una representación cuidadosamente preparada. Los acusados se declaraban indignos, el fiscal exigía castigo y la prensa convertía la condena en demostración de vigilancia revolucionaria. La población era llamada a repudiar a hombres que poco antes aparecían en los libros oficiales como fundadores del Estado. Después de las ejecuciones, las fotografías eran modificadas y los nombres desaparecían. El régimen no se conformaba con matar a una persona; aspiraba a eliminar el lugar que había ocupado en la historia.
Nikolái Yezhov dirigió la policía política durante la etapa más extensa de las purgas. Bajo su autoridad, el arresto dejó de responder únicamente a acusaciones individuales y se organizó mediante categorías, territorios y cantidades previamente determinadas. Los funcionarios locales comprendieron que mostrar moderación podía interpretarse como encubrimiento. Para demostrar fidelidad aumentaban las detenciones, proponían nuevos sospechosos y fabricaban redes completas a partir de una confesión obtenida por la fuerza.
Las órdenes llegaban a Stalin y a los integrantes de la dirección. Revisaban listas, aprobaban condenas y decidían cuándo aumentar el número de ejecuciones. La burocracia hacía posible que la muerte viajara desde una anotación hasta un sótano sin que quienes firmaban escucharan el disparo. Montefiore devuelve nombres y relaciones a ese proceso, mostrando que detrás de cada columna documental había esposos, padres, amigos y antiguos compañeros.
El Ejército Rojo también fue sometido. Mijaíl Tujachevski y otros mandos fueron acusados de traición y ejecutados. La eliminación de oficiales experimentados dejó a las fuerzas armadas debilitadas cuando el peligro alemán crecía. Stalin aceptó ese costo porque temía más a un militar prestigioso dentro de su país que a una amenaza exterior cuya fecha todavía no podía determinar.
La persecución terminó entrando en las viviendas de los propios dirigentes. Ser esposa, hermano o hijo de un alto funcionario podía convertirse en una condena. Los vínculos familiares comenzaron a tratarse como cadenas de complicidad. Si una persona era declarada enemiga, quienes la amaban quedaban obligados a denunciarla o arriesgarse a compartir su destino.
Aleksandr Poskrebyshev, secretario personal de Stalin, experimentó esa mutilación íntima. Su esposa Bronislava fue detenida y posteriormente ejecutada. Él continuó trabajando junto al hombre del que dependía la decisión final. Preparaba documentos, organizaba audiencias y controlaba accesos mientras debía ocultar el dolor y conservar la eficacia. Dentro de aquel sistema, manifestar amor por un acusado podía convertirse en una forma de traición.
Grigori Ordzhonikidze, viejo amigo de Stalin y responsable de la industria pesada, comenzó a resistir la destrucción de administradores y técnicos que consideraba valiosos. Las detenciones alcanzaron a su entorno y la presión se volvió insoportable. Su muerte en 1937, oficialmente atribuida a causas naturales, estuvo rodeada por el ocultamiento. Con él desaparecía uno de los pocos miembros de la vieja fraternidad que todavía intentaba contradecir algunas decisiones del jefe.
Ni siquiera Yezhov, encargado de extender el terror, pudo escapar. Cuando Stalin necesitó reducir la intensidad de las matanzas y responsabilizar a alguien por los abusos, el jefe policial fue sustituido. Lavrenti Beria llegó desde Georgia, tomó el control del aparato, arrestó a los hombres de su antecesor y terminó enviando a Yezhov por el mismo camino que éste había preparado para tantos otros.
Beria reunía capacidad administrativa, ambición y una ausencia casi completa de límites. Sabía obtener resultados, organizar proyectos y descubrir qué deseaba Stalin antes de recibir una orden explícita. También utilizaba su posición para ejercer violencia sexual contra mujeres que no podían rechazarlo sin temer consecuencias. Su poder provenía del acceso a secretos capaces de destruir a cualquier familia, aunque él mismo dependía del juicio cambiante de Stalin.
En 1939, la Unión Soviética firmó un pacto de no agresión con la Alemania nazi. El acuerdo permitió a Stalin ganar tiempo, ampliar territorio y mantenerse temporalmente fuera de la guerra europea. Para justificarlo, el aparato ideológico modificó de pronto su lenguaje sobre Hitler. Los dirigentes que habían condenado durante años al fascismo tuvieron que explicar que la necesidad del Estado volvía aceptable aquello que hasta la víspera parecía inconcebible.
Stalin creyó haber maniobrado con mayor astucia que todos. Supuso que Alemania combatiría durante largo tiempo contra las potencias occidentales y que la Unión Soviética podría prepararse mientras sus adversarios se agotaban. Cuando comenzaron a llegar advertencias sobre una invasión, las rechazó como provocaciones destinadas a empujarlo prematuramente a la guerra.
El sistema construido para complacerlo se volvió incapaz de corregirlo. Los informes que contradecían su convicción eran descartados, y quienes insistían corrían el peligro de parecer instrumentos del enemigo. Stalin había conseguido dominar completamente la información, pero ese dominio no garantizaba la verdad. En junio de 1941, la realidad atravesó todas las barreras levantadas a su alrededor.
EL VENCEDOR DE HITLER QUE MURIÓ RODEADO DE MIEDO
La invasión alemana comenzó con una devastación difícil de concebir. Aviones soviéticos fueron destruidos antes de despegar, unidades enteras quedaron cercadas y cientos de miles de soldados cayeron prisioneros. Las órdenes de Stalin habían impedido prepararse abiertamente para el ataque porque cualquier movimiento defensivo podía interpretarse como una provocación contra Hitler.
Durante los primeros días, el dirigente pareció desmoronarse. Se retiró a su residencia y dejó a los demás intentando comprender si continuaba gobernando. Cuando un grupo de colaboradores fue a verlo, Stalin sospechó que podían haber llegado para destituirlo. Nadie se atrevió. Los hombres que habían participado en la concentración de todo el poder no sabían cómo ejercerlo sin él. En lugar de limitarlo, le pidieron que encabezara la defensa.
Stalin regresó y convirtió la guerra en una prueba absoluta de obediencia. Ordenó mantener posiciones imposibles, castigó retiradas y buscó culpables para explicar desastres producidos por sus propias decisiones. En los primeros meses volvió a sacrificar mandos, funcionarios y soldados bajo acusaciones de cobardía o traición. Pero la magnitud del peligro también lo obligó a cambiar.
A diferencia de Hitler, que intervino con creciente rigidez en las operaciones, Stalin aprendió paulatinamente a escuchar a sus mejores generales. Gueorgui Zhúkov y otros mandos obtuvieron espacio para exponer criterios profesionales. El dirigente continuó decidiendo, presionando y equivocándose, pero dejó de actuar como si la voluntad pudiera sustituir por completo al conocimiento militar.
La Unión Soviética trasladó fábricas hacia el este, reorganizó la producción y convirtió ciudades enteras en centros de guerra. La población soportó privaciones extremas, ocupación, asesinatos y destrucción. La defensa del país dejó de apoyarse solamente en la ideología comunista. Stalin recuperó símbolos rusos, permitió un acercamiento con la Iglesia ortodoxa y apeló a una historia nacional más antigua que la Revolución.
Moscú resistió. Stalingrado detuvo y rodeó al ejército alemán. Kursk confirmó que la iniciativa comenzaba a cambiar de manos. El Ejército Rojo avanzó después hacia el oeste hasta llegar a Berlín. Stalin, responsable de errores que habían facilitado la catástrofe inicial, terminó ocupando el lugar del conductor de la victoria. La propaganda eliminó cualquier contradicción y presentó cada triunfo como prueba de su genio.
La guerra golpeó directamente a su familia. Yakov fue capturado por los alemanes. Stalin se negó a concederle un trato distinto al de otros soldados y rechazó cualquier intercambio privilegiado. Su hijo murió en cautiverio. La decisión podía interpretarse como severidad igualitaria, pero llevaba también la marca de una relación donde nunca había existido suficiente ternura para abrir paso al perdón.
Svetlana se enamoró del cineasta Alekséi Kápler. Stalin reaccionó no como un padre dispuesto a conversar, sino como gobernante capaz de disponer de la libertad del hombre que desagradaba a su hija. Kápler fue castigado y enviado lejos. Svetlana comprendió que el poder de su padre podía atravesar la puerta de su habitación y decidir incluso aquello que sentía.
Vasili ingresó en la aviación y avanzó protegido por su apellido. Acumuló responsabilidades para las que no siempre estaba preparado, mientras el alcoholismo y la arrogancia deterioraban su conducta. Ser hijo de Stalin le permitía evitar consecuencias inmediatas, pero también lo condenaba a vivir sin saber qué parte del respeto recibido pertenecía realmente a él.
En 1945, Stalin se encontraba entre los vencedores de la guerra más destructiva de la historia. Había negociado con Roosevelt y Churchill, extendido la influencia soviética sobre Europa Oriental y transformado al país en una superpotencia. El hijo de un zapatero georgiano poseía una autoridad que ningún zar había ejercido de la misma manera.
Pero la victoria no suavizó el régimen. El prestigio adquirido por algunos generales se convirtió rápidamente en motivo de inquietud. Zhúkov fue apartado de los centros principales porque su popularidad podía crecer más de lo conveniente. Stalin no toleraba que otra figura reuniera admiración independiente, ni siquiera cuando esa admiración procedía de haber contribuido decisivamente a salvar al país.
En la posguerra regresaron las persecuciones. El caso de Leningrado eliminó a funcionarios acusados de construir un núcleo político propio. La cultura fue sometida a nuevas campañas de vigilancia. Escritores, músicos y científicos debían ajustarse a criterios que podían cambiar según las necesidades del momento. La creación artística o la investigación dejaban de juzgarse únicamente por su calidad y eran examinadas como posibles pruebas de desviación.
El antisemitismo adquirió una presencia cada vez más amenazante. Intelectuales judíos fueron perseguidos, organizaciones que habían colaborado durante la guerra quedaron desmanteladas y las relaciones familiares o culturales con el extranjero comenzaron a presentarse como indicios de deslealtad. Polina Zhemchúzhina, esposa de Molotov, fue detenida. Él conservó su puesto y no desafió públicamente al responsable.
Aquella obediencia resume la degradación de la antigua dirección bolchevique. Molotov había ejercido un poder inmenso, firmado condenas y tratado con los gobiernos más importantes del mundo. Sin embargo, frente a Stalin aceptó la separación de su esposa y continuó cumpliendo sus tareas. No era solamente miedo a morir. Era también la subordinación de toda vida personal a una fe política y a un dirigente que había terminado apropiándose de ella.
El llamado complot de los médicos anunció una posible ampliación del terror. Varios especialistas fueron acusados de provocar deliberadamente la muerte de dirigentes soviéticos. Los interrogatorios y la campaña pública mezclaron espionaje, conspiración y prejuicio antijudío. Stalin exigía confesiones y ordenaba intensificar la violencia contra quienes se negaban a proporcionar la historia que él esperaba.
Dentro de la dirección, nadie sabía hasta dónde llegaría la nueva operación. Beria podía ser el siguiente objetivo; Molotov había perdido parte de la antigua confianza; Mikoyán también percibía el peligro. Stalin preparaba cambios y alimentaba sospechas mientras su salud se deterioraba. Los hombres que lo acompañaban durante las noches intentaban conservar una apariencia de normalidad, aunque cada invitación podía ser la última.
El 1 de marzo de 1953, los guardias advirtieron que Stalin no daba señales de actividad. Nadie se atrevía a entrar. El reglamento construido alrededor de su intimidad prohibía molestarlo, y violarlo podía considerarse un atentado. Pasaron horas antes de que finalmente lo encontraran tendido en el suelo, incapaz de hablar y parcialmente paralizado.
La tardanza no fue un detalle accidental. Era la consecuencia perfecta de todo el sistema. Stalin había educado a quienes lo rodeaban para no actuar sin autorización y para temer cualquier iniciativa. Cuando necesitó que alguien olvidara el protocolo y se comportara con humanidad, nadie quiso asumir el riesgo.
Los dirigentes llegaron a la residencia y contemplaron la agonía. Algunos lloraban; otros comenzaban a calcular. Si Stalin sobrevivía, cualquier decisión tomada durante su inconsciencia podía ser investigada. Si moría, se abriría una lucha en la que todos poseían secretos contra los demás. Beria oscilaba entre la preocupación pública y la certeza de que su propia vida dependía del desenlace.
Stalin murió el 5 de marzo de 1953. El país recibió la noticia como si hubiera desaparecido una figura indispensable para la existencia cotidiana. Millones de personas habían aprendido a contemplarlo como vencedor, maestro y protector, aun cuando muchas familias guardaban la ausencia de alguien detenido o ejecutado por su régimen. Durante las ceremonias funerarias, la multitud creció de tal manera que hubo personas aplastadas. Incluso muerto, Stalin continuaba provocando víctimas.
Sus colaboradores comenzaron de inmediato a repartirse funciones y buscar alianzas. Beria creyó que el control de la policía podía garantizarle la supremacía. Los demás comprendieron que, si permitían su consolidación, volverían a quedar sometidos a un hombre dueño de los expedientes que contenían sus crímenes y debilidades. Fue arrestado, juzgado y ejecutado. El encargado de tantas muertes terminó eliminado por quienes habían trabajado junto a él.
Malenkov pareció ocupar inicialmente la posición principal, pero no consiguió conservarla. Jrushchov, menospreciado durante años y experto en ocultar su ambición, fue avanzando hasta imponerse. En 1956 denunció parte de los crímenes de Stalin ante el Partido Comunista. La revelación no lo convertía en ajeno al sistema: también había participado en él. Pero mostraba que la corte necesitaba separar su supervivencia del hombre al que había obedecido.
La obra de Montefiore concluye sin ofrecer la comodidad de repartir los papeles entre un solo culpable y una colección de subordinados inocentes. Stalin construyó el centro del terror, amplió sus alcances y decidió quién debía ser destruido. A su alrededor, sin embargo, existió un grupo de dirigentes que compartía la doctrina, ejecutaba las órdenes y añadía sus propias iniciativas criminales.
Aquellos hombres podían temblar durante una cena y firmar sentencias a la mañana siguiente. Podían amar a sus esposas y guardar silencio cuando eran arrestadas. Podían sentirse amenazados por Stalin y, al mismo tiempo, ejercer sobre millones de personas una autoridad igualmente despiadada. Su miedo no cancelaba su responsabilidad.
La corte del zar rojo termina siendo el retrato de una revolución que perdió cualquier frontera entre la causa y el dirigente. Los bolcheviques habían querido destruir la obediencia personal de la monarquía, pero acabaron construyendo alrededor de Stalin un sometimiento más profundo. Ya no se inclinaban ante una corona heredada; aceptaban el juicio de un hombre que afirmaba encarnar el sentido de la historia.
Stalin gobernó observando las debilidades de quienes lo rodeaban y haciéndoles comprender que sólo él podía conservarlos en la cima o arrojarlos al vacío. Cuando finalmente cayó al suelo, todos continuaron esperando una orden. Habían pasado tantos años aprendiendo a temer sus movimientos que ni siquiera supieron qué hacer cuando dejó de moverse.
Sobre el autor.
Simon Sebag Montefiore: el historiador que entra por las puertas privadas del poder
De los últimos días de los zares a los corredores del Kremlin, de Jerusalén a las grandes dinastías del mundo, el escritor británico ha construido una obra en la que la historia deja de ser una sucesión de fechas para convertirse en un relato poblado por familias, ambiciones, afectos, traiciones y personajes enfrentados a las consecuencias de sus decisiones.
Una vocación nacida entre Rusia y la historia familiar
Simon Jonathan Sebag Montefiore nació en Londres el 27 de junio de 1965. Creció dentro de una familia británica de ascendencia judía cuyos orígenes despertaron muy pronto su curiosidad por los desplazamientos, las persecuciones y las identidades heredadas. Por la rama materna, parte de sus antepasados procedía del antiguo Imperio ruso y había huido de los pogromos de comienzos del siglo XX. Aquella relación familiar con un territorio perdido contribuyó a que Rusia adquiriera para él una dimensión más cercana que la de un simple objeto académico.
Estudió en Harrow y posteriormente cursó Historia en Gonville and Caius College, perteneciente a la Universidad de Cambridge, donde también obtuvo el doctorado. Sin embargo, su camino hacia la escritura no fue inmediato. Trabajó durante un periodo en el sector bancario, una actividad para la que él mismo ha reconocido que no poseía particular habilidad ni entusiasmo. La desintegración de la Unión Soviética terminó por llevarlo hacia el mundo que verdaderamente deseaba conocer.
Montefiore viajó por las antiguas repúblicas soviéticas durante los años convulsos que siguieron a la caída del comunismo. Ejerció el periodismo y conoció de cerca conflictos en regiones como el Cáucaso. Aquella experiencia le permitió observar que la historia no permanece encerrada en archivos: reaparece en las fronteras, los resentimientos nacionales, las guerras y las lealtades familiares. Después de vivir situaciones peligrosas, regresó a Gran Bretaña y concentró su energía en la investigación histórica y la escritura.
El narrador de zares, revolucionarios y ciudades sagradas
Su consolidación como historiador llegó con Catherine the Great and Potemkin, obra dedicada a la relación política y sentimental entre Catalina la Grande y el príncipe Grigori Potemkin. Montefiore mostró desde ese libro el método que definiría su trabajo: observar los grandes procesos desde la intimidad de quienes los condujeron. El amor, los celos, la familia y la necesidad de reconocimiento no aparecen como adornos, sino como fuerzas capaces de intervenir en decisiones de Estado.
En 2003 publicó Stalin: The Court of the Red Tsar, conocido en español como Stalin: La corte del zar rojo. Para escribirlo consultó documentos soviéticos abiertos después de la caída de la URSS, correspondencia privada, memorias inéditas y testimonios de descendientes de los integrantes del círculo estalinista. El resultado fue un retrato del poder contemplado desde sus habitaciones privadas, donde los dirigentes podían compartir una cena y, al mismo tiempo, temer que alguno de los presentes autorizara su detención.
La obra obtuvo el reconocimiento como libro de historia del año en los British Book Awards. Montefiore completó posteriormente el retrato con El joven Stalin, dedicado a los años anteriores a la conquista del poder: la infancia georgiana, la formación religiosa, la militancia clandestina, los destierros, los asaltos revolucionarios y la transformación de Iósif Dzhugashvili en Stalin. Este volumen recibió importantes premios, entre ellos el de biografía de Los Angeles Times y el Costa Book Award.
Su interés se extendió después hacia escenarios más amplios. Jerusalén: la biografía reconstruye varios milenios de una ciudad disputada por religiones, imperios, familias y ejércitos. Los Romanov, 1613-1918 recorre los tres siglos de una dinastía que convirtió el gobierno ruso en una mezcla de grandeza, violencia, ceremonia y vulnerabilidad. En El mundo: una historia de familias, publicado originalmente en 2022, amplió la mirada hasta construir una historia global guiada por linajes, casas gobernantes y vínculos de parentesco.
Cuando la investigación histórica se convierte en literatura
Montefiore también ha escrito ficción. Sashenka, Una noche de invierno y Cielo rojo al amanecer integran una trilogía situada en distintos momentos de la experiencia soviética. Las novelas le permiten internarse en zonas donde el documento no siempre alcanza: los deseos, las contradicciones y el miedo de personajes comunes atrapados por acontecimientos mayores que ellos. Una noche de invierno recibió el premio a la mejor novela política del año y fue considerada para el Orwell Prize.
Su escritura se distingue por devolver cuerpo a los protagonistas de la historia. No los reduce a ideologías ni los convierte en figuras inmóviles. Le interesa saber qué comían, qué leían, a quién amaban, de quién desconfiaban y cómo se comportaban cuando creían que nadie los observaba. Esa proximidad no busca disculpar a los responsables de atrocidades, sino comprender cómo personas reconociblemente humanas pueden ejercer una violencia descomunal.
Sus libros han sido traducidos a decenas de idiomas y varios han alcanzado una amplia circulación internacional. Es miembro de la Royal Society of Literature y ha desarrollado también trabajos para televisión, especialmente series históricas sobre Jerusalén, Roma, Bizancio, España y Viena. Está casado con la novelista Santa Montefiore, con quien también ha colaborado en obras dirigidas al público infantil.
La aportación principal de Simon Sebag Montefiore consiste en narrar el poder sin aceptar su escenografía oficial. Detrás del uniforme, la corona o el discurso, busca a la persona y a la familia; detrás de la decisión pública, rastrea el agravio, la ambición o el temor que pudieron impulsarla. Su obra recuerda que la historia se decide en los campos de batalla y los parlamentos, pero también en habitaciones cerradas donde alguien ama, conspira, obedece o comienza a tener miedo.
(By Notas de Libertad).





/… EL DÍA QUE PERDIÓ EL PRI
La historia completa de la campaña presidencial de Francisco Labastida: una contienda que comenzó con la fuerza del partido más poderoso de México y terminó, entre divisiones, errores, contradicciones y un país decidido a cambiar, con la primera derrota presidencial del priismo.
LA ELECCIÓN QUE COMENZÓ ANTES DE LA CAMPAÑA
Un país que ya había dejado de obedecer
La campaña presidencial de Francisco Labastida no comenzó cuando aparecieron sus primeros anuncios, cuando pronunció su discurso de aceptación ni cuando el PRI lo declaró candidato. Empezó mucho antes, en las derrotas que el partido gobernante había ido acumulando sin perder todavía la Presidencia; en las ciudades donde la oposición aprendió a gobernar, en los congresos que dejaron de responder automáticamente al Ejecutivo y en una sociedad que comenzó a descubrir que podía disentir sin quedarse fuera de la vida pública. Cuando Labastida entró formalmente en la competencia, el país ya no era aquel territorio político donde la voluntad presidencial descendía por la estructura del partido hasta convertirse en candidatura, campaña y resultado. El PRI seguía siendo la organización más poderosa de México, pero ya no era la única capaz de organizar el poder.
Durante décadas, las campañas presidenciales priistas habían funcionado como largas ceremonias de confirmación. Había adversarios, discursos, giras, elecciones y votos, pero el resultado se encontraba protegido por una arquitectura política que reunía al gobierno, al partido, a las organizaciones sociales, a los gobernadores, a los sindicatos y a buena parte de los poderes regionales. El candidato recorría el país no para conquistar una Presidencia incierta, sino para recibir públicamente una autoridad que había sido resuelta dentro del propio sistema. La campaña servía para presentarlo, comprometerlo con los sectores, disciplinar a los grupos internos y preparar la siguiente administración. En el año 2000, por primera vez, esa lógica dejó de ser suficiente. El candidato del PRI tendría que hacer algo que ninguno de sus antecesores había necesitado realizar en condiciones semejantes: ganar realmente una elección presidencial.
La transformación no ocurrió de un día para otro. Comenzó desde los municipios, avanzó hacia los congresos locales y alcanzó después las gubernaturas. El PAN dejó de ser únicamente una oposición testimonial y construyó gobiernos, liderazgos regionales y estructuras propias. El cardenismo rompió con el PRI, articuló a la izquierda y demostró en 1988 que una candidatura ajena al oficialismo podía disputar millones de votos. La creación del PRD dio cauce partidista a una inconformidad que ya no estaba dispuesta a regresar a las filas del régimen. Cada victoria opositora reducía una porción de la antigua obediencia; cada gobierno distinto enseñaba a los ciudadanos que la vida continuaba después de una derrota priista.
Las elecciones de 1988 dejaron una desconfianza que acompañaría al sistema durante años. La crisis poselectoral, la caída del sistema y la falta de credibilidad del resultado convirtieron la organización de los comicios en un asunto central para la estabilidad del país. Las reformas posteriores fueron retirando al gobierno el control directo sobre la autoridad electoral, fortalecieron la competencia entre los partidos y construyeron condiciones que hacían cada vez más difícil reproducir las antiguas prácticas. En 1996, una nueva reforma otorgó mayor autonomía al Instituto Federal Electoral, mientras el financiamiento público, el acceso a los medios, la fiscalización y la representación partidista comenzaron a modificar el terreno de la lucha. El PRI seguía teniendo enormes ventajas políticas y territoriales, pero la urna dejaba de ser el último trámite del poder para convertirse en el lugar donde el poder podía cambiar de manos.
El sexenio de Ernesto Zedillo aceleró esa transformación en medio de acontecimientos que lastimaron profundamente la confianza nacional. El país llegó a su gobierno después del levantamiento zapatista, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la muerte de José Francisco Ruiz Massieu. Poco después padeció la crisis económica de 1994 y 1995, la devaluación, el cierre de empresas, la pérdida de empleos, el desplome del poder adquisitivo y el endeudamiento de miles de familias. Aunque la economía recuperó estabilidad en los años siguientes, el costo social permaneció en la conversación de los hogares. Para una parte de la ciudadanía, el crecimiento de las cifras oficiales no alcanzaba a borrar la angustia de los años anteriores ni la percepción de que las decisiones del poder se tomaban lejos de la gente.
La elección intermedia de 1997 terminó de anunciar que la sucesión presidencial de 2000 sería distinta. El PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y el Ejecutivo tuvo que convivir con un Congreso donde las decisiones ya no podían imponerse mediante una sola bancada. Ese mismo año, Cuauhtémoc Cárdenas ganó la primera elección para jefe de Gobierno del Distrito Federal. El golpe político fue enorme: la capital del país, centro administrativo y simbólico del régimen, quedó en manos de la izquierda. El PRI conservaba Los Pinos, la mayoría de los gobiernos estatales y una extensa organización nacional, pero había dejado de gobernar sin contrapesos. La Presidencia continuaba siendo su fortaleza más grande; por esa misma razón, se convirtió en el siguiente objetivo de una oposición que ya había comprobado que las murallas podían caer.
El presidente que decidió cambiar la sucesión
Ernesto Zedillo comprendía que la elección de 2000 no podría conducirse con los mecanismos del pasado sin poner en riesgo la legitimidad del resultado. También sabía que el PRI llegaría debilitado si repetía el procedimiento mediante el cual el presidente en turno escogía a su sucesor y el partido se limitaba a convertir esa voluntad en aclamación. El dedazo no era solamente un método para designar candidato; era la demostración más visible de que la Presidencia se reproducía a sí misma. En un país más plural, con una autoridad electoral autónoma, oposición competitiva, medios más críticos y ciudadanos menos disciplinados, aquella práctica se había convertido en una carga difícil de defender.
La decisión de abrir la competencia interna fue presentada como la muerte del dedazo. Por primera vez, varios priistas podrían buscar abiertamente la candidatura y someterse a una votación nacional. La medida pretendía ofrecer una prueba de renovación, despertar la participación de la militancia y entregar al vencedor una legitimidad que no proviniera exclusivamente del presidente. Pero la apertura también produjo un efecto que el PRI no conocía: permitió que sus diferencias dejaran los pasillos y aparecieran ante todo el país. Los aspirantes ya no tendrían que esperar en silencio la decisión presidencial; podían confrontarse, impugnar las reglas, denunciar favoritismos y convertir los agravios internos en mensajes de campaña.
Zedillo modificó el procedimiento, pero no logró desaparecer la sospecha. Francisco Labastida era secretario de Gobernación y formaba parte del gabinete presidencial. Su trayectoria lo colocaba naturalmente entre los aspirantes más fuertes, aunque esa misma cercanía alimentaba la idea de que la competencia podía ser una manera distinta de confirmar una decisión tomada previamente. Cada movimiento favorable al secretario sería interpretado como una señal de Los Pinos; cada apoyo de un gobernador, como una instrucción; cada adhesión de la estructura, como la continuidad del viejo mecanismo bajo una escenografía democrática.
La apertura interna colocó al PRI frente a una paradoja. Si la estructura actuaba unida alrededor de Labastida, parecía obedecer al presidente; si permitía una confrontación verdadera, corría el riesgo de salir fracturado. Si establecía controles estrictos, sería acusada de preparar una simulación; si soltaba la competencia, los aspirantes podían lastimarse de tal manera que después resultara imposible reunirlos. El partido que durante décadas había resuelto la sucesión mediante una señal inequívoca debía aprender, en unos cuantos meses, a competir consigo mismo.
Para Zedillo, la limpieza de la elección constitucional formaba parte de su legado. Para el PRI, conservar la Presidencia era una necesidad de supervivencia. Para Labastida, ambas pretensiones podían terminar enfrentadas. Necesitaba que el gobierno garantizara condiciones confiables, pero también requería que su propio partido utilizara toda su capacidad territorial. Tenía que agradecer la transformación democrática sin permitir que la Presidencia se desentendiera de la suerte del candidato priista. Debía mostrarse cercano a Zedillo para apropiarse de la estabilidad económica alcanzada al final del sexenio y, al mismo tiempo, guardar distancia de las decisiones que habían causado descontento. Antes de comenzar su campaña, ya caminaba sobre una línea demasiado estrecha.
La primera batalla por el significado del cambio
La palabra decisiva de la elección apareció antes que los candidatos: cambio. Ninguna fuerza política podía ignorarla porque expresaba deseos distintos que habían terminado reuniéndose en una sola exigencia. Para unos significaba mejorar los salarios; para otros, combatir la corrupción, reducir la inseguridad o terminar con los privilegios. Había quienes reclamaban una democracia plena y quienes sencillamente querían saber si era posible ver a otro partido en la Presidencia. El cambio no poseía un contenido único, pero tenía una fuerza suficiente para ordenar toda la competencia.
El PRI entendió que no podía presentarse como defensor inmóvil de lo existente. Una campaña construida únicamente sobre la continuidad habría regalado a la oposición la inconformidad social. Necesitaba reconocer que México exigía transformaciones, aunque debía convencer de que podían hacerse sin destruir la estabilidad recuperada. Así comenzó a formarse la idea que acompañaría a Labastida: el cambio con rumbo. La expresión buscaba apropiarse del deseo ciudadano y añadirle una advertencia. Cambiar, sí, pero con experiencia; corregir, pero sin aventuras; avanzar, pero sin poner en peligro lo conseguido.
La propuesta parecía racional, pero encerraba una dificultad política enorme. Si el PRI aceptaba que México necesitaba cambiar, debía explicar por qué no lo había hecho después de tantos años en el gobierno. Si prometía combatir la corrupción, quedaba obligado a responder por los funcionarios y dirigentes surgidos de sus propias filas. Si hablaba de acercar el poder a la gente, reconocía indirectamente que el poder se había alejado. Cada promesa de renovación contenía una confesión sobre aquello que el partido no había resuelto.
La oposición enfrentaba una tarea más sencilla. No necesitaba demostrar que el PRI podía transformarse; le bastaba sostener que ya había tenido demasiado tiempo para hacerlo. Vicente Fox llevaba años preparándose para convertir esa idea en candidatura. Su campaña no comenzaría con la elección interna del PAN ni con el registro formal ante la autoridad electoral. Había recorrido el país, construido Amigos de Fox, cultivado una presencia mediática propia y presentado su aspiración como un movimiento que rebasaba a su partido. Mientras el PRI apenas iba a decidir quién lo representaría, Fox ya había decidido qué representaría su campaña: sacar al PRI de Los Pinos.
Cuauhtémoc Cárdenas también encarnaba una ruptura histórica, pero llegaba a su tercera candidatura presidencial después de gobernar el Distrito Federal. Su fuerza moral y su trayectoria eran indiscutibles, aunque el impulso de 1988 ya no era el mismo. El desafío opositor comenzaba a desplazarse hacia Fox, quien consiguió hablarle a sectores panistas, empresarios, jóvenes, ciudadanos sin militancia e incluso antiguos electores priistas. El panista no ofrecía únicamente un gobierno diferente; ofrecía la experiencia colectiva de derrotar a aquello que durante generaciones había parecido invencible.
El PRI ingresó así en una campaña cuya pregunta principal no había escogido. Quería discutir quién tenía mayor preparación para gobernar, pero el país comenzaba a preguntarse si debía continuar el mismo partido. Quería comparar programas, trayectorias y resultados; la oposición buscaba convertir la elección en un juicio sobre siete décadas de poder. Labastida todavía no había ganado la candidatura, pero ya cargaba con la defensa de una historia que lo superaba.
La elección de 2000 comenzó precisamente allí: cuando el PRI seguía conservando la Presidencia, pero había perdido la capacidad de decidir por sí solo el significado de la contienda. Todavía tenía gobernadores, organizaciones, recursos, experiencia y millones de simpatizantes. Lo que ya no tenía era el antiguo derecho de presentar su permanencia como el desenlace natural de la política mexicana. Por primera vez, su candidato no saldría a administrar una victoria prevista. Tendría que conquistarla frente a un país que había aprendido a votar sin pedir permiso y que comenzaba a contemplar, sin miedo y con creciente entusiasmo, la posibilidad de verlo perder.
CUANDO LOS HEREDEROS SALIERON A PELEAR
El silencio terminó dentro de la casa
El bloque abrirá con una escena: durante décadas, los aspirantes priistas habían aprendido a esperar. Podían tener trayectoria, grupos, ambiciones y apoyos, pero debían esconderlos hasta que el presidente pronunciara el nombre elegido. En 1999, aquella vieja disciplina se rompió. Ya no habría una puerta que se abriera para dejar salir a un solo candidato, sino cuatro hombres recorriendo el país, levantando la voz y disputándose públicamente una herencia que antes se entregaba en secreto.
Aquí aparecerán Francisco Labastida, Roberto Madrazo, Manuel Bartlett y Humberto Roque Villanueva, no como una lista de currículums, sino como cuatro expresiones de un mismo partido. Labastida cargaba la experiencia del gobierno y la cercanía inevitable con Zedillo; Madrazo llevaba la inconformidad de quienes se sentían desplazados por el centro; Bartlett representaba al priismo que veía con recelo la época de los tecnócratas; Roque encarnaba al militante formado dentro de la organización. Los cuatro buscaban la misma candidatura, pero cada uno quería rescatar un PRI diferente.
La elección abierta prometía matar el dedazo, aunque nadie sabía si el partido sería capaz de sobrevivir a la libertad que acababa de concederse. La militancia podía escoger, pero también los gobernadores, las estructuras y los intereses regionales podían mover sus piezas. El PRI abrió las ventanas para demostrar que se renovaba y, al hacerlo, dejó que el país mirara por primera vez las disputas que siempre había ocultado.
Un Madrazo contra el candidato del poder
El corazón del bloque será el choque entre Madrazo y Labastida. El tabasqueño comprendió que no bastaba con presentarse como un aspirante más: tenía que convertir al favorito en símbolo de aquello que la elección interna pretendía sepultar. “Dale un Madrazo al dedazo” condensó el desafío. No era únicamente una consigna contra Francisco Labastida; era una acusación contra el procedimiento, contra Zedillo y contra la posibilidad de que todo cambiara para que el presidente continuara escogiendo al sucesor.
Labastida se encontraba ante una trampa. Mientras más respaldos recibía, más fuerte parecía; pero también más crecía la sospecha de que el aparato había recibido una señal. Si los gobernadores se pronunciaban a su favor, aumentaba su ventaja y disminuía la credibilidad de la competencia. Si la estructura se movilizaba para llevarlo al triunfo, Madrazo podía señalarla como la mano invisible del presidente. Labastida necesitaba usar la fuerza del PRI y, al mismo tiempo, demostrar que esa fuerza no estaba siendo dirigida desde Los Pinos.
Los debates sacaron a la superficie agravios que durante años habían permanecido guardados. Los priistas se acusaron entre sí frente a las cámaras, cuestionaron trayectorias, denunciaron favoritismos y discutieron qué clase de partido debía llegar al nuevo siglo. México observaba algo hasta entonces impensable: los hombres del poder peleando en público por un poder que ya no estaba garantizado. Lo que debía ser una exhibición democrática se convirtió también en la primera herida de la campaña presidencial.
Ganar casi todo y no conseguir la unidad
La jornada del 7 de noviembre fue el día en que la maquinaria priista se miró a sí misma. Desde temprano aparecieron las filas, los operadores, los vehículos, las instrucciones y las denuncias. El partido movilizó millones de personas para demostrar que podía elegir a su candidato, pero las viejas prácticas caminaron junto a las nuevas reglas. La elección quería anunciar el nacimiento de otro PRI mientras cargaba todavía con los métodos del anterior.
Labastida arrasó. Ganó 272 de los 300 distritos y obtuvo más de cinco millones de votos. Madrazo conquistó 21 distritos; Bartlett, siete; Roque no ganó ninguno. La distancia parecía suficiente para cerrar cualquier discusión. Sobre el papel, el PRI había encontrado candidato. En la realidad, acababa de descubrir que una victoria podía ser demasiado amplia para resultar convincente y demasiado áspera para producir unidad.
Los adversarios terminaron reconociendo el resultado, pero reconocer no significaba olvidar. Madrazo salió derrotado, aunque había construido una corriente propia y había pronunciado en voz alta lo que muchos priistas murmuraban. Bartlett y Roque conservaron sus agravios. Los gobernadores comprendieron cuánto poder poseían dentro de la nueva competencia. La militancia había participado, pero también había visto a sus dirigentes atacarse con una dureza que ya no podía borrarse mediante una fotografía de reconciliación.
El cierre será emocional: Labastida recibió la candidatura, los aplausos y una victoria que habría sido envidiada por cualquier aspirante. Sin embargo, detrás de él no marchaba un partido reconciliado, sino una procesión de grupos que habían aprendido a medir sus fuerzas y a desconfiar unos de otros. El dedazo no murió aquella noche. Perdió su silencio. Y cuando el PRI salió de su elección interna para enfrentar a Vicente Fox, llevaba candidato, llevaba estructura y llevaba millones de votos; lo que todavía no llevaba era una sola voluntad.
LA CAMPAÑA QUE QUISO CAMBIAR SIN DEJAR DE SER EL PRI
Que el poder sirva a la gente
Francisco Labastida recibió la candidatura presidencial el 20 de noviembre de 1999, cuando todavía resonaban los golpes de la elección interna. El PRI escogió una fecha cargada de simbolismo revolucionario para proclamar al hombre que debía conducirlo hacia el nuevo siglo, pero ninguna ceremonia podía borrar lo ocurrido durante los meses anteriores. Roberto Madrazo, Manuel Bartlett y Humberto Roque habían reconocido el resultado; sin embargo, los aplausos de la unidad no alcanzaban todavía a cubrir los agravios, las sospechas y las acusaciones que habían quedado regadas por el país. Labastida levantó los brazos como vencedor mientras, detrás de las fotografías, el partido comenzaba la difícil tarea de reunir todo aquello que su primera competencia abierta había separado.
Ya no bastaba con haber ganado 272 distritos. Los más de cinco millones de votos recibidos durante el proceso interno pertenecían a una movilización priista, no podían trasladarse automáticamente a la elección constitucional ni garantizaban el apoyo de los ciudadanos que no militaban en el partido. La verdadera campaña comenzaba fuera de la casa, ante un electorado menos disciplinado y mucho más exigente. Labastida tendría que abandonar el lenguaje utilizado para vencer a sus compañeros y construir una historia capaz de competir con dos opositores instalados desde tiempo atrás en la conversación nacional: Cuauhtémoc Cárdenas, que había convertido su ruptura con el PRI en una causa histórica, y Vicente Fox, que llevaba años haciendo de su aspiración presidencial una provocación permanente.
El candidato priista comenzó con una ventaja considerable. Las primeras encuestas lo colocaban al frente y la magnitud de su estructura parecía confirmar que el partido seguía siendo el adversario a vencer. Gobernaba la mayoría de las entidades, conservaba organizaciones extendidas por todo México, tenía presencia en las comunidades rurales y podía convocar a dirigentes, sindicatos, campesinos, legisladores, presidentes municipales y operadores en una escala que sus contrincantes difícilmente podían reproducir. El PRI no llegaba herido de muerte. Entraba en la competencia con millones de simpatizantes y con una maquinaria que conocía el territorio no desde los mapas, sino desde las veredas, las colonias y las secciones electorales.
Labastida necesitaba convertir aquella fuerza en algo más que una demostración de poder. Su campaña debía evitar que las plazas llenas parecieran la repetición de las ceremonias del pasado. Había que acercar al candidato a las familias, mostrarlo escuchando, caminando, conversando y recibiendo demandas. El funcionario experimentado debía dejar espacio al hombre capaz de comprender el cansancio de la gente. La seriedad que le había permitido construir una larga carrera pública tenía que transformarse en confianza y no en distancia.
“Que el poder sirva a la gente” se convirtió en el corazón de la campaña. La frase pretendía romper con la imagen de un gobierno levantado para proteger políticos, amigos y camarillas. Labastida hablaba de mejores salarios, empleos suficientes, educación de calidad, atención médica, seguridad, combate a la pobreza y fin de la impunidad. Prometía volver los ojos hacia quienes trabajaban y no alcanzaban a vivir mejor, hacia las mujeres que carecían de servicios de salud, hacia los jóvenes que encontraban cerradas las puertas del estudio y el empleo, hacia los campesinos que miraban cómo el progreso pasaba de largo.
El candidato no carecía de respuestas. Conocía el aparato público, podía ordenar prioridades y convertir un problema en programa. Durante sus giras presentó compromisos sobre economía, desarrollo social, seguridad, educación y campo. Su discurso llevaba la estructura mental del administrador: diagnóstico, propuesta, responsabilidad y resultado. El PRI quería demostrar que México no estaba escogiendo al hombre que gritara más fuerte, sino a quien supiera qué hacer después de que terminara el ruido de la elección.
Pero las campañas presidenciales no viven únicamente de la suma de soluciones. Necesitan una emoción capaz de unirlas. Labastida podía explicar el país con precisión, pero todavía no encontraba la manera de convertir esa explicación en un sentimiento compartido. Sus propuestas buscaban convencer a la razón mientras Fox comenzaba a ocupar el territorio de la imaginación. El panista no necesitaba detallar cada política pública para ser comprendido: había logrado que su sola presencia significara alternancia.
El lema priista, además, llevaba una grieta en su interior. Si era necesario prometer que el poder serviría a la gente, era porque demasiados ciudadanos pensaban que había dejado de hacerlo. Si Labastida condenaba a quienes utilizaban los cargos para enriquecerse, la mirada terminaba inevitablemente sobre el partido que había gobernado durante más de siete décadas. Si denunciaba la distancia entre autoridades y ciudadanos, debía explicar por qué esa separación había crecido bajo administraciones priistas. La frase quería anunciar un comienzo, pero terminaba convocando al pasado para que rindiera cuentas.
Cada denuncia contra la corrupción llevaba inevitablemente al PRI. Cada promesa de terminar con la impunidad despertaba nombres, escándalos y agravios. Cada llamado a escuchar a la sociedad recordaba los años durante los cuales el sistema había confundido gobernar con decidir por los demás. Labastida intentaba presentarse como la respuesta a los defectos del régimen, aunque había desarrollado toda su carrera dentro de él. Su experiencia era la prueba de que sabía gobernar y, al mismo tiempo, el argumento utilizado por sus adversarios para sostener que representaba lo mismo.
En cada plaza ofrecía su voluntad y pedía la fuerza de los ciudadanos. Su campaña repetía que México podía cambiar sin desperdiciar lo alcanzado. Al principio, aquella promesa parecía suficiente. El candidato encabezaba buena parte de las mediciones y el PRI conservaba la confianza de quienes veían en la oposición una aventura incierta. Sin embargo, debajo de esa ventaja comenzaba a moverse algo que los números no alcanzaban a expresar por completo: el deseo de millones de mexicanos de participar en una elección que no confirmara otra vez lo conocido.
El nuevo PRI frente al espejo del anterior
Construir la campaña significó decidir qué clase de PRI acompañaría a Labastida. El candidato quería presentarse como cabeza de una organización renovada, capaz de competir en una elección verdadera y de reconocer que la ciudadanía ya no aceptaba órdenes ni triunfos predeterminados. Pero para ganar necesitaba convocar a la estructura tradicional, activar a sus sectores y reconciliar a los grupos que acababan de enfrentarse. La renovación debía realizarse sin desmontar la maquinaria; la apertura, sin perder disciplina; la modernización, sin provocar que los viejos operadores se sintieran expulsados de una campaña que continuaba dependiendo de ellos.
La coordinación general quedó en manos de Esteban Moctezuma Barragán. Había renunciado a la Secretaría de Desarrollo Social para incorporarse al proyecto y conocía a Labastida desde años atrás. También llevaba consigo la experiencia de haber coordinado la campaña presidencial de Ernesto Zedillo en 1994. Sobre él recayó la responsabilidad de convertir una victoria interna en una campaña nacional, ordenar la agenda, reunir grupos que meses antes se habían combatido y construir una candidatura capaz de hablarle a México más allá de las fronteras del priismo.
La tarea era muy distinta a la realizada seis años antes. En 1994, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, la violencia política y el temor a la inestabilidad habían favorecido una campaña que ofrecía certidumbre. En 2000, el país no llegaba dominado por el miedo, sino empujado por una creciente exigencia de alternancia. La experiencia gubernamental seguía teniendo valor, pero comenzaba a perder fuerza frente a una pregunta que se abría paso entre los ciudadanos: si la oposición ya gobernaba ciudades, congresos y estados, ¿por qué no podía gobernar también la República?
Alrededor de Moctezuma fue tomando forma un equipo extenso en el que convivían dirigentes, especialistas, antiguos funcionarios y operadores curtidos en incontables batallas. Emilio Gamboa Patrón, secretario técnico del Consejo Político Nacional del PRI, formaba parte del círculo cercano a Labastida. Conocía los pasillos del poder, las relaciones internas del partido y el lenguaje de los acuerdos que rara vez llegaban completos a las plazas, aunque podían decidir la conducta de grupos enteros. Su presencia unía a la candidatura con una parte de la experiencia política priista que no aparecía en los anuncios, pero resultaba indispensable para mantener comunicados a los distintos centros de poder.
La campaña comenzó a crecer como una casa a la que llegaban demasiados habitantes al mismo tiempo. Unos llevaban propuestas; otros, encuestas. Algunos hablaban de medios, imagen y opinión pública; otros extendían sobre las mesas los mapas electorales y calculaban cuántos votos podía aportar cada región. Estaban quienes querían acercar a Labastida al ciudadano sin partido y quienes confiaban en que la estructura tradicional volvería a responder cuando llegara la hora. Todos decían trabajar para el mismo triunfo, aunque no todos imaginaban el mismo camino para alcanzarlo.
La prioridad inmediata era incorporar a quienes habían competido por la candidatura. Cada reconciliación buscaba sumar una fuerza y evitar que una herida interna terminara sangrando durante la elección constitucional. Madrazo había demostrado que podía reunir millones de votos y desafiar a la dirigencia nacional. Bartlett conservaba ascendencia entre quienes rechazaban el predominio tecnocrático y miraban con desconfianza las políticas económicas de los últimos gobiernos. Roque representaba a una militancia que temía quedar relegada frente a los grupos con mayores recursos y poder regional. Los tres podían declarar su respaldo a Labastida, pero ninguna adhesión pública borraba de inmediato los agravios de la contienda.
Los antiguos adversarios compartieron ceremonias, levantaron juntos los brazos y pronunciaron llamados a la unidad. Sin embargo, las cámaras sólo alcanzaban a registrar la superficie. Debajo permanecían las reservas de quienes se sentían desplazados, los cálculos de los gobernadores y las expectativas de los grupos que esperaban recibir un lugar dentro de la campaña o del gobierno por venir. El PRI había pasado demasiado tiempo evitando las competencias internas y ahora descubría que la democracia no terminaba cuando se contaban los votos. Después había que reconciliar a los derrotados y conseguir que también ellos sintieran suya la siguiente batalla.
Los gobernadores adquirieron una importancia decisiva. El debilitamiento del mando presidencial había fortalecido su capacidad para controlar estructuras, candidaturas, recursos políticos y alianzas locales. Cada mandatario priista conocía el peso de su entidad y sabía cuánto valdría su aportación si Labastida llegaba a Los Pinos. La campaña nacional no podía ordenarles como antes; necesitaba negociar con ellos. El partido que durante años había descendido desde la Presidencia hacia los estados comenzaba a depender de poderes regionales que ya no aceptaban funcionar únicamente como ejecutores.
En las reuniones internas se hablaba de organización, metas y cobertura territorial. Cada sector hacía cuentas, cada entidad calculaba su aportación y cada operador prometía movilizar determinadas cantidades de electores. Sobre el papel, el PRI podía construir una muralla de votos. Sin embargo, la precisión de las listas no respondía una pregunta esencial: cuántas de aquellas personas votarían por convicción y cuántas existían solamente dentro de las proyecciones optimistas de quienes deseaban quedar bien con la dirección nacional.
El nuevo PRI se anunciaba en los discursos, pero el anterior reaparecía en las formas. Las concentraciones multitudinarias transmitían fortaleza y a la vez despertaban sospechas de acarreo. La presencia de las organizaciones demostraba unidad, aunque recordaba una época en la que los ciudadanos eran tratados como integrantes de sectores antes que como electores libres. Los gobernadores prometían respaldo, pero su participación alimentaba dudas sobre el uso de los gobiernos estatales. La campaña quería dejar atrás el pasado sin renunciar a ninguno de los instrumentos que ese pasado había construido.
También estaba Ernesto Zedillo, presente incluso cuando guardaba silencio. Labastida había formado parte de su gabinete y había dejado la Secretaría de Gobernación para buscar la candidatura. El presidente afirmaba que la sucesión ya no sería resuelta por Los Pinos y defendía la autonomía de la elección. Para el candidato, aquella distancia tenía dos rostros. Le permitía presentarse como un contendiente que debía ganar por sí mismo, pero lo privaba del acompañamiento presidencial que sus antecesores habían recibido como parte natural del sistema.
Labastida necesitaba aprovechar la estabilidad económica alcanzada al final del sexenio, pero no podía abrazar sin reservas todo el legado de Zedillo. Sobre las familias pesaban todavía la crisis, las deudas, la pérdida del patrimonio y el rescate bancario. Defender al gobierno podía convertirlo en continuador; cuestionarlo significaba condenar una administración priista de la que había formado parte. No podía refugiarse en el presidente ni romper con él. Debía caminar a su lado conservando una distancia que nadie sabía medir.
Esa ambigüedad atravesó el comienzo de la campaña. El PRI quería utilizar los logros del gobierno sin aparecer como partido de Estado. Zedillo deseaba una elección legítima y una sucesión reconocida, pero la neutralidad presidencial podía sentirse dentro del partido como abandono. Labastida tenía que pedir que no hubiera intervención gubernamental mientras esperaba que los priistas instalados en el gobierno no contemplaran la contienda con indiferencia. Necesitaba una Presidencia institucionalmente distante y políticamente comprometida. Las dos cosas difícilmente podían coexistir.
Así nació una campaña rodeada de fuerza y, al mismo tiempo, de incertidumbre. Tenía candidatos, gobernadores, sectores, organizaciones y presencia nacional. Pero cada apoyo llevaba una condición, una historia o una cuenta pendiente. El PRI aparecía unido en los templetes, aunque debajo de los aplausos convivían distintas ambiciones. El partido quería ofrecer a México un rostro renovado; cada vez que se miraba en el espejo, encontraba detrás de Labastida a todos los que no estaba dispuesto —ni podía permitirse— dejar fuera.
El cambio con rumbo contra la fuerza de la ruptura
“Cambio con rumbo” intentó resolver la contradicción que atravesaba a la candidatura. Labastida reconocía que México quería transformarse, pero sostenía que la renovación debía realizarse sin destruir la estabilidad recuperada. No proponía conservarlo todo ni comenzar desde las ruinas. Ofrecía corregir, avanzar y abrir una nueva etapa utilizando la experiencia acumulada por el Estado. El mensaje buscaba convertir la prudencia en esperanza: cambiar sin volver a sufrir.
La memoria de las crisis seguía viva. Muchas familias habían aprendido que una decisión tomada desde el poder podía alterar de pronto el precio de la casa, el valor del salario, el costo de una deuda o la permanencia del empleo. La campaña priista hablaba a ese temor. Labastida se presentaba como el hombre capaz de impedir que la inconformidad lanzara al país hacia otra aventura. No pedía resignación, sino confianza en una transformación conducida con conocimiento.
Durante los primeros meses, la fórmula pareció funcionar. El candidato priista conservaba ventaja en numerosas encuestas y la competencia todavía podía interpretarse como una elección entre experiencia e incertidumbre. Fox tenía presencia y capacidad para provocar, pero Labastida reunía partido, gobiernos, estructura y una imagen de preparación que una parte importante del electorado valoraba. El PRI seguía ocupando el centro del tablero; los demás debían moverse alrededor de él.
Pero Fox no pretendía disputar la elección dentro del terreno elegido por el priismo. No quería demostrar solamente que podía administrar mejor el mismo sistema, sino convertir al sistema en el adversario principal. Amigos de Fox le había permitido recorrer el país antes de que comenzara formalmente la campaña, reunir empresarios, ciudadanos sin militancia, jóvenes y simpatizantes de procedencias diversas. Su candidatura había dejado de caber completamente dentro del PAN. Alrededor de ella se construía un movimiento cuya fuerza provenía de una promesa elemental: esta vez sí era posible.
Labastida ofrecía un cambio acompañado por explicaciones. Fox ofrecía una ruptura convertida en grito. El priista hablaba de proyectos, programas y resultados; el panista hablaba de sacar al PRI de Los Pinos. Uno quería persuadir de que conocía el camino; el otro invitaba a cruzar una puerta que había permanecido cerrada durante generaciones. La campaña de Labastida se apoyaba en la certeza; la de Fox comenzaba a crecer gracias al vértigo.
La palabra cambio se convirtió entonces en un territorio disputado. Para utilizarla, el PRI debía añadirle límites: cambio responsable, cambio seguro, cambio con rumbo. Cada apellido intentaba diferenciarlo de la oposición, pero también reducía su fuerza. Fox podía pronunciarla sin condiciones porque su sola candidatura explicaba contra quién debía realizarse. Labastida necesitaba demostrar que el PRI podía cambiar; Fox solamente tenía que convencer de que el cambio comenzaba derrotándolo.
La diferencia se hizo visible entre ciertos grupos del electorado. En las ciudades, entre los jóvenes, los estudiantes, los trabajadores del sector privado y los ciudadanos con mayor escolaridad, el mensaje de alternancia encontraba un terreno fértil. Eran sectores menos vinculados con las organizaciones tradicionales y más expuestos a la conversación pública que crecía en la televisión, la radio y los medios impresos. Para ellos, la estructura del PRI no representaba necesariamente seguridad; podía significar permanencia excesiva.
Labastida conservaba fuerza entre electores rurales, personas mayores y ciudadanos acostumbrados a identificar al partido con programas, gobiernos y estabilidad. Su campaña no estaba perdiendo todavía la elección. Encabezaba mediciones y podía mirar el mapa nacional con confianza. Sin embargo, comenzaba a formarse una grieta entre el país que el PRI sabía organizar y el país que Fox estaba aprendiendo a entusiasmar.
La maquinaria priista podía levantar templetes, desplegar propaganda, reunir dirigentes y tocar miles de puertas. Lo que no podía ordenar desde una oficina era el nacimiento de una emoción. El deseo de alternancia circulaba sin necesidad de coordinadores: pasaba de una conversación a otra, crecía en las familias y se alimentaba de la simple posibilidad de presenciar el final de una época. No todos los que comenzaban a mirar a Fox eran panistas. Algunos ni siquiera confiaban plenamente en él. Pero deseaban comprobar que la Presidencia no pertenecía para siempre a un solo partido.
Labastida seguía adelante, rodeado por una organización capaz de cubrir el país y respaldado por encuestas que todavía lo señalaban como favorito. Tenía razones para creer que podía ganar. El problema no estaba todavía en los números, sino en el significado que adquiría cada candidatura. El PRI presentaba a un hombre preparado para gobernar; Fox intentaba convertir la elección en una cita con la historia.
La campaña priista había nacido prometiendo que el poder serviría a la gente. Para cumplir esa promesa necesitaba convencerla de que el partido había cambiado antes de pedirle otros seis años. La campaña opositora proponía invertir el orden: primero había que sacar al PRI y después comenzaría el cambio. Entre esas dos ideas se abrió la distancia que marcaría toda la contienda.
Al terminar esta primera etapa, Labastida todavía iba adelante. Las plazas se llenaban, los gobernadores hacían cuentas, los sectores entregaban compromisos y el equipo confiaba en la fortaleza territorial. No había una derrota inevitable en el horizonte. Pero debajo de aquella seguridad avanzaba una corriente que no necesitaba pedir permiso al partido ni aparecer completa en las encuestas. Fox ya había encontrado la emoción de su campaña. El PRI, con toda su experiencia y todo su poder, continuaba buscando la manera de hacer creíble la suya.
LA CAMPAÑA QUE DEJÓ CRECER A SU ADVERSARIO
El favorito que caminaba sin prisa
Francisco Labastida comenzó la contienda protegido por una ventaja que parecía suficientemente sólida. Las encuestas lo mantenían al frente, la economía ofrecía cifras favorables y el PRI conservaba una presencia nacional que invitaba a la confianza. Su campaña eligió la cautela. Evitó los movimientos bruscos, los públicos difíciles y las escenas que pudieran romper la imagen de un candidato sereno, preparado y previsible. No parecía necesario correr cuando todavía eran los demás quienes debían alcanzarlo.
Vicente Fox entendía la elección desde el extremo contrario. Cada jornada sin ocupar la conversación era un día perdido. Recorrió municipios, provocó respuestas, multiplicó encuentros y convirtió sus desplazamientos en señales de crecimiento. Cuauhtémoc Cárdenas también sostuvo una agenda territorial más intensa. Mientras sus adversarios acumulaban caminos, Labastida avanzaba con una campaña más contenida, confiada en que la fortaleza del partido compensaría la menor exposición del candidato.
La prudencia comenzó a parecer ausencia. Cada lugar al que Labastida no llegaba quedaba disponible para que otro explicara primero de qué trataba aquella elección. Cada día sin una imagen poderosa permitía que Fox instalara una frase, una provocación o una nueva muestra de desafío. El priista cuidaba la ventaja; el panista trabajaba para cambiar el tamaño de la carrera.
El PRI seguía mirando el marcador con optimismo. Fox, entretanto, estaba modificando el juego.
La elección se mudó a las pantallas
La televisión cambió la escala de los candidatos. Una plaza podía reunir miles de personas, pero una imagen repetida en los noticiarios entraba la misma noche en millones de hogares. La campaña dejó de disputarse solamente en las carreteras, los auditorios y los comités. También se peleaba en segundos de publicidad, encuadres, gestos, frases breves y escenas capaces de sobrevivir después de que terminara el anuncio.
Labastida fue presentado como un hombre serio, preparado y cercano a los problemas de la población. Su publicidad trató de suavizar la figura del funcionario y mostrar a un candidato capaz de escuchar. Sin embargo, la sucesión de consignas revelaba una identidad todavía en construcción: “Que el poder sirva a la gente”, “Cambio con rumbo”, “Yo sí te veo, yo sí te escucho”, “Tengo la voluntad, juntos tendremos la fuerza”. Cada frase iluminaba una parte del candidato, pero ninguna conseguía contenerlo por completo.
Fox no intentó borrar sus excesos. Los convirtió en parte de su personaje. Las botas, la estatura, la manera de hablar, las provocaciones y hasta los errores reforzaban la imagen del hombre que no se parecía a quienes habían ocupado tradicionalmente el poder. Su campaña no buscaba vestirlo como presidente antes de tiempo; quería que siguiera pareciendo el adversario dispuesto a derribar la puerta.
La publicidad abandonó pronto la cortesía. El foxismo redujo a Labastida a la continuidad de un régimen cansado. El PRI respondió presentando a Fox como una amenaza para la estabilidad: impulsivo, contradictorio, impreparado y peligroso para una economía que apenas había recuperado el equilibrio. La contienda dejó de limitarse a las cualidades de los candidatos. Comenzó la lucha por sembrar miedo al triunfo del otro.
Labastida aparecía acompañado por mensajes distintos que trataban de completar su imagen. Fox conseguía que incluso sus defectos fortalecieran una identidad reconocible. El PRI producía anuncios cuidadosamente construidos; el panista producía momentos que después podían transformarse en propaganda.
En la pantalla, la extensión territorial de un partido dejaba de ser visible. Ahí no importaba cuántos comités, gobernadores o dirigentes tenía cada candidato. Importaba quién permanecía en la memoria cuando la imagen desaparecía.
Tres candidatos entraron; dos comenzaron a quedarse con la elección
Cuauhtémoc Cárdenas no era un personaje secundario. Representaba la ruptura priista de 1988, la persistencia de la izquierda y la primera experiencia de gobierno democrático en la capital del país. Llegaba a su tercera candidatura presidencial con una base leal, una trayectoria de oposición y una propuesta que no podía confundirse con la del PAN.
Pero la competencia comenzó a estrecharse alrededor de Labastida y Fox. El panista sostenía que sólo él podía derrotar al PRI y buscaba atraer a ciudadanos independientes, antiguos electores priistas y simpatizantes de izquierda. El voto útil empezó a crecer como argumento: más allá de las diferencias ideológicas, decía el foxismo, primero había que hacer posible la alternancia.
Cárdenas se negó a aceptar que el cambio se redujera a sustituir un partido por otro. Para él, retirar su candidatura habría significado entregar a la derecha una lucha construida durante años. Fox ofrecía alternancia; Cárdenas reclamaba transformación. Los dos querían terminar con el dominio presidencial del PRI, pero no imaginaban el mismo país después de conseguirlo.
La permanencia del cardenismo favorecía indirectamente a Labastida. Una izquierda fuerte dividía el voto opositor y podía permitir al PRI ganar sin alcanzar la mayoría absoluta. En cambio, cada punto perdido por Cárdenas podía trasladarse hacia Fox y estrechar la distancia. El priismo necesitaba que la candidatura de la izquierda resistiera lo suficiente para impedir la concentración del voto opositor, pero sin recuperar la fuerza necesaria para entrar plenamente en la disputa por la Presidencia.
Las encuestas comenzaron a encerrar a Cárdenas en una presión cada vez mayor. Mientras Fox se acercaba a Labastida, aumentaban las voces que pedían al candidato de la izquierda declinar o facilitar una candidatura opositora única. Cárdenas resistió porque no se consideraba dueño de los votos de sus seguidores ni estaba dispuesto a reducir su proyecto a una maniobra para llevar al PAN a Los Pinos.
La elección se acercaba así a su primera gran confrontación televisada. Labastida llegaba todavía respaldado por diversas mediciones; Fox, decidido a convertir la pantalla en una arena; Cárdenas, dispuesto a defender que México no tenía únicamente dos caminos. Los seis candidatos ocuparían el mismo foro, pero millones de ciudadanos ya comenzaban a mirar con mayor atención el duelo entre el hombre del PRI y quien prometía expulsarlo de la Presidencia.
CUANDO LA CAMPAÑA COMENZÓ A PERDER EL MANDO
EL RECLAMO QUE TERMINÓ FAVORECIENDO A FOX
La noche del 25 de abril de 2000, seis candidatos presidenciales entraron al mismo estudio, pero no todos llevaban la misma urgencia. Gilberto Rincón Gallardo necesitaba aprovechar aquella exposición para darle voz a quienes casi nunca aparecían en la política nacional. Manuel Camacho Solís buscaba recuperar un lugar después de años marcados por rupturas y desencuentros. Porfirio Muñoz Ledo llegaba con la experiencia de quien conocía desde dentro al antiguo sistema y también las razones que lo habían llevado a combatirlo. Cuauhtémoc Cárdenas intentaba impedir que la elección quedara reducida a una pelea entre el PRI y el PAN. Vicente Fox necesitaba confirmar que detrás de la publicidad, las botas y las provocaciones existía un candidato capaz de sostenerse frente a sus adversarios. Francisco Labastida debía demostrar que la Presidencia no era un escenario para improvisadores.
El priista llegó armado con propuestas. Habló de pobreza, empleo, salarios, educación, salud, seguridad, corrupción e impunidad. Quería presentarse como un hombre de Estado, alguien capaz de convertir las preocupaciones nacionales en decisiones concretas. Su estrategia parecía clara: aprovechar la presencia de los seis contendientes para exhibir la distancia entre su preparación y la ligereza que atribuía a Fox. Si la elección era una comparación de capacidades, Labastida confiaba en salir favorecido.
Pero aquella noche no sería recordada por los programas. En un momento del debate, Labastida decidió reclamar a Fox los insultos que había utilizado en su contra durante la campaña. Los repitió ante las cámaras para denunciar la vulgaridad del adversario que pretendía convertirse en presidente. Quería obligarlo a responder por sus excesos, exhibir la falta de respeto y mostrar que la provocación no podía sustituir a la responsabilidad.
La acusación terminó volteándose contra quien la había pronunciado. Al repetir los calificativos, Labastida consiguió que millones de espectadores los escucharan con su propia voz. Las palabras que antes habían circulado en discursos y notas periodísticas quedaron instaladas en el centro del escenario nacional. El candidato priista no logró colocar a Fox a la defensiva; le entregó una oportunidad para responder con una frase corta, hiriente y destinada a sobrevivir al resto de la discusión: a él podrían quitarle lo majadero, pero a los priistas no se les quitaría lo mañosos.
Fox convirtió un reclamo personal en una acusación colectiva. No respondió únicamente por su lenguaje; arrastró al debate la historia completa del PRI. Labastida había querido defender su nombre y terminó defendiendo, una vez más, a su partido. La preparación del candidato quedó atrapada en una escena que la televisión podía repetir sin necesidad de contexto. El momento era sencillo, comprensible y devastador. De un lado, el priista enumerando agravios; del otro, el panista devolviendo el golpe con una línea que cabía completa en cualquier noticiario.
No fue el único contenido de aquella noche, pero sí el que permaneció. Rincón Gallardo obtuvo reconocimiento por la claridad con que presentó una agenda de derechos y libertades. Cárdenas sostuvo su proyecto y cuestionó a los dos partidos que buscaban concentrar la elección. Los otros contendientes intentaron abrirse paso dentro de una conversación que comenzaba a dejarlos fuera. Sin embargo, cuando se apagaron las luces, la disputa principal había quedado reducida a la confrontación entre Labastida y Fox.
El equipo priista intentó destacar las propuestas de su candidato y defender que había mostrado mayor conocimiento. Sus anuncios posteriores afirmaron que Labastida había sido el mejor. Pero la conversación no obedeció al guion preparado por la campaña. Los análisis y sondeos realizados después del encuentro favorecieron al panista. Fox salió del estudio con aquello que había ido a buscar: la apariencia de un hombre capaz de desafiar al candidato del poder sin encogerse frente a él.
El daño no consistió solamente en perder una discusión sobre quién había ganado el debate. Por primera vez, la campaña priista sintió que su adversario podía disputarle abiertamente el control de la elección. La ventaja de las encuestas dejó de parecer una reserva inagotable. El candidato que había iniciado la contienda como favorito comenzaba a ser perseguido por una figura que convertía cada choque en impulso.
La preocupación aumentó porque el episodio coincidió con otras contradicciones. Labastida había colocado el combate a la corrupción entre sus compromisos centrales y propuso hacer públicas las declaraciones patrimoniales de los funcionarios, incluido el presidente. Sin embargo, legisladores de su propio partido frenaron una reforma relacionada con esa exigencia. El candidato ofrecía abrir las ventanas mientras dentro del PRI todavía había quienes preferían mantener las cortinas cerradas. Sus adversarios no necesitaban inventar la contradicción: el discurso de renovación tropezaba con las decisiones tomadas por los propios priistas.
La campaña descubrió entonces que el problema no se reducía a una frase desafortunada. Labastida podía comprometerse con la transparencia, pero no controlaba todas las acciones de su partido. Podía pedir una competencia de altura, pero no decidía el terreno donde Fox daba la pelea. Podía presentar propuestas completas, pero no obligaba a los medios ni a los ciudadanos a recordar aquello que su equipo consideraba más importante. Por primera vez, el favorito comenzó a parecer un candidato que respondía a los acontecimientos en lugar de producirlos.
El debate no decidió la elección, pero rompió la quietud. La campaña que había avanzado cuidando cada paso descubrió que la prudencia no servía cuando el adversario atacaba con velocidad. Ya no bastaba con esperar que la estructura cumpliera ni con confiar en que las cifras económicas protegerían la candidatura. Fox había entrado al escenario como retador y salió convertido en una amenaza que exigía modificar el mando, el mensaje y la forma de recorrer el país.
LAS DECISIONES LAS TOMO YO
La reacción llegó durante los primeros días de mayo. Labastida comprendió que no podía continuar observando desde arriba los desacuerdos de su equipo ni permitir que las responsabilidades se diluyeran entre oficinas, coordinaciones y grupos. La campaña necesitaba una voz que ordenara, decidiera y respondiera por el resultado. El candidato anunció que asumiría directamente el control de las funciones más importantes. “Las decisiones las tomo yo”, afirmó con el acelerador, según sus propias palabras, puesto a fondo.
La frase quería comunicar firmeza, pero también revelaba que algo se había desacomodado. Un candidato sólo necesita recordar públicamente quién manda cuando esa autoridad comienza a ponerse en duda. Labastida se presentó como el responsable último, cerró la puerta a cualquier interpretación sobre mandos paralelos y dejó claro que los ajustes no serían administrados desde la distancia. A menos de dos meses de la votación, el hombre que aspiraba a gobernar México tenía primero que gobernar su propia campaña.
Esteban Moctezuma continuó dentro de la conducción, aunque sus tareas quedaron concentradas en la agenda estratégica. El coordinador general que había acompañado la construcción inicial dejaba de controlar la política de medios. Emilio Gamboa Patrón recibió mayores responsabilidades sobre los anuncios, los contenidos, los tiempos de transmisión y la relación política con los medios, mientras Marcos Bucio atendía el vínculo cotidiano con los reporteros. La campaña buscaba responder con mayor rapidez, endurecer sus mensajes y evitar que Fox siguiera utilizando la televisión sin encontrar una réplica capaz de lastimarlo.
Labastida negó que existiera una dificultad entre Moctezuma y Gamboa. Sin embargo, los cambios mostraban que las funciones ya no permanecerían como habían sido concebidas. No era indispensable que existiera una ruptura personal para reconocer una diferencia de estrategias, ritmos y maneras de ejercer la responsabilidad. La campaña se reorganizaba porque el primer diseño no había conseguido detener el crecimiento del panista.
Los ajustes fueron más allá de la comunicación. Manuel Bartlett recibió la responsabilidad de coordinar el trabajo en las entidades gobernadas por la oposición, territorios donde el PRI ya conocía la derrota y donde la fuerza institucional no podía confundirse con apoyo electoral. Su misión era recomponer estructuras, cerrar heridas locales, fortalecer la promoción del voto y combatir directamente al PAN. El antiguo adversario de Labastida regresaba convertido en responsable de algunas de las zonas más difíciles.
Humberto Roque también se incorporó a las tareas nacionales. Jesús Murillo Karam dejó la Subsecretaría de Gobierno para asumir una responsabilidad dentro de la dirigencia priista y sumarse activamente a la campaña. Otros políticos experimentados recibieron encargos territoriales y operativos. El PRI llamaba a quienes sabían organizar, negociar y reconstruir acuerdos cuando la disciplina comenzaba a resquebrajarse.
La reincorporación de figuras tradicionales tenía una doble lectura. Permitía reunir experiencia y cicatrizar parte de las heridas de la elección interna, pero también mostraba que la campaña regresaba a los hombres formados en las antiguas batallas. El proyecto que había querido presentarse como el nacimiento de otro PRI recurría a quienes conocían las entrañas del anterior. No era una contradicción accidental: era la respuesta de un partido que, al sentir peligro, buscaba protección en sus reflejos más antiguos.
Labastida aumentó su intensidad. Comenzó a pedir el voto de manera más directa, a exigir trabajo a los candidatos y a recorrer con otro ánimo las regiones donde el PRI había sufrido derrotas. En Querétaro habló de una bifurcación: tomar el camino del desánimo o el de la victoria, aceptar las pérdidas o sacar la casta. Recordó heridas electorales que todavía dolían a la militancia y pidió no temerle a la democracia. Ya no hablaba desde la serenidad del favorito, sino desde la urgencia del hombre que había visto acercarse al adversario.
El cambio de tono era visible. La campaña dejó de comportarse como si la victoria fuera el desenlace natural y comenzó a reconocer que no existían triunfos garantizados. Labastida pedía cerrar filas, trabajar con coraje y colocar el corazón por delante. Las palabras que habían estado reservadas para las ceremonias comenzaron a adquirir un peso real. El PRI ya no convocaba a la unidad como una costumbre; la necesitaba para sobrevivir.
Sin embargo, reorganizar una campaña en pleno vuelo siempre cobra un precio. Los equipos deben entender nuevas responsabilidades, los mensajes cambian, los grupos interpretan quién ganó y quién perdió dentro del ajuste, y el candidato consume tiempo resolviendo hacia adentro aquello que debería estar disputando afuera. Mientras el PRI acomodaba nuevamente sus piezas, Fox continuaba avanzando. Cada día dedicado a reparar el mando era un día en que el adversario podía seguir construyendo la imagen de una campaña priista confundida.
Labastida tomó las decisiones porque comprendió que su nombre estaría solo en la boleta y también quedaría solo frente a la historia si llegaba la derrota. El mando regresó al candidato, pero la necesidad de recuperarlo dejó una marca. La campaña que había empezado con la seguridad de una organización acostumbrada a gobernar entraba en una etapa donde cada decisión podía sentirse como la última oportunidad para corregir.
EL REGRESO A LA FORTALEZA CONOCIDA
El PRI respondió a la incertidumbre buscando refugio en aquello que mejor conocía: el territorio. Si la televisión había permitido a Fox crecer, la estructura debía impedir que ese crecimiento se convirtiera en votos suficientes para ganar. Las miradas regresaron a los distritos, las secciones, los municipios y los grupos capaces de localizar simpatizantes. Los discursos seguían ocupando las plazas, pero en las oficinas la batalla comenzaba a dividirse en objetivos cada vez más precisos.
La dirigencia habló de una reingeniería electoral. El término sonaba moderno, aunque detrás de él se encontraba una práctica profundamente priista: conocer dónde estaban los votos, quién podía promoverlos y qué debía hacerse para llevarlos hasta las urnas. Se identificaron distritos prioritarios, se fortalecieron sistemas internos de información y se pidió a los candidatos al Congreso que dejaran de contemplar la campaña presidencial como una responsabilidad ajena. Cada aspirante a diputado o senador debía convertirse en promotor de Labastida.
La meta proclamada era alcanzar aproximadamente 19 millones de votos. El cálculo partía de una participación elevada y de la posibilidad de conquistar más de la mitad de los sufragios. La cifra buscaba transmitir confianza y ofrecer a la organización un horizonte medible. No se trataba sólo de ganar, sino de conseguir una victoria suficientemente amplia para cerrar cualquier cuestionamiento y demostrar que la competencia interna había producido un candidato respaldado por la mayoría.
Cada sector comenzó a formular sus compromisos. Las organizaciones obreras hablaban de trabajadores y familias; las campesinas, de comunidades y ejidos; las estructuras populares, de colonias y organizaciones. Los gobernadores revisaron sus territorios, los dirigentes estatales afinaron las metas y los operadores volvieron a extender sobre las mesas aquellos mapas donde el país dejaba de ser una nación compleja para convertirse en una suma de casillas posibles.
El PRI conocía ese lenguaje. Había aprendido durante décadas a medir la lealtad en contingentes, a transformar la pertenencia gremial en respaldo electoral y a calcular el poder de un dirigente por la cantidad de votos que prometía aportar. Sin embargo, el año 2000 planteaba una incertidumbre nueva: nadie podía asegurar que las personas incluidas en aquellas cuentas votarían conforme a la instrucción recibida. La credencial pertenecía al ciudadano y el secreto de la urna lo protegía incluso de quienes afirmaban representarlo.
Las promesas de millones de votos comenzaron a multiplicarse. Cada organización presentaba cifras capaces de tranquilizar a la dirección nacional. En los informes, el candidato parecía rodeado por una reserva inmensa de respaldos. Pero entre el número escrito en una carpeta y la voluntad depositada en una urna existía una distancia que ningún operador podía recorrer por el elector. El PRI podía saber dónde vivía una persona, invitarla a una reunión, entregarle propaganda y recordarle la fecha de la elección. Lo que ya no podía conocer era aquello que decidiría cuando se quedara a solas frente a la boleta.
La campaña intensificó la promoción directa, el trabajo con empleados, organizaciones y grupos sociales. Las denuncias opositoras sobre presión, utilización de recursos y movilización corporativa comenzaron a crecer. Cada señal de regreso a los antiguos métodos contradecía el mensaje de renovación que Labastida todavía pronunciaba. El candidato ofrecía transparencia y cercanía; algunos operadores parecían responder con cuotas y controles. El esfuerzo por asegurar el triunfo alimentaba precisamente las sospechas que la campaña necesitaba disipar.
La tensión llegó al centro de la estrategia. Labastida debía conquistar a los indecisos, pero también impedir que se desmoronara el voto tradicional. Necesitaba proyectar apertura hacia la sociedad y disciplina hacia dentro. En televisión aparecía como el candidato que escuchaba; en las reuniones partidistas se exigían resultados, metas y movilización. Eran dos campañas que buscaban complementarse, aunque en ocasiones parecían dirigirse a países diferentes.
Una hablaba al ciudadano que quería decidir sin presiones. La otra confiaba en las organizaciones acostumbradas a conducir grupos. Una prometía un poder distinto. La otra utilizaba los instrumentos que habían sostenido al poder anterior. Labastida quería ser el candidato de un PRI transformado, pero el miedo a la derrota empujaba al partido hacia aquello que le había funcionado durante generaciones.
El regreso al territorio tampoco resolvía la batalla por el ánimo. La estructura podía garantizar representantes, propaganda, recorridos y contacto directo. No podía fabricar la confianza perdida ni impedir que algunos militantes cumplieran durante el día con sus responsabilidades partidistas y, al llegar la noche, dudaran frente a sus familias sobre el sentido de su voto. El PRI podía movilizar cuerpos; cada vez le resultaba más difícil gobernar conciencias.
Labastida había tomado el mando, redistribuido funciones y convocado a los hombres de mayor experiencia. El partido afinaba su operación, aumentaba la intensidad y se preparaba para defender cada espacio. Por primera vez, la campaña actuaba con la certeza de que la Presidencia podía perderse.
El debate había encendido la alarma. Los ajustes intentaron apagarla. La estructura volvió a ponerse en movimiento. Pero la elección ya no se encontraba solamente en las manos de quienes sabían organizarla. Había salido de las oficinas, de los sectores y de los gobiernos. Circulaba por las calles, las pantallas, los hogares y las conversaciones de millones de personas que comenzaban a comprender la dimensión de su voto.
El PRI regresó a su fortaleza conocida esperando encontrar allí la salvación. No sabía todavía que también podía convertirse en la muralla que le impidiera mirar cuánto había cambiado el país al otro lado.
LA RECTA FINAL EN QUE NADIE SABÍA QUIÉN IBA GANANDO
HOY, HOY, HOY
El 23 de mayo, Vicente Fox, Francisco Labastida y Cuauhtémoc Cárdenas se reunieron ante las cámaras para acordar las condiciones del segundo debate. Lo que debía ser una negociación de fecha, lugar y formato terminó convertido en uno de los episodios más recordados de la campaña. Fox insistió en realizarlo inmediatamente. Labastida y Cárdenas sostuvieron que era necesario respetar los acuerdos, preparar la transmisión y garantizar las condiciones técnicas.
Fox repitió “hoy” hasta convertir la palabra en desafío. Durante las primeras horas, su comportamiento fue visto como obstinado e incluso recibió críticas por intentar imponer su voluntad. Sin embargo, la escena terminó beneficiándolo. El exceso reforzó su imagen de hombre impaciente por enfrentar al PRI, mientras Labastida aparecía defendiendo procedimientos y Cárdenas tratando de devolver orden a una conversación que ya se había convertido en espectáculo.
El debate no se realizó aquel día, sino el 26 de mayo. Pero Fox había conseguido ganar una batalla antes de llegar al estudio. Una palabra repetida frente a las cámaras volvió a desplazar las explicaciones. El panista podía equivocarse en las formas y, aun así, transformar su error en una señal de carácter. Labastida podía tener razón en los argumentos y terminar atrapado en la imagen del candidato que pedía esperar.
EL ÚLTIMO DEBATE Y LA PELEA POR CADA VOTO
Al segundo debate llegaron únicamente los tres principales contendientes. Labastida necesitaba recuperar la iniciativa después del encuentro de abril. Fox debía confirmar que la presión de los días anteriores no había desfigurado su candidatura. Cárdenas buscaba romper la polarización y recordar que la izquierda no era un apéndice destinado a decidir cuál de sus adversarios llegaría a Los Pinos.
Labastida se mostró más combativo y procuró concentrarse en propuestas, experiencia y estabilidad. Fox insistió en colocar al PRI como el obstáculo principal para el cambio. Cárdenas cuestionó a ambos y defendió que México no tenía que escoger entre la continuidad del régimen y un proyecto panista con el que mantenía diferencias profundas.
La discusión dejó de girar solamente alrededor de quién había ganado el debate. La verdadera pelea comenzó al día siguiente, cuando cada campaña intentó apropiarse del resultado. Los anuncios, las encuestas instantáneas, las declaraciones y los análisis prolongaron la confrontación. Ningún candidato podía permitir que la percepción de derrota permaneciera instalada durante las semanas finales.
Fox aumentó la presión sobre Cárdenas mediante el voto útil. Pedía a los electores de izquierda respaldar temporalmente la alternancia para impedir otra victoria del PRI. Cárdenas rechazó entregar su historia y sus convicciones a una candidatura que no representaba su proyecto. Labastida observaba aquella disputa con atención: cada voto que permaneciera con la izquierda dificultaba la concentración opositora; cada sufragio que migrara hacia Fox acercaba al panista a la Presidencia.
Porfirio Muñoz Ledo terminó retirando su candidatura y respaldó a Fox. Su decisión alimentó la impresión de que distintas corrientes comenzaban a reunirse alrededor de la única opción que parecía capaz de derrotar al PRI. La contienda entró en sus últimas semanas con una pregunta cada vez más urgente: quién podría ganar y qué debía hacer cada elector para impedir el triunfo del candidato que más rechazaba.
UN EMPATE CUBIERTO CON BANDERAS DE VICTORIA
Las encuestas dejaron de ofrecer tranquilidad. Algunas colocaban a Labastida arriba; otras daban ventaja a Fox; varias hablaban de un empate técnico. Los equipos seleccionaban las mediciones favorables y cuestionaban las contrarias. El PRI llegó a presumir la cantidad de sondeos que habían colocado a su candidato en primer lugar, como si la suma de pronósticos pudiera producir por sí misma el resultado.
Labastida insistía en que ampliaría la diferencia. Fox proclamaba que la alternancia ya estaba en marcha. Cárdenas sostenía que las encuestas pretendían expulsarlo anticipadamente de la competencia. Todos hablaban como vencedores porque ninguno podía permitirse transmitir incertidumbre. Sin embargo, dentro de las campañas se revisaban escenarios, se corregían cálculos y se buscaban votos en lugares que meses antes parecían asegurados.
El PRI endureció la advertencia sobre los riesgos de un triunfo panista. La estabilidad económica, el empleo, la paz social y la capacidad para gobernar fueron utilizados para presentar a Fox como una apuesta peligrosa. Labastida llegó a señalar que una victoria insuficientemente amplia podría abrir la puerta a conflictos y disturbios. La campaña que había prometido esperanza comenzó a pedir el voto mediante el temor a lo que ocurriría si ganaba el adversario.
Fox respondió colocando el miedo del lado contrario. Sostuvo que el verdadero peligro era permitir que el PRI conservara la Presidencia y continuara reproduciendo corrupción, privilegios y autoritarismo. La elección quedó encerrada entre dos amenazas: para el priismo, Fox podía poner en riesgo la estabilidad; para el foxismo, Labastida garantizaba la permanencia de aquello que México debía dejar atrás.
Los cierres llenaron plazas y devolvieron por unas horas la sensación de que cada candidato era dueño del país. Labastida recibió el respaldo de multitudes priistas, Fox convirtió sus concentraciones en celebraciones anticipadas de la alternancia y Cárdenas reunió a una izquierda que se negaba a desaparecer entre los dos favoritos. Las banderas cubrían las dudas, pero ninguna plaza podía revelar lo que sucedería dentro de la urna.
La campaña terminó sin una certeza compartida. Labastida confiaba en la estructura, Fox en la ola que había levantado y Cárdenas en la lealtad de quienes rechazaban el voto útil. Las encuestas habían dejado de ser pronósticos para convertirse en armas. El país llegó al silencio electoral dividido entre la continuidad, la alternancia y la transformación desde la izquierda.
Por primera vez, el PRI entraría en la jornada presidencial sin saber si saldría de ella conservando el poder. La campaña había terminado. Lo único que faltaba era el día en que cada promesa, cada error, cada miedo y cada esperanza se convertirían en votos.
LA NOCHE EN QUE LO IMPOSIBLE SE VOLVIÓ RESULTADO
EL DÍA EN QUE LA MAQUINARIA DEJÓ DE SABER
El 2 de julio de 2000 comenzó con un PRI convencido de que todavía podía ganar. Sus dirigentes confiaban en la estructura territorial, en el voto rural, en las organizaciones, en los gobernadores y en las encuestas que habían mantenido a Labastida al frente o dentro de un empate. Después de meses de ajustes, disputas y señales contradictorias, el partido llegó a las urnas sin sentirse derrotado.
Desde temprano, los operadores comenzaron a recibir informes sobre instalación de casillas, participación y movilización. Las oficinas estatales enviaban cifras; los representantes electorales reportaban incidencias; los responsables de promoción trataban de confirmar que los ciudadanos comprometidos hubieran acudido a votar. La organización funcionaba, pero ya no podía ver lo más importante: lo que cada persona había decidido en la soledad de la mampara.
La participación creció y las filas avanzaron durante horas. Aquello que debía favorecer a todos comenzó a inquietar al partido gobernante. No era una movilización conducida únicamente por sus estructuras. Millones de ciudadanos habían salido por su cuenta, impulsados por la sensación de estar participando en una elección distinta. El PRI podía contar cuántas personas llegaban a una casilla; no podía saber cuántas habían acudido para despedirlo.
Al avanzar la tarde, los reportes internos dejaron de coincidir con el optimismo de los dirigentes. En algunas zonas urbanas, Fox aparecía con una fuerza mayor a la prevista. Los números favorables del PRI en regiones rurales no alcanzaban a compensar la ventaja panista en ciudades y corredores industriales. Las encuestas de salida comenzaron a dibujar un resultado que durante décadas habría parecido inadmisible: el candidato presidencial priista se encontraba abajo.
La maquinaria seguía transmitiendo informes, pero había perdido la capacidad de anticipar la voluntad nacional. El país que aparecía en las urnas ya no era el mismo que figuraba en las listas de los operadores. Muchos ciudadanos habían asistido a reuniones, recibido propaganda, escuchado compromisos e incluso trabajado dentro de organizaciones priistas. Al encontrarse solos frente a la boleta, algunos votaron por Fox. El secreto electoral abrió una distancia imposible de vigilar entre la disciplina pública y la decisión privada.
EL PRESIDENTE QUE HABLÓ ANTES QUE EL CANDIDATO
La noche cayó sobre una sede nacional del PRI preparada para festejar. Había luces, templetes, música, banderas y militantes convocados para acompañar una victoria que la tradición todavía consideraba posible. Pero la celebración fue quedándose sin voz. Las conversaciones se volvieron breves, los rostros dejaron de buscar las cámaras y los dirigentes comenzaron a encerrarse en oficinas donde llegaban cifras cada vez más difíciles de discutir.
El Instituto Federal Electoral había construido las condiciones para comunicar los resultados con rapidez y credibilidad. Los conteos preliminares confirmaban la tendencia. Vicente Fox se encontraba arriba y la diferencia era suficientemente clara para que la elección no dependiera de una larga disputa posterior. La Presidencia estaba a punto de cambiar de partido mediante los votos.
Francisco Labastida permaneció reunido con sus colaboradores. Tenía que aceptar un resultado que ningún candidato presidencial del PRI había enfrentado. No se trataba solamente de perder una elección personal. Sobre sus hombros caía el final de una continuidad iniciada más de siete décadas atrás. Millones de priistas esperaban su palabra mientras dentro de la sede nacional todavía se buscaba la manera de nombrar lo que estaba ocurriendo.
Antes de que Labastida apareciera, Ernesto Zedillo habló al país. Reconoció la victoria de Vicente Fox, felicitó al ganador y pidió respetar la decisión ciudadana. El mensaje confirmó la limpieza de la elección y dio al cambio de poder una legitimidad inmediata. También produjo una herida que permanecería abierta entre el presidente y el candidato de su partido.
Labastida consideró posteriormente que Zedillo se había adelantado y le había arrebatado el momento de reconocer el resultado. La Presidencia habló antes que el PRI y antes que el hombre que había llevado su nombre en la boleta. El presidente privilegiaba su responsabilidad institucional y la construcción de una transición pacífica. El candidato derrotado veía cómo el jefe político surgido de su propio partido anunciaba al país el final antes de que él pudiera dirigirse a quienes habían combatido a su lado.
La escena condensó toda la relación entre ambos. Zedillo quería garantizar que la elección fuera reconocida; Labastida necesitaba sentir que el presidente no abandonaba a su partido en la hora más amarga. Uno habló como jefe del Estado. El otro recibió aquellas palabras como el candidato al que le habían quitado incluso el derecho de pronunciar primero su derrota.
EL PRIMER PRIISTA QUE TUVO QUE DECIR PERDIMOS
Cuando Labastida apareció ante la militancia, la fiesta ya había muerto. Los aplausos no celebraban una victoria; trataban de sostener al candidato y a un partido que acababa de perder el lugar desde donde había organizado la vida política de México. Los rostros, las lágrimas y el silencio anunciaban algo para lo cual el PRI no tenía ceremonia preparada.
Labastida reconoció el resultado. Defendió la participación de quienes habían trabajado en su campaña, sostuvo que el PRI continuaría vivo y llamó a recuperar la confianza de la ciudadanía. No denunció un fraude ni intentó detener la transición. El hombre que había sido elegido para conservar la Presidencia terminó cumpliendo una responsabilidad que ninguno de sus antecesores había tenido: aceptar públicamente que el partido gobernante había sido derrotado.
Vicente Fox obtuvo 15 millones 989 mil 636 votos. Francisco Labastida recibió 13 millones 579 mil 718. La diferencia fue cercana a 2.4 millones de sufragios. Cuauhtémoc Cárdenas alcanzó 6 millones 256 mil 780. Fox consiguió aproximadamente 42.5 por ciento de los votos válidos; Labastida, alrededor de 36.1; Cárdenas, cerca de 16.6. La alternancia no llegó mediante una concesión ni por una ruptura violenta. Entró a Los Pinos acompañada por las actas de miles de casillas.
La derrota mostró el país que la campaña no había conseguido leer completo. Fox dominó entre jóvenes, estudiantes, electores urbanos, trabajadores del sector privado y ciudadanos con mayor escolaridad. Labastida conservó una fuerza considerable entre personas de mayor edad, población rural y sectores vinculados históricamente con el PRI. La estructura no desapareció; sencillamente dejó de ser suficiente para gobernar sobre una sociedad más diversa que sus propios mecanismos de representación.
Después vendrían las explicaciones. Unos culparían a Zedillo por mantener distancia y reconocer demasiado pronto al vencedor. Otros señalarían la mala conducción, los cambios dentro del equipo, la publicidad sin una identidad firme, el primer debate, la incapacidad para responder a Fox, las divisiones internas y el desgaste acumulado del PRI. Labastida sostendría años después que su derrota no podía entenderse sin las decisiones del presidente. Aquella interpretación formaría parte de su memoria, pero no alcanzaría por sí sola para explicar la magnitud de lo ocurrido.
También aparecería el Pemexgate. La investigación posterior acreditaría que el PRI recibió 500 millones de pesos que no reportó a la autoridad electoral y daría lugar a una sanción de mil millones. El escándalo no determinó el voto del 2 de julio porque todavía no era conocido por los ciudadanos, pero modificaría retrospectivamente la lectura de una campaña que había prometido combatir la corrupción mientras se financiaba mediante recursos ocultados a la fiscalización.
Francisco Labastida quedó en la historia como el primer candidato presidencial derrotado del PRI. Sin embargo, aquella elección no la perdió un hombre aislado. Perdió una campaña que nunca consiguió resolver la contradicción entre renovación y permanencia; perdió un partido que confundió durante demasiado tiempo organización con obediencia; perdió una forma de ejercer el poder que seguía suponiendo que la estructura podía contener cualquier inconformidad.
El PRI no perdió únicamente durante las horas del 2 de julio. Aquel día aparecieron juntas todas las derrotas acumuladas antes de que abrieran las casillas: las ciudades que habían cambiado de partido, los jóvenes que no heredaron la lealtad de sus padres, las heridas de la elección interna, los mensajes que nunca encontraron una sola voz, las respuestas tardías, los errores frente a las cámaras y el cansancio de una sociedad que ya no quería seguir escuchando que la alternancia era demasiado peligrosa.
La campaña terminó cuando Labastida pronunció las palabras que el PRI jamás había preparado para uno de sus candidatos presidenciales. Afuera, México celebraba que el voto había derribado una certeza. Adentro, el partido comenzaba a comprender que no había perdido solamente Los Pinos. Había perdido la idea de que gobernar el país era una condición natural de su existencia.
(By Notas de Libertad).

























