


- LA LEYENDA 97
/… EL PAÍS QUE SE ESTÁ ACOSTUMBRANDO A LO QUE DEBERÍA DOLERLE
Crónica de un México que alguna vez se estremecía ante un escándalo y ahora apenas alcanza a comprenderlo antes de que aparezca el siguiente; de un país donde la corrupción, la violencia y la impunidad comienzan peligrosamente a confundirse con el paisaje cotidiano; pero, sobre todo, de millones de ciudadanos que no están esperando milagros ni grandes discursos, sino algo mucho más elemental: vivir seguros, trabajar, regresar a casa y volver a creer que existe un camino capaz de conducirnos hacia
un México más tranquilo, más justo y profundamente más habitable.
EL DÍA EN QUE DEJAMOS DE PREGUNTAR CÓMO TERMINÓ EL ESCÁNDALO ANTERIOR
Hay mañanas en que México parece despertar antes que nosotros. Abrimos los ojos, buscamos el teléfono y ahí está: otra denuncia, otra grabación, una fortuna inexplicable, un contrato sospechoso, un funcionario señalado, una nueva historia que durante unas horas parece suficientemente grande para estremecer al país. Nos indignamos, discutimos, exigimos explicaciones y creemos que esta vez necesariamente tendrá que ocurrir algo. Pero antes de conocer el final aparece otro escándalo y empuja al anterior hacia ese enorme cementerio mexicano donde descansan preguntas que alguna vez parecieron insoportables y que después nadie volvió a formular.
Eso debería preocuparnos más que el escándalo mismo. México conoce la corrupción desde hace demasiado tiempo y ha convivido durante generaciones con distintas formas de impunidad. Lo nuevo, lo verdaderamente peligroso, es la costumbre. Descubrir que aquello que antes nos hacía golpear la mesa ahora apenas consigue que levantemos las cejas; escuchar cifras monstruosas y continuar cenando; conocer una atrocidad y deslizar el dedo hacia la siguiente noticia. El corazón también aprende a protegerse y una de sus defensas más terribles consiste en dejar de sentir aquello que lo lastima demasiado.
Cuando cada escándalo dura menos que el anterior, quienes viven de la impunidad solamente necesitan esperar. Saben que llegará otra noticia, otro nombre, otra tragedia que ocupará nuestro enojo. La corrupción habrá conseguido entonces una victoria mucho mayor que cualquier dinero robado: convencernos de que siempre ha sido así, todos son iguales y nada puede cambiar. Porque los millones pueden recuperarse; reconstruir la confianza de una sociedad resignada puede necesitar generaciones.
EL PAÍS QUE NO ESTÁ PIDIENDO MILAGROS, SINO TRANQUILIDAD
Mientras la política discute culpables, candidaturas, partidos y sucesiones, existe otro México viviendo una conversación mucho más sencilla. Es la familia que mira el reloj porque alguien todavía no regresa. El comerciante que baja temprano la cortina. El conductor que piensa dos veces antes de tomar una carretera de noche. La madre que marca nuevamente el teléfono porque su hijo debía haber llegado hace media hora. Son escenas pequeñas que jamás encabezarán un informe presidencial, pero explican mejor que cualquier estadística lo que significa perder la tranquilidad.
Los ciudadanos no están pidiendo un país perfecto. Quieren normalidad. Trabajar sin miedo, denunciar y ser escuchados, abrir un negocio sin temer una extorsión, viajar sin estudiar previamente qué caminos deben evitarse, dejar salir a sus hijos sin convertir cada retraso en una tragedia imaginada. Quieren que robar dinero público vuelva a producir vergüenza y consecuencias. Quieren instituciones que funcionen independientemente del partido que gobierne.
Tal vez hemos hablado tanto de grandes transformaciones que olvidamos la más importante: devolverle al ciudadano la certeza de que mañana puede ser simplemente un día normal.
Porque la paz también es una emoción. Es una madre que duerme. Un comerciante que trabaja. Una niña jugando en una plaza. Una familia que planea su futuro sin calcular primero cuánto miedo tendrá que atravesar para alcanzarlo. Los países existen en constituciones y fronteras, pero también en algo mucho más frágil: la certeza de sus habitantes de que vale la pena seguir construyendo la vida dentro de ellos.
TODAVÍA NO SABEMOS QUIÉN SERÁ CAPAZ DE ABRIR ESA PUERTA
Y entonces aparece la pregunta más difícil.
¿Quién puede cambiar esto?
No quién ganará la próxima elección. Para eso sobran encuestas, aspirantes y ambiciones. La pregunta es quién puede tomar este cansancio y convertirlo en esperanza; quién puede conducir a México hacia una etapa donde la seguridad, la justicia y la decencia dejen de ser promesas extraordinarias y vuelvan a convertirse en obligaciones elementales del Estado.
Miro el escenario político y todavía no encuentro una respuesta definitiva. Hay gobierno y oposición, liderazgos consolidados y nuevas figuras, partidos que prometen continuar y otros que ofrecen corregir. Pero todavía cuesta distinguir quién puede representar algo más grande que una candidatura: un rumbo.
Quizá tampoco debamos esperar un salvador. México necesita instituciones fuertes, policías capaces, fiscalías que investiguen, jueces que castiguen, gobiernos que funcionen y partidos capaces de señalar a sus corruptos con la misma fuerza con que denuncian a los ajenos. Pero inevitablemente alguien tendrá que conducir esa transformación y convencer nuevamente a los mexicanos de que cambiar sí es posible.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, mirando a un país que cada mañana recibe una nueva razón para indignarse y que, a pesar de todo, conserva millones de razones para no rendirse.
La pregunta ya no es cuándo aparecerá el próximo escándalo.
La pregunta es cuándo aparecerá el México que llevamos tantos años esperando.
Porque quizá el peor escándalo no sea todo aquello a lo que hemos conseguido acostumbrarnos.
Sería que un día también nos acostumbráramos a vivir sin esperanza.
(By Notas de Libertad).

Índice de Contenido
/… LA LEYENDA 97
BIENVENIDA
EL PAÍS QUE NO CABE EN LAS CUENTAS ALEGRES DEL PODER
Claudia Sheinbaum presentó su Segundo Informe y sobre México cayeron porcentajes, promedios, millones, reducciones y cifras que hablaban de un país que avanza. Algunas son ciertas. Algunas merecen celebrarse. Pero hay una patria que no aparece completa en ninguna gráfica: la de las madres que buscan, los trabajadores que envejecen sin protección, los enfermos que esperan, las familias que han convertido el “avísame cuando llegues” en una oración. El problema no es que el poder cuente sus aciertos. El problema es que, entre tantos números felices, puede terminar olvidando que México no es una suma: es una herida abierta que todavía tiene nombre, rostro, miedo, hambre, ausencias y memoria.
(By Notas de Libertad).
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- Esaú González y Wintilo Vega… Comentando de Política…Podcast
/… ERNESTO PRIETO: MORENA FRENTE AL ESPEJO DE SUS PROPIAS CONTRADICCIONES
En “Esaú González y Wintilo Vega, comentando de política” recibimos al diputado federal Ernesto Prieto Gallardo para una conversación sin zonas de comodidad. Salamanca, las disputas internas de Morena, los recién llegados, las candidaturas de 2027, Claudia Sheinbaum y la sombra política de López Obrador, los programas sociales, Rubén Rocha Moya, las campañas anticipadas, Guanajuato y hasta sus propias aspiraciones aparecieron sobre la mesa. Prieto hizo algo que comienza a escasear en la política: aceptó las preguntas incómodas, respondió, discrepó y permaneció sentado. No fue una entrevista para construirle un altar ni para conducirlo al paredón. Fue política hablando de política.
Video Crónica.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 1
/… CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973: LA LARGA NOCHE QUE COMENZÓ A PLENO DÍA
Cincuenta y tres años después, Chile todavía carga una mañana que no ha terminado de convertirse en pasado. El 11 de septiembre de 1973 los aviones bombardearon La Moneda, Salvador Allende murió dentro del palacio presidencial y las Fuerzas Armadas quebraron una democracia que llevaba meses consumiéndose entre la polarización, la crisis, la conspiración y el miedo. Sin embargo, la verdadera dimensión de aquella tragedia no está solamente en las imágenes del fuego sobre Santiago. Está en lo que vino después: los estadios convertidos en centros de detención, las cámaras de tortura, los ejecutados, los desaparecidos, las canciones perseguidas, las familias despedazadas y los miles de chilenos que tuvieron que aprender a querer a su patria desde el destierro. Durante diecisiete años, una generación creció bajo una dictadura y otra envejeció preguntándose dónde estaban sus hijos. Ésta es la historia de cómo una nación llegó hasta aquel abismo, de lo que ocurrió cuando finalmente cayó dentro de él y de las cicatrices que permanecen cuando los dictadores se marchan, los edificios son reconstruidos y los muertos siguen sin poder regresar.
(By operación W).
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-Agenda del Poder:
/… EL AVISO INOPORTUNO:
Emmanuel Reyes Carmona presentó una queja contra Ricardo Sheffield ante la Comisión de Honestidad y Justicia de Morena.
La queja es lo de menos.
Lo divertido es que en Morena ya comenzaron a matarse por León y el Estado… antes de ganarlos.
Ricardo no quiere ser alcalde de León, pero quiere influir en quién sea candidato y Emmanuel no es precisamente el muchacho de sus sueños.
Emmanuel quiere León y tampoco lloraría si Sheffield desapareciera del camino rumbo a la gubernatura.
Sobre esa conmovedora costumbre de llamar “compañero” al que uno quisiera ver atropellado por una encuesta, prefiero no discutir.
Emmanuel, además, entiende la política en familia: su esposa, Cinthia Teniente, gobierna Villagrán; su hermana, Miriam Reyes Carmona, es diputada plurinominal y ahora busca Guanajuato capital; y él llegó al Senado como suplente de Marcelo Ebrard.
En esa casa no tienen árbol genealógico.
Tienen mapa electoral.
Nomás falta que en la cena familiar alguien pregunte:
—¿Quién quiere más pozole?
—Yo no. Mejor pásame Celaya.
Sheffield tampoco reparte escapularios.
Quiere conservar influencia en León y llegar fuerte a lo que venga después.
Así que Emmanuel quiere podar a Ricardo y Ricardo quiere fumigar a Emmanuel.
Todo estaría perfecto si no fuera por un insignificante detalle:
primero hay que ganarle al PAN.
Porque con los números de hoy, ni León ni Guanajuato vienen envueltos para regalo.
Como decía un viejo ladrón de ganado que nunca vendía antes de robar:
“Primero saquen la vaca del corral ajeno y después se pelean por los bisteces”.
Emmanuel y Sheffield ya prendieron el carbón.
Ya sacaron los platos.
Ya hasta se están peleando por el rib eye.
Y la vaca…
todavía es del PAN.
(By Notas de Libertad).
/...Agenda en Corto
1.- JUAN MIGUEL: CELAYA VOLVIÓ A TOCAR LAS PUERTAS DEL PODER
El alcalde construye su apuesta por la continuidad sobre un terreno concreto: la gestión de respaldos federales y estatales para devolverle a Celaya presencia, proyectos y capacidad de negociación.
2.- CUANDO LA CONFIANZA YA TIENE ROSTRO
Antonio “Toño” Navarro llega a la etapa decisiva del proceso de la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en San Francisco del Rincón con territorio recorrido, respaldo ciudadano, cercanía con la militancia y una expresión pública de confianza que terminó convirtiéndose en una de las señales políticas más interesantes de esta competencia.
3.- ROMERO HICKS: CUANDO LA EXPERIENCIA VUELVE A PESAR EN LA CAPITAL
El proceso para elegir al Defensor de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital llega a una etapa decisiva con Juan Carlos Romero Hicks como el perfil que, por trayectoria, conocimiento, reconocimiento público y experiencia, aparece con una ventaja política difícil de ignorar.
4.- AZUL ETCHEVERRY: LA CANDIDATA A LA QUE NADIE INVITÓ
Las redes sociales la colocaron como posible abanderada de Movimiento Ciudadano para la Presidencia Municipal de León, pero olvidaron un pequeño detalle: preguntarle si quería competir
(By operación W).
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/...Agenda del Poder
/…1.- LEÓN: LAS RAZONES POR LAS QUE VEMOS GANADOR A JORGE ESPADAS
A las ocho treinta de esta mañana comenzará en León la participación de la militancia panista dentro de una de las etapas del proceso para definir al Coordinador de la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad. La Leyenda estará circulando apenas media hora antes. No conocemos anticipadamente el resultado ni pretendemos hacerlo. Pero después de varias semanas de firmas, recorridos, foro, adhesiones y expresiones públicas de respaldo, existen elementos suficientes para hacer una lectura política y asumir el riesgo de un pronóstico. El nuestro es claro: vemos a Jorge Espadas como ganador. No por una sola demostración de fuerza, sino porque durante el proceso consiguió juntar tres cosas que rara vez aparecen con la misma intensidad: estructura territorial, capacidad de sumar y una propuesta conectada con preocupaciones reales de León.
/…2.- SALAMANCA: LAS RAZONES POR LAS QUE VEMOS GANADOR A ANSELMO CONEJO
Media hora después de que comience a circular esta edición de La Leyenda, a las ocho treinta de la mañana, iniciará la encuesta entre la militancia panista como parte del proceso para definir al Coordinador de la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en Salamanca. La medición no resuelve por sí misma todo el procedimiento, pero constituye uno de sus momentos importantes. Nosotros no conocemos anticipadamente sus resultados ni pretendemos hacerlo. Lo que sí podemos hacer es revisar el camino recorrido, valorar trayectoria, presencia social, militancia, conocimiento territorial, liderazgo y las señales que ha dejado este proceso. Después de hacerlo, nuestra lectura es clara y asumimos el pronóstico: vemos a Anselmo Conejo como ganador.
/…3.- EL IEEG ESTÁ A PUNTO DE APROBAR UNA DERROTA
La paridad no está a discusión. Guanajuato necesita más mujeres gobernando municipios y los partidos tienen la obligación de abrirles espacios donde puedan competir y ganar, no solamente utilizarlas para completar expedientes. El problema comienza cuando una causa correcta pretende defenderse con una decisión jurídicamente tan cuestionable que puede terminar haciendo exactamente lo contrario: llevar la paridad a un pleito evitable. Eso ocurre con la propuesta del IEEG para reservar trece presidencias municipales exclusivamente para candidatas en 2027. Después de revisar el proyecto, la legislación estatal y lo que acaba de ocurrir en otras entidades, cuesta entender por qué el Instituto quiere meterse voluntariamente en un callejón del que probablemente tendrá que sacarlo un tribunal.
/…4.- MORENA COMIENZA A DESGASTARSE; EL PROBLEMA ES QUE NADIE RECOGE LOS PEDAZOS
Las encuestas nunca deben leerse como profecías y mucho menos cuando todavía falta camino para llegar a las urnas. Pero cuando se revisan distintas mediciones nacionales, elaboradas por casas diferentes, con metodologías y porcentajes que naturalmente no son idénticos, comienzan a aparecer coincidencias que vale la pena observar. Eso hicimos durante los últimos días: colocar sobre la mesa diversos estudios sobre preferencias partidistas, imagen de los partidos, rechazo electoral y comportamiento de los ciudadanos. No buscamos descubrir quién ganaría mañana una elección que todavía no existe. Buscamos algo más interesante: saber hacia dónde se está moviendo el humor del país. Y encontramos una paradoja que podría convertirse en uno de los grandes temas rumbo a 2027: Morena comienza a mostrar señales de desgaste, pero sus adversarios todavía no consiguen apropiarse políticamente de ese desencanto.
/…5.- EL PRESUPUESTO 2027 PARA LOS QUE NO SON ECONOMISTAS
Una explicación clara de cuánto dinero tendrá México, de dónde saldrá, en qué piensa gastarlo el gobierno, por qué necesitamos pedir prestado, cuánto pesan las pensiones y los intereses de la deuda y qué tan preocupantes son realmente las cuentas nacionales. Porque detrás de palabras como déficit, deuda pública, balance primario o porcentaje del PIB existe algo mucho más sencillo: dinero que entra, dinero que sale, cuentas que obligatoriamente deben pagarse y recursos que deberían quedar disponibles para resolver los problemas del país. Entender qué hace el gobierno con nuestro dinero no debería requerir haber estudiado economía.
/…6.- ANTONIO “LA TOTA” CARBAJAL: MUCHO MÁS GRANDE QUE SUS CINCO MUNDIALES
El futbol mexicano convirtió una cifra en apellido: Cinco Copas. Era inevitable. Antonio Carbajal fue el primer jugador de la historia que participó en cinco Mundiales y durante décadas aquella proeza bastó para presentarlo en cualquier lugar. Pero el récord terminó provocando una injusticia involuntaria: detrás de esos cinco torneos quedó parcialmente escondida una carrera mucho más extensa, llena de vestidores difíciles, equipos modestos, jugadores a los que había que reconstruir y tardes en las que un entrenador sin demasiados recursos consiguió resultados que el dinero no podía garantizar. León conoció las dos versiones. Vio al portero que hizo historia y, después, al técnico que convirtió al Unión de Curtidores en protagonista. Morelia conocería todavía otra: la del hombre capaz de hacer de la paciencia una forma de dirigir.
(By operación W).
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-Alimento para el alma.
“Pequeño Vals Vienes”
De: Federico García Lorca.
Sobre el poema:
“PEQUEÑO VALS VIENÉS”: BAILAR CON EL AMOR MIENTRAS LA MUERTE ESPERA QUE TERMINE LA MÚSICA
Lectura profunda del poema de Federico García Lorca donde Viena deja de ser una ciudad para convertirse en el escenario de un amor febril y melancólico, mientras el vals gira entre cuerpos, recuerdos, deseo y muerte, como si amar consistiera precisamente en seguir bailando aun sabiendo que toda música alguna vez tendrá que terminar
Sobre el autor:
FEDERICO GARCÍA LORCA: EL POETA AL QUE MATARON SIN CONSEGUIR QUE DEJARA DE HABLAR
Reseña biográfica y de la obra del escritor granadino que convirtió la luna, el deseo, la sangre, la frustración, la libertad y la muerte en un lenguaje inconfundible, y cuya vida terminó frente a las balas cuando apenas tenía treinta y ocho años, sin que quienes lo asesinaron pudieran imaginar que comenzaba entonces una permanencia mucho más larga que su propia existencia
*Si quieres escucharlo en la voz de: *Silvia Pérez Cruz (Con Pájaro).
(By Notas de Libertad).
Clic para Leer
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- “Rincones y Sabores: La guía completa para el alma, el paladar y la vida”
/… SALÓN ROJO: 80 AÑOS CURANDO CRUDAS Y ESCUCHANDO A LEÓN
Fuimos al Coecillo, frente al Jardín de San Francisco, para conocer una cantina nacida en 1946 y platicar con Joaquín Arrona, integrante de la familia que desde 1979 conduce una parte esencial de su historia. Joaquín llegó a los 24 años y lleva aproximadamente 45 trabajando ahí. Entre la huella de su padre, Aurelio Arrona Silva, Don Yeyo; las bebidas convertidas en remedios, las antiguas botanas, las pérdidas familiares y una pandemia que cambió las noches, apareció un Salón Rojo que no necesita vivir del recuerdo: todavía tiene historias ocurriendo detrás de la barra.
Video Crónica
(By La Gira del Tragón & Notas de Libertad).
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-Del Cielo a la Historia, Los Ecos del Calendario.
Domingo 13 de septiembre al sábado 19 de septiembre.
Santoral
VIDAS QUE CONVIRTIERON LA FE EN TESTIMONIO
El santoral de esta semana reúne a pastores, mártires, místicos, religiosos y mujeres consagradas que…
Efemérides Nacionales e Internacionales
SIETE DÍAS QUE CAMBIARON EL RUMBO DE LA HISTORIA
Cada fecha conserva acontecimientos que modificaron fronteras, gobiernos, sociedades y…
Conmemoración de Días Nacionales e Internacionales
LOS DÍAS EN QUE EL MUNDO RECUERDA LO QUE NO DEBE PERDER
Cada jornada del calendario guarda una causa, una memoria o una advertencia. Algunas fechas…
(By Notas de Libertad).
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-Al Ritmo del Corazón: Música para recordar el ayer.
/… ESTRELLITA: DE SEVILLA A MÉXICO, UNA VOZ HECHA PARA RECORDAR
Isabel Rincón Bautista comenzó siendo casi una niña frente a las cámaras del cine español y terminó encontrando en México el territorio donde su voz alcanzaría verdadera madurez y popularidad. Conocida simplemente como Estrellita, dejó atrás la imagen de pequeña figura cinematográfica para convertirse durante los años setenta en intérprete de una canción romántica cargada de vulnerabilidad, nostalgia y abandono. “Perdóname” sería su gran emblema, pero alrededor de aquella canción quedaron también “Por creer en ti”, “Quién te dijo que te quiero”, “Dónde andará” y “Con la pasión más grande”, además de varios discos y una relación con el cine mexicano que la llevó a compartir pantalla con Juan Gabriel. Su historia es también la de tantos artistas que tuvieron un periodo breve de enorme luminosidad y, sin embargo, consiguieron dejar una canción suficientemente poderosa para continuar viviendo mucho después de apagados los reflectores.
*Con un click escucha: *Estrellita y Juan Gabriel en el Auditorio Nacional.
(By Notas de Libertad).
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/… PABLO ABRAIRA: UNA VOZ QUE APRENDIÓ A SOBREVIVIR A SUS PROPIAS CANCIONES
Del joven madrileño atraído por el rock y el soul al intérprete que hizo de “O tú o nada” y “Gavilán o paloma” dos clásicos de la canción romántica en español, Pablo Abraira construyó una trayectoria que atravesó discos, escenarios, teatro musical y varias generaciones de público. Su historia artística no puede reducirse al éxito monumental de una sola canción: detrás de aquella voz apasionada existe un músico que exploró distintos géneros, asumió personajes como el Che en “Evita” y Jesús en “Jesucristo Superstar”, recorrió América Latina y consiguió algo especialmente difícil en la música popular: continuar siendo reconocido cuando la época que lo convirtió en estrella había terminado.
*Con un click escucha: *Pablo Abraira…Grandes Éxitos 1976-2017…(PlayList).
(By Notas de Libertad).
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¿Qué leer esta semana?
“Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”
De: Miguel de Cervantes Saavedra
Resumen:
SEGUNDA PARTE DEL INGENIOSO CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Diez años después de haber lanzado al mundo a su caballero más improbable, Miguel de Cervantes lo devuelve a los caminos en una segunda parte más profunda, compleja y dolorosamente humana: don Quijote ya no es un desconocido, sus primeras aventuras han sido publicadas y los personajes que encuentra saben quién es, conocen su locura y algunos incluso construyen engaños para convertir sus fantasías en realidad. Junto a Sancho Panza emprende su tercera y última salida, busca a una Dulcinea condenada al encantamiento, enfrenta nuevas aventuras, conoce la crueldad de quienes se divierten a costa de sus sueños y contempla cómo su escudero alcanza finalmente el gobierno prometido y demuestra una inesperada sabiduría. La aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda convierte además la propia literatura en parte de la historia, hasta conducir al verdadero caballero hacia Barcelona, donde sufrirá la derrota que lo obligará a abandonar las armas y regresar a su aldea. Allí ocurrirá la paradoja definitiva: Alonso Quijano recuperará la razón justamente cuando Sancho haya aprendido a soñar, y la muerte del hombre terminará dando comienzo a la inmortalidad del personaje.
(By Notas de Libertad).
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-Pláticas con el Licenciado 2.
/… SIETE VIDAS EN CARNE VIVA
Cinco existencias forjadas entre las minas, el cuero, el azúcar, la pólvora y el barro de Guanajuato; dos vidas levantadas entre las heridas históricas y las madrugadas musicales de la Ciudad de México: siete seres empujados hasta el límite por el dolor, la furia, el amor, la memoria y una alegría tan feroz que se niega a morir
1.- EL HOMBRE QUE ESCUPIÓ LA MINA
Desde que un derrumbe convirtió a su padre en polvo y le entregaron la pala del muerto para cobrarle hasta el ataúd, Juvencio Barrón vivió con una mina excavándole el cuerpo: creció bajo la tierra, escondió plata en sus botas, amó con desesperación en los callejones de Guanajuato y sobrevivió a una traición que le robó medio siglo, hasta que sus pulmones enfermos le exigieron subir por última vez hacia la luz
2.- SANGRE DE TORO Y TACÓN DE ORO
Chabela Rentería nació entre los bramidos del rastro, la costura mal pagada de su madre y una ciudad convencida de que el cuero sólo podía obedecer las manos de los hombres; a los quince años robó las herramientas de su tío, conquistó a golpes una mesa de trabajo, amó a un zapatero tan indomable como ella y levantó desde la pobreza una fábrica donde otras mujeres aprendieron que también podían vivir de pie
3.- LA MUJER QUE HIRVIÓ SUS AUSENCIAS
Virginia Salgado tenía ocho años cuando el azúcar hirviendo le marcó las manos; después el río se llevó su casa, una bala perdida le arrancó al marido y un tren de carga condujo a sus tres hijos hacia el norte, pero ella siguió alimentando el fuego hasta convertir la soledad, la ceniza y el dolor en una cajeta espesa con la que terminó endulzando la infancia de los hijos de otras mujeres
4.- EL CAZADOR DE MILAGROS
Donato Cruz nació durante un eclipse en La Cruz del Palmar, comunidad otomí de San Miguel de Allende, y creció sembrando maíz en una parcela donde había más piedras que tierra; cuando la sequía lo obligó a buscar trabajo en la ciudad, cambió la coa por la pólvora y aprendió a sembrar sobre la noche flores, pájaros y soles capaces de hacer llorar a los viejos, estremecer a los niños y reunir bajo un mismo cielo al San Miguel campesino y al San Miguel que comenzaba a transformarse
5.- LA MALDICIÓN DE LA ARCILLA
Eladio Vargas aprendió a odiar el barro porque su padre utilizaba las mismas manos con las que modelaba platos para golpearlo; a los veinte años incendió el taller familiar y huyó hacia los cuadriláteros clandestinos, la frontera, el alcohol y las prisiones, hasta regresar viejo a Dolores Hidalgo con los puños destruidos, la culpa de haber abandonado a su madre y una última posibilidad de redención: abrir las manos, modelar la vasija que nunca pudo entregarle y enseñar a otros jóvenes que ninguna herida tiene derecho a convertirse en violencia
6.- ANATOMÍA DE LAS RUINAS
Carmen Robles tenía dieciocho años cuando la violencia de 1968 le arrancó tres dedos de la mano izquierda y desapareció a su hermano en la Plaza de las Tres Culturas; diecisiete años después, el edificio Nuevo León se desplomó sobre ella y la mantuvo enterrada durante tres días entre los cuerpos de sus vecinos. Esta es la historia de una mujer que sobrevivió dos veces a una ciudad empeñada en sepultarla y que convirtió sus heridas, su memoria y su voz en la única sepultura posible para quienes nunca regresaron.
7.- EL TRUENO DE LA NOCHE
Aurelio Reyes nació entre las flores de Xochimilco con unos pulmones capaces de despertar a los canales y pasó más de sesenta años convirtiendo las madrugadas de Garibaldi en un territorio donde nadie tenía derecho a permanecer triste. Trompetista, enamorado incorregible, protector de músicos hambrientos y fabricante de parrandas legendarias, gastó fortunas de un día, sobrevivió a dos puñaladas, amó a tres mujeres extraordinarias y tocó lo mismo para grandes figuras que para el hombre pobre que solamente podía pagarle con un taco. Cuando la vejez intentó retirarlo de la música, todo aquello que Aurelio había regalado regresó para demostrarle que una vida también puede medirse por el número de personas a las que hizo cantar.
(By operación W).
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EL PAÍS QUE NO CABE EN LAS CUENTAS ALEGRES DEL PODER
Claudia Sheinbaum presentó su Segundo Informe y sobre México cayeron porcentajes, promedios, millones, reducciones y cifras que hablaban de un país que avanza. Algunas son ciertas. Algunas merecen celebrarse. Pero hay una patria que no aparece completa en ninguna gráfica: la de las madres que buscan, los trabajadores que envejecen sin protección, los enfermos que esperan, las familias que han convertido el “avísame cuando llegues” en una oración. El problema no es que el poder cuente sus aciertos. El problema es que, entre tantos números felices, puede terminar olvidando que México no es una suma: es una herida abierta que todavía tiene nombre, rostro, miedo, hambre, ausencias y memoria.
LOS MUERTOS DISMINUYEN; LAS MADRES TODAVÍA SIGUEN BUSCANDO
Hay que reconocerlo porque también sería una forma de mentir negarlo: los homicidios han disminuido. Y cada asesinato evitado es una victoria enorme. No es un número. Es una puerta que volvió a abrirse por la noche. Es alguien que llegó a cenar. Es un padre que regresó del trabajo, una muchacha que volvió de la escuela, un hijo que todavía puede abrazar a su madre. Claudia Sheinbaum tiene derecho a colocar esa disminución entre los resultados de su gobierno.
Pero México aprendió hace mucho tiempo que también se puede perder a alguien sin encontrar su cadáver.
Y ahí comienza el escalofrío.
Porque mientras contamos menos muertos, seguimos contando desaparecidos. Hombres y mujeres que alguna mañana salieron de una casa y dejaron detrás un cepillo de dientes, una chamarra colgada, una conversación inconclusa, unos zapatos esperando inútilmente junto a la puerta. No sabemos si están vivos. No sabemos si están muertos. No sabemos dónde buscarlos. Sólo sabemos que faltan.
Y faltar puede ser una manera todavía más cruel de permanecer.
Una tumba destruye la esperanza. Una desaparición la tortura.
Obliga a una madre a despertar pensando que quizá hoy encontrará a su hijo y acostarse temiendo que quizá mañana encuentre sus huesos. La convierte en investigadora, rastreadora, perito, detective y sepulturera de posibilidades. Le enseña palabras que jamás debió aprender: fosa, restos, fragmentos, identificación genética. Le cambia las manos. Las manos que alguna vez acomodaron una cobija sobre el cuerpo de un niño terminan removiendo tierra para averiguar si ese niño, muchos años después, está debajo.
Por eso no basta decir que bajaron los homicidios.
Hay que decirlo mirando a los ojos a quienes siguen buscando.
No porque cada desaparecido sea un homicidio escondido. No lo sabemos y sería miserable afirmarlo. Sino porque la seguridad de una nación no puede medirse únicamente por la cantidad de cuerpos que llegan a la morgue. También se mide por la cantidad de personas que pueden salir de casa y regresar.
México no estará verdaderamente más seguro mientras haya madres caminando por el monte con una fotografía contra el pecho.
EL PAÍS TRABAJA HASTA EL CANSANCIO Y TODAVÍA NO CONSIGUE SENTIRSE A SALVO
El Segundo Informe también habló de empleo, salarios, inversión, crecimiento. Y nuevamente existen razones para reconocer avances. Pero México tiene una extraña costumbre: aquí se puede trabajar toda la vida y seguir teniendo miedo de enfermarse.
Más de la mitad de quienes trabajan permanecen en la informalidad. Detrás de esa palabra fría existe un país inmenso que despierta antes que las oficinas públicas, abre cortinas metálicas, empuja puestos, carga cajas, limpia casas, conduce vehículos, vende comida, construye paredes, cosecha campos y regresa de noche con el cuerpo derrotado.
Trabajan.
Claro que trabajan.
Lo que no siempre tienen es mañana.
Porque mañana puede llegar convertido en enfermedad, accidente, vejez, desempleo o una semana sin ventas. Y entonces descubren que haber trabajado durante treinta años no necesariamente significa haber construido treinta años de seguridad.
Ése es el México que cabe difícilmente en los discursos.
El hombre que jamás estuvo desempleado, pero tampoco tuvo una pensión digna. La mujer que jamás dejó de trabajar, pero tampoco conoció vacaciones pagadas. El comerciante que sostuvo a cuatro hijos y sabe que una operación puede comerse los ahorros de veinte años.
Las estadísticas dicen que están ocupados.
La vida dice que están resistiendo.
Y entre una palabra y la otra cabe una nación entera.
HAY UN MOMENTO EN QUE LA REALIDAD TERMINA ROMPIENDO EL DISCURSO
Ése es el verdadero problema del Segundo Informe. No que todo sea falso. Sería demasiado sencillo combatirlo si lo fuera. Lo inquietante es precisamente lo contrario: hay verdades, avances y resultados, pero colocados dentro de una narración donde aquello que contradice la celebración parece condenado a hablar más bajo. Y México ya ha sufrido demasiado para conformarse con verdades a medias. Porque también están los enfermos. Los que conocen la distancia brutal entre escuchar que el sistema funciona y esperar una cita; entre anunciar medicamentos y necesitarlos; entre una conferencia pronunciada desde Palacio y una madrugada sentados bajo la luz blanca de un hospital.
Para ellos no existe el promedio.
Existe hoy.
Existe el dolor de hoy.
La medicina de hoy.
El diagnóstico de hoy.
La posibilidad de llegar vivo a mañana.
Ahí es donde cualquier gobierno debería sentir pudor antes de convertir la estadística en propaganda.
No porque esté prohibido celebrar. Al contrario. Ojalá algún día tengamos tantas razones para celebrar que las páginas de La Leyenda no alcancen para contarlas. Pero mientras una madre siga excavando, mientras una familia siga llamando a un teléfono que nadie contesta, mientras trabajar no garantice dejar de vivir al borde del precipicio y mientras enfermar continúe siendo para demasiados mexicanos una batalla contra el tiempo, el dinero y la incertidumbre, ningún informe debería hablar como si la historia ya hubiera doblado la esquina.
Bienvenidos a La Leyenda 97.
Soy Wintilo Vega Murillo y escribo desde Guanajuato, desde este pedazo de México donde también hemos aprendido que la violencia no siempre deja cadáveres: algunas veces deja sillas vacías, fotografías envejeciendo en las paredes y madres que se niegan a morirse porque todavía tienen un hijo que encontrar.
Quiero creer en cada homicidio que no ocurrió, en cada salario que mejoró, en cada empleo creado, en cada hospital que funciona y en cada familia que pudo respirar un poco mejor. Quiero que sean muchos más. Pero precisamente por eso no quiero que los números sean utilizados para tapar aquello que todavía nos está desgarrando.
Porque México no necesita un gobierno que aprenda a contar mejor sus éxitos.
Necesita un país donde algún día haya menos dolor que contar.
Y cuando llegue ese día no necesitaremos que nadie nos lo explique desde Palacio.
Lo sabremos.
Porque nuestros hijos volverán a casa.
(By Notas de Libertad).




- Esaú González y Wintilo Vega…Comentando de Política…Podcast




/… ERNESTO PRIETO: MORENA FRENTE AL ESPEJO DE SUS PROPIAS CONTRADICCIONES
En “Esaú González y Wintilo Vega, comentando de política” recibimos al diputado federal Ernesto Prieto Gallardo para una conversación sin zonas de comodidad. Salamanca, las disputas internas de Morena, los recién llegados, las candidaturas de 2027, Claudia Sheinbaum y la sombra política de López Obrador, los programas sociales, Rubén Rocha Moya, las campañas anticipadas, Guanajuato y hasta sus propias aspiraciones aparecieron sobre la mesa. Prieto hizo algo que comienza a escasear en la política: aceptó las preguntas incómodas, respondió, discrepó y permaneció sentado. No fue una entrevista para construirle un altar ni para conducirlo al paredón. Fue política hablando de política.
CUANDO LAS PREGUNTAS INCÓMODAS NO TERMINAN LA CONVERSACIÓN
Hay entrevistas en las que el invitado llega preparado para contestar únicamente aquello que desea escuchar. Trae cifras aprendidas, tres frases ensayadas y una colección de puertas de emergencia para escapar en cuanto aparece una pregunta peligrosa. Con Ernesto Prieto ocurrió otra cosa. Desde el comienzo reconocimos una característica que vale la pena destacar: es uno de los cuadros de Morena en Guanajuato capaces de entrar al debate, sostener sus argumentos, recibir el golpe de una pregunta incómoda y responder sin convertir inmediatamente al entrevistador en enemigo.
Y no hubo calentamiento.
La primera discusión importante fue sobre el poder. Después del segundo informe presidencial pusimos sobre la mesa una pregunta que atraviesa al nuevo régimen: ¿Claudia Sheinbaum gobierna ya completamente con su propia autoridad o continúa proyectándose sobre Palacio Nacional la enorme sombra política de López Obrador? Prieto no intentó borrar al expresidente. Reconoció que su liderazgo permanecerá por tratarse del fundador del movimiento, pero sostuvo que la dirigente actual es Claudia Sheinbaum y que el morenismo debe cerrar filas alrededor de ella.
Después bajamos de Palacio Nacional a Salamanca y la conversación adquirió temperatura local.
Prieto defendió el arraigo como condición política para pretender gobernar una comunidad. No le basta que alguien pueda acreditar formalmente los requisitos constitucionales de residencia. Para él, gobernar Salamanca exige conocer sus raíces, sus necesidades, su historia y desarrollar una pertenencia verdadera. Cuando se le preguntó qué ocurriría si una aspirante con la que mantiene diferencias ganara la encuesta de Morena, no buscó una respuesta diplomática: reconoció que no quisiera encontrarse en ese escenario.
De ahí surgió una discusión todavía mayor: Morena se ha convertido en una fuerza atractiva para personajes procedentes de otros partidos y para políticos que descubren nuevas posibilidades conforme crece electoralmente el movimiento. Prieto dio la bienvenida a quienes llegan, pero puso una condición: deben formarse. No considera aceptable aterrizar en Morena y pretender inmediatamente ocupar los primeros lugares de la fila.
La reflexión toca una herida que Morena deberá resolver rumbo a 2027. Un partido que crece necesita abrir puertas, pero también corre el riesgo de convertirse en refugio de quienes simplemente buscan dónde continuar una carrera política. Prieto, fundador y exdirigente estatal, lo dijo desde su propia posición: quienes comenzaron el movimiento tienen la obligación de impedir que termine pervirtiéndose.
Y las diferencias internas aparecieron sin necesidad de buscarlas demasiado. En Salamanca se habló incluso de dos asambleas realizadas simultáneamente, una reconocida por la estructura partidista y otra cuestionada por Prieto, quien sostuvo que ese tipo de decisiones no contribuyen a la unidad.
Morena quiere gobernar Guanajuato. Pero antes tendrá que decidir si verdaderamente quiere hacerlo unido.
MORENA TIENE ADVERSARIOS AFUERA, PERO TAMBIÉN CUENTAS PENDIENTES ADENTRO
La conversación llegó inevitablemente a Ricardo Sheffield. Prieto reconoció que durante años tuvieron diferencias importantes. Hoy, aseguró, no existe entre ambos ningún acuerdo político, aunque tampoco una mala relación. Comparten, dijo, la necesidad de cuidar un proyecto que considera con posibilidades reales de convertirse en alternativa frente a décadas de gobiernos panistas en Guanajuato.
Eso probablemente explique buena parte de los movimientos que veremos durante los próximos meses. Morena tiene posibilidades electorales que hace algunos años parecían remotas, pero también demasiados grupos convencidos de que esas posibilidades les pertenecen.
Llegó después Malú Mícher y aquella declaración sobre el origen de los recursos destinados a los programas sociales. Prieto evitó golpear a su compañera, pero dejó una frase suficientemente clara: quienes tienen una responsabilidad política deben pensar las cosas antes de decirlas.
También pusimos sobre la mesa las campañas adelantadas. Prieto defendió que Morena haya establecido internamente restricciones para impedirlas y aceptó un principio que deberá recordarse cuando lleguen las denuncias: si se acredita ante la autoridad electoral que algún integrante de su partido violó la legislación, debe ser sancionado.
Después apareció Rubén Rocha Moya.
Fue probablemente uno de los momentos de mayor confrontación política de la conversación. Prieto cuestionó la actuación estadounidense alrededor de la solicitud de detención con fines de extradición y defendió la manera en que Claudia Sheinbaum enfrentó la crisis. Nosotros planteamos otra cuestión: el enorme desgaste provocado cuando Morena moviliza políticamente a su militancia para defender situaciones que después terminan modificándose.
Y entonces Prieto concedió algo importante. Consideró que Rocha Moya se equivocó al regresar a ejercer la gubernatura y habló de decisiones recientes erráticas y desafortunadas. Para un diputado de Morena no es una afirmación menor.
Eso fue precisamente lo que hizo interesante el intercambio. No pretendíamos que Prieto dejara de ser morenista durante una hora. Tampoco que la conversación se convirtiera en una sucesión de elogios o condenas. Se trataba de hacer lo que corresponde cuando se habla de política: preguntar, confrontar argumentos, poner contradicciones sobre la mesa y permitir que el invitado las responda.
Porque una entrevista política sirve muy poco cuando únicamente confirma aquello que invitado y entrevistador ya habían acordado pensar.
EL 2027 YA SE ASOMA, Y PRIETO TAMPOCO CIERRA LA PUERTA
Llegamos finalmente a Guanajuato, los resultados federales y el futuro.
Prieto defendió la coordinación entre Federación y Estado en materia de seguridad y habló de una disminución de homicidios dolosos, aunque reconoció que la percepción de inseguridad continúa elevada y que falta mucho por hacer. Después enumeró programas federales destinados a Guanajuato: pensiones para adultos mayores, becas educativas y otros apoyos sociales.
Pero una conversación política en 2026 difícilmente puede hablar durante tanto tiempo de Guanajuato sin que termine apareciendo 2027.
Y apareció.
Le preguntamos directamente a Ernesto Prieto si le gustaría ser gobernador.
No dijo que sí. Pero tampoco dijo que no.
Respondió que no descarta nada, aunque sostuvo que éste no es el momento para pensar en ello. Recordó que dirigió Morena durante siete años, que conserva liderazgo estatal, que mantiene compañeros y relaciones políticas en los 46 municipios y que continúa recorriendo Guanajuato.
En política, los silencios cuentan. Y los “no descarto nada” también.
Prieto sabe que antes de cualquier aspiración personal existe una elección intermedia en 2027 y una batalla mucho más inmediata por municipios, diputaciones y espacios de poder. Él mismo dijo estar valorando si buscará reelegirse como diputado federal o participará por otro espacio.
La conversación permitió también regresar a sus orígenes. Contó que desde niño acompañaba a su padre a actos de Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional; recordó la participación política de Ernesto Prieto Ortega y explicó que su interés por lo público nació dentro de aquella historia familiar. Para él, dijo, la política debe reivindicarse como instrumento de servicio y construcción de bienestar, no confundirse con sus deformaciones: corrupción, mentira y engaño.
Al final todavía hubo tiempo para hablar de sus iniciativas legislativas, desde su propuesta relacionada con el natalicio de Miguel Hidalgo hasta una iniciativa para evitar que alimentos todavía aprovechables sean deliberadamente inutilizados cuando podrían destinarse a personas que los necesitan.
Y así terminó una conversación larga, por momentos incómoda y muchas veces divertida.
Esaú González y un servidor no invitamos a Ernesto Prieto para construirle un altar ni para conducirlo al paredón. Lo invitamos para hablar de política.
Hablamos de su Presidenta y de López Obrador. De Morena y de sus pleitos. De Salamanca y sus aspirantes. De Sheffield, Malú Mícher, Rocha Moya, las campañas adelantadas, los programas sociales, Guanajuato y su propio futuro.
Prieto defendió lo suyo. Nosotros pusimos sobre la mesa las preguntas que consideramos necesarias. Hubo momentos en que coincidimos y otros en que vimos los temas desde ángulos distintos.
Pero nadie pidió apagar los micrófonos.
Y quizá ahí esté lo más rescatable de este episodio de “Esaú González y Wintilo Vega, comentando de política”. En tiempos donde demasiados políticos confunden una entrevista con un espacio de promoción y una pregunta incómoda con una declaración de guerra, Ernesto Prieto aceptó algo mucho más elemental y mucho más democrático: sentarse, escuchar y responder.
No obliga a estar de acuerdo con él.
Obliga, cuando menos, a discutir con él.
Video Crónica





/… CHILE, 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973: LA LARGA NOCHE QUE COMENZÓ A PLENO DÍA
Cincuenta y tres años después, Chile todavía carga una mañana que no ha terminado de convertirse en pasado. El 11 de septiembre de 1973 los aviones bombardearon La Moneda, Salvador Allende murió dentro del palacio presidencial y las Fuerzas Armadas quebraron una democracia que llevaba meses consumiéndose entre la polarización, la crisis, la conspiración y el miedo. Sin embargo, la verdadera dimensión de aquella tragedia no está solamente en las imágenes del fuego sobre Santiago. Está en lo que vino después: los estadios convertidos en centros de detención, las cámaras de tortura, los ejecutados, los desaparecidos, las canciones perseguidas, las familias despedazadas y los miles de chilenos que tuvieron que aprender a querer a su patria desde el destierro. Durante diecisiete años, una generación creció bajo una dictadura y otra envejeció preguntándose dónde estaban sus hijos. Ésta es la historia de cómo una nación llegó hasta aquel abismo, de lo que ocurrió cuando finalmente cayó dentro de él y de las cicatrices que permanecen cuando los dictadores se marchan, los edificios son reconstruidos y los muertos siguen sin poder regresar.
EL PAÍS QUE COMENZÓ A ROMPERSE MUCHO ANTES DE ESCUCHAR LAS BOMBAS
LA REVOLUCIÓN QUE QUISO ENTRAR POR LAS URNAS
Las tragedias nacionales casi nunca comienzan el día que aparece el primer tanque. Para entonces, generalmente llevan años caminando entre la gente, alimentándose de agravios, miedos, desigualdades, soberbias y palabras pronunciadas con suficiente odio como para que un día alguien considere razonable sustituirlas por balas. Chile llegó al 11 de septiembre de 1973 después de haber recorrido precisamente ese camino. Tres años antes, Salvador Allende había alcanzado la Presidencia encabezando una experiencia política que desafiaba una de las certezas más duras de la Guerra Fría: quería construir el socialismo sin cancelar la democracia, transformar profundamente la propiedad y la distribución de la riqueza sin renunciar a las urnas, y demostrar que una revolución podía avanzar por las instituciones en lugar de abrirse paso sobre los cadáveres de quienes pensaban distinto. Aquella apuesta despertó una esperanza inmensa entre trabajadores, campesinos y sectores históricamente postergados, pero también provocó un miedo igualmente profundo entre quienes observaban las nacionalizaciones, la reforma agraria y el crecimiento de la movilización popular como el comienzo de un país en el que ya no habría lugar para ellos.
El problema fue que aquellas dos emociones —la esperanza y el miedo— comenzaron a crecer hasta volverse incapaces de reconocerse. Para una parte de Chile, Allende representaba la posibilidad de corregir desigualdades que parecían escritas sobre piedra; para otra, encarnaba el riesgo de perder libertades, propiedades, estabilidad y una forma de vida. Entre ambas visiones todavía existía una democracia, pero cada día resultaba más difícil encontrar un idioma común para defenderla. La inflación golpeaba brutalmente, el desabasto entraba en la vida cotidiana, las huelgas paralizaban sectores enteros, las calles se llenaban de manifestaciones y la presión estadounidense operaba contra el gobierno dentro de la lógica feroz de la Guerra Fría. También hubo errores del propio gobierno, radicalizaciones desde la izquierda y una oposición que en sectores importantes dejó de preguntarse cómo derrotar políticamente a Allende para comenzar a preguntarse cómo terminar anticipadamente con su gobierno. Chile no estaba contemplando una tormenta desde la ventana: llevaba meses caminando dentro de ella.
CUANDO EL ODIO EMPEZÓ A HABLAR MÁS FUERTE QUE LA POLÍTICA
Lo más peligroso, sin embargo, no estaba únicamente en los indicadores económicos ni en las maniobras de Washington, los cuarteles o los partidos. Estaba ocurriendo en un territorio mucho más íntimo: la manera en que los chilenos comenzaron a mirarse. La política atravesó familias, amistades, universidades, sindicatos, centros de trabajo y barrios hasta convertir la diferencia en sospecha. La palabra adversario empezó a resultar insuficiente. Cada extremo necesitaba algo más terrible para nombrar al otro. El que pensaba distinto ya no estaba simplemente equivocado: amenazaba la patria, la revolución, la libertad, la propiedad, el futuro. Y cuando una sociedad llega a ese punto, el deterioro democrático deja de medirse únicamente en leyes o instituciones; comienza a sentirse en la mesa familiar, en las conversaciones que se evitan, en las amistades que se rompen y en esa peligrosa certeza de que el país estaría mejor si determinada parte de sus propios ciudadanos dejara de tener poder, voz o incluso derecho a participar en su destino.
Ésa fue quizá la derrota anterior a todas las demás. Chile seguía teniendo presidente, Congreso, tribunales, periódicos, sindicatos y partidos, pero comenzaba a perder aquello que ninguna Constitución puede garantizar por sí sola: la voluntad de convivir con quien uno desea derrotar electoralmente. La democracia exige una disciplina profundamente incómoda: aceptar que el adversario puede ganar, gobernar y regresar a competir mañana. Cuando esa posibilidad se vuelve intolerable, la urna empieza a parecer demasiado pequeña para la furia acumulada. Y Chile estaba acercándose peligrosamente a ese instante. El odio no había derribado todavía ninguna puerta de La Moneda, pero ya había conseguido algo indispensable para la tragedia que venía: convencer a demasiados de que la destrucción del contrario podía confundirse con la salvación del país.
EL PRIMER RUIDO DE LOS TANQUES
El 29 de junio de 1973 Santiago escuchó por primera vez con claridad el ruido del abismo. Una sublevación militar encabezada por el teniente coronel Roberto Souper sacó tanques a las calles y atacó edificios gubernamentales. El intento fue sofocado y el orden constitucional sobrevivió, pero el Tanquetazo dejó una advertencia que ningún regreso de los vehículos a sus cuarteles podía borrar. Hasta aquella mañana un golpe pertenecía todavía al territorio de lo temido; después de ella perteneció al territorio de lo posible. Los chilenos habían visto blindados frente a los símbolos de su gobierno y habían comprobado que dentro de las Fuerzas Armadas existían hombres dispuestos a utilizar las armas que la República les había entregado contra la propia República.
Las semanas siguientes fueron estrechando la salida. Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército y una de las figuras fundamentales del constitucionalismo militar, terminó renunciando en agosto. Allende nombró en su lugar a Augusto Pinochet, un general que todavía no cargaba sobre su apellido el peso que después tendría. Faltaban menos de tres semanas para el golpe. Mientras tanto, Chile continuaba haciendo algo que hoy resulta insoportablemente humano imaginar: seguía viviendo. En la noche del 10 de septiembre hubo niños que se durmieron después de hacer sus tareas, trabajadores que prepararon la ropa del día siguiente, mujeres que dejaron alguna compra pendiente para la mañana, enamorados que se despidieron prometiendo verse pronto y familias que apagaron las luces sin saber que estaban cerrando los ojos dentro de un país que no volverían a encontrar intacto al despertar.
En los cuarteles, mientras tanto, otros hombres permanecían despiertos.
A la mañana siguiente Chile descubriría que una democracia puede pasar meses acercándose al precipicio y, aun así, sorprenderse cuando finalmente siente que debajo de sus pies ya no queda tierra.
LA CONSPIRACIÓN QUE YA TENÍA FECHA
CUANDO EL GOLPE DEJÓ DE SER UN RUMOR
Hay un momento terrible en toda conspiración en que las palabras dejan de imaginar y comienzan a ordenar. Hasta entonces todavía existen dudas, tanteos, conversaciones a media voz, hombres que preguntan quién está dispuesto, quién retrocederá, quién obedecerá cuando llegue la hora. Después ocurre algo mucho más grave: alguien señala un día en el calendario. Desde ese instante, el futuro de millones de personas empieza a depender de decisiones tomadas en habitaciones a las que jamás fueron invitadas. Chile llegó a ese punto durante los primeros días de septiembre de 1973. La ruptura institucional dejó de ser una amenaza flotando sobre el gobierno de Salvador Allende y comenzó a adquirir aquello que convierte una conspiración en una operación militar: mandos, objetivos, movimientos, comunicaciones, unidades y una fecha.
No todos habían llegado al golpe por el mismo camino ni con idénticas razones. Había militares convencidos de que el gobierno conducía al país hacia una revolución marxista irreversible; otros consideraban destruida cualquier posibilidad de entendimiento político; algunos habían participado desde mucho antes en las conversaciones conspirativas y otros terminaron incorporándose cuando juzgaron inevitable el desenlace. Esa diferencia importa porque las tragedias colectivas rara vez necesitan que todos sus protagonistas compartan el mismo sueño: les basta con que coincidan durante unas horas en aquello que están dispuestos a destruir. Ejército, Armada, Fuerza Aérea y Carabineros fueron cerrando el dispositivo que permitiría actuar conjuntamente. Ya no se discutía solamente si Allende debía continuar gobernando. Se estaba preparando la fuerza necesaria para impedir que pudiera hacerlo.
Y ésa es una frontera moral que merece detener la mirada. Hasta entonces Chile había vivido una crisis política feroz, incluso insoportable; pero seguía siendo una crisis que, al menos formalmente, pertenecía a ciudadanos, partidos, Congreso, gobierno e instituciones. Cuando los mandos militares decidieron resolverla mediante las armas, ocurrió algo que ningún comunicado posterior podría limpiar: hombres que poseían fusiles porque el Estado se los había confiado comenzaron a preparar esos mismos fusiles para imponerle al Estado una respuesta. No importaba ya cuántas razones creyeran tener, cuánto caos vieran alrededor ni cuántos sectores civiles desearan la caída del gobierno. La decisión significaba sustituir la incertidumbre de la democracia por la certeza de la fuerza.
En aquellos días finales la conspiración debió de tener una sensación extraña: todo continuaba funcionando y, sin embargo, algunos hombres sabían que estaban organizando su interrupción. Los autobuses seguían recorriendo las ciudades, los periódicos llegaban a los puestos, las escuelas abrían, los trabajadores discutían salarios, las familias resolvían problemas domésticos y los políticos todavía pronunciaban discursos sobre un mañana que otros ya estaban preparando para cancelar. Ninguno de aquellos actos cotidianos parecía histórico. Precisamente por eso lo era. Mientras millones vivían dentro del tiempo normal, una minoría había comenzado a vivir dentro de la cuenta regresiva.
VALPARAÍSO: EL MAR DONDE COMENZÓ A MOVERSE LA TRAGEDIA
Valparaíso tenía que ser decisivo. Chile es una larga cicatriz frente al Pacífico y su Armada poseía allí uno de sus grandes centros de poder. El puerto, acostumbrado al movimiento de barcos, mercancías y marinos, se convirtió durante las jornadas anteriores al golpe en una pieza esencial de la maquinaria que estaba terminando de ensamblarse. La conspiración no podía depender solamente de Santiago. Para quebrar al gobierno había que inmovilizar rápidamente puntos estratégicos, asegurar comunicaciones, dominar instalaciones y evitar que alguna rama militar quedara fuera del movimiento o pudiera convertirse en resistencia.
El mar ofrecía además una circunstancia particularmente útil. En aquellos días se desarrollaba la Operación UNITAS, ejercicio naval conjunto con presencia estadounidense. Buques chilenos habían salido de Valparaíso y el movimiento de unidades podía confundirse con actividades previstas. Bajo aquella superficie de normalidad militar, oficiales comprometidos con el golpe afinaban sus propios tiempos. La ciudad portuaria adquirió así una importancia que horas después resultaría evidente: antes de que Santiago contemplara La Moneda cercada, el golpe tendría que demostrar que no era un motín aislado ni una aventura de un puñado de oficiales, sino una ruptura capaz de extenderse territorialmente y paralizar la respuesta del gobierno.
Había algo profundamente inquietante en esa preparación porque el arma más poderosa de los conspiradores no era todavía un tanque ni un avión: era la sorpresa. El gobierno conocía rumores, recibía advertencias y sabía que existían movimientos peligrosos, pero entre saber que un golpe es posible y conocer el minuto en que comenzará existe una distancia enorme. En esa distancia cabía la posibilidad de paralizar al adversario. Los conspiradores necesitaban que, cuando la certeza llegara hasta Allende, una parte considerable del mecanismo ya estuviera en marcha.
Valparaíso fue convirtiéndose, de ese modo, en el lugar donde el horizonte comenzó a oscurecerse antes que en Santiago. Todavía no había imágenes capaces de anunciar al mundo lo que estaba ocurriendo. No ardía ningún edificio. Ningún avión había descendido sobre el palacio presidencial. Pero la tragedia no necesitaba todavía fuego: necesitaba coordinación. Y mientras el Pacífico golpeaba los muelles con la indiferencia antigua del mar, hombres uniformados terminaban de preparar una madrugada que cambiaría para siempre la historia de Chile.
LA ÚLTIMA NOCHE DE UN PAÍS QUE TODAVÍA NO SABÍA QUE ERA LA ÚLTIMA
El lunes 10 de septiembre tuvo la crueldad de parecer un día que tendría continuación. Ésa es una de las cosas que más estremecen cuando la historia se mira desde el futuro: nosotros conocemos lo que quienes estaban allí ignoraban. Sabemos que faltaban horas. Sabemos que determinadas despedidas serían definitivas, que algunas casas quedarían vacías, que algunos hombres dormirían por última vez en libertad y que familias enteras comenzarían muy pronto una espera cuya duración nadie habría podido explicarles. Ellos no poseían ese conocimiento. Para la inmensa mayoría de los chilenos, el día siguiente todavía era martes.
En el gobierno, sin embargo, la sensación era distinta. Allende buscaba desesperadamente una salida política a una crisis que parecía haber consumido casi todas. Entre las decisiones que maduraban estaba la posibilidad de convocar a un plebiscito para devolverle a la ciudadanía una palabra que la confrontación estaba arrebatándole. Aquella posibilidad posee, contemplada desde la distancia, una dimensión casi insoportable: mientras el presidente pensaba todavía en preguntar, sus adversarios militares habían decidido responder con las armas. Dos concepciones del poder avanzaban durante las mismas horas hacia un encuentro imposible. Una seguía buscando una urna. La otra preparaba el amanecer de los cuarteles.
La conspiración entró aquella noche en el territorio donde ya no existe regreso sencillo. Órdenes confirmadas, unidades comprometidas, objetivos establecidos, movimientos preparados. Cada pieza tenía que encontrar su sitio antes de que el gobierno pudiera reaccionar. Y en algún momento, mientras Chile iba apagando sus ventanas, dejó de importar lo que pudiera ocurrir políticamente al día siguiente. Para quienes habían decidido quebrar el gobierno, el día siguiente ya no pertenecía a la política.
Sin embargo, lejos de aquellas decisiones, la vida conservaba su obstinada normalidad. Hubo restaurantes que cerraron sus puertas, trabajadores que regresaron cansados, padres que revisaron que sus hijos estuvieran dormidos, parejas que hicieron planes, enfermos que esperaron mejorar, estudiantes que dejaron libros abiertos y personas que prometieron encontrarse al día siguiente. En miles de casas se apagaron las luces sin ceremonia. Nadie sabía que algunos de aquellos pequeños actos —un abrazo distraído, una conversación inconclusa, un “nos vemos mañana”— adquirirían después el peso terrible de las últimas veces.
Quizá ahí se encuentra la verdadera ferocidad de aquella noche. No en imaginar un país entero temblando, porque no fue así, sino precisamente en comprender que Chile todavía podía dormir mientras su democracia estaba siendo condenada despierta. La historia no llamó a cada casa para advertir lo que venía. No hubo una campana capaz de despertar a todos. Hubo simplemente una noche de septiembre avanzando sobre ciudades y pueblos, mientras unos cuantos hombres conocían un secreto que al amanecer pertenecería a millones.
En Valparaíso, el mar seguía golpeando contra el puerto.
En Santiago, La Moneda permanecía todavía en pie, iluminada como cualquier otra noche.
Salvador Allende todavía era presidente de Chile.
Y faltaban apenas unas horas para que el país despertara dentro de una historia que ya no podría desandar.
LA MAÑANA EN QUE CHILE DESPERTÓ RODEADO
VALPARAÍSO YA ESTABA EN MANOS DE LOS SUBLEVADOS
La madrugada del martes 11 de septiembre de 1973 encontró a Chile todavía bajo la oscuridad cuando en Valparaíso comenzó a cumplirse aquello que hasta unas horas antes había sido guardado como conspiración. La Armada tomó posiciones, ocupó puntos estratégicos, controló comunicaciones y dejó al gobierno frente a la primera certeza de una jornada que ya no admitiría explicaciones tranquilizadoras. No era otro rumor escapado de un cuartel, ni una amenaza que pudiera desvanecerse con el amanecer. Esta vez los hombres armados no estaban ensayando. El golpe había comenzado. Y comenzó junto al Pacífico, mientras buena parte del país dormía todavía bajo la ingenuidad de quien desconoce que, al abrir los ojos, encontrará cambiadas las reglas de su propia existencia.
Las primeras noticias llegaron a Salvador Allende todavía incompletas, mezcladas con silencios, llamadas, versiones que debían confirmarse y comunicaciones que comenzaban a adquirir una gravedad distinta. Valparaíso se había levantado. La Armada estaba comprometida. Había movimientos militares que ya no podían atribuirse a una contingencia. El presidente empezó a buscar respuestas en la estructura que hasta ese momento debía garantizar el orden constitucional y encontró algo infinitamente más inquietante que una explicación: encontró ausencias. Los mandos que debían responder no aparecían con la claridad necesaria. Las lealtades que durante años habían parecido formar parte natural de la República se convertían, en cuestión de minutos, en interrogantes. Allende comprendió que no estaba frente a una rebelión localizada que pudiera ser sofocada esperando la reacción de las demás fuerzas. La propia arquitectura militar del Estado comenzaba a cerrarse sobre el gobierno.
En Valparaíso, entretanto, la mañana empezaba a revelar uniformes y armas donde pocas horas antes sólo había habido calles conocidas. El puerto despertaba bajo otra autoridad. Las personas que salían temprano se encontraron con señales que no necesitaban explicación política: controles, tropas, desplazamientos, órdenes. Hay momentos en que un golpe de Estado deja de pertenecer a los despachos y entra físicamente en la vida de la gente. Ocurre cuando alguien intenta tomar la calle acostumbrada y descubre que ya no puede hacerlo; cuando una voz uniformada determina por dónde caminar; cuando una radio modifica su programación; cuando la ciudad que ayer pertenecía a sus habitantes comienza a obedecer instrucciones pronunciadas desde otro sitio. La ruptura constitucional, que durante meses había sido discutida en discursos y editoriales, adquiría de pronto botas, fusiles y esquinas.
Desde aquel momento el tiempo empezó a correr de manera diferente para Allende. Cada minuto perdido ampliaba la ventaja de los sublevados. Cada comunicación que no encontraba respuesta hacía más estrecho el territorio de la lealtad. Podía permanecer en su residencia esperando información o dirigirse al lugar donde estaba depositada su autoridad. Eligió La Moneda. No sabía todavía exactamente cómo terminaría aquella jornada. Sí sabía dónde debía estar mientras se decidía.
ALLENDE ENTRA A LA MONEDA Y COMPRENDE QUE EL CERCO SE ESTÁ CERRANDO
Salvador Allende llegó a La Moneda poco antes de las siete y media de la mañana. Tenía sesenta y cinco años y llevaba consigo un arma que Fidel Castro le había obsequiado años antes. Ese detalle terminaría adquiriendo una dimensión histórica que nadie podía conocer todavía. A esa hora no entraba al palacio un personaje de bronce que conociera de antemano su destino. Entraba un presidente acosado por noticias contradictorias, obligado a descubrir en tiempo real hasta dónde llegaba la insurrección y cuánto quedaba del Estado que constitucionalmente encabezaba. A su alrededor comenzaron a reunirse colaboradores, integrantes de su guardia personal, médicos, asesores y funcionarios. Algunos llegarían para acompañarlo. Otros terminarían saliendo por indicación suya. Todos estaban entrando en un edificio cuyo perímetro físico todavía podía cruzarse, aunque políticamente empezaba a convertirse en una isla.
Desde La Moneda, Allende intentó comprender la dimensión del levantamiento. Buscó comunicarse con mandos militares. Preguntó por Pinochet y por otros jefes. Durante aquellos primeros momentos todavía quedaba una posibilidad que se deshacía con una crueldad extraordinaria: imaginar que una parte de las Fuerzas Armadas permaneciera fiel y pudiera enfrentar a los insurrectos. Pero las horas no trajeron esa fuerza. Trajeron confirmaciones. El Ejército estaba comprometido. La Fuerza Aérea estaba comprometida. La Armada ya se había pronunciado. Carabineros terminaría retirando su respaldo al gobierno. Lo que había comenzado como una noticia llegada desde Valparaíso adquirió entonces su verdadera forma. Allende no estaba esperando que las instituciones acudieran a defenderlo. Estaba contemplando cómo una tras otra abandonaba el lado desde el cual él todavía ejercía la Presidencia.
Santiago comenzó a llenarse de militares. Los tanques avanzaron sobre una ciudad que había discutido durante años la posibilidad de una ruptura y que ahora podía escucharla directamente bajo sus ventanas. Las calles del centro fueron cambiando de dueño mientras La Moneda quedaba progresivamente aislada. No hacía falta que alguien dibujara el cerco sobre un mapa. Podía medirse en las llamadas que ya no encontraban interlocutor, en los accesos controlados, en las fuerzas que se aproximaban, en las emisoras que iban siendo silenciadas y en la reducción brutal de las alternativas. Un presidente acostumbrado a gobernar un territorio de más de cuatro mil kilómetros de longitud comenzaba a ejercer su autoridad sobre unos cuantos salones, corredores y despachos rodeados de soldados.
Allende habló por radio durante aquellas primeras horas. Su voz iba encontrando cada vez menos lugares desde donde alcanzar a los chilenos. No era todavía el mensaje definitivo que después quedaría unido para siempre a su muerte; eran intervenciones de un presidente intentando explicar que había una sublevación, que permanecería en su puesto y que no renunciaría. Afuera, la capacidad del gobierno para comunicarse se iba extinguiendo al mismo tiempo que la fuerza militar aumentaba. Ésa fue una de las batallas menos visibles de aquella mañana: quitarle al poder derrocado no solamente los edificios, sino también la voz. Porque quien controla las armas puede ocupar una calle; quien consigue además controlar el silencio empieza a decidir qué versión de lo ocurrido podrá escuchar el país.
Dentro del palacio todavía había movimientos, conversaciones, decisiones prácticas, entradas y salidas. Allende pidió a quienes no tenían razones para permanecer que se marcharan. Especialmente quiso evitar que algunas mujeres quedaran atrapadas en lo que ya se anunciaba como un enfrentamiento. No todos aceptaron irse inmediatamente. En circunstancias normales, La Moneda era el centro desde el cual un presidente impartía instrucciones a una nación. Aquella mañana comenzó a suceder exactamente lo contrario: el mundo exterior se reducía y el interior del palacio adquiría una intimidad terrible. Los hombres y mujeres que permanecían allí ya no hablaban solamente de gobierno. Empezaban a hablar de supervivencia, dignidad, resistencia y muerte.
EL ULTIMÁTUM: SALIR DEL PALACIO O ESPERAR EL ATAQUE
A media mañana, las Fuerzas Armadas y Carabineros hicieron pública su decisión de exigir la renuncia inmediata de Salvador Allende. Ya no quedaba espacio para fingir una mediación. Los comandantes se atribuían el derecho de terminar el mandato presidencial y reclamaban la entrega de La Moneda. Desde ese momento, las palabras “renuncia” y “rendición” dejaron de pertenecer a una negociación política: estaban respaldadas por tanques desplegados en Santiago, tropas ocupando posiciones y aviones preparados para intervenir. La democracia chilena recibió su ultimátum desde las instituciones armadas que durante décadas habían jurado obedecerla.
A Allende le hicieron llegar la posibilidad de abandonar el país. Podía rendirse y salir. La oferta parecía contener una puerta de escape, pero para él significaba algo más profundo que salvar la vida. Significaba aceptar que un presidente elegido podía ser expulsado por quienes habían decidido colocar las armas por encima de su mandato. Allende se negó. No sabemos qué imágenes atravesaron su pensamiento en aquellos minutos ni sería legítimo inventárselas. Lo que sí dejaron sus palabras y sus actos fue una decisión inequívoca: no presentaría la renuncia que le exigían y no abandonaría La Moneda para entregar voluntariamente el cargo.
Afuera, la maquinaria militar continuó cerrándose. Los tanques comenzaron a atacar posiciones próximas al palacio y el centro de Santiago se convirtió en territorio de combate. Dentro, quienes permanecían junto al presidente entendieron que el tiempo disponible podía medirse ya en minutos. Había armas, cascos, humo que empezaba a llegar desde el exterior, ventanas desde donde podía observarse el despliegue y teléfonos que todavía servían para alguna comunicación. La Moneda había dejado de ser únicamente la sede de un gobierno. Se estaba convirtiendo en el último espacio físico donde ese gobierno podía afirmar que todavía existía.
Y mientras el cerco se endurecía, quedaba una cosa que los militares no habían conseguido arrebatarle a Allende: la posibilidad de hablar. Radio Magallanes seguía transmitiendo. Frente a un micrófono, el presidente tendría todavía unos minutos para dirigirse a un país que ya no podía defenderlo y al que probablemente nunca volvería a hablarle. No podía ordenar que los tanques retrocedieran. No podía recuperar Valparaíso. No podía reconstruir en una hora las lealtades que se habían derrumbado. Pero podía escoger las palabras con las que quería abandonar la historia de los vivos.
Todavía no habían caído las bombas sobre La Moneda.
El palacio seguía en pie, aunque estaba cercado. Allende seguía vivo, aunque la salida se había vuelto casi imposible. Santiago podía mirar hacia arriba y encontrar todavía el cielo limpio de aquel final de invierno.
Duraría poco.
En alguna base aérea, los motores de los Hawker Hunter estaban a punto de convertir ese cielo en otra cosa.
CUANDO EL CIELO CAYÓ SOBRE LA MONEDA
LA ÚLTIMA VOZ DE SALVADOR ALLENDE
A Salvador Allende todavía le quedaba una voz cuando casi todo lo demás comenzaba a dejar de pertenecerle. El territorio se le había reducido hasta los muros de La Moneda; las Fuerzas Armadas que constitucionalmente debía encabezar el poder civil estaban del otro lado; Santiago tenía tanques en las calles y las emisoras capaces de transmitir al gobierno iban desapareciendo del aire. Había pasado apenas una parte de aquella mañana y, sin embargo, el tiempo político de su presidencia se consumía con una velocidad feroz. En algún punto de esa soledad creciente debió quedar claro que ya no estaba hablando para conservar el gobierno. Tampoco para convocar una resistencia capaz de invertir militarmente el desenlace. Hablaba porque un hombre al que estaban despojando de casi todo conservaba todavía una última propiedad imposible de confiscar mientras permaneciera vivo: decidir qué palabras dejaría detrás de sí.
Radio Magallanes sostuvo durante unos minutos ese hilo entre el palacio sitiado y un país que comenzaba a quedar incomunicado de su presidente. Allende habló sin la comodidad de quien puede corregirse al día siguiente, sin el refugio de imaginar otra conferencia, otra ceremonia, otra campaña, otra oportunidad para explicar lo que quiso decir. Sabía que el horizonte se había vuelto brutalmente corto. Por eso su último discurso tiene algo que rebasa la política y entra en una región mucho más dolorosa: un hombre pronunciando palabras destinadas a sobrevivirlo. No necesitaba conocer la hora exacta de su muerte para comprender que la posibilidad de morir estaba ya dentro de La Moneda. Afuera podían destruir transmisores, ocupar calles, imponer órdenes y derribar un gobierno; él escogió emplear aquellos minutos para hablarles a trabajadores, mujeres, jóvenes, campesinos, a quienes habían creído en su proyecto y también, inevitablemente, a un Chile futuro que algún día escucharía aquella grabación sabiendo lo que él todavía estaba viviendo.
No habló como quien anuncia una victoria. Eso habría resultado grotesco frente a la realidad que tenía delante. Habló desde la derrota material sin concederle a esa derrota el derecho de decidir completamente el significado de su vida. Ahí reside una parte de la fuerza de aquella voz: no pretende engañar al oyente diciéndole que todo saldrá bien. Hay en ella una conciencia terrible del final. Allende sabía que la fuerza estaba del otro lado y que los instrumentos capaces de destruir el edificio eran infinitamente superiores a los que poseían quienes permanecían con él. Su último recurso no era militar. Era dejar una versión de sí mismo antes de que los vencedores comenzaran a escribir la suya.
Cuando aquella voz dejó de escucharse, quedó suspendida una paradoja que todavía estremece: el hombre estaba encerrado y las palabras acababan de escapar. Los militares podían llegar hasta La Moneda; no podían perseguir cada oído que las había recibido. Podían silenciar una frecuencia, pero ya no recoger lo pronunciado. Allende había perdido prácticamente el presente y acababa de arrojar su voz hacia el porvenir. Minutos después, la violencia demostraría que no estaba amenazando desde lejos. Venía directamente hacia él.
A LAS 11:52, LA MONEDA COMENZÓ A ARDER
Antes de verlos hubo que escucharlos. Un avión militar aproximándose tiene un sonido que el cuerpo reconoce antes de que la razón termine de explicarlo, y quienes permanecían dentro de La Moneda sabían además algo que volvía insoportable aquel ruido: los Hawker Hunter no estaban atravesando Santiago rumbo a otra parte. Venían por ellos. Cerca del mediodía descendieron sobre el centro de la capital y dispararon sus cohetes contra el palacio presidencial. Durante unos segundos que debieron parecer interminables, hombres y mujeres pudieron mirar hacia un cielo que había dejado de ser paisaje para convertirse en amenaza. Después llegó el impacto.
La Moneda recibió el fuego de aviones de la propia Fuerza Aérea chilena. Ésa es una imagen que cincuenta y tres años no han conseguido volver ordinaria. No era un ejército extranjero atravesando una frontera ni una escuadrilla enemiga atacando la capital desde otro país. Sobre Santiago volaban aeronaves que llevaban las insignias de Chile; abajo estaba el edificio donde ejercía el presidente de Chile; dentro había chilenos y quienes disparaban también lo eran. La nación no estaba defendiéndose de una invasión. Estaba utilizando una parte de su fuerza contra otra parte de sí misma. Y quizá ninguna fotografía del incendio alcance a contener por completo esa contradicción: una República contemplando cómo sus propias armas perforaban la casa de su poder civil.
Los cohetes golpearon el edificio. El estruendo atravesó patios, corredores y oficinas; los vidrios estallaron, los muros recibieron las explosiones y el fuego comenzó a extenderse mientras el humo volvía difícil respirar y todavía más difícil orientarse. La solemnidad del palacio desapareció bajo una realidad elemental: sobrevivir al siguiente impacto. Ya no había ceremonias, audiencias, ministros esperando turno ni funcionarios cruzando tranquilamente los patios. Había hombres pegándose al suelo, desplazándose entre escombros, tratando de responder desde posiciones imposibles, buscando lugares donde protegerse mientras sobre sus cabezas un edificio histórico era convertido en objetivo militar.
Y ardió La Moneda.
No como arden los símbolos en los discursos, sino como arden las cosas verdaderas: con madera que se consume, techos que ceden, papeles que desaparecen, habitaciones llenándose de humo y personas que sienten el calor acercarse a la piel. El fuego no distingue entre historia y materia. Devora ambas. Aquellos salones que durante décadas habían presenciado cambios de gobierno, decisiones, crisis, acuerdos y ceremonias comenzaron a ennegrecerse mientras el humo escapaba hacia Santiago. La imagen terminaría recorriendo el planeta: el palacio presidencial de una de las democracias más antiguas de América Latina bombardeado a plena luz del día.
Dentro, Allende seguía vivo.
Ésa es quizá la imagen más difícil de sostener: mientras desde afuera el mundo veía un edificio en llamas, dentro continuaban existiendo minutos humanos. Había sed, miedo, adrenalina, instrucciones, respiraciones agitadas, heridas, conversaciones precipitadas. La muerte histórica que después resumiríamos en una fecha estaba ocurriendo entonces segundo a segundo para personas concretas que no podían saltarse ninguna parte. Nosotros sabemos cómo termina. Ellos tenían que llegar hasta el final viviendo cada minuto.
LA ÚLTIMA HABITACIÓN DE SALVADOR ALLENDE
Después del bombardeo, la defensa de La Moneda se volvió insostenible. El edificio ardía, las fuerzas militares estaban preparadas para tomarlo y permanecer dentro significaba multiplicar las muertes sin modificar el resultado. Allende comenzó a ordenar la salida de quienes todavía lo acompañaban. Aquello tiene una dimensión humana que ninguna discusión ideológica debería borrar: en medio de su propia derrota, cuando ya no podía salvar el gobierno ni probablemente salvarse a sí mismo, todavía tomó decisiones destinadas a que otros conservaran la vida. Los sobrevivientes comenzaron a abandonar el edificio bajo control militar. El presidente permaneció.
Allende había entrado aquella mañana a La Moneda como jefe de Estado. Ahora caminaba por un palacio herido, ennegrecido y parcialmente destruido. Entre ambos momentos no había transcurrido siquiera un día. Esa mañana había intentado comunicarse con mandos, había hablado a los chilenos, había rechazado abandonar la Presidencia y había soportado el ataque contra el edificio desde el cual gobernaba. Ya no quedaba una decisión política capaz de devolver las horas hacia atrás. Tampoco quedaba una fuerza que pudiera acudir a rescatarlo. La historia había ido quitándole espacio hasta conducirlo hacia sus últimos metros.
Fue en el Salón Independencia donde Salvador Allende terminó con su vida. Las investigaciones judiciales y forenses realizadas posteriormente establecieron el suicidio. No hace falta inventar otra muerte para volverla más trágica. Basta imaginar la dimensión de aquella realidad: un médico que durante décadas había participado en elecciones, un político que había intentado varias veces alcanzar la Presidencia, un hombre que finalmente había recibido la banda presidencial por las vías institucionales, terminaba su existencia dentro de la sede de gobierno mientras alrededor todavía ardían los restos de aquella jornada.
Después entraron los militares.
Y con ellos terminó algo mucho más grande que una presidencia.
La Moneda había sido tomada. Salvador Allende estaba muerto. El gobierno de la Unidad Popular había terminado. Las armas habían resuelto en unas horas aquello que la política chilena llevaba años sin conseguir resolver. Para los vencedores podía parecer el final de una batalla; para Chile era apenas el comienzo de una cuenta cuyo tamaño todavía nadie conocía.
Afuera continuaba siendo martes 11 de septiembre de 1973. Había humo sobre el centro de Santiago y gente detrás de las ventanas intentando comprender qué país encontraría cuando pudiera volver a salir. Algunos todavía ignoraban dónde estaban sus familiares. Otros comenzarían a buscarlos aquella misma tarde. Muchos no sabían que acababan de escuchar por última vez determinadas voces, ni que algunas ausencias iniciadas ese día durarían toda una vida.
El fuego de La Moneda terminaría apagándose.
Lo que acababa de encenderse en Chile tardaría diecisiete años.
CUANDO EL MIEDO APRENDIÓ LOS NOMBRES DE LOS CHILENOS
EL ESTADIO DONDE YA NADIE FUE A CELEBRAR
Cuando el humo comenzó a desprenderse de La Moneda, la violencia cambió de dirección. Ya no necesitaba concentrarse únicamente sobre el palacio ni derribar a un presidente: necesitaba extenderse por Chile, identificar a quienes el nuevo poder consideraba enemigos, arrancarlos de sus casas, encontrarlos en fábricas, universidades, sindicatos y oficinas, reunirlos, interrogarlos y conseguir que el miedo viajara mucho más lejos que cualquier patrulla. Las detenciones se multiplicaron con una velocidad capaz de desbordar cárceles y cuarteles. Entonces ocurrió una de esas transformaciones que parecen concebidas para demostrar hasta dónde puede pervertirse el significado de un lugar: el Estadio Nacional de Santiago, levantado para recibir multitudes que gritaban de alegría, comenzó a llenarse de hombres y mujeres que no sabían si volverían a escuchar su nombre pronunciado fuera de allí.
Las graderías seguían siendo graderías, la cancha continuaba extendiéndose bajo el cielo de Santiago y los túneles conservaban la arquitectura de un recinto deportivo; lo que había cambiado era el destino de quienes cruzaban sus accesos. Miles de detenidos fueron conducidos al estadio durante las semanas posteriores al golpe. Llegaban desde lugares distintos y con historias distintas, pero compartían muy pronto la misma incertidumbre: ignorar cuánto tiempo permanecerían allí y qué sucedería cuando alguien los llamara. En las galerías y dependencias interiores se improvisaron espacios de reclusión e interrogatorio. El sitio que había sido diseñado para que decenas de miles miraran hacia el centro se convirtió en un lugar donde cada prisionero tenía razones para temer que alguna mirada se detuviera precisamente sobre él.
La crueldad de un centro de detención no puede medirse únicamente por aquello que sucede dentro de sus muros. También debe medirse por lo que provoca afuera. Mientras los detenidos intentaban comprender qué ocurriría con ellos, las familias comenzaban otra forma de cautiverio: buscar. Una esposa preguntaba dónde estaba su marido; unos padres recorrían oficinas intentando averiguar adónde habían llevado a su hijo; alguien escuchaba que determinado grupo había sido trasladado y corría hacia otro lugar con una fotografía, un nombre, cualquier dato capaz de impedir que una persona se disolviera dentro de la maquinaria de las detenciones. El poder tenía información que las familias no poseían, y esa desigualdad podía ser una forma despiadada de tormento: saber que alguien se encuentra en manos del Estado y no saber siquiera ante qué puerta hay que esperar.
Dentro del estadio también comenzó a establecerse una pedagogía del terror. No era necesario golpear a todos para que todos conocieran el miedo; bastaba con que cada hombre supiera lo que podía ocurrir cuando llegara su turno. Los interrogatorios, las amenazas, los testimonios de tortura y las noticias fragmentarias circulaban entre los detenidos. El terror se multiplicaba precisamente porque nadie conocía sus límites. Había quienes serían liberados, quienes permanecerían presos, quienes serían trasladados y quienes jamás regresarían a su casa. Esa incertidumbre convirtió las horas en una sustancia espesa. En un partido se mira el reloj esperando el final; en aquel estadio había hombres para quienes el final era exactamente aquello que más miedo producía imaginar.
Y así Chile descubrió que un país puede conservar intacta la arquitectura de sus ciudades mientras cambia brutalmente el significado de sus lugares. El estadio no había perdido sus tribunas. Había perdido la inocencia. Durante mucho tiempo, cuando alguien pronunciara su nombre, habría quienes no recordarían primero una multitud celebrando, sino aquellos días en que miles de seres humanos aprendieron a escuchar sus propios apellidos con miedo.
VÍCTOR JARA: MATAR A UN HOMBRE PARA INTENTAR SILENCIAR UNA CANCIÓN
Entre los detenidos de aquellos primeros días estaba un hombre de cuarenta años cuyas manos habían recorrido las cuerdas de una guitarra muchas más veces que cualquier arma. Víctor Jara era cantante, compositor, actor y director teatral; había convertido las vidas de trabajadores, campesinos y gente sencilla en materia de canción y había comprometido públicamente su obra con la izquierda chilena y con la Unidad Popular. Después del golpe fue detenido en la Universidad Técnica del Estado y llevado al Estadio Chile. Allí dejó de ser para sus captores el artista conocido por miles de personas. Se convirtió en un prisionero.
No necesitamos añadir leyendas al martirio de Víctor Jara. La verdad documentada posee una brutalidad suficiente. Fue golpeado, torturado y finalmente asesinado. Su cuerpo apareció con múltiples heridas y numerosos impactos de bala. Tenía cuarenta años. La dictadura podía terminar con su respiración, pero había llegado demasiado tarde para conseguir algo que seguramente habría deseado con la misma intensidad: retirar sus canciones de la memoria de quienes ya las conocían. Una canción aprendida no vive solamente en la garganta de quien la compuso. Se refugia en miles. Puede cruzar fronteras sin pasaporte, sobrevivir escondida durante años y reaparecer precisamente cuando quienes quisieron silenciarla creen haber ganado.
Por eso la muerte de Jara rebasa la biografía de un artista. Explica algo esencial acerca de las dictaduras: el poder autoritario no teme solamente al hombre que posee un fusil. Puede temer también al profesor que enseña determinadas ideas, al periodista que hace una pregunta, al poeta que encuentra una palabra capaz de nombrar aquello que otros quieren esconder, al actor que pone un conflicto sobre un escenario, al músico que consigue que una multitud recuerde quién es. La cultura resulta peligrosa para cualquier poder que pretenda gobernar también la memoria, porque una sociedad puede obedecer externamente mientras continúa guardando dentro de sí las palabras con las que algún día volverá a rebelarse contra el silencio.
Víctor Jara fue asesinado, pero la violencia ejercida contra él terminó produciendo una derrota que sus verdugos no pudieron comprender entonces. Su nombre salió de Chile, atravesó continentes y terminó convertido en uno de los símbolos universales de la represión. Décadas después, mientras muchos nombres de quienes participaron en aquella maquinaria necesitarían expedientes judiciales para ser recordados, las canciones de Jara continuarían encontrando personas capaces de cantarlas. Hay una ironía feroz en ello: quisieron demostrar que podían destruir al hombre y terminaron ayudando a volverlo imposible de olvidar.
Pero ni siquiera la permanencia de una canción debe consolarnos demasiado. La poesía no resucita. La memoria no devuelve una vida. Ningún homenaje puede regresar a un hombre de cuarenta años al instante anterior a su detención. Recordar a Víctor Jara no consiste en embellecer su muerte hasta volverla soportable; consiste precisamente en impedir que el símbolo nos haga olvidar al ser humano al que le arrebataron todos los años que todavía tenía derecho a vivir.
LOS QUE DESAPARECIERON SIN CONSEGUIR IRSE
Hubo una violencia todavía más difícil de sepultar porque ni siquiera entregaba un cuerpo. Personas detenidas comenzaron a desaparecer dentro de un territorio sin dirección conocida. Habían sido vistas por última vez cuando unos hombres se las llevaron, cuando ingresaron a determinado recinto, cuando subieron a un vehículo, cuando una puerta se cerró detrás de ellas. Después comenzaba una segunda historia, protagonizada por quienes permanecían afuera: preguntar en comisarías, hospitales, cárceles, cuarteles; recorrer oficinas; presentar recursos; perseguir rumores; memorizar nombres de funcionarios; cargar fotografías hasta que el papel empezaba a deteriorarse antes que la esperanza.
La desaparición forzada introduce una crueldad particular en el tiempo. La muerte, por insoportable que sea, tiene una certeza alrededor de la cual los vivos pueden comenzar a construir el duelo. La desaparición secuestra incluso esa certeza. Quien espera no sabe si debe llorar o continuar buscando, si guardar la ropa o regalarla, si aceptar un pésame o rechazarlo, si imaginar una tumba o una prisión. Cada golpe en la puerta puede convertirse en regreso. Cada desconocido visto desde lejos puede tener durante un segundo la manera de caminar del ausente. El desaparecido no está y, sin embargo, ocupa todos los lugares.
Las madres, esposas, hijos, hermanos y compañeros de los detenidos comenzaron a convertirse por ello en custodios involuntarios de la existencia de quienes faltaban. Cuando el poder negaba, ellos pronunciaban nombres. Cuando alguien pretendía convertir una ausencia en olvido, aparecía una fotografía. Cuando los meses empezaban a destruir la esperanza, continuaba una pregunta elemental que ninguna dictadura podía responder sin reconocer primero su propia responsabilidad: ¿dónde está? Dos palabras podían entonces contener una acusación más poderosa que un discurso entero.
La represión fue adquiriendo además organización y método. Las ejecuciones no quedaron confinadas a la violencia espontánea de las primeras horas. En las semanas posteriores, operaciones como la que sería conocida como la Caravana de la Muerte mostraron que el castigo podía desplazarse por el territorio siguiendo una lógica deliberada. Prisioneros que ya estaban bajo custodia estatal fueron ejecutados. El mensaje viajaba mucho más lejos que los hombres encargados de llevarlo: no bastaba con haber derribado al gobierno; había que demostrar que el nuevo poder podía alcanzar a quienes consideraba enemigos incluso cuando éstos ya se encontraban sometidos.
Entonces el miedo comenzó a cumplir una función política que ningún tanque habría podido realizar por sí solo. Entró en las casas y modificó conversaciones. Enseñó a bajar la voz. Hizo desaparecer libros de algunos estantes, fotografías de ciertas paredes y nombres de muchas sobremesas. Hubo personas que aprendieron a mirar alrededor antes de hablar y niños que comprendieron, sin que nadie tuviera que explicarles demasiado, que existían preguntas que convenía no hacer fuera de casa. La dictadura empezaba a conquistar un territorio que no aparecía en ningún mapa: la conducta cotidiana de los chilenos.
Ésa fue una de las victorias más profundas del terror. Conseguir que el vigilante no necesitara estar siempre presente porque el miedo terminaba ocupando su lugar.
Y mientras unos aprendían a callar, otros seguían buscando. Llevaban fotografías. Preguntaban nombres. Esperaban noticias. Volvían al día siguiente. Y al siguiente. Y después durante meses, años, décadas. Algunos morirían sin recibir la respuesta que habían perseguido durante media vida.
El golpe había necesitado unas horas para tomar La Moneda.
Para entrar en las casas de Chile necesitó algo todavía más poderoso que las bombas.
Necesitó que cada familia supiera que una noche podían tocar su puerta.
CUANDO LA PATRIA TUVO QUE CABER EN UNA MALETA
GONZALO MARTÍNEZ CORBALÁ: UNA PUERTA MEXICANA EN MEDIO DEL MIEDO
Después de un golpe de Estado, una puerta puede adquirir una importancia que jamás imaginó quien la construyó. Deja de separar una habitación de otra y comienza a separar dos destinos. De un lado quedan la persecución, la incertidumbre y la posibilidad de ser detenido; del otro, unos metros cuadrados protegidos por el derecho de asilo y la determinación de un país extranjero de no entregar a quien ha conseguido llegar hasta allí. En el Chile de septiembre de 1973 hubo puertas que se cerraron con miedo y otras contra las que alguien golpeó desesperadamente buscando refugio. Entre estas últimas estuvieron las de la representación mexicana, donde el embajador Gonzalo Martínez Corbalá comprendió muy pronto que la diplomacia, en determinadas horas de la historia, deja de medirse por la elegancia de los comunicados y empieza a medirse por seres humanos.
México tenía detrás una larga tradición de asilo político, pero las tradiciones sirven de poco cuando nadie está dispuesto a encarnarlas en el momento del peligro. Martínez Corbalá lo hizo. La embajada y la residencia mexicana comenzaron a recibir perseguidos mientras alrededor se instalaba un poder militar que todavía estaba definiendo hasta dónde llevaría su violencia. No llegaban expedientes: llegaban personas. Algunas habían abandonado apresuradamente sus casas; otras tenían familiares detenidos o amigos de quienes nada sabían; muchas ignoraban qué había ocurrido con aquello que dejaban atrás. Entrar en territorio protegido significaba salvarse de un peligro inmediato, pero también aceptar una verdad que podía resultar devastadora: quizá aquel paso que acababan de dar era el primero de un viaje que los alejaría durante años de su propia vida.
Entre quienes necesitaron protección estuvo Hortensia Bussi, viuda de Salvador Allende. Apenas había comenzado a comprender que su esposo estaba muerto cuando tuvo que enfrentar otra violencia: abandonar el país cuyo presidente había sido él unas horas antes. Con ella saldrían familiares hacia México. La tragedia adquiría así una dimensión que el bombardeo no podía mostrar. Un golpe no termina cuando cae el gobernante; continúa sobre quienes llevan su apellido, compartieron su vida o quedaron identificados con el proyecto derrotado. La familia que había habitado la intimidad del poder tenía ahora que aprender el lenguaje del refugio, los salvoconductos, la protección diplomática y el destierro.
Martínez Corbalá tuvo que negociar con quienes acababan de imponerse por las armas para conseguir la salida de personas que buscaban protección mexicana. Cada nombre podía significar una discusión; cada traslado exigía garantías; cada salvoconducto representaba la diferencia entre cruzar una frontera o permanecer atrapado detrás de ella. México mantendría durante meses aquella política de asilo hasta romper relaciones diplomáticas con el régimen militar en 1974. Para entonces, centenares de chilenos habían encontrado protección mexicana y muchos otros comenzarían a llegar por distintas vías.
No todos conocían al embajador. Probablemente muchos jamás volverían a verlo. Pero durante aquellos días su firma, una gestión o una decisión podían significar algo tan sencillo y gigantesco como conservar la vida. Hay funcionarios que atraviesan la historia dejando memorandos; otros, excepcionalmente, dejan personas que pudieron envejecer.
EL PAÍS QUE COMENZÓ A VIAJAR DENTRO DE LAS MALETAS
El exilio comienza mucho antes del avión. Empieza cuando una persona contempla sus cosas y descubre que debe decidir cuáles merecen acompañarla hacia una vida que todavía no existe. Una casa puede tardar décadas en llenarse y unas horas en resultar imposible de transportar. Hay libros que se quedan porque pesan demasiado, muebles que nadie piensa siquiera en mover, fotografías que de pronto valen más que cualquier objeto costoso, papeles que se guardan porque prueban quién se era antes de convertirse en extranjero. Una llave puede terminar viajando miles de kilómetros aun cuando quien la conserva no sepa si alguna vez volverá a encontrar la cerradura.
Miles de chilenos tuvieron que enfrentarse a esa mutilación. Algunos salieron directamente perseguidos; otros lo hicieron después de prisión o de perder su trabajo; hubo quienes comprendieron que permanecer significaba exponer a sus familias y quienes partieron porque el país en el que podían desarrollar su oficio, pensamiento o militancia había dejado de existir para ellos. No todos se marcharon en las mismas condiciones ni al mismo tiempo. El exilio chileno fue creciendo durante los años de la dictadura hasta dispersarse por América Latina, Europa y otros territorios. Detrás de la palabra “exiliados”, tan limpia cuando aparece escrita, existían despedidas que nadie sabía cómo terminar.
Porque ¿cómo se despide alguien cuando desconoce durante cuánto tiempo?
Una despedida normal contiene un regreso. Permite decir hasta diciembre, hasta el verano, hasta el próximo año. El exilio arranca esa misericordia del calendario. Un hijo abraza a su madre sin poder prometerle cuándo volverá a abrazarla; unos abuelos ven marcharse a nietos que quizá regresarán hablando con otro acento; un niño sube a un avión creyendo que los adultos conocen el destino y descubre mucho después que también ellos viajaban hacia lo desconocido. Los que parten miran por última vez una ciudad intentando memorizar detalles absurdamente pequeños porque sólo cuando se está perdiendo un lugar se comprende la cantidad de cosas que formaban parte de pertenecer a él.
Y después viene la frontera.
El instante en que el territorio conocido queda atrás y el pasaporte dice algo que el corazón todavía se resiste a aceptar: afuera. Se puede salvar el cuerpo cruzando una frontera y, al mismo tiempo, sentir que algo queda detenido del otro lado. El idioma puede continuar siendo el mismo, la ropa también, las fotografías siguen dentro de la maleta y uno conserva su nombre; sin embargo, de pronto hay que explicar de dónde viene, por qué llegó, cuánto tiempo permanecerá, aunque precisamente eso último sea lo que nadie puede responder.
El destierro no consiste únicamente en extrañar. Consiste en perder la continuidad de la propia biografía. La calle donde uno sabía caminar sin pensar ya no está. Desaparecen los vecinos conocidos, el negocio de siempre, la manera particular de una ciudad de pronunciar la tarde, las voces familiares, los muertos a cuyos cementerios ya no se puede ir. La vida continúa, sí, pero ha sufrido un corte. Y el exiliado debe realizar una hazaña silenciosa: construir futuro mientras una parte de sí continúa viviendo en pasado.
MÉXICO: APRENDER A VIVIR LEJOS SIN DEJAR DE SER DE ALLÁ
México fue para muchos de aquellos chilenos el lugar donde la huida tuvo finalmente una dirección. Llegaron familias, académicos, científicos, escritores, artistas, profesionistas, estudiantes, militantes y personas cuya única característica común era haber quedado fuera del país donde habían imaginado su porvenir. Encontraron universidades, instituciones culturales, espacios profesionales y una sociedad capaz de recibirlos. Muchos se incorporaron a la UNAM, El Colegio de México y otras instituciones educativas y culturales; enseñaron, investigaron, escribieron, hicieron música, formaron familias y participaron intensamente en la vida intelectual mexicana. Chile había perdido temporalmente una parte de su gente y México terminó recibiendo también una parte de su talento.
Pero recibir no significa borrar la ausencia. Ninguna hospitalidad, por generosa que sea, puede fabricar la calle donde alguien aprendió a andar en bicicleta, devolver la voz de un padre que quedó lejos o reconstruir una reunión familiar interrumpida por la historia. Los exiliados aprendieron direcciones mexicanas mientras conservaban direcciones chilenas que quizá ya no servían. Compraron nuevos muebles mientras alguna casa abandonada continuaba apareciendo en los sueños. Celebraron cumpleaños alrededor de mesas donde siempre faltaba alguien. Recibieron cartas que habían tardado semanas y aprendieron a leerlas despacio, porque durante años una hoja escrita a mano podía contener el único pedazo tangible de una persona querida.
Los niños vivieron otra forma de exilio. Algunos llegaron demasiado pequeños para conservar recuerdos completos de Chile; otros nacieron ya en México y crecieron escuchando hablar de Santiago, Valparaíso, Concepción o de algún pueblo remoto con la familiaridad reservada normalmente a lugares conocidos. Chile les llegaba mediante historias familiares, fotografías, comidas, canciones, expresiones, noticias y nombres de personas que jamás habían visto. Podían tener compañeros mexicanos, estudiar la historia de México, conocer sus calles y hacer de este país una verdadera casa, mientras dentro del hogar sobrevivía otro territorio reconstruido con palabras. Así aparecieron infancias con dos geografías: una bajo los pies y otra recibida como herencia.
También hubo quienes hicieron de México su destino definitivo. La vida posee una crueldad adicional con los exilios prolongados: mientras se espera regresar, los hijos crecen, nacen nietos, aparecen amistades, trabajos y afectos nuevos; cuando finalmente se abre la posibilidad de volver, la palabra regreso ya no significa regresar al punto de partida, porque el tiempo se encargó de moverlo todo. El país recordado tampoco permanece inmóvil esperando al desterrado. Cambian las ciudades, envejecen los amigos, mueren los padres, desaparecen negocios, se transforman barrios. Después de suficientes años, volver puede convertirse también en otra forma de llegar.
Y ésa fue una derrota que la dictadura jamás pudo convertir en victoria completa. Expulsó personas, pero no consiguió vaciarlas de Chile. Quiso cortar biografías y terminó dispersando por el mundo profesores, artistas, científicos, trabajadores, familias y recuerdos que continuaron pronunciando el nombre del país desde miles de kilómetros de distancia. Cada casa chilena levantada en México, cada canción conservada, cada receta preparada, cada historia repetida a un hijo fue una manera íntima de negarse a entregar completamente aquello que había quedado atrás.
Muchos habían salido pensando que el destierro sería breve.
Pasó un año.
Después otro.
Después cinco.
Después diez.
Los niños dejaron de ser niños. Las fotografías comenzaron a mostrar personas que ya no existían. Algunas llaves guardadas cuidadosamente perdieron para siempre su cerradura.
Y mientras los exiliados aprendían a construir una vida lejos, Chile seguía viviendo una historia de la que ellos habían sido expulsados.
Algún día volverían las urnas.
Pero cuando eso ocurriera, nadie podría devolverles los años.
EL DÍA EN QUE CHILE VOLVIÓ A DECIR QUE NO
DIECISIETE AÑOS DESPUÉS, UNA PAPELETA PUDO MÁS QUE LOS FUSILES
Las dictaduras suelen cometer un error de soberbia: confunden duración con eternidad. Después de muchos años mandando sin alternancia, terminan creyendo que el país les pertenece, que las instituciones fueron construidas para obedecerlas y que las generaciones que aprendieron a vivir bajo su autoridad han olvidado cómo imaginar algo diferente. Augusto Pinochet había llegado al poder mediante las armas y, con el paso del tiempo, intentó revestir aquel poder con instituciones capaces de prolongarlo. La Constitución de 1980 estableció el itinerario que conduciría años después a una paradoja formidable: el hombre que había gobernado Chile sin someterse a una elección presidencial democrática tendría que permitir que millones de ciudadanos decidieran mediante una papeleta si debía permanecer otros ocho años.
Para entonces Chile ya no era el país de 1973. Había transcurrido una década y media. Una generación había crecido con Pinochet como única figura en la cúspide del Estado y otra había envejecido bajo un régimen que parecía haber convertido su permanencia en costumbre. Sin embargo, durante los años ochenta las protestas sociales volvieron a ocupar las calles, los sectores opositores comenzaron a reconstruir puentes que durante mucho tiempo parecieron imposibles y distintas fuerzas políticas entendieron que para derrotar la continuidad del régimen tendrían que hacer algo extraordinariamente difícil: sentarse bajo una misma causa a pesar de sus diferencias. No necesitaban coincidir en todo. Necesitaban coincidir en algo esencial: Chile debía recuperar el derecho de escoger a sus gobernantes.
El plebiscito fue convocado para el 5 de octubre de 1988. La pregunta parecía sencilla y, precisamente por eso, contenía una fuerza enorme. Los ciudadanos debían pronunciarse sobre la continuidad de Pinochet. “Sí” significaba prolongar su mandato; “No”, abrir el camino hacia elecciones presidenciales y parlamentarias. Después de tantos años en que el poder había hablado desde arriba, llegaba una jornada en que millones de personas podían contestarle desde una urna.
La campaña del “No” comprendió algo que terminaría siendo decisivo: no bastaba con recordar el miedo. Había que ofrecer futuro. Por eso su lenguaje buscó romper la fatalidad y convencer a los chilenos de que votar contra la continuidad del régimen no significaba arrojar nuevamente al país al vacío. La esperanza podía convertirse también en una estrategia política. Era necesario persuadir a quienes deseaban democracia, pero temían las consecuencias de desafiar a un poder que conservaba intactos los instrumentos del Estado y cuyo jefe seguía siendo, además, comandante en jefe del Ejército.
El 5 de octubre ocurrió entonces una escena cuya sencillez resulta conmovedora cuando se conoce todo lo que había detrás de ella. La gente hizo filas.
Eso fue todo.
Filas.
Hombres y mujeres esperando su turno. Personas mayores mostrando documentos. Jóvenes que nunca habían participado en una elección presidencial libre. Familias que habían aprendido durante años a discutir de política con precaución y que ahora caminaban hacia una mesa receptora para realizar un acto diminuto: marcar una preferencia sobre un pedazo de papel.
No había nada espectacular en aquel gesto. Precisamente allí estaba su grandeza. Después de una historia dominada durante demasiado tiempo por generales, decretos y estados de excepción, el instrumento decisivo era un lápiz.
La jornada avanzó cargada de incertidumbre. No bastaba con votar; era necesario que los votos fueran contados y que el resultado fuese reconocido. Conforme llegó la noche, los datos comenzaron a dibujar una realidad que ya no podía esconderse indefinidamente: el “No” estaba ganando. Al final obtuvo cerca del 56 por ciento de los sufragios frente a aproximadamente 44 por ciento del “Sí”.
Pero entre ganar una votación y conseguir que un régimen acostumbrado a mandar acepte haber perdido existe una distancia que aquella noche pareció enorme. Hubo horas de tensión, versiones contradictorias y temor. Las Fuerzas Armadas se convirtieron nuevamente en una pieza fundamental, aunque esta vez la pregunta era exactamente la contraria a la de quince años antes: no se trataba de saber si participarían en la destrucción de un gobierno, sino de si permitirían que la voluntad expresada en las urnas abriera el camino para sustituirlo.
Finalmente el resultado fue reconocido.
Augusto Pinochet había perdido.
No cayó una estatua. No fue derrocado por una insurrección. No huyó esa madrugada. Continuaría todavía en el poder mientras se cumplía el proceso institucional establecido. Pero algo mucho más importante acababa de romperse: la idea de que su permanencia era inevitable.
Aquella noche hubo celebraciones y abrazos, pero también incredulidad. Para quienes habían pasado tantos años acostumbrándose a medir las consecuencias de cada gesto político, descubrir que habían podido decir “No” y despertar al día siguiente sin que la decisión fuese anulada significaba recuperar algo anterior incluso a las instituciones: la posibilidad de imaginar el porvenir.
Chile no había recuperado todavía plenamente la democracia.
Pero había recuperado la capacidad de escoger el camino hacia ella.
LA DEMOCRACIA REGRESÓ, PERO NO ENCONTRÓ EL MISMO CHILE
Después del plebiscito comenzaron a abrirse las cerraduras institucionales. En diciembre de 1989 Chile celebró elecciones presidenciales y parlamentarias. Patricio Aylwin, candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, ganó la Presidencia. El 11 de marzo de 1990 recibió el mando y comenzó formalmente una nueva etapa democrática.
Diecisiete años después, un presidente civil volvía a gobernar Chile.
La frase parece suficiente hasta que se intenta imaginar todo aquello que diecisiete años pueden hacer con una vida.
Un niño de cinco años tenía veintidós. Un joven de veinte se acercaba a los cuarenta. Quienes habían salido del país recién casados podían regresar con hijos adolescentes. Había padres que ya no estaban para recibir a quienes volvían. Existían matrimonios que no habían resistido las distancias, carreras profesionales reconstruidas en otros países, amistades separadas por continentes enteros y personas que habían pasado tanto tiempo soñando con volver que, llegado finalmente el momento, descubrieron que regresar también podía producir miedo.
Porque la democracia puede devolver derechos, pero no devuelve tiempo.
Chile comenzó entonces una tarea para la cual no existía manual suficiente: convivir nuevamente dentro de las mismas instituciones después de haber vivido experiencias radicalmente distintas. Unos celebraban la recuperación democrática; otros seguían defendiendo aspectos del régimen militar; muchos exigían verdad y justicia; algunos temían que avanzar demasiado rápidamente pudiera poner en riesgo una transición todavía frágil. El pasado no desapareció con el cambio de banda presidencial. Se sentó, incómodo, dentro del nuevo sistema político.
La propia permanencia de Pinochet mostró hasta qué punto aquella transición estaba lejos de ser una ruptura absoluta. Entregó la Presidencia, pero continuó como comandante en jefe del Ejército hasta 1998. Después se convirtió en senador vitalicio. El antiguo gobernante dejó el palacio sin abandonar inmediatamente los espacios desde los cuales todavía podía ejercer influencia. Chile había cambiado de régimen, pero seguía compartiendo el presente con uno de los protagonistas centrales de su pasado.
Mientras tanto comenzó otro proceso, más lento y doloroso: establecer qué había ocurrido y reconocer a quienes habían sufrido violaciones de derechos humanos. Las comisiones de verdad, las investigaciones judiciales y los procesos desarrollados durante los años posteriores fueron colocando nombres, circunstancias y responsabilidades donde durante mucho tiempo habían existido negaciones, versiones enfrentadas o información deliberadamente incompleta. La democracia tuvo que aprender que conocer la verdad no significaba automáticamente alcanzar justicia y que alcanzar alguna justicia tampoco significaba reparar completamente una vida.
Hubo avances. Hubo sentencias. Hubo identificaciones. Hubo familias que finalmente pudieron conocer una parte de aquello que les había sido negado. Y hubo también preguntas que continuaron abiertas durante décadas.
Eso convirtió la memoria chilena en un territorio difícil. No podía reducirse a una ceremonia anual ni encerrarse en un museo. Vivía dentro de las familias, en los tribunales, en los libros escolares, en las discusiones políticas, en los monumentos, en las calles y hasta en las palabras utilizadas para nombrar lo sucedido. “Golpe”, “dictadura”, “régimen militar”, “pronunciamiento”, “violaciones de derechos humanos”: detrás de cada término había también una disputa acerca de cómo debía recordarse el país.
La democracia hizo posible precisamente esa discusión.
Y allí reside una diferencia fundamental que muchas veces se pierde cuando las sociedades se acostumbran nuevamente a la libertad: en democracia puede discutirse incluso sobre la democracia. Puede cuestionarse al presidente, insultarse al gobierno, organizarse una oposición, publicar una investigación, marchar contra una ley, fundar un partido, defender una interpretación histórica y combatirla con otra. El conflicto no desaparece. Lo que cambia es la frontera que impide convertir al adversario en alguien a quien deba eliminarse para poder gobernar.
Chile volvió a elegir presidentes de signos diferentes. El poder cambió de manos. La izquierda regresó al gobierno. La derecha también llegó mediante las urnas. Nuevas generaciones comenzaron a ocupar la política sin haber vivido personalmente septiembre de 1973. Y eso, más que cualquier ceremonia, demostraba que el país había recuperado algo esencial: perder una elección volvía a significar esperar la siguiente, no preparar la destrucción del vencedor.
Pero ninguna alternancia podía devolver aquellos diecisiete años.
La democracia regresó.
El Chile al que regresó ya era otro.
CINCUENTA Y TRES AÑOS DESPUÉS, TODAVÍA QUEDA UNA PREGUNTA BAJO LOS ESCOMBROS
Han pasado cincuenta y tres años desde aquel 11 de septiembre.
Suficientes para que millones de chilenos hayan nacido después del golpe. Suficientes para que quienes eran niños entonces sean hoy adultos mayores. Suficientes para que muchas voces protagonistas se hayan apagado y para que otras sólo puedan ser escuchadas en grabaciones. Suficientes, incluso, para que la historia empiece a correr un peligro distinto al del olvido: la simplificación.
Porque resulta tentador acomodar 1973 dentro de una explicación cómoda. Elegir héroes absolutamente puros y culpables absolutamente únicos. Borrar los errores propios y conservar solamente los ajenos. Convertir la tragedia en una herramienta para ganar discusiones políticas medio siglo después. Pero Chile llegó hasta aquella ruptura por una acumulación de fracturas que deben ser comprendidas precisamente para no absolver a nadie de aquello que verdaderamente le corresponde.
Se puede discutir la gestión de Salvador Allende. Se pueden examinar los errores de la Unidad Popular, la profundidad de la crisis económica, las decisiones de la oposición, la intervención estadounidense, la radicalización de sectores políticos, el comportamiento empresarial, la actuación de los medios, las huelgas, la violencia callejera y el clima internacional de la Guerra Fría. Todo eso pertenece a la historia y debe investigarse sin miedo.
Lo que ninguna discusión sobre aquellos antecedentes puede conseguir es transformar la destrucción de la democracia en una consecuencia inevitable.
Ésa es quizá la frontera moral más importante que deja 1973.
Las democracias pueden gobernar mal. Los presidentes pueden equivocarse. Los gobiernos pueden fracasar. Las oposiciones pueden actuar irresponsablemente. Una economía puede hundirse. Una sociedad puede polarizarse hasta volverse insoportable. Ninguna de esas realidades convierte automáticamente a los cuarteles en depositarios de la soberanía popular ni concede a quienes poseen las armas el derecho de decidir quién merece gobernar y quién merece desaparecer.
Ésa es la razón por la que el 11 de septiembre chileno continúa siendo mucho más que una fecha nacional.
Habla de la fragilidad de una idea que solemos considerar invulnerable precisamente cuando llevamos mucho tiempo disfrutándola: la democracia depende de que quienes compiten por el poder acepten que alguna vez pueden perderlo. Depende de que un gobernante reconozca límites. De que una oposición admita la legitimidad del gobierno mientras combate sus decisiones. De que unas Fuerzas Armadas sepan que sus armas pertenecen a la nación y no les conceden soberanía sobre ella. De que los ciudadanos comprendan que el adversario seguirá teniendo derechos incluso cuando sus ideas nos parezcan profundamente equivocadas.
La democracia comienza a correr peligro cuando perder deja de ser tolerable.
Cuando cualquier victoria del contrario empieza a considerarse ilegítima por definición.
Cuando la conversación pública deja de preguntar qué propone el otro y empieza a preguntarse cómo destruirlo.
Cuando la diferencia política se convierte en una acusación moral absoluta y millones de ciudadanos dejan de verse como compatriotas para contemplarse como amenazas.
Entonces todavía puede haber elecciones. Todavía puede funcionar el Congreso. Todavía pueden abrir los periódicos y trabajar los tribunales. Los edificios permanecen en pie.
Pero algo comienza a quebrarse mucho antes de que pueda escucharse.
Por eso Chile sigue discutiendo 1973.
Y probablemente debe hacerlo.
No para permanecer atrapado eternamente en aquella mañana, sino porque existen acontecimientos cuya utilidad histórica consiste precisamente en incomodar al presente. Recordarlos obliga a preguntarse qué haríamos nosotros si nuestra sociedad volviera a dividirse de aquella manera; si defenderíamos las reglas cuando favorecen al adversario; si aceptaríamos una derrota electoral; si condenaríamos la violencia también cuando proviene de quienes piensan como nosotros; si estaríamos dispuestos a defender la libertad de alguien cuya opinión despreciamos.
Es fácil amar la democracia cuando ganan los nuestros.
Su verdadera prueba comienza cuando ganan los otros.
Cincuenta y tres años después, La Moneda está reconstruida. Por sus salones han pasado presidentes de distintas ideologías. Santiago ha cambiado innumerables veces. Chile ha celebrado elecciones, ha vivido alternancias, ha discutido constituciones, ha atravesado nuevas crisis y ha visto crecer generaciones para las cuales Augusto Pinochet y Salvador Allende pertenecen a un tiempo anterior a su nacimiento.
Eso es lo que hace todavía más necesaria la memoria.
Porque llegará un momento en que no quedará nadie capaz de decir: yo estuve allí.
Entonces quedarán los documentos, los testimonios, las fotografías, las investigaciones, las sentencias, las canciones y las historias transmitidas dentro de las familias. Y corresponderá a quienes no vivieron aquel tiempo decidir qué hacer con todo eso: utilizarlo como munición para continuar una guerra heredada o convertirlo en conocimiento suficiente para impedir que otra generación tenga que vivirla.
Quizá ésa sea la pregunta definitiva que dejó Chile.
No quién consiguió imponer su relato cincuenta y tres años después.
No quién puede reclamar retrospectivamente toda la razón.
Sino cuánto odio puede soportar una democracia antes de dejar de reconocerse a sí misma.
Porque ningún pueblo pierde su libertad solamente cuando aparecen soldados en sus calles. Para entonces, demasiadas cosas pueden haberse roto ya.
La verdadera derrota comienza antes: cuando una sociedad llega a odiar tanto a quienes piensan distinto que termina considerando soportable perder la democracia con tal de no permitirles gobernar.
Y aquel día, aunque todavía existan urnas y las calles parezcan normales, los tanques ya habrán comenzado a avanzar por dentro.
(By operación W).

/… EL AVISO INOPORTUNO:
Emmanuel Reyes Carmona presentó una queja contra Ricardo Sheffield ante la Comisión de Honestidad y Justicia de Morena.
La queja es lo de menos.
Lo divertido es que en Morena ya comenzaron a matarse por León y el Estado… antes de ganarlos.
Ricardo no quiere ser alcalde de León, pero quiere influir en quién sea candidato y Emmanuel no es precisamente el muchacho de sus sueños.
Emmanuel quiere León y tampoco lloraría si Sheffield desapareciera del camino rumbo a la gubernatura.
Sobre esa conmovedora costumbre de llamar “compañero” al que uno quisiera ver atropellado por una encuesta, prefiero no discutir.
Emmanuel, además, entiende la política en familia: su esposa, Cinthia Teniente, gobierna Villagrán; su hermana, Miriam Reyes Carmona, es diputada plurinominal y ahora busca Guanajuato capital; y él llegó al Senado como suplente de Marcelo Ebrard.
En esa casa no tienen árbol genealógico.
Tienen mapa electoral.
Nomás falta que en la cena familiar alguien pregunte:
—¿Quién quiere más pozole?
—Yo no. Mejor pásame Celaya.
Sheffield tampoco reparte escapularios.
Quiere conservar influencia en León y llegar fuerte a lo que venga después.
Así que Emmanuel quiere podar a Ricardo y Ricardo quiere fumigar a Emmanuel.
Todo estaría perfecto si no fuera por un insignificante detalle:
primero hay que ganarle al PAN.
Porque con los números de hoy, ni León ni Guanajuato vienen envueltos para regalo.
Como decía un viejo ladrón de ganado que nunca vendía antes de robar:
“Primero saquen la vaca del corral ajeno y después se pelean por los bisteces”.
Emmanuel y Sheffield ya prendieron el carbón.
Ya sacaron los platos.
Ya hasta se están peleando por el rib eye.
Y la vaca…
todavía es del PAN.
(By Notas de Libertad).




Desliza a la derecha para leer el siguiente título
/… La Agenda En Corto.
1.- JUAN MIGUEL: CELAYA VOLVIÓ A TOCAR LAS PUERTAS DEL PODER
El alcalde construye su apuesta por la continuidad sobre un terreno concreto: la gestión de respaldos federales y estatales para devolverle a Celaya presencia, proyectos y capacidad de negociación.
2.- CUANDO LA CONFIANZA YA TIENE ROSTRO
Antonio “Toño” Navarro llega a la etapa decisiva del proceso de la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en San Francisco del Rincón con territorio recorrido, respaldo ciudadano, cercanía con la militancia y una expresión pública de confianza que terminó convirtiéndose en una de las señales políticas más interesantes de esta competencia.
3.- ROMERO HICKS: CUANDO LA EXPERIENCIA VUELVE A PESAR EN LA CAPITAL
El proceso para elegir al Defensor de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital llega a una etapa decisiva con Juan Carlos Romero Hicks como el perfil que, por trayectoria, conocimiento, reconocimiento público y experiencia, aparece con una ventaja política difícil de ignorar.
4.- AZUL ETCHEVERRY: LA CANDIDATA A LA QUE NADIE INVITÓ
Las redes sociales la colocaron como posible abanderada de Movimiento Ciudadano para la Presidencia Municipal de León, pero olvidaron un pequeño detalle: preguntarle si quería competir
1.- JUAN MIGUEL: CELAYA VOLVIÓ A TOCAR LAS PUERTAS DEL PODER
El alcalde construye su apuesta por la continuidad sobre un terreno concreto: la gestión de respaldos federales y estatales para devolverle a Celaya presencia, proyectos y capacidad de negociación.
Juan Miguel Ramírez Sánchez levantó la mano para buscar la reelección cuando su gobierno comienza a recoger los frutos de la interlocución construida.
El momento difícilmente podría ser mejor: entregó su carta de intención mientras Celaya vuelve a ocupar un lugar importante en la agenda nacional.
Claudia Sheinbaum estará en Guanajuato el 18 de septiembre para presentar los avances de su Segundo Informe de Gobierno.
La sede todavía se disputa entre Celaya e Irapuato, pero Juan Miguel ya propuso dos recintos para recibir a la presidenta en territorio celayense.
Incluso recorrió su informe municipal al 24 de septiembre para acompañar la gira presidencial, independientemente del municipio finalmente elegido.
No busca únicamente la fotografía con Sheinbaum, sino confirmar que Celaya recuperó presencia ante el Gobierno Federal.
La principal fortaleza de su administración ha sido construir acuerdos con la Federación y con el gobierno de Libia Dennise García Muñoz Ledo.
La disminución de los homicidios constituye el resultado más importante de esa coordinación entre los tres órdenes de gobierno.
No es una victoria exclusiva del Ayuntamiento, pero Juan Miguel supo colaborar sin convertir las diferencias partidistas en un obstáculo.
El tren de pasajeros colocó nuevamente a Celaya dentro de una ruta nacional capaz de transformar su movilidad y su economía.
El Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar abrió otra posibilidad para atraer inversiones, nuevas industrias y mejores empleos.
La gestión del hospital del IMSS continúa y también ha recibido el seguimiento puntual de Daniel Nieto Martínez, Secretario del Ayuntamiento, aunque todavía debe asegurarse el presupuesto.
Ante el Gobierno del Estado, el alcalde insiste en conseguir alrededor de 124 millones de pesos para proyectos municipales de infraestructura.
Su cartera de gestiones ante la Federación supera los dos mil quinientos millones de pesos y revela una ambición mayor que la administración cotidiana.
Quedan pendientes en calles, seguridad, pavimentación, servicios y mantenimiento urbano; ninguna obra futura puede utilizarse para esconder las necesidades actuales.
Si las gestiones se convierten en resultados tangibles, la reelección dejará de ser una ambición personal para transformarse en una posibilidad de continuidad para Celaya.
Y como decía don Cástulo, viejo comerciante que conocía el valor de insistir sin hacer ruido: “La puerta que hoy no se abre, mañana puede reconocer la mano que volvió a tocar”.




2.- CUANDO LA CONFIANZA YA TIENE ROSTRO
Antonio “Toño” Navarro llega a la etapa decisiva del proceso de la Defensa de la Patria, la Familia y la Libertad en San Francisco del Rincón con territorio recorrido, respaldo ciudadano, cercanía con la militancia y una expresión pública de confianza que terminó convirtiéndose en una de las señales políticas más interesantes de esta competencia.
Antonio “Toño” Navarro entendió que para construir un liderazgo en San Francisco del Rincón primero había que caminarlo, escucharlo y conocer sus diferentes realidades.
Su trabajo territorial no comenzó con la última semana del proceso y esa presencia le permitió llegar a colonias, comunidades y sectores que conocen de primera mano las necesidades del municipio.
En la etapa de respaldos cumplió con las exigencias ciudadanas y partidistas, demostrando desde entonces que existía organización suficiente para avanzar.
Pero alrededor de su proyecto comenzaron a aparecer apoyos que iban más allá del requisito establecido en una convocatoria.
Militantes, ciudadanos, jóvenes, liderazgos sociales y representantes de sectores productivos fueron encontrando coincidencias con una propuesta que buscó ampliar su base.
En un municipio marcado por la industria del calzado, el comercio y miles de pequeños negocios, escuchar a quienes producen, trabajan y generan empleos resulta indispensable para entender lo que viene.
El foro permitió observar otra de sus fortalezas porque sus planteamientos estuvieron vinculados con preocupaciones que forman parte de la conversación cotidiana de las familias francorrinconenses.
Recuperar tranquilidad, generar mayores oportunidades y conseguir una autoridad más cercana colocó su participación lejos de los discursos complicados y cerca de necesidades perfectamente reconocibles.
Pero hubo una imagen reciente que terminó dándole rostro a todo lo que durante semanas se había venido construyendo.
Un gran número de militantes decidió aparecer públicamente para expresar una frase breve, pero políticamente poderosa: “Yo sí confío en Navarro”.
No estamos convirtiendo cada expresión en un voto anticipado; estamos reconociendo el significado de que numerosas personas estén dispuestas a mostrar públicamente a quién respaldan.
Porque la confianza política puede proclamarse desde un discurso, pero adquiere otra dimensión cuando son los demás quienes deciden expresarla por voluntad propia.
Toño llega así con territorio, organización, experiencia partidista, diálogo con diferentes sectores y una militancia que ha comenzado a hacer visible su acompañamiento.
No estamos frente a una sola fotografía ni ante un respaldo aislado, sino frente a distintas señales que durante el proceso han terminado encontrándose en una misma dirección.
Agenda en Corto también arriesga pronósticos, y el nuestro en San Francisco del Rincón es que Antonio “Toño” Navarro llega fortalecido y con razones suficientes para verlo adelante.
Será el proceso el que finalmente entregue el resultado, pero a estas alturas ya hay algo imposible de esconder: alrededor de Navarro existe una confianza que decidió salir, mostrarse y hablar.
Y como dice el refrán popular: “Al buen entendedor, pocas palabras”… y en San Francisco ya hablaron muchos.




3.- ROMERO HICKS: CUANDO LA EXPERIENCIA VUELVE A PESAR EN LA CAPITAL
El proceso para elegir al Defensor de la Patria, la Familia y la Libertad en Guanajuato capital llega a una etapa decisiva con Juan Carlos Romero Hicks como el perfil que, por trayectoria, conocimiento, reconocimiento público y experiencia, aparece con una ventaja política difícil de ignorar.
Juan Carlos Romero Hicks no necesita una campaña de presentación en Guanajuato: fue rector de la Universidad de Guanajuato, gobernador, senador, diputado federal y hoy diputado local.
Su principal fortaleza está precisamente ahí: en una trayectoria que lo hace conocido dentro y fuera del PAN y que le permite competir con un capital político construido durante décadas.
En el proceso también participan Juan Carlos Delgado Zárate y el regidor José Carlos Domínguez López Velarde, pero alrededor del exgobernador se ha instalado desde el inicio la percepción de ser el hombre a vencer.
No es casualidad que figuras históricas del panismo hayan expresado públicamente sentirse representadas por Romero Hicks y destacado su experiencia, conocimiento de la capital y conocimiento del propio partido.
Las mediciones conocidas durante los últimos meses también lo mantienen entre los perfiles panistas con mayor reconocimiento y posibilidades de competir seriamente por Guanajuato rumbo a 2027.
El foro agregó otro elemento, porque Romero Hicks pudo hablar de seguridad, agua, transporte, servicios y gobierno desde la experiencia de quien conoce tanto la administración pública como la complejidad particular de la capital.
Su ventaja no está solamente en haber ocupado muchos cargos, sino en que buena parte de esos años estuvieron relacionados directamente con Guanajuato y con la construcción institucional del PAN.
Frente a él aparece un movimiento que también merece atención: José Carlos Domínguez López Velarde participa como Defensor mientras simultáneamente manifestó su intención de buscar la elección consecutiva como regidor.
Domínguez forma parte del Ayuntamiento encabezado por Samantha Smith y coordina a los regidores panistas, por lo que políticamente se encuentra dentro del grupo gobernante de la capital.
Además, en los corrillos panistas circula la versión de que su participación tendría simpatías o respaldos provenientes del entorno político de Alejandro Navarro y Samantha Smith, aunque hasta ahora no existe una confirmación pública que permita presentarlo como un acuerdo formal.
Ese detalle resulta interesante porque Navarro y Smith decidieron mantenerse fuera del proceso de Defensores, pero conservan estructura, presencia y evidente interés en las decisiones políticas que vendrán rumbo a 2027.
Así, la competencia capitalina también puede terminar midiendo algo más que tres nombres: el peso de una figura histórica frente a estructuras que han gobernado el municipio durante los últimos años.
Romero Hicks llega sin depender del aparato municipal y con una biografía política que le permite hablar directamente con distintas generaciones del panismo capitalino.
Además, su eventual elección enviaría un mensaje de competitividad hacia afuera, porque el PAN necesita algo más que ganar su procedimiento interno: necesita conservar una capital donde Morena ya representa una amenaza electoral real.
Por eso nuestra lectura no requiere demasiadas piruetas: si el procedimiento privilegia experiencia, conocimiento ciudadano, trayectoria, liderazgo y capacidad competitiva, Juan Carlos Romero Hicks aparece hoy como el favorito más sólido.
Falta que hablen las evaluaciones y la militancia, pero en Guanajuato capital la carrera parece haber comenzado con un hombre varios cuerpos adelante: Juan Carlos Romero Hicks.
Y como dice el refrán popular: “Caballo que alcanza, gana”… pero primero hay que alcanzar al que va adelante.




4.- AZUL ETCHEVERRY: LA CANDIDATA A LA QUE NADIE INVITÓ
Las redes sociales la colocaron como posible abanderada de Movimiento Ciudadano para la Presidencia Municipal de León, pero olvidaron un pequeño detalle: preguntarle si quería competir.
Esta semana circuló ampliamente la versión de que Movimiento Ciudadano preparaba a Azul Etcheverry Aranda para disputar la alcaldía de León en 2027.
El rumor avanzó con velocidad sorprendente: comenzó como posibilidad, después se convirtió en acercamiento y terminó presentado prácticamente como decisión.
El problema es que nadie del partido naranja ha conversado con Azul para ofrecerle la candidatura ni preguntarle si estaría interesada.
Etcheverry guarda una buena amistad con Jorge Álvarez Máynez, dirigente nacional de Movimiento Ciudadano, pero él tampoco le ha tocado el tema.
Una amistad política puede facilitar una conversación, pero no equivale a una invitación, mucho menos a una candidatura aceptada.
Su nombre resulta atractivo porque posee experiencia, relaciones, conocimiento de León y una personalidad que difícilmente pasaría inadvertida en campaña.
Fue presidenta del Consejo Directivo del DIF León, diputada federal y candidata al Senado, por lo que conoce perfectamente el tamaño de una competencia electoral.
Su esposo, José Adolfo Murat Macías, fue candidato de Movimiento Ciudadano a la Presidencia Municipal de Naucalpan, antecedente que alimentó las interpretaciones.
También provocó suspicacias su reciente presencia en la Presidencia Municipal de León, aunque aquella visita obedeció a responsabilidades estrictamente profesionales.
Actualmente se desempeña como directora de Relaciones Institucionales de TV Azteca, una de las principales empresas pertenecientes a Grupo Salinas.
Es precisamente en esa responsabilidad y en otros proyectos personales donde se encuentran ahora sus intereses, no en la búsqueda de una candidatura.
Eso no significa que haya cerrado para siempre la puerta de la política, sino que hoy no existe una decisión suya que permita anunciar su regreso.
Movimiento Ciudadano necesita construir una candidatura competitiva para León, pero necesitar un nombre no significa haber convencido a quien lo lleva.
Azul podría escuchar propuestas cuando ella lo considere oportuno, aunque por ahora no existe ofrecimiento, compromiso, negociación ni acuerdo que revelar.
La diferencia es importante: una cosa es que algunos la consideren una buena opción y otra muy distinta que ella haya decidido convertirse en candidata.
Por ahora, la campaña solamente existe en las redes, donde ya la destaparon, la vistieron de naranja y olvidaron comunicarle que debía presentarse.
Y como decía don Laureano, viejo operador que desconfiaba de los destapes fabricados: “En política hay quienes reparten hasta la silla que todavía no les prestan”.
(By operación W).





“Pequeño Vals Vienes”
De: Federico García Lorca.
Federico García Lorca. En Viena hay diez muchachas,un hombro donde solloza la muertey un bosque de palomas disecadas.Hay un fragmento de la mañanaen el museo de la escarcha.Hay un salón con mil ventanas.¡Ay, ay, ay, ay!Toma este vals con la boca cerrada. Este vals, este vals, este vals,de sí, de muerte y de coñacque moja su cola en el mar. Te quiero, te quiero, te quiero,con la butaca y el libro muerto,por el melancólico pasillo,en el oscuro desván del lirio,en nuestra cama de la lunay en la danza que sueña la tortuga.¡Ay, ay, ay, ay!Toma este vals de quebrada cintura. En Viena hay cuatro espejosdonde juegan tu boca y los ecos.Hay una muerte para pianoque pinta de azul a los muchachos.Hay mendigos por los tejados.Hay frescas guirnaldas de llanto.¡Ay, ay, ay, ay!Toma este vals que se muere en mis brazos. Porque te quiero, te quiero, amor mío,en el desván donde juegan los niños,soñando viejas luces de Hungríapor los rumores de la tarde tibia,viendo ovejas y lirios de nievepor el silencio oscuro de tu frente.¡Ay, ay, ay, ay!Toma este vals del «Te quiero siempre». En Viena bailaré contigocon un disfraz que tengacabeza de río.¡Mira qué orilla tengo de jacintos!Dejaré mi boca entre tus piernas,mi alma en fotografías y azucenas,y en las ondas oscuras de tu andarquiero, amor mío, amor mío, dejar,violín y sepulcro, las cintas del vals.




*Si quieres escucharlo en la voz de: *Silvia Pérez Cruz (Con Pájaro).
Sobre el poema.
“PEQUEÑO VALS VIENÉS”: BAILAR CON EL AMOR MIENTRAS LA MUERTE ESPERA QUE TERMINE LA MÚSICA
Lectura profunda del poema de Federico García Lorca donde Viena deja de ser una ciudad para convertirse en el escenario de un amor febril y melancólico, mientras el vals gira entre cuerpos, recuerdos, deseo y muerte, como si amar consistiera precisamente en seguir bailando aun sabiendo que toda música alguna vez tendrá que terminar
Una Viena que solamente puede existir dentro de un sueño
Desde los primeros versos sabemos que Lorca no pretende describir la Viena verdadera. Su ciudad pertenece a otra geografía: la de los sueños. Hay muchachas, palomas disecadas, escarcha, ventanas y una muerte que encuentra un hombro donde llorar. Las imágenes no obedecen a la lógica cotidiana porque obedecen a algo más profundo: la lógica de la emoción.
Todo parece hermoso y, al mismo tiempo, ligeramente muerto. Las palomas, símbolo habitual de movimiento y libertad, están disecadas. La mañana aparece fragmentada. La escarcha entra en un museo. Lorca
construye así un mundo donde la belleza parece haber sido detenida justo antes de desaparecer. Viena se convierte en una ciudad suspendida entre lo vivo y lo perdido.
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Amar hasta querer entrar en todos los rincones del otro
Después llega la declaración: el amor invade el poema mediante una repetición desesperada. No parece suficiente decirlo una sola vez. Ese “te quiero” necesita regresar porque contiene algo de súplica, de certeza y también de miedo.
Pero Lorca no coloca ese amor en escenarios convencionales. Aparecen una butaca, un libro muerto, pasillos melancólicos, desvanes, lirios, una cama lunar y hasta una tortuga que sueña su propia danza. Amar significa aquí compartir un universo entero, incluso sus habitaciones más extrañas.
También existe una poderosa dimensión corporal. Hacia el final, el deseo deja de esconderse y busca permanecer físicamente en la persona amada. Pero Lorca inmediatamente une ese cuerpo con fotografías, azucenas, ríos y oscuridad. Lo carnal y lo espiritual no aparecen separados: forman parte de una misma necesidad de entrega.
Ese amor quiere dejar señales. Una boca, un alma, unas flores, una imagen. Como si el amante supiera que la presencia es temporal y necesitara depositar algo suyo en cada rincón antes de marcharse.
Por eso la frase amorosa que promete permanencia resulta conmovedora. No es simplemente una promesa romántica. Surge dentro de un poema obsesionado con la
desaparición. Decir siempre cuando sabemos que nada humano dura para siempre constituye una de las contradicciones más dolorosas del amor.
El violín y el sepulcro: amar sabiendo que todo termina
La muerte atraviesa el poema desde el comienzo. Solloza, toca el piano, colorea muchachos y finalmente aparece convertida en sepulcro. Pero Lorca no permite que venza completamente. Frente a ella coloca música, flores, cuerpos, deseo y movimiento.
Ahí está el corazón de “Pequeño vals vienés”. El vals gira porque detenerse significaría aceptar el silencio. Los amantes bailan porque mientras exista música todavía existe una forma de desafiar la desaparición.
El último encuentro entre el violín y el sepulcro concentra toda la tensión del poema. Uno pertenece al sonido; el otro, al silencio. Uno hace vibrar el aire; el otro anuncia la inmovilidad definitiva. Y Lorca los coloca juntos porque entre ambos transcurre nuestra existencia: somos música que sabe que algún día tendrá que callarse.
Por eso el amor de este poema no promete derrotar a la muerte. Su desafío es más humano y, justamente por eso, más conmovedor: amar con toda la intensidad posible antes de que llegue el silencio. Entregar el cuerpo, la memoria, el deseo y hasta aquello que no sabemos nombrar, aunque sepamos que nada puede retener para siempre a quien amamos.
El vals termina, como terminan las noches, los cuerpos y las vidas.
Pero mientras dura, dos seres giran abrazados como si el mundo entero cupiera entre ellos.
Y acaso amar sea exactamente eso: saber que llegará la última nota y, aun así, no abandonar el baile.
Porque al final la muerte podrá quedarse con el silencio.
Pero no podrá borrar que, antes de ella, hubo música.
Sobre el autor.
FEDERICO GARCÍA LORCA: EL POETA AL QUE MATARON SIN CONSEGUIR QUE DEJARA DE HABLAR
Reseña biográfica y de la obra del escritor granadino que convirtió la luna, el deseo, la sangre, la frustración, la libertad y la muerte en un lenguaje inconfundible, y cuya vida terminó frente a las balas cuando apenas tenía treinta y ocho años, sin que quienes lo asesinaron pudieran imaginar que comenzaba entonces una permanencia mucho más larga que su propia existencia
El niño que aprendió a escuchar la música de la tierra
Federico García Lorca nació el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, Granada. Creció en una Andalucía rural donde las canciones populares, los caballos, las fiestas, los campos y las historias transmitidas de generación en generación formaban parte natural de la vida. Antes de convertirse en poeta ya había aprendido a escuchar. Aquella capacidad para reconocer la música escondida en las palabras terminaría acompañándolo siempre.
La música fue, de hecho, una de sus primeras pasiones. Estudió piano y durante algún tiempo pareció posible que su destino artístico estuviera allí. Pero la literatura terminó abriendo un territorio más grande. Granada fue fundamental en su formación y Madrid amplió definitivamente su horizonte. En la Residencia de Estudiantes convivió con
una generación extraordinaria y estableció relaciones con figuras como Salvador Dalí y Luis Buñuel. Lorca comenzaba a descubrir que la tradición y la vanguardia podían encontrarse sin destruirse.
Su personalidad desbordaba la página. Tocaba el piano, recitaba, dirigía teatro, dibujaba y convertía las reuniones en escenarios. Detrás de aquella luminosidad existía, sin embargo, una sensibilidad mucho más atormentada. Su homosexualidad, vivida dentro de una sociedad profundamente restrictiva, formó parte de tensiones íntimas que atravesaron su existencia y encontraron en su escritura un espacio de libertad que la realidad muchas veces le negaba.
Del “Romancero gitano” a una Nueva York convertida en pesadilla
Con el Romancero gitano, publicado en 1928, Lorca alcanzó enorme reconocimiento. Allí tomó formas de la tradición española y las transformó mediante una imaginación llena de lunas, metales, caballos, sangre, deseo y presagios. Pero quedar encerrado en la imagen de un poeta exclusivamente folclórico le resultaba insuficiente. Necesitaba romper incluso con aquello que le había dado fama.
Su estancia en Nueva York entre 1929 y 1930 produjo una transformación decisiva. La gran ciudad lo fascinó y lo hirió. Descubrió multitudes solitarias, desigualdad, mecanización y una modernidad capaz de crecer hacia arriba mientras dejaba seres humanos debajo. De aquella experiencia nació Poeta en Nueva York, una de sus obras más intensas, oscuras y audaces.
También el teatro se convirtió en territorio esencial. Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba colocaron frente al público personajes asfixiados por normas sociales, deseos prohibidos, apariencias y destinos que parecen cerrarse alrededor de ellos. Lorca comprendió que una casa podía convertirse en cárcel y que el silencio impuesto podía resultar más violento que un grito.
En “Pequeño vals vienés” confluyen muchas de esas obsesiones: amor, deseo, belleza y muerte girando dentro de una misma música. Lorca escribía como quien sabía que incluso los momentos más luminosos proyectan alguna sombra.
Treinta y ocho años y unas balas que no consiguieron terminar la historia
Cuando comenzó la Guerra Civil española en 1936, España se precipitó hacia una violencia que también alcanzaría al poeta. Lorca regresó a Granada buscando refugio. Fue detenido en agosto y asesinado poco después, cerca de Víznar y Alfacar. Tenía treinta y ocho años.
Su cuerpo nunca ha sido identificado con certeza.
Pero ocurrió una paradoja feroz: desapareció el cuerpo y permaneció la voz.
Quedaron sus poemas, sus obras teatrales, sus dibujos, sus conferencias y aquella extraordinaria capacidad para descubrir belleza precisamente donde comenzaba a sentirse la tragedia. Quedaron también
personajes que continúan rebelándose contra las paredes que intentan encerrarlos.
Federico García Lorca escribió obsesivamente sobre la muerte sin saber que terminaría encontrándola demasiado pronto. Sin embargo, su obra demuestra que matar a un escritor y silenciarlo son cosas completamente distintas.
Aquella madrugada pudieron terminar con un hombre.
No pudieron fusilar sus palabras.
Y desde entonces, cada vez que vuelve a levantarse el telón, alguien recita sus versos o comienza nuevamente aquel pequeño vals, Federico García Lorca vuelve a hacer lo que mejor sabía:
convertir la muerte en música y obligarla, por unos instantes, a bailar.
(ByNotas de Libertad).

/… SALÓN ROJO: 80 AÑOS CURANDO CRUDAS Y ESCUCHANDO A LEÓN
Fuimos al Coecillo, frente al Jardín de San Francisco, para conocer una cantina nacida en 1946 y platicar con Joaquín Arrona, integrante de la familia que desde 1979 conduce una parte esencial de su historia. Joaquín llegó a los 24 años y lleva aproximadamente 45 trabajando ahí. Entre la huella de su padre, Aurelio Arrona Silva, Don Yeyo; las bebidas convertidas en remedios, las antiguas botanas, las pérdidas familiares y una pandemia que cambió las noches, apareció un Salón Rojo que no necesita vivir del recuerdo: todavía tiene historias ocurriendo detrás de la barra.
OCHENTA AÑOS EN UNA ESQUINA QUE NO NECESITA DISFRAZARSE DE ANTIGUA
El Coecillo posee un lenguaje que León reconoce de inmediato: comercio, talleres, calles apretadas, ruido, trabajo y una identidad que ha sobrevivido a las transformaciones de la ciudad. Ahí, en Héroes de Independencia 504, casi esquina con Monterrey, está el Salón Rojo. No fue construido para parecer antiguo. Es antiguo. Ochenta años separan aquella apertura de 1946 del establecimiento que encontramos durante nuestra visita.
En 1979 llegó Don Yeyo y comenzó la etapa familiar que continúa hasta nuestros días. Joaquín entró joven, cuando tenía 24 años. No recibió una historia terminada: participó en ella. Aprendió el negocio trabajando, observando a su padre y conociendo esa extraña geografía humana que solamente existe detrás de una barra. Por ahí han pasado industriales, artistas y personajes conocidos, pero también miles de parroquianos anónimos que probablemente explican mejor la permanencia del lugar: el cliente habitual, el amigo, quien llegaba a festejar, quien necesitaba compañía o simplemente quien encontró ahí una costumbre.
Una cantina con tantas décadas termina sabiendo demasiado de una ciudad. Ha visto entusiasmos que duraron una noche, amistades que sobrevivieron media vida, amores, derrotas y secretos pronunciados cuando la prudencia ya había comenzado a perder terreno. Joaquín debe conocer centenares. Y después de tantos años seguramente domina también una vieja virtud del oficio: saber cuáles jamás deben repetirse.
EN EL HOSPITAL DE LAS CRUDAS NO PIDEN CREDENCIAL
Preguntarle por las bebidas cambia inmediatamente el tono. Aparecen la hierbabuena, el jelipao y la sangre de pichón. Después Joaquín pronuncia una de esas expresiones imposibles de mejorar: el Hospital de las Crudas.
Y habla casi como especialista. Hay remedios para quienes llegan buscando recomponer una mala mañana y otros más fuertes cuando, dice divertido, la situación parece verdaderamente difícil de curar. También están las mentas, las piedras, el Campari, el Negroni y una sangría muy solicitada, preparada con ingredientes naturales como limón y naranja.
La cocina también conserva recuerdos. Hubo lunes de birria de chivo y carnitas. Las condiciones económicas modificaron aquellas costumbres y ahora pueden aparecer sopa azteca, pozolito los jueves y diferentes guisados de pollo, res o cerdo. Ahí se entiende algo fundamental: sobrevivir ochenta años exige conservar el carácter sin fingir que el mundo permanece inmóvil.
Y entonces la cantina deja de parecer una reliquia. Está viva precisamente porque ha sabido cambiar lo necesario sin renunciar a reconocerse.
DON YEYO YA NO ESTÁ; JOAQUÍN TODAVÍA TIENE LA LLAVE
La pandemia consiguió algo que pocas cosas habían logrado: silenciar el Salón Rojo durante más de un año. Antes podían trabajar desde las ocho de la mañana hasta las tres de la madrugada; después, los horarios cambiaron y la noche quedó limitada hasta las doce. También cambió la economía, cambiaron los clientes y cambiaron algunas costumbres.
Pero la pérdida más profunda ocurrió dentro de la familia. Don Yeyo murió hace aproximadamente un año. También falleció uno de los hermanos de Joaquín.
Él no dramatiza cuando lo cuenta. Habla de continuar.
Y quizá ahí aparece la parte más humana de nuestra visita.
Porque existen negocios que se heredan con escrituras y existen otros en los que también se hereda una ausencia. Joaquín trabaja ahora donde durante tantos años trabajó junto a su padre. Seguramente quedan palabras, gestos y enseñanzas que aparecen sin necesidad de llamarlas. Hay recuerdos que no necesitan fotografías porque conocen perfectamente el camino de regreso.
Cuando le preguntamos por el futuro, Joaquín no promete eternidades. Dice algo mucho más sencillo: continuar “hasta donde llegue”.
Salimos nuevamente al Coecillo y León seguía corriendo afuera. El Salón Rojo quedaba atrás con sus ochenta años, sus remedios para la cruda, las historias que jamás conoceremos y un hombre que llegó a trabajar ahí a los 24 años y todavía conserva la llave.
Mañana volverá a abrir.
Quizá llegue alguien buscando una hierbabuena para reparar los excesos de la noche anterior. Joaquín hará lo que ha hecho durante buena parte de su vida.
Y ésa puede ser la mejor definición del Salón Rojo: un lugar donde curar una cruda todavía es oficio, pero sobrevivir al tiempo se ha convertido en especialidad.
Video Crónica





Domingo 13 de septiembre al sábado 19 de septiembre.
SANTORAL
VIDAS QUE CONVIRTIERON LA FE EN TESTIMONIO
El santoral de esta semana reúne a pastores, mártires, místicos, religiosos y mujeres consagradas que vivieron en épocas y territorios muy distintos, pero compartieron una misma determinación: sostener sus convicciones aun cuando hacerlo implicara pobreza, destierro, persecución o muerte. Sus historias recuerdan que la santidad no fue solamente contemplación, sino también servicio a los enfermos, defensa de los necesitados, formación de comunidades y resistencia frente a los abusos del poder.
DOMINGO 13 DE SEPTIEMBRE
San Juan Crisóstomo: Arzobispo de Constantinopla y Doctor de la Iglesia, célebre por una elocuencia que le valió el sobrenombre de «Boca de Oro». Denunció la corrupción, defendió a los pobres y sufrió el destierro por enfrentarse a los excesos de la corte imperial.
San Amado de Sens: Presbítero y abad francés del siglo VII que practicó una vida marcada por la austeridad, el ayuno y la oración. Dirigió con prudencia el monasterio de Habend, fundado junto con san Romarico.
San Maurilio de Angers: Obispo nacido en Milán y discípulo de san Martín de Tours. Dedicó su ministerio a evangelizar las comunidades rurales de la antigua Galia y a combatir supersticiones profundamente arraigadas.
San Litorio de Tours: Obispo del siglo IV que favoreció el crecimiento del cristianismo en Tours. Se le atribuye la construcción de una de las primeras iglesias levantadas dentro de las murallas de aquella ciudad.
San Venerio de Tiro Maggiore: Eremita italiano que eligió la soledad de una isla cercana al golfo de La Spezia para consagrarse a la oración. Su memoria quedó vinculada a la protección espiritual de navegantes y trabajadores del mar.
LUNES 14 DE SEPTIEMBRE
San Alberto de Jerusalén: Obispo de Vercelli y posteriormente patriarca latino de Jerusalén. Redactó una norma de vida para los eremitas del monte Carmelo, texto que se convirtió en fundamento espiritual de la Orden Carmelita.
Santa Notburga de Eben: Joven campesina del Tirol que trabajó como empleada doméstica y destinó parte de sus alimentos a los pobres. Es venerada como ejemplo de dignidad en el trabajo, generosidad y defensa del descanso dedicado a Dios.
San Materno de Colonia: Obispo de los primeros siglos del cristianismo en Germania. Su actividad pastoral contribuyó a consolidar comunidades cristianas en Colonia, Tréveris y Tongres.
San Gabriel Taurino Dufresse: Misionero francés y obispo que trabajó durante décadas en China, aun en medio de severas persecuciones. Fue capturado y decapitado en 1815 por mantenerse fiel a su labor evangelizadora.
San Pedro de Tarentaise: Monje cisterciense, abad y obispo conocido por promover la reconciliación entre poblaciones enfrentadas. Ejerció su ministerio con austeridad y dedicó especial atención a quienes vivían en la pobreza.
MARTES 15 DE SEPTIEMBRE
Nuestra Señora de los Dolores: Advocación mariana que contempla el sufrimiento de María ante la pasión y muerte de Jesucristo. Su imagen al pie de la cruz representa la fortaleza de una madre que permanece fiel incluso cuando el dolor parece ocuparlo todo.
Santa Catalina de Génova: Noble italiana cuya vida cambió después de una profunda experiencia espiritual. Se entregó al cuidado de pobres y enfermos, dirigió un hospital y dejó importantes reflexiones sobre la purificación interior y el amor divino.
San Nicomedes de Roma: Sacerdote que auxiliaba y sepultaba a cristianos asesinados durante las persecuciones del Imperio romano. Fue descubierto, se negó a sacrificar ante los dioses paganos y recibió el martirio.
San Nicetas el Godo: Cristiano del siglo IV que vivió entre los pueblos godos establecidos cerca del Danubio. Murió quemado durante la persecución ordenada por el rey Atanarico contra quienes profesaban la fe cristiana.
Beato Antonio María Schwartz: Sacerdote austriaco que dedicó su ministerio a los aprendices y jóvenes obreros afectados por la explotación laboral. Fundó una congregación destinada a su acompañamiento religioso, educativo y social.
MIÉRCOLES 16 DE SEPTIEMBRE
San Cornelio, papa: Pontífice del siglo III que defendió la reconciliación de los cristianos arrepentidos después de las persecuciones. Su postura misericordiosa provocó fuertes enfrentamientos y finalmente padeció el destierro.
San Cipriano de Cartago: Obispo, escritor y destacado defensor de la unidad de la Iglesia. Acompañó a su comunidad durante epidemias y persecuciones, hasta ser decapitado por orden de las autoridades romanas.
San Juan Macías: Religioso dominico nacido en España que desarrolló su misión en Lima, Perú. Desde tareas humildes atendió a pobres y enfermos, compartió alimentos y mantuvo una constante vida de oración.
Santa Ludmila de Bohemia: Duquesa cristiana y abuela de san Wenceslao, a quien educó en la fe y en el servicio a su pueblo. Fue asesinada durante una conspiración política impulsada por quienes rechazaban su influencia.
Santa Eufemia de Calcedonia: Joven cristiana martirizada durante la persecución del emperador Diocleciano. La tradición recuerda su resistencia ante las torturas y su negativa a participar en ceremonias dedicadas a las divinidades paganas.
JUEVES 17 DE SEPTIEMBRE
San Roberto Belarmino: Jesuita, cardenal y Doctor de la Iglesia que participó en los grandes debates teológicos de los siglos XVI y XVII. Combinó una extraordinaria preparación intelectual con austeridad personal y sensibilidad hacia los pobres.
Santa Hildegarda de Bingen: Abadesa alemana, mística, escritora, compositora y estudiosa de la naturaleza. Sus obras abordaron la espiritualidad, la música, la medicina y el universo, convirtiéndola en una de las mujeres más brillantes de la Edad Media.
San Lamberto de Lieja: Obispo de Maastricht que padeció destierro antes de recuperar su sede episcopal. Fue asesinado mientras cumplía su ministerio y quedó en la memoria cristiana como defensor de la justicia y la disciplina pastoral.
Santa Columba de Córdoba: Religiosa mozárabe del siglo IX que confesó públicamente su fe durante una época de persecución. Fue condenada y decapitada frente al palacio de las autoridades cordobesas.
San Francisco María de Camporosso: Fraile capuchino conocido por recorrer Génova solicitando ayuda para los necesitados. Durante una epidemia se dedicó a atender a los enfermos y terminó ofreciendo su propia vida por la población afectada.
VIERNES 18 DE SEPTIEMBRE
San José de Cupertino: Fraile franciscano italiano que afrontó grandes dificultades para estudiar y ser admitido al sacerdocio. Sus experiencias místicas y las levitaciones que le atribuye la tradición lo convirtieron en patrono de estudiantes, aviadores y viajeros aéreos.
San Eustorgio de Milán: Obispo del siglo IV que defendió la doctrina cristiana frente al avance del arrianismo. Su fidelidad fue reconocida por san Atanasio, uno de los principales teólogos de aquella controversia.
San Ferréolo de Vienne: Militar romano que se negó a perseguir y detener cristianos. Fue encarcelado, consiguió escapar y, después de ser capturado nuevamente, murió decapitado por mantenerse firme en su fe.
Santa Ricarda de Andlau: Emperatriz que soportó acusaciones injustas y una dolorosa separación matrimonial. Abandonó los privilegios de la corte y se retiró al monasterio de Andlau, fundado por ella misma.
Santo Domingo Trach: Sacerdote dominico vietnamita que desarrolló su ministerio durante una violenta persecución religiosa. Fue decapitado después de negarse a pisotear la cruz como señal de renuncia al cristianismo.
SÁBADO 19 DE SEPTIEMBRE
San Jenaro de Nápoles: Obispo de Benevento martirizado durante las persecuciones de Diocleciano. Es patrono de Nápoles y su memoria permanece ligada a la célebre reliquia de su sangre, venerada durante siglos por los fieles.
San Alonso de Orozco: Sacerdote agustino español, predicador de la corte y autor de numerosas obras espirituales. Aunque estuvo cerca del poder, vivió con sencillez y destinó buena parte de sus recursos a los pobres.
Santa María de Cervelló: Primera religiosa de la rama femenina de la Orden de la Merced en Barcelona. Fue llamada María del Socorro por su asistencia a cautivos, navegantes y personas expuestas a los peligros del mar.
San Teodoro de Canterbury: Monje nacido en Tarso que fue enviado a Inglaterra cuando se acercaba a los setenta años. Como arzobispo de Canterbury reorganizó diócesis, promovió la educación y fortaleció la unidad de la Iglesia inglesa.
Santa Pomposa de Córdoba: Monja del siglo IX que abandonó secretamente su monasterio para confesar públicamente su fe. Fue detenida y degollada, convirtiéndose en una de las mártires cristianas de la Córdoba medieval.





Música para recordar el ayer
/… ESTRELLITA: DE SEVILLA A MÉXICO, UNA VOZ HECHA PARA RECORDAR




Isabel Rincón Bautista comenzó siendo casi una niña frente a las cámaras del cine español y terminó encontrando en México el territorio donde su voz alcanzaría verdadera madurez y popularidad. Conocida simplemente como Estrellita, dejó atrás la imagen de pequeña figura cinematográfica para convertirse durante los años setenta en intérprete de una canción romántica cargada de vulnerabilidad, nostalgia y abandono. “Perdóname” sería su gran emblema, pero alrededor de aquella canción quedaron también “Por creer en ti”, “Quién te dijo que te quiero”, “Dónde andará” y “Con la pasión más grande”, además de varios discos y una relación con el cine mexicano que la llevó a compartir pantalla con Juan Gabriel. Su historia es también la de tantos artistas que tuvieron un periodo breve de enorme luminosidad y, sin embargo, consiguieron dejar una canción suficientemente poderosa para continuar viviendo mucho después de apagados los reflectores.
LA NIÑA SEVILLANA QUE ENCONTRÓ PRIMERO UNA CÁMARA
Isabel Rincón Bautista nació en Sevilla el 6 de mayo de 1949. Su entrada al espectáculo ocurrió cuando todavía era muy joven y España vivía el auge de películas construidas alrededor de figuras infantiles capaces de actuar y cantar. Fue descubierta en el ambiente de la Feria de Abril sevillana y recibió aquel nombre artístico que acabaría acompañándola durante toda su carrera: Estrellita.
El cine llegó antes que la gran fama discográfica. Participó como protagonista en Su alteza la niña, estrenada en 1962, y posteriormente en Han robado una estrella, de 1963. Aquellas películas aprovecharon su juventud, presencia escénica y capacidad para cantar, convirtiéndola en una de las jóvenes promesas surgidas dentro de aquella industria española fascinada por las estrellas infantiles.
Pero crecer suele ser el desafío más difícil para quienes comienzan demasiado pronto. La niña podía desaparecer junto con el personaje que había creado el cine o buscar otra identidad artística. Estrellita tomó el segundo camino.
Aproximadamente una década después, México apareció como el lugar decisivo. Ya no llegaba únicamente aquella adolescente cinematográfica de Sevilla. Llegaba una mujer que podía construir una carrera desde su voz y entrar en uno de los mercados musicales más importantes de habla española.
MÉXICO, “PERDÓNAME” Y LOS AÑOS EN QUE LA RADIO LA HIZO ESTRELLA
Durante los años setenta Estrellita encontró en México su momento de mayor popularidad. Grabó para Cisne-Raff y comenzó a ocupar espacios importantes dentro de la canción romántica. Su repertorio mezclaba balada, melodías de fuerte contenido sentimental y una interpretación que podía transitar entre la dulzura y el dramatismo.
El gran acontecimiento fue “Perdóname”.
La canción entró entre las más populares de México en 1974 y terminó convirtiéndose en su identificación musical más perdurable. Estrellita interpretaba el amor desde la fragilidad: no necesitaba convertir cada verso en grito porque buena parte de su fuerza provenía precisamente de la sensación de estar confesando aquello que cuesta decir.
El éxito no quedó reducido a una sola grabación. “Quién te dijo que te quiero” también alcanzó una importante respuesta del público; posteriormente llegaron “Dónde andará” y “Con la pasión más grande”, consolidando una etapa en la que su nombre apareció repetidamente entre las cantantes románticas escuchadas en México.
Su obra discográfica incluyó títulos como Por creer en ti, Perdóname, En algún lugar y Si no te amase. Dentro de ese universo quedaron canciones como “Por creer en ti”, “Mi página más triste”, “En algún lugar”, “Si te vas a ir”, “Como duele amarte así” y “Enamorada”. El territorio emocional era reconocible: amores difíciles, ausencias, esperanza, despedidas y esa necesidad de continuar creyendo incluso después del desencanto.
México no fue simplemente el mercado donde vendió discos. Se convirtió en el país central de su segunda vida artística.
JUAN GABRIEL Y LA ESTRELLA QUE PERMANECIÓ DENTRO DE UNA CANCIÓN
La trayectoria mexicana de Estrellita volvió a cruzarse con el cine. Participó en Los caciques y, en 1979, apareció junto a Juan Gabriel en En esta primavera. El encuentro tenía además una dimensión musical: ella había interpretado “Dónde andará”, composición del propio Juan Gabriel, integrándose así al enorme universo de intérpretes que encontraron en sus canciones una forma distinta de expresar el sentimiento popular.
Su carrera estuvo asociada también a reconocimientos dentro de la industria musical latinoamericana durante sus años de mayor auge. Sin embargo, como ocurrió con numerosos intérpretes de aquella generación, las transformaciones del mercado fueron desplazando paulatinamente el tipo de balada que había dominado buena parte de la década.
Estrellita no mantuvo indefinidamente la exposición masiva de sus mejores años. Su nombre fue alejándose de las primeras páginas del espectáculo mientras otras voces, otros ritmos y otra industria ocupaban los espacios principales.
Pero existe una diferencia enorme entre desaparecer de las listas y desaparecer de la memoria.
“Perdóname” evitó lo segundo.
Las décadas pasaron y aquella canción continuó encontrando oyentes. Las recopilaciones posteriores recuperaron su repertorio y las plataformas digitales terminaron haciendo algo que nadie habría imaginado cuando Estrellita grababa para Cisne-Raff: poner nuevamente aquellas canciones al alcance de generaciones nacidas mucho después de su época de esplendor.
Su historia contiene así una hermosa paradoja. El nombre artístico que recibió cuando era prácticamente una niña parecía anunciar una carrera construida alrededor del brillo inmediato. Sin embargo, la verdadera permanencia llegó de otra manera.
No fue solamente aquella Estrellita del cine español.
Tampoco únicamente la joven sevillana que llegó a México buscando otro horizonte.
Fue la mujer que encontró una canción capaz de sobrevivirla artísticamente.
Porque hay intérpretes que necesitan centenares de éxitos para permanecer y existen otros a quienes les basta una grabación colocada exactamente en el corazón de una época.
Estrellita tuvo más canciones, discos y películas.
Pero cuando comienza “Perdóname”, todo vuelve.
La radio de los setenta, los viejos tocadiscos, los amores que parecían eternos y una voz española que llegó a México para descubrir que algunas estrellas no necesitan permanecer siempre en el cielo.
A veces basta con que permanezcan encendidas dentro de una canción.
Perdóname (Con Juan Gabriel).
Por Creer En Ti.
Donde Estarás.
/… PABLO ABRAIRA: UNA VOZ QUE APRENDIÓ A SOBREVIVIR A SUS PROPIAS CANCIONES




Del joven madrileño atraído por el rock y el soul al intérprete que hizo de “O tú o nada” y “Gavilán o paloma” dos clásicos de la canción romántica en español, Pablo Abraira construyó una trayectoria que atravesó discos, escenarios, teatro musical y varias generaciones de público. Su historia artística no puede reducirse al éxito monumental de una sola canción: detrás de aquella voz apasionada existe un músico que exploró distintos géneros, asumió personajes como el Che en “Evita” y Jesús en “Jesucristo Superstar”, recorrió América Latina y consiguió algo especialmente difícil en la música popular: continuar siendo reconocido cuando la época que lo convirtió en estrella había terminado.
DEL ROCK DE JUVENTUD AL ENCUENTRO CON LA CANCIÓN ROMÁNTICA
José Pablo Abraira Fernández nació en Madrid el 1 de julio de 1949. Su relación con la música comenzó lejos del personaje de cantante romántico que después lo haría célebre. Durante su juventud escuchó música clásica, pero también quedó atrapado por la revolución sonora de los Beatles, el soul, el blues y el rock que recorrían Europa durante los años sesenta.
Antes de emprender una carrera individual participó en agrupaciones como Los Grimm y Frecuencia. Aquella formación inicial resulta fundamental para comprender su posterior manera de cantar: Abraira nunca fue solamente una voz colocada delante de una orquesta. Había conocido otros lenguajes musicales y aprendido que interpretar significaba apropiarse emocionalmente de una canción.
Su encuentro profesional con el compositor Rafael Pérez Botija resultaría decisivo. En 1976 apareció “O tú o nada”, una canción que encontró rápidamente espacio en la radio y permitió que Abraira dejara de ser una promesa para convertirse en una figura reconocible.
Después llegó la canción que cambiaría definitivamente su vida: “Gavilán o paloma”.
Abraira convirtió aquella historia de seducción, seguridad aparente y vulnerabilidad final en una interpretación profundamente dramática. El hombre que cree dominar el encuentro amoroso termina descubriéndose frágil. Esa inversión emocional encontró una enorme identificación entre el público y convirtió la pieza en uno de los grandes referentes de su repertorio.
LAS CANCIONES, LOS DISCOS Y LA NECESIDAD DE NO SER UN SOLO ÉXITO
El enorme peso de “Gavilán o paloma” ha terminado ocultando algunas veces la amplitud de su obra. Abraira desarrolló durante los años setenta y ochenta un repertorio donde convivieron canciones como “O tú o nada”, “Pólvora mojada”, “Para vivir”, “En el fondo de tus ojos”, “¿Quién tiene un duro de amor?”, “San Francisco” y “30 de febrero”, además de otras grabaciones que consolidaron su presencia dentro de la canción melódica española.
Álbumes como Pablo Abraira, Pólvora mojada, 30 de febrero y posteriormente trabajos como Causalidades fueron construyendo una discografía en la que el amor aparece desde perspectivas diferentes: deseo, pérdida, desencanto, nostalgia y esperanza. Su principal instrumento fue siempre la interpretación. Abraira podía comenzar una canción desde la contención y conducirla hacia una intensidad que hacía parecer autobiográfica una historia escrita por otros.
El éxito español abrió también las puertas de América Latina. Sus canciones encontraron públicos especialmente receptivos en países donde la balada romántica formaba parte central de la radio y la televisión. Así comenzó una relación americana que sobreviviría durante décadas a las transformaciones de la industria.
Pero Abraira no quiso permanecer encerrado dentro del molde del baladista.
El teatro musical le permitió ensanchar su carrera. En 1982 asumió el personaje del Che en “Evita” y, dos años después, enfrentó un desafío todavía mayor al interpretar a Jesús en una producción española de “Jesucristo Superstar”. Era inevitable la comparación con Camilo Sesto, cuya interpretación anterior había dejado una huella enorme, pero Abraira buscó construir su propio personaje.
Posteriormente participó en montajes teatrales como “Marat/Sade”, dirigido por Miguel Narros, confirmando que su relación con el escenario trascendía el formato tradicional del concierto.
EL ARTISTA QUE REGRESA Y LAS CANCIONES QUE SE NIEGAN A ENVEJECER
Como sucede con casi todos los intérpretes de larga trayectoria, cambiaron las modas, las compañías discográficas, las formas de escuchar música y las generaciones. Abraira atravesó periodos de menor exposición pública y otros de regreso. Publicó nuevos trabajos, recuperó parte de su repertorio y volvió reiteradamente a los escenarios españoles y latinoamericanos.
Con el tiempo comprendió también que algunas canciones dejan parcialmente de pertenecer al artista. “Gavilán o paloma” y “O tú o nada” pasaron a formar parte de la memoria sentimental de quienes se enamoraron, sufrieron o se despidieron escuchándolas. Cada nueva interpretación comenzó entonces a cargar no solamente con la historia original de la canción, sino con los recuerdos acumulados por su público.
Ahí se encuentra probablemente la verdadera dimensión de Pablo Abraira.
No solamente en los discos vendidos ni en los años de popularidad, sino en haber sobrevivido artísticamente a la canción que pudo devorarlo. Fue músico antes de convertirse en ídolo romántico; después fue actor, intérprete de teatro musical y cantante capaz de regresar a su repertorio sin fingir que el tiempo permanecía detenido.
Porque el éxito puede conseguir que una voz sea escuchada por millones durante algunos años. La permanencia exige algo distinto.
Pablo Abraira consiguió ambas cosas: tuvo canciones inmensas en su momento y, muchas décadas después, todavía existen personas que necesitan apenas unas notas para reconocerlas y comenzar a cantarlas.
Gavilán o Paloma.
Pólvora Mojada.
O Tú O Nada.

“Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”




Resumen.
SEGUNDA PARTE DEL INGENIOSO CABALLERO DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Diez años después de haber lanzado al mundo a su caballero más improbable, Miguel de Cervantes lo devuelve a los caminos en una segunda parte más profunda, compleja y dolorosamente humana: don Quijote ya no es un desconocido, sus primeras aventuras han sido publicadas y los personajes que encuentra saben quién es, conocen su locura y algunos incluso construyen engaños para convertir sus fantasías en realidad. Junto a Sancho Panza emprende su tercera y última salida, busca a una Dulcinea condenada al encantamiento, enfrenta nuevas aventuras, conoce la crueldad de quienes se divierten a costa de sus sueños y contempla cómo su escudero alcanza finalmente el gobierno prometido y demuestra una inesperada sabiduría. La aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda convierte además la propia literatura en parte de la historia, hasta conducir al verdadero caballero hacia Barcelona, donde sufrirá la derrota que lo obligará a abandonar las armas y regresar a su aldea. Allí ocurrirá la paradoja definitiva: Alonso Quijano recuperará la razón justamente cuando Sancho haya aprendido a soñar, y la muerte del hombre terminará dando comienzo a la inmortalidad del personaje.
Publicada en 1615, diez años después de la primera parte, la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha comienza cuando Alonso Quijano se encuentra nuevamente en su aldea, recuperándose de sus anteriores aventuras. El cura y el barbero lo visitan con la esperanza de comprobar que ha recobrado definitivamente el juicio. Al principio conversa con sensatez, pero en cuanto aparece el tema de los caballeros andantes vuelve a manifestarse su antigua obsesión. Para él siguen siendo verdaderos los principios de la caballería y continúa convencido de que el mundo necesita hombres capaces de defender a los débiles, castigar injusticias y conquistar fama mediante hazañas extraordinarias.
La gran novedad llega con Sansón Carrasco, joven bachiller que informa a don Quijote y Sancho de algo sorprendente: las aventuras que protagonizaron anteriormente han sido publicadas en un libro y son conocidas por numerosos lectores. Don Quijote descubre que ya es un personaje famoso. Sancho también se entera de que sus conversaciones, refranes, ambiciones y desventuras circulan impresos. Ambos preguntan qué se dice de ellos, qué episodios gustan más y de qué manera han sido retratados.
Este recurso transforma por completo la segunda parte. En la primera, don Quijote recorría un mundo que ignoraba quién era y él lo convertía mediante su imaginación en escenario caballeresco. Ahora muchas personas ya conocen sus aventuras y pueden reconocerlo. Algunos incluso utilizarán ese conocimiento para fabricar situaciones destinadas específicamente a él.
Pese a los esfuerzos de su familia y amigos, don Quijote decide realizar una tercera salida. Sancho vuelve a acompañarlo. Sigue esperando recibir algún día la ínsula que su amo le prometió, aunque entre ambos existe ya una relación mucho más profunda que el simple interés del escudero por una recompensa.
Uno de los primeros objetivos es visitar a Dulcinea del Toboso. El problema es que Sancho nunca conoció realmente a la dama idealizada por su amo y tampoco había cumplido correctamente algunas encomiendas relacionadas con ella. Para escapar de la dificultad, señala a tres campesinas que vienen por el camino y asegura que una es Dulcinea acompañada de sus doncellas.
Pero sucede algo fundamental: don Quijote ve campesinas.
En otras aventuras era él quien transformaba la realidad. Donde existían molinos veía gigantes; donde había ventas encontraba castillos. Esta vez Sancho intenta imponerle una fantasía y don Quijote no consigue verla. Incapaz de aceptar que su amada sea aquella mujer vulgar, concluye que algún encantador enemigo ha transformado a Dulcinea. Desde ese momento, el supuesto encantamiento de su dama se convierte en una preocupación permanente.
Mientras tanto, Sansón Carrasco ha concebido un plan para obligar a don Quijote a regresar definitivamente a su casa. Se disfraza de caballero y, bajo el nombre de Caballero de los Espejos o del Bosque, lo desafía. Pretende vencerlo y exigirle como condición que abandone las aventuras. Sin embargo, el plan fracasa: don Quijote derrota a Sansón. La medicina destinada a curar su locura termina fortaleciendo su convicción de que realmente es un extraordinario caballero.
Durante el camino conoce a don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, hombre sensato y moderado que queda desconcertado ante la personalidad de don Quijote. Cervantes muestra nuevamente la gran contradicción del protagonista: puede sostener conversaciones inteligentes, expresar juicios profundos y comportarse con enorme dignidad, pero inmediatamente después cometer alguna acción completamente disparatada impulsado por sus fantasías.
Así ocurre en la aventura de los leones. Don Quijote encuentra un carro que transporta dos fieras destinadas al rey y exige que abran una jaula para combatir contra el animal. El encargado intenta convencerlo del peligro, pero él insiste. Finalmente abren la puerta. El león, lejos de atacarlo, simplemente se asoma, bosteza y vuelve a echarse.
Don Quijote interpreta aquella indiferencia como una victoria. Si el león no quiso enfrentarlo, piensa, es porque reconoció su valentía. Desde entonces decide llamarse Caballero de los Leones.
Más adelante llegan las bodas de Camacho. Quiteria está comprometida con Camacho, hombre rico, aunque ama a Basilio, joven pobre. Durante la celebración Basilio aparenta clavarse una espada y, supuestamente agonizante, pide como último deseo casarse con Quiteria. Celebrado el matrimonio, revela que todo había sido una estratagema. Camacho y sus partidarios quieren reaccionar violentamente, pero don Quijote interviene en defensa de los enamorados.
El episodio contrapone riqueza y amor, conveniencia y libertad. Don Quijote, tantas veces equivocado al interpretar la realidad, se coloca moralmente del lado de quienes desean decidir su propia vida.
Después llega uno de los episodios más misteriosos: la cueva de Montesinos. Don Quijote desciende sujeto con una cuerda y permanece dentro durante algún tiempo. Cuando lo sacan, asegura haber vivido una experiencia extraordinaria. Cuenta que encontró personajes encantados relacionados con las antiguas historias caballerescas y afirma incluso haber contemplado allí a Dulcinea.
Cervantes deja abierta la duda. No sabemos con absoluta certeza si don Quijote soñó, inventó deliberadamente la historia o creyó realmente haber vivido aquello. La frontera entre imaginación y realidad se vuelve cada vez más difícil de establecer.
En el camino aparecen también Maese Pedro y su retablo de títeres. Durante la representación, don Quijote se involucra tanto emocionalmente en la historia que termina atacando los muñecos para salvar a los personajes perseguidos. Destruye buena parte del retablo y después debe reconocer los daños. Una vez más, la ficción se vuelve para él una realidad que exige intervención inmediata.
También aparece la aventura del barco encantado. Don Quijote y Sancho encuentran una embarcación sin dueño y el caballero interpreta que está destinada a conducirlos hacia una nueva misión. Se embarcan y terminan cerca de unas aceñas, donde nuevamente la imaginación del hidalgo convierte una situación ordinaria en peligro caballeresco.
Mientras avanzan las aventuras se produce una transformación silenciosa. Don Quijote comienza a mostrar momentos cada vez mayores de lucidez y Sancho, que inicialmente representaba el sentido práctico, empieza a participar con creciente naturalidad en el universo imaginativo de su amo. Después de tanto tiempo juntos, cada uno ha comenzado a incorporar algo del otro.
LOS DUQUES Y BARATARIA: LA GRAN BURLA Y EL INESPERADO GOBERNANTE SANCHO PANZA
El encuentro con los duques constituye una de las partes más extensas e importantes de la novela. Ellos han leído las aventuras anteriores de don Quijote y Sancho y saben perfectamente quiénes son. Al encontrarlos deciden divertirse convirtiendo sus fantasías en enormes representaciones.
Aquí ocurre una inversión decisiva.
Antes, don Quijote fabricaba castillos, princesas y gigantes mediante su imaginación. Ahora son otras personas quienes construyen deliberadamente una realidad falsa para engañarlo.
Los duques poseen dinero, servidores y propiedades suficientes para organizar elaboradas burlas. Reciben a don Quijote como si verdaderamente fuera un célebre caballero andante. Lo tratan con ceremonias, lo honran y preparan situaciones destinadas a confirmar sus creencias.
Don Quijote queda maravillado. Finalmente parece haber llegado a un lugar donde todos reconocen su verdadera condición.
Pero el lector sabe que todo es una representación.
Cervantes comienza entonces a plantear una pregunta incómoda: ¿quién está realmente más equivocado, el loco que cree sinceramente en sus ideales o los cuerdos que utilizan su inteligencia y poder para humillarlo?
Una de las burlas gira alrededor del encantamiento de Dulcinea. Mediante una compleja representación aparece Merlín y anuncia que la dama solamente podrá recuperar su verdadera apariencia si Sancho se propina miles de azotes. Sancho, naturalmente, no encuentra ninguna razón para castigarse por un encantamiento que él mismo ayudó a inventar. A partir de entonces, don Quijote insistirá continuamente en que cumpla la penitencia.
Otra gran representación es la aventura de la condesa Trifaldi, conocida como la Dueña Dolorida. Los duques organizan una historia fantástica que conduce a don Quijote y Sancho hasta Clavileño, supuesto caballo volador de madera sobre el cual deberán viajar para solucionar el encantamiento.
Ambos montan con los ojos vendados.
Los criados utilizan fuelles para producir viento y hacerles creer que vuelan. Después acercan fuentes de calor para simular que atraviesan regiones celestes. Finalmente hacen estallar los artificios colocados en Clavileño y don Quijote y Sancho terminan en el suelo.
La escena es cómica, pero también cruel. Los poderosos se divierten utilizando la inocencia y la locura de sus huéspedes.
Durante su estancia, don Quijote vive además el episodio de Altisidora, joven que finge enamorarse desesperadamente de él. La burla pretende poner a prueba su fidelidad a Dulcinea. Don Quijote rechaza las insinuaciones porque se considera absolutamente fiel a su dama, incluso cuando ésta solamente existe para él como ideal.
Pero la promesa más importante hecha a Sancho desde el comienzo de sus aventuras finalmente parece cumplirse: los duques deciden concederle el gobierno de una ínsula.
Se trata, naturalmente, de otra burla.
La supuesta ínsula de Barataria no es una isla, sino una población preparada para hacer creer a Sancho que verdaderamente se ha convertido en gobernador.
Antes de que parta, don Quijote le ofrece una extraordinaria serie de consejos. Le recomienda conocerse a sí mismo, no avergonzarse de su origen humilde, actuar con justicia, escuchar al pobre y al rico, evitar la arbitrariedad, gobernar con prudencia y no dejarse corromper por el poder.
La escena es fundamental porque nuevamente el supuesto loco demuestra una lucidez moral extraordinaria.
Sancho llega a Barataria y ocurre algo que los duques probablemente no esperaban: gobierna bien.
Aunque carece de educación académica y experiencia administrativa, posee sentido común. Escucha problemas, descubre engaños y dicta resoluciones inteligentes. Cervantes muestra que la sabiduría práctica puede encontrarse en un campesino aparentemente ignorante y faltar en personas socialmente mucho más importantes.
Entre los casos que debe resolver aparece el famoso problema del hombre acusado de esconder dinero dentro de un bastón. Sancho comprende el engaño y consigue descubrir dónde se encuentra realmente lo reclamado. En otros conflictos utiliza observación, lógica y conocimiento de la naturaleza humana.
Sin embargo, gobernar se convierte rápidamente en una experiencia agotadora.
Un médico, Pedro Recio de Tirteafuera, controla rigurosamente su alimentación y prácticamente no le permite comer. Cada plato que Sancho desea probar es retirado con el argumento de que puede perjudicar su salud. El hombre que soñaba con convertirse en gobernador descubre que el poder también puede significar hambre, vigilancia y falta de libertad.
Finalmente los organizadores simulan un ataque nocturno contra Barataria. Sancho es equipado torpemente para defenderla y termina aplastado entre escudos, golpeado y exhausto.
Entonces toma una decisión fundamental.
Renuncia.
Sancho abandona voluntariamente el poder.
No intenta enriquecerse. No se aferra al cargo. No roba aquello que puede antes de marcharse. Prefiere recuperar su antigua libertad.
La experiencia demuestra cuánto ha cambiado. Al comienzo de la novela seguía a don Quijote principalmente porque soñaba con gobernar una ínsula. Cuando finalmente obtiene aquello que deseaba, descubre que no vale la pena perderse a sí mismo por conservarlo.
Durante su regreso encuentra a Ricote, antiguo vecino morisco de su pueblo que había sido expulsado de España. El episodio permite a Cervantes introducir el drama de los moriscos expulsados y mostrar las consecuencias humanas de las decisiones políticas. Ricote habla de su familia, del destierro y del deseo de recuperar bienes que dejó ocultos.
Sancho finalmente vuelve con don Quijote.
Para entonces su relación ha cambiado profundamente. Ya no son simplemente amo y escudero. Son compañeros unidos por innumerables caminos, conversaciones, derrotas, engaños y esperanzas.
Después abandonan el palacio de los duques y recuperan el camino. Don Quijote siente alivio al regresar a los espacios abiertos. Aunque los duques lo trataron aparentemente como gran caballero, aquella vida estaba construida sobre una mentira organizada por otros.
En libertad, al menos, vuelve a ser dueño de sus propios errores.
Durante esta etapa aparece también el problema del Quijote apócrifo. En 1614 había sido publicada una continuación falsa de las aventuras firmada por Alonso Fernández de Avellaneda. Cervantes convierte la existencia real de ese libro en parte de su propia novela.
Don Quijote se entera de que circula una historia protagonizada por otro hombre que utiliza su nombre.
Se indigna.
En aquel libro apócrifo, el personaje había viajado hacia Zaragoza. Para demostrar que él es el verdadero don Quijote, el protagonista de Cervantes decide cambiar su ruta y dirigirse a Barcelona.
El personaje comienza así a defender su propia identidad frente a una copia literaria.
En el trayecto conocen a Roque Guinart, bandolero catalán inspirado en un personaje histórico. Cervantes lo presenta de manera compleja, evitando convertirlo simplemente en un criminal caricaturesco. Guinart trata con consideración a don Quijote y Sancho y facilita posteriormente su llegada a Barcelona.
El viaje entra entonces en su fase definitiva.
BARCELONA, LA DERROTA Y LA MUERTE: EL FINAL DE DON QUIJOTE Y EL REGRESO DE ALONSO QUIJANO
Barcelona ocupa un lugar especial en la segunda parte porque es uno de los pocos espacios urbanos reales y reconocibles donde Cervantes sitúa extensamente las aventuras.
Don Quijote contempla por primera vez el mar. La inmensidad de las aguas produce en él una profunda impresión. Después de tantos caminos manchegos, ventas, montes y aldeas, llega a una ciudad abierta al Mediterráneo y descubre una realidad que no necesita transformar para resultar extraordinaria.
En Barcelona es recibido por Antonio Moreno, quien también conoce su fama y organiza nuevas diversiones a costa del caballero. Entre ellas aparece una cabeza supuestamente encantada que responde preguntas, aunque después se descubre que todo funciona mediante un mecanismo oculto.
Don Quijote visita además una imprenta.
La escena posee una enorme importancia simbólica. El personaje convertido en libro entra precisamente al lugar donde los libros son fabricados. Allí descubre incluso referencias a la continuación apócrifa de Avellaneda y vuelve a manifestar su rechazo hacia quien ha utilizado falsamente su identidad.
También participa en el episodio relacionado con Ana Félix, hija de Ricote, cuya historia vuelve sobre el drama de los moriscos expulsados. Cervantes introduce así dentro de las aventuras caballerescas algunos de los grandes conflictos sociales y políticos de la España de su tiempo.
Pero el acontecimiento decisivo ocurre en la playa de Barcelona.
Sansón Carrasco no ha renunciado a su propósito de llevar a don Quijote de regreso a casa. Vuelve disfrazado, ahora como el Caballero de la Blanca Luna, y lo desafía públicamente.
Las condiciones son claras.
Si don Quijote pierde, deberá abandonar las armas y regresar a su aldea durante un año.
El combate es breve.
Don Quijote cae derrotado.
El Caballero de la Blanca Luna exige que reconozca las condiciones pactadas. Sin embargo, incluso vencido, don Quijote se niega a admitir que exista una mujer más hermosa que Dulcinea. Puede aceptar su derrota física, pero no renunciar al ideal que ha sostenido toda su existencia.
Sansón no quiere matarlo. Su objetivo es obligarlo a regresar y conseguir finalmente que abandone la caballería.
Don Quijote acepta.
La derrota en Barcelona representa mucho más que perder un combate. Por primera vez alguien consigue imponerle, utilizando las propias reglas de la caballería, la obligación de dejar de ser caballero andante.
Comienza entonces el regreso.
El tono de la novela cambia profundamente. Las aventuras empiezan a adquirir sabor de despedida. Don Quijote ya no avanza hacia una nueva hazaña; vuelve al lugar del que salió.
Sin embargo, todavía intenta encontrar una manera de mantener viva la imaginación. Si durante un año no puede ejercer la caballería, propone convertirse en pastor. Imagina nombres pastoriles para él, Sancho y sus amigos. Sueña con recorrer campos, cantar amores y vivir las aventuras propias de las novelas pastoriles.
Don Quijote todavía busca una puerta para escapar de una realidad que empieza a cerrarse sobre él.
Sancho, mientras tanto, continúa enfrentándose al problema de los azotes necesarios para desencantar a Dulcinea. Finalmente encuentra la manera de simularlos: golpea árboles mientras su amo escucha los sonidos y cree que el escudero está cumpliendo la penitencia.
La escena demuestra nuevamente cuánto se han invertido sus papeles. Sancho, que comenzó siendo el hombre práctico frente al soñador, ahora trabaja para mantener viva una ilusión de don Quijote.
Durante el regreso ambos continúan conversando, discutiendo y recordando sus experiencias. Pero algo ha cambiado. La derrota pesa sobre el caballero.
Finalmente llegan a su aldea.
Don Quijote regresa a casa.
Poco después enferma. Una fiebre lo obliga a permanecer en cama. Sus amigos y familiares se preocupan. Después de dormir durante muchas horas despierta y anuncia algo inesperado.
Ha recuperado completamente la razón.
Ya no quiere ser don Quijote de la Mancha.
Dice ser nuevamente Alonso Quijano.
Reniega de los libros de caballerías que habían dominado su imaginación y reconoce como falsedades aquellas historias que durante años consideró verdaderas. Sus familiares deberían alegrarse: finalmente ha sucedido aquello que deseaban desde el comienzo.
Pero nadie celebra.
Porque la recuperación de la razón viene acompañada por la cercanía de la muerte.
Alonso Quijano pide confesarse, arregla sus asuntos y hace testamento. Dispone de sus bienes y recuerda a quienes han formado parte de su vida. Incluso establece condiciones relacionadas con su sobrina para evitar que se case con un hombre aficionado a los libros de caballerías.
Sancho se desespera.
Y entonces ocurre una de las transformaciones más hermosas de toda la novela.
El hombre que durante tanto tiempo intentó sobrevivir a las locuras de su amo ahora le pide que no sea sensato.
Sancho quiere volver a salir.
Le recuerda el proyecto de convertirse en pastores.
Todavía pueden recorrer caminos.
Todavía pueden vivir aventuras.
Todavía existe tiempo para imaginar otra historia.
Es Sancho quien intenta devolver a don Quijote al mundo de los sueños.
Pero ya es demasiado tarde.
Alonso Quijano sabe que está muriendo.
Sus amigos permanecen junto a él. Después de recibir los sacramentos y concluir sus disposiciones, muere en su cama.
Cervantes cierra así definitivamente la historia. Cide Hamete Benengeli, supuesto autor de la crónica que Cervantes ha utilizado durante toda la obra como recurso narrativo, reclama para sí la historia del verdadero don Quijote e impide simbólicamente que otros escritores vuelvan a apropiarse del personaje, clara respuesta al libro de Avellaneda.
La muerte posee, sin embargo, una paradoja extraordinaria.
Durante toda la novela parecía que la recuperación de la razón sería la salvación de Alonso Quijano. Su familia quería curarlo. El cura y el barbero querían curarlo. Sansón Carrasco organizó sus disfraces precisamente para curarlo.
Finalmente recupera la razón.
Y muere.
Mientras estuvo loco, don Quijote tuvo siempre un motivo para levantarse. Había gigantes que derrotar, princesas que defender, agravios que reparar, caminos que recorrer y una Dulcinea a quien amar.
Alonso Quijano cuerdo ya no tiene aventuras pendientes.
La segunda parte termina así completando también la transformación de los dos protagonistas.
Don Quijote comenzó absolutamente dominado por la imaginación y progresivamente fue acercándose a la realidad.
Sancho comenzó completamente pegado a las necesidades materiales y poco a poco aprendió a imaginar.
Uno se fue “sanchificando”.
El otro se fue “quijotizando”.
Al principio Sancho acompañaba a su amo porque quería una ínsula. Al final está dispuesto a renunciar a cualquier ínsula con tal de conservar a su amigo.
Don Quijote, por su parte, fracasa prácticamente en todos sus objetivos materiales. No restaura la caballería andante. No desencanta verdaderamente a Dulcinea. No conquista reinos. No obtiene riquezas. Es engañado, golpeado, burlado y finalmente derrotado.
Y, sin embargo, su fracaso material termina convertido en una inmensa victoria literaria y humana.
Porque Cervantes deja abierta una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿quién está verdaderamente loco?
Don Quijote confunde muchas veces la realidad, pero cree en la justicia, la palabra empeñada, la defensa del débil, la libertad y el amor.
Los duques conocen perfectamente la realidad y utilizan esa inteligencia para divertirse humillando a otros.
Sancho carece de estudios y, cuando recibe poder, demuestra prudencia.
Muchos personajes considerados sensatos poseen riqueza, posición y educación, pero carecen de la nobleza que aparece constantemente en aquel hombre ridículo montado sobre Rocinante.
Por eso el final de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha es profundamente triste y, al mismo tiempo, luminoso.
Muere Alonso Quijano.
Terminan sus caminos.
Rocinante ya no volverá a llevarlo hacia ninguna aventura.
Sancho pierde al compañero con quien aprendió que el mundo podía ser algo más que aquello que tenía delante.
Pero don Quijote no desaparece.
Cervantes consigue que sobreviva precisamente porque lo hace morir.
Desde entonces, cada generación vuelve a encontrarlo cabalgando contra aquello que los demás consideran imposible. Su nombre termina representando al hombre capaz de perseguir un ideal incluso cuando la realidad se burla de él.
Ésa es la grandeza final de la segunda parte: comienza con un personaje que descubre que ya es famoso y termina con un hombre que todavía no sabe que será inmortal.
Alonso Quijano recuperó la razón justo antes de morir.
Don Quijote, en cambio, salió de aquella habitación para no morir nunca.
(By Notas de Libertad).
*Si Quieres escuchar: *La Trilogía Del Quijote.
—Paloma San Basilio & José Sacristán—
Yo Soy Yo, Don Quijote.
Sueño Imposible.
Dulcinea.





/… SIETE VIDAS EN CARNE VIVA
Cinco existencias forjadas entre las minas, el cuero, el azúcar, la pólvora y el barro de Guanajuato; dos vidas levantadas entre las heridas históricas y las madrugadas musicales de la Ciudad de México: siete seres empujados hasta el límite por el dolor, la furia, el amor, la memoria y una alegría tan feroz que se niega a morir
1.- EL HOMBRE QUE ESCUPIÓ LA MINA
Desde que un derrumbe convirtió a su padre en polvo y le entregaron la pala del muerto para cobrarle hasta el ataúd, Juvencio Barrón vivió con una mina excavándole el cuerpo: creció bajo la tierra, escondió plata en sus botas, amó con desesperación en los callejones de Guanajuato y sobrevivió a una traición que le robó medio siglo, hasta que sus pulmones enfermos le exigieron subir por última vez hacia la luz
LA PALA QUE TODAVÍA CONSERVABA EL CALOR DEL MUERTO
El día en que murió su padre, Juvencio Barrón tenía doce años, una camisa remendada en los codos y las uñas todavía limpias. Hilario lo despertó antes del amanecer, le revolvió el cabello y se sentó junto a él para ponerse las botas. La lámpara descansaba sobre la mesa; la pala, contra una pared. Afuera, Guanajuato continuaba dormido debajo de un cielo sin color, mientras los mineros caminaban hacia la tierra como hombres citados por una oscuridad que conocía sus nombres.
—Hoy voy contigo —dijo Juvencio.
Hilario negó con la cabeza. Le explicó que todavía era demasiado pequeño, aunque al pronunciar aquellas palabras miró las manos del muchacho y comprendió que la pobreza no tardaría en desmentirlo.
—Entonces tráeme algo.
—¿Qué quieres?
—Una piedra que brille.
Hilario sonrió.
—Si encuentro una, te la traigo.
—No te olvides.
—No me olvido de ti nunca.
Hilario salió de la casa con la lámpara en una mano y el morral sobre el hombro. Antes de doblar la esquina levantó el brazo para despedirse. Juvencio volvió a acostarse sin saber que aquella mano suspendida en la madrugada sería la última parte de su padre que conservaría completa en la memoria.
Horas después, la tierra rugió.
No fue un sonido parecido al trueno, porque los truenos ocurren arriba y terminan perdiéndose en el cielo. Aquel estruendo nació debajo de las casas, hizo temblar los vidrios y levantó una nube de polvo sobre el cerro. Los perros comenzaron a ladrar. Las mujeres abandonaron los lavaderos, las cocinas y los tendederos, y corrieron hacia la mina con los mandiles puestos, como si el infierno acabara de pronunciar los nombres de sus maridos.
Rufina llegó descalza. Juvencio corría detrás de ella, tratando de no perderla entre la multitud. Frente a la entrada había capataces dando órdenes, hombres cargando maderos y familias buscando un rostro conocido entre los mineros que lograban salir. Algunos aparecían caminando, cubiertos de polvo y con los ojos desorbitados. Otros eran llevados sobre tablas. Cada cuerpo que surgía de la oscuridad arrancaba un grito o devolvía una esperanza.
—¡Hilario! —llamaba Rufina—. ¡Hilario!
La mina no respondía.
Juvencio observó durante horas la boca negra del socavón. Pensó que su padre aparecería en cualquier momento, tosiendo, sosteniendo la piedra prometida y disculpándose por la tardanza. Cuando cayó la tarde, dejó de imaginarlo caminando. Cuando llegó la noche, comenzó a pedir únicamente que lo sacaran.
Lo encontraron debajo de una bóveda desprendida. El derrumbe lo había aplastado de tal manera que no pudieron recuperar su cuerpo completo. Un capataz se acercó a Rufina y le explicó la situación con palabras torpes, evitando mirarla a los ojos. Ella no gritó. Permaneció inmóvil, apretando la mano de su hijo, hasta que un hombre entregó un costal donde habían colocado lo que consiguieron rescatar.
Rufina cayó de rodillas.
Juvencio miró aquel bulto y comprendió que el cuerpo capaz de cargarlo sobre los hombros, levantar vigas y partir piedras había terminado reducido a un peso que dos hombres llevaban sin esfuerzo.
El ataúd permaneció cerrado durante el velorio. Rufina apoyaba la frente sobre la madera y acariciaba la tapa como si buscara la cabeza de Hilario. Juvencio se sentó junto a ella. En un rincón descansaban la lámpara golpeada, el morral vacío y la pala de su padre.
No había ninguna piedra brillante.
Después del entierro, el administrador de la mina hizo las cuentas. Descontó la deuda de la tienda, los días que Hilario ya no trabajaría, el equipo utilizado para recuperar sus restos y una parte de los gastos funerarios. Al terminar, la muerte no dejó indemnización: dejó un adeudo.
—¿Nos están cobrando por sacarlo? —preguntó Rufina.
—Se utilizaron hombres, madera y herramientas —contestó el administrador.
—Era trabajador de ustedes.
—Pero el entierro corresponde a la familia.
Juvencio escuchó sin comprender cómo un hombre podía morir trabajando y todavía quedar debiendo. A los pobres, pensó muchos años después, hasta la muerte les llega a crédito.
La mañana siguiente, el capataz Laureano Alcocer se presentó en la casa. Colocó la pala de Hilario junto a la puerta y anunció que Juvencio podía comenzar el lunes. Una parte de su jornal sería retenida hasta cubrir el ataúd.
—Tiene doce años —dijo Rufina.
—Hilario también comenzó joven.
Juvencio miró la pala. El mango conservaba polvo seco del derrumbe y una mancha oscura que nadie había limpiado.
—¿Cuánto tiempo tendré que trabajar para terminar de enterrar a mi padre?
Laureano frunció el ceño.
—El tiempo que haga falta.
Rufina intentó negarse. Dijo que lavaría más ropa, vendería los pocos muebles y pediría prestado. Pero Juvencio sabía que en la casa quedaban solamente unas tortillas, que el propietario reclamaría la renta y que el hambre no respetaba el luto.
La noche anterior a su primer día en la mina, Rufina lavó la camisa de su hijo. La remendó a la luz de una vela y permaneció junto a él mientras dormía. Contempló sus pestañas, sus mejillas infantiles y las manos que al amanecer dejarían de pertenecerle a un niño.
Cuando todavía estaba oscuro, le preparó un poco de atole. Juvencio apenas pudo beberlo. Rufina tomó la pala de Hilario, limpió el mango con su delantal y se la entregó.
—No dejes que te quite todo —le dijo.
—¿Quién?
—La mina.
Juvencio quiso preguntarle qué podía quitarle además de su padre, pero no lo hizo. Besó a su madre y salió. Al colocar la pala sobre el hombro sintió que cargaba el brazo amputado de Hilario.
Descendió por primera vez entre túneles húmedos, vigas crujientes y hombres que parecían sombras empujando otras sombras. El aire estaba lleno de polvo, sudor y un sabor metálico que se adhería a la lengua. Después de varias horas sintió tierra entre los dientes.
Anselmo, un minero viejo, lo observó escupir.
—No abras tanto la boca, muchacho.
—¿Por qué?
—Porque aquí abajo hasta la oscuridad se come.
Juvencio tardó años en comprender que Anselmo no había utilizado una metáfora.
La mina comenzó a instalarse dentro de él. Primero entró por las uñas, después por la garganta y finalmente encontró alojamiento en los pulmones. A los catorce años tenía los hombros de un hombre; a los dieciséis, las manos de un anciano. Aprendió a distinguir el lamento de una viga antes de que cediera, a escuchar el agua caminando detrás de la roca y a reconocer el instante en que un túnel dejaba de ser camino para convertirse en tumba.
Rufina lo esperaba cada tarde junto a la puerta. Cuando Juvencio aparecía al final de la calle, cubierto de polvo, ella respiraba. Nunca le preguntaba cómo había estado el trabajo. Le bastaba saber que la mina lo había devuelto.
Tres años después terminaron de pagar el ataúd. El administrador entregó a Juvencio una hoja con varias cifras y una firma.
—Ya no debes nada.
El muchacho sostuvo el documento.
—¿Entonces mi padre ya puede descansar?
—Tu padre lleva tres años descansando.
—No mientras ustedes siguieran cobrándolo.
Salió sin dar las gracias. Rufina lo esperaba afuera. Cuando Juvencio colocó el recibo en sus manos, ella lo besó y lo guardó junto a la fe de bautismo de Hilario. Después lloró con una profundidad antigua, no sólo por el marido enterrado, sino por el hijo que había bajado a la mina siendo niño y regresaba con dieciséis años y una mirada que ya parecía haber vivido demasiado.
LA MUJER QUE LE ABRIÓ UNA VENTANA A LA OSCURIDAD
A los diecinueve años, Juvencio comenzó a ocultar pequeñas piedras de mineral dentro de las botas. Durante años había visto salir de la montaña riquezas suficientes para levantar palacios, mientras quienes las arrancaban de la tierra regresaban a viviendas donde faltaba aceite para las lámparas. Los administradores llamaban robo a llevarse una piedra. Nadie encontraba un nombre para llevarse los pulmones de un hombre.
Anselmo le enseñó a caminar sin que el peso modificara sus pasos. Le advirtió que el miedo comenzaba a notarse en las rodillas y que, si lo descubrían, lo golpearían hasta que confesara sus delitos y también los ajenos.
—¿Vale la pena? —preguntó Juvencio.
—Nada de esto vale la pena. Pero el hambre tampoco pregunta.
Vendía el mineral a un intermediario y entregaba casi todo el dinero a Rufina. Reparó el techo, compró una cama y consiguió medicamentos para la tos de su madre. Por primera vez hubo carne en la mesa durante dos domingos consecutivos.
—Te están pagando mejor —comentó ella.
—Estoy trabajando más.
Rufina observó las botas de su hijo. Sabía que una jornada más larga no producía ese dinero.
—La plata también ensucia, Juvencio. Nada más que su polvo no siempre se ve.
Él bajó la mirada. Su madre comprendió y no volvió a preguntarle. La pobreza posee una moral dolorosa: condena aquello que algunas veces necesita para sobrevivir.
En aquellos años conoció a Leonor Alcocer, la hija del capataz que le había entregado la pala de Hilario. La vio en un callejón, tratando de recuperar un pañuelo azul que el viento había llevado hasta una cornisa. Juvencio escaló por una pared, alcanzó la tela y se la devolvió.
Leonor acercó el pañuelo al rostro y percibió el olor mineral de sus manos.
—Ahora huele a mina.
—Todo Guanajuato huele a mina.
—Tú más.
—Es que yo trabajo horas extras.
Ella rio. Aquella risa tenía algo que Juvencio no había conocido bajo la tierra: tenía espacio, aire, una claridad donde era posible respirar sin miedo.
Leonor sabía leer, tocaba el piano y había sido educada para casarse con un hombre que no llegara a su casa con las uñas negras. Juvencio apenas había cursado algunos años de escuela y cargaba en el pecho un porvenir de polvo. Entre los dos se levantaban el apellido Alcocer, el dinero, el capataz y una ciudad donde hasta los callejones parecían construidos para proteger los secretos.
Comenzaron a encontrarse de noche. Leonor bajaba por una puerta trasera y Juvencio la esperaba donde dos balcones casi se tocaban. Caminaban por calles estrechas, subían escalinatas y se escondían en rincones donde la luz de los faroles llegaba cansada. Él le hablaba de las profundidades de la mina; ella le contaba cómo se veía la ciudad desde las ventanas de su casa.
Una noche, Leonor llevó un libro de poemas y comenzó a leer.
—No entiendo por qué dicen las cosas de una manera tan complicada —protestó Juvencio.
—Porque existen sentimientos que no caben en las palabras sencillas.
—Yo puedo decirte que te quiero sin darle tantas vueltas.
Leonor cerró el libro y lo miró.
—Dímelo.
Juvencio quiso hacerlo. Sin embargo, la frase se le quedó detenida en la garganta.
—¿Ves? —susurró ella—. Por eso existen los poemas.
Él la besó. No lo hizo con timidez, sino con el hambre de quien había pasado toda la vida respirando polvo y acababa de descubrir el aire. Leonor lo abrazó sin importarle la camisa sucia, el olor a humedad ni la negrura que Juvencio llevaba bajo las uñas.
Su amor no tuvo tiempo para aprender delicadezas. Nació perseguido y creció defendiéndose. Se besaban con la urgencia de quienes sabían que cualquier encuentro podía ser el último. Discutían, se despedían para siempre y se buscaban dos noches después como si hubieran sobrevivido una separación de años. Leonor limpiaba con su pañuelo las manos de Juvencio, pero la tela siempre terminaba oscura.
—Nunca voy a conseguir quitarte toda esta tierra —decía.
—Con que no me tengas miedo es suficiente.
Soñaron con marcharse. Leonor imaginaba una casa pequeña lejos de la mina, con ventanas grandes y una mesa junto al sol. Juvencio aceptaba cada detalle, aunque nunca había pensado que las ventanas pudieran tener importancia.
—¿Para qué las quieres tan grandes? —preguntó.
—Para que entre la luz.
—Con una puerta me conformo.
—También tendrá una puerta.
—Entonces ya será mejor que la mina.
Juvencio comenzó a guardar dinero para la fuga. El único que conocía el plan era Cástulo Rivas, compañero de trabajo y amigo suyo desde la adolescencia. Habían compartido alimentos, peligros y jornadas interminables. Cástulo también participaba en el contrabando de mineral, pero escondía otro secreto: llevaba años enamorado de Leonor.
Laureano comenzó a sospechar de los robos. Una madrugada reunió a los trabajadores y prometió dinero y un ascenso a quien entregara al responsable. Durante tres días, Cástulo se mantuvo callado. Al cuarto, permitió que los celos terminaran de pudrirle la lealtad.
Reveló dónde escondía Juvencio el mineral, quién se lo compraba y en qué callejón se encontraba con Leonor.
La noche en que los amantes habían acordado escapar, varios hombres esperaron a Juvencio a la salida de la mina. Le ordenaron quitarse las botas. Las piedras cayeron sobre el suelo una por una.
Laureano lo golpeó en el rostro.
—Ladrón.
Juvencio escupió sangre.
—Ladrón es quien saca una fortuna de la tierra y les paga hambre a los hombres.
Lo encerraron en una bodega y lo golpearon durante horas. Querían conocer los nombres de sus cómplices. Juvencio no entregó a nadie. Al amanecer, Laureano colocó frente a él una declaración firmada por Leonor. El documento afirmaba que ella jamás lo había amado, que Juvencio la perseguía y que le había contado sus robos para impresionarla.
Él reconoció la firma.
Sintió que algo se derrumbaba dentro de su pecho. No fue un dolor nuevo. Fue la misma bóveda desprendiéndose, el mismo estruendo que había sepultado a Hilario, pero esta vez no había hombres cavando para rescatarlo.
—Quiero verla.
—Ella no quiere verte.
—Que venga a decírmelo.
—Ya lo escribió.
Juvencio fue entregado a las autoridades y permaneció varios meses encarcelado. La empresa retiró después la acusación a cambio de que guardara silencio sobre las condiciones de la mina. Cuando salió, Leonor se había marchado de Guanajuato. Su padre aseguró que estaba comprometida con un comerciante.
Cástulo ocupaba ahora un puesto de confianza.
Juvencio lo encontró una tarde y comprendió todo al descubrir que su antiguo amigo no podía mirarlo.
—Fuiste tú.
Cástulo no intentó negarlo.
—Yo también la quería.
—No. Tú querías quitármela. Amar a alguien no es destruir aquello que ama.
Pelearon en medio de la calle. Juvencio lo derribó y levantó una piedra dispuesto a destrozarle el rostro. Sin embargo, al verlo en el suelo comprendió que matarlo no le devolvería a Leonor. Soltó la piedra.
—Vas a vivir sabiendo lo que hiciste.
—Tú también.
Aquellas dos palabras fueron la verdadera venganza de Cástulo.
Juvencio volvió a la mina porque no sabía hacer otra cosa. Bajó con el corazón clausurado y trabajó durante décadas. Bebió durante algunos años, rechazó cualquier afecto y convirtió la declaración de Leonor en una prueba contra el mundo entero. La mina dejó de ser únicamente el lugar donde trabajaba: se instaló dentro de él como un parásito de piedra.
Rufina envejeció esperándolo cada tarde. Cuando la tos de Juvencio comenzó a despertarlo por las noches, ella se sentaba junto a su cama y le frotaba el pecho con ungüentos. Sabía que su hijo se estaba llenando de la misma oscuridad que había matado a Hilario.
Antes de morir, le tomó una mano.
—No fue Leonor —murmuró.
—¿Qué dices?
—Una mujer puede dejar de amar. Pero no escribe palabras tan frías después de haberte mirado como ella te miraba.
—Firmó la declaración.
—A veces una firma también se arranca a golpes.
Juvencio retiró la mano.
—No la defiendas.
Rufina lo contempló con una tristeza más profunda que la enfermedad.
—No la defiendo a ella. Intento salvar lo poco que todavía queda de ti.
Murió aquella noche. Juvencio la encontró al amanecer con los dedos cerrados sobre un botón de la camisa que él usaba cuando era niño. La enterró junto a Hilario. Al regresar a la casa descubrió que nadie lo esperaba junto a la puerta.
A partir de entonces comenzó a llegar cada tarde sin que nadie respirara al verlo aparecer.
EL DÍA EN QUE LA OSCURIDAD TUVO QUE DEVOLVERLO
Juvencio tenía setenta y tres años cuando recibió una carta con matasellos de Querétaro. La remitente se llamaba Clara Villaseñor Alcocer. No reconoció el nombre y dejó el sobre varios días sobre la mesa. Finalmente lo abrió durante una noche en que la tos no le permitió dormir.
Clara era hija de Leonor.
Le comunicaba que su madre había muerto y que, al revisar sus pertenencias, encontró una caja de madera llena de piedras, un pañuelo azul ennegrecido y numerosas cartas dirigidas a Juvencio que nunca habían sido enviadas. Había conseguido localizarlo siguiendo los nombres y lugares escritos en aquellos papeles.
Dentro del sobre venía la primera carta.
Juvencio reconoció la letra antes de leer una sola palabra.
Leonor contaba que Laureano la había encerrado después de descubrir la relación. Cástulo reveló los robos y el plan de fuga. Su padre la obligó a firmar aquella declaración amenazándola con provocar otro accidente en la mina si se negaba.
“Hay derrumbes que pueden prepararse”, había dicho Laureano. “Un madero mal puesto, una lámpara apagada, un hombre que no vuelve. Nadie hará preguntas.”
Leonor firmó para salvarle la vida.
Después fue enviada lejos. Escribió durante años, pero sus cartas fueron interceptadas. Cuando finalmente pudo regresar, le dijeron que Juvencio la odiaba y había prometido matarla si volvía a buscarlo. Ella se casó, tuvo una hija y construyó una existencia respetable, pero guardó las piedras recogidas en los callejones donde había amado al minero.
En la última carta, escrita poco antes de morir, había una frase:
“Nunca tuve la casa de las ventanas grandes. En todas las casas donde viví faltó la puerta por la que debiste entrar tú.”
Juvencio dejó caer los papeles.
Durante más de medio siglo había necesitado odiar a Leonor para sobrevivir a su ausencia. Ahora descubría que aquel rencor se había levantado sobre una mentira. Cástulo no sólo les robó el futuro: consiguió que cada uno creyera haber sido despreciado por el otro.
Juvencio apoyó el rostro sobre la mesa y lloró. No lloró como el anciano en que se había convertido. Lloró como el muchacho que había esperado inútilmente en el callejón, como el niño que contempló el ataúd cerrado de su padre, como el hijo que no quiso escuchar la última verdad de Rufina.
Había llegado demasiado tarde para pedir perdón.
Demasiado tarde para buscar a Leonor.
Demasiado tarde para decirle a su madre que tenía razón.
Demasiado tarde para recuperar la vida que la traición había devorado.
Buscó a Cástulo y supo que había muerto años atrás, enfermo y abandonado. Laureano también estaba enterrado. Ya no quedaba nadie a quien reclamarle. Todos habían terminado debajo de la tierra: el padre, la madre, la mujer amada, el amigo traidor y el hombre que había gobernado la mina.
Todos dentro de una oscuridad sin plata.
Juvencio guardó las cartas junto al recibo del ataúd de Hilario. Eran los dos documentos que habían gobernado su existencia: uno demostraba que había necesitado tres años para terminar de enterrar a su padre; el otro revelaba que había desperdiciado más de cincuenta intentando sepultar un amor que nunca estuvo muerto.
Sus pulmones se encontraban destruidos. Cada respiración sonaba como hojarasca triturada dentro de su pecho. El médico le pidió no esforzarse, permanecer en cama y aceptar que el final estaba cerca.
Juvencio hizo lo contrario.
Una madrugada se levantó, se puso las botas y tomó la pala de Hilario. Guardó las cartas de Leonor dentro de su camisa y salió antes de que amaneciera. Comenzó a subir uno de los cerros que rodeaban Guanajuato.
Cada paso le arrancaba un poco de aire. Las calles ascendían frente a él como si la ciudad quisiera impedirle llegar al cielo. Se detenía, tosía, apoyaba la frente sobre el mango de la pala y volvía a caminar. Debajo quedaban las casas apretadas, los callejones donde había besado a Leonor y la entrada de la mina que durante sesenta años lo había llamado por su nombre.
No quería morir debajo de un techo. Había pasado demasiado tiempo rodeado de sombra. Necesitaba ver el sol de frente, aunque aquella claridad fuera lo último que vieran sus ojos.
Cuando alcanzó la cima, el amanecer comenzaba a romper la noche.
Clavó la pala de su padre en la tierra. Después sacó de un bolsillo la piedra brillante que Clara había enviado junto con las cartas. Era un trozo de cuarzo que Leonor conservó durante toda su vida, semejante al que Hilario había prometido llevarle el día del derrumbe.
Juvencio cerró los dedos alrededor de la piedra. En aquel pequeño resplandor estaban reunidos todos sus muertos.
—Cumpliste, padre —murmuró—. Nomás te tardaste un poco.
La tos lo dobló. Sintió que el pecho se le partía por dentro. Cayó de rodillas, apoyó una mano sobre la tierra y escupió una flema densa y negra. La observó bajo la primera luz de la mañana: era la mina saliendo de su cuerpo, la última sombra acumulada durante décadas.
—Hasta aquí llegaste.
Se limpió los labios y tomó las cartas de Leonor. Ya no recordó la declaración falsa ni la firma colocada por miedo. Recordó el pañuelo azul volando sobre el callejón, la risa que le había regalado espacio para respirar y la casa imaginada con ventanas grandes.
El sol apareció detrás de los cerros.
Juvencio levantó el rostro. La claridad lo golpeó con una fuerza casi dolorosa, pero no cerró los ojos. Dejó que la luz entrara por todas las grietas que la mina había abierto dentro de él. Sus pulmones crujieron una vez más. Después, la respiración se volvió extrañamente serena.
Durante sesenta años había descendido.
Descendió por su padre.
Descendió por hambre.
Descendió para pagar un ataúd.
Descendió huyendo del amor.
Descendió cargando una traición que nunca había existido.
Pero aquella mañana no volvió a bajar.
Juvencio Barrón murió sentado frente al amanecer, con la espalda apoyada en la pala de Hilario, las cartas de Leonor contra el pecho y una piedra brillante dentro de la mano. Quienes lo encontraron dijeron que parecía estar mirando la ciudad. Nadie vio dolor en su rostro. Por primera vez desde los doce años, no llevaba polvo entre los dientes.
La mina se había quedado con su padre, con su juventud, con sus pulmones y con casi todos sus días. Sin embargo, no consiguió quedarse con su último instante.
Ese instante perteneció al sol.
Y antes de morir, el hombre que había masticado oscuridad durante toda su existencia consiguió escupir la mina y devolverle a la tierra la última porción de noche que todavía llevaba dentro.




2.- SANGRE DE TORO Y TACÓN DE ORO
Chabela Rentería nació entre los bramidos del rastro, la costura mal pagada de su madre y una ciudad convencida de que el cuero sólo podía obedecer las manos de los hombres; a los quince años robó las herramientas de su tío, conquistó a golpes una mesa de trabajo, amó a un zapatero tan indomable como ella y levantó desde la pobreza una fábrica donde otras mujeres aprendieron que también podían vivir de pie
LA NIÑA QUE APRENDIÓ A ESCUCHAR EL DOLOR DE LA PIEL
Isabel Rentería Saldaña nació en El Coecillo durante una madrugada de tormenta. Mientras Refugio, su madre, trataba de traerla al mundo sobre una cama prestada, desde el rastro llegaban los bramidos de los animales y por las calles corría un agua rojiza que arrastraba tierra, desperdicios y restos del trabajo de los hombres. La partera dijo que aquella niña no había llorado al nacer: había reclamado. Macario, su padre, la sostuvo con unos brazos que todavía olían a sangre y cuero, la miró abrir la boca contra el mundo y decidió llamarla Chabela porque Isabel le parecía un nombre demasiado quieto para semejante criatura.
Macario trabajaba en el rastro. Regresaba al anochecer con el delantal endurecido, los hombros vencidos y un olor que ni el jabón más fuerte conseguía arrancarle. Refugio cosía cortes de calzado junto a una ventana diminuta. Pasaba diez o doce horas inclinada sobre la máquina, juntando piezas que otros recogían para fabricar zapatos cuyo precio ella nunca habría podido pagar. Le pagaban por par terminado y le descontaban cualquier defecto, incluso aquellos que ya venían marcados en la piel. Cuando la vista comenzó a cansársele, acercó una vela a la aguja y siguió cosiendo.
Chabela creció debajo de aquella mesa. Recogía los recortes que caían al suelo y los acomodaba por tamaños y colores. Con ellos fabricaba sandalias para sus muñecas, collares para los perros y pequeñas bolsas que ofrecía a las vecinas. Antes de aprender a leer, distinguía la piel de res de la de cabra; antes de dominar las multiplicaciones, sabía calcular cuántas piezas podían obtenerse de un retazo.
Una noche despertó y encontró a Refugio llorando junto a la máquina. La aguja le había atravesado un dedo, pero no lloraba por el dolor. El patrón había rechazado el trabajo de toda una semana alegando que algunas costuras estaban torcidas. No le pagaría nada.
—Yo las veo derechas —dijo Chabela.
—Él dice que están mal.
—Entonces que venga a coserlas.
Refugio limpió la sangre y volvió a colocar el pie sobre el pedal. Chabela se quedó mirándola. Años más tarde recordaría aquel momento como el verdadero principio de su historia. No quiso aprender el oficio solamente porque amara el cuero. Quiso aprenderlo porque había visto a su madre fabricar belleza para otros mientras la pobreza le desfiguraba las manos.
Su tío Tobías tenía un pequeño taller en un patio cubierto por láminas. Allí trabajaban cuatro hombres entre mesas, hormas, clavos, cuchillas y nubes de pegamento. Chabela comenzó a visitarlo con el pretexto de llevarle el almuerzo. Se quedaba junto a la puerta observando cómo extendían las pieles, acomodaban los moldes y dirigían la cuchilla sin desperdiciar material.
—Vete con tu madre —le ordenaba Tobías—. Éste no es lugar para muchachas.
Ella fingía marcharse y regresaba por una rendija del patio. Miraba los dedos de los cortadores, estudiaba la dirección de la piel y memorizaba cada movimiento. Cuando tiraban algún pedazo, lo recogía. Por las noches practicaba con una navaja de cocina sobre una tabla escondida debajo de la cama.
Macario descubrió los cortes y le preguntó qué pretendía hacer.
—Zapatos.
—Tu tío no va a dejarte.
—Entonces tendrá que vivir muchos años, porque cuando se muera voy a usar su mesa.
Su padre soltó una carcajada, pero Refugio no se rio. Contempló a su hija y reconoció en ella la furia que nunca se había permitido sentir.
—Aprende bien —le dijo—. Si vas a enfrentarte a los hombres, no les regales el pretexto de hacerlo mal.
A los quince años, Tobías recibió una piel costosa para fabricar unas botas. Uno de sus mejores cortadores no llegó a trabajar porque estaba borracho y los demás temieron estropearla. Chabela esperó a que el taller quedara vacío, tomó las herramientas de su tío y extendió el cuero sobre la mesa.
Antes de hundir la cuchilla, pasó la mano sobre la piel. Pensó en el animal, en las manos ensangrentadas de Macario, en la espalda inclinada de Refugio y en todo lo que había tenido que morir o cansarse para que aquel material llegara hasta allí. Después comenzó a cortar.
Cuando Tobías regresó encontró las piezas perfectamente alineadas. Revisó cada borde tratando de descubrir un error.
—¿Quién hizo esto?
Chabela levantó la mano.
—Robaste mis herramientas.
—Las tomé prestadas.
—Lo prestado se pide.
—Si las hubiera pedido, me habría dicho que no.
Uno de los oficiales, Hilario el Tuerto, soltó una carcajada. Le dijo que cortar una piel no la convertía en zapatera y que regresara a coser con su madre.
—Tener bigote tampoco te convierte en hombre —respondió Chabela.
Tobías la expulsó. Ella volvió al día siguiente y se sentó frente al taller. Regresó durante una semana. Llegaba antes que los trabajadores, colocaba un banco sobre la banqueta y practicaba con desperdicios. El sol le quemaba la cara, pero no se movía. Refugio le llevaba tortillas; Macario pasaba al salir del rastro y permanecía unos minutos a su lado.
—Puedes volver a casa —le dijo una tarde.
—No hasta que me dé una mesa.
—¿Y si nunca te la da?
—Entonces voy a sentarme aquí hasta que mi tío necesite salir y tenga que brincar sobre mí.
Al octavo día llegó una clienta reclamando unos zapatos que le apretaban. Ninguno de los oficiales quiso corregirlos. Chabela pidió verlos, humedeció la piel, modificó una costura y consiguió ensancharlos. La mujer caminó por el patio y sonrió.
—La muchacha sabe.
Aquella frase abrió la primera grieta en el muro. Tobías permitió que trabajara sobre una tabla sostenida por dos cajas. No le pagaría hasta demostrar que servía. Chabela aceptó. Llegó antes que todos, cortó con precisión y aprendió a preparar moldes, revisar pieles y aprovechar hasta el último retazo. Los hombres intentaron cansarla con burlas y encargos pesados, pero ella cargaba los rollos sin pedir ayuda y respondía a cada ofensa sin bajar la mirada.
Hilario el Tuerto terminó llevando la hostilidad demasiado lejos. Celoso porque Tobías había elogiado un corte de Chabela, derramó pegamento sobre las piezas. Ella lo enfrentó. El hombre la empujó y le ordenó volver a la máquina de su madre. Chabela le dio un puñetazo. Rodaron entre hormas, clavos y tiras de cuero hasta que los demás consiguieron separarlos.
Tobías quiso expulsar a los dos, pero los trabajadores confirmaron que Hilario había destruido el material. El hombre fue despedido. Chabela regresó al día siguiente con un ojo hinchado y el labio abierto. La tabla sostenida por cajas había desaparecido. En su lugar encontró una mesa vieja, con una pata más corta y una grieta que recorría la superficie.
Pasó la mano sobre la madera. Aquella mesa no era un mueble: era el primer territorio que le pertenecía. Sacó un clavo, grabó su nombre en una orilla y trabajó durante toda la jornada sin decir una palabra.
Esa noche, Macario llevó mezcal. Refugio preparó enchiladas y Tobías llegó fingiendo que sólo pasaba por allí. Brindaron por la primera mujer que conquistaba una mesa dentro del taller.
—No ha conquistado nada —rezongó Tobías—. Está a prueba.
Chabela levantó su vaso y miró a su madre.
—Yo no conquisté una mesa. Conquisté el derecho a no terminar llorando frente a una máquina por el trabajo que otros decidan despreciar.
Refugio volvió el rostro para ocultar las lágrimas. Macario apoyó una mano sobre el hombro de su hija. En aquella casa humilde, entre olor a rastro, cuero y tortillas, una muchacha de quince años acababa de romper una herencia de obediencia que parecía más resistente que cualquier piel.
EL ZAPATERO QUE SE ENAMORÓ DE UN INCENDIO
Mateo Ledesma llegó al taller dos años después. Tenía veintitrés años, una sonrisa capaz de prometer problemas y unas manos que montaban un zapato sin dejar una sola arruga. Había trabajado en distintos establecimientos de León, pero terminaba discutiendo con los propietarios porque estaba convencido de que ningún patrón sabía tanto como presumía.
La primera vez que vio a Chabela, ella cortaba una piel color vino. Mateo observó el acomodo y comentó que estaba dejando demasiado espacio entre las piezas. Chabela levantó la vista y le preguntó si había llegado a trabajar o a desperdiciar oxígeno. Él tomó un gis, movió los moldes y demostró que podía obtener un corte adicional.
Chabela comprendió que tenía razón.
Lo detestó inmediatamente.
Durante semanas compitieron por todo. Si ella cortaba diez pares, Mateo montaba once. Si él terminaba unas botas sin defecto, Chabela diseñaba un modelo más complicado. Tobías aprovechó la rivalidad para aumentar la producción y, cuando quería provocar a su sobrina, elogiaba a Mateo.
—El muchacho trabaja mejor que tú.
—Entonces póngale falda y cásese con él.
Mateo, que había escuchado, respondió que usaría la falda si Chabela aceptaba llevar los pantalones. Ella le lanzó una horma. Él se agachó y la pieza rompió una jarra.
—¡Ya quebraron otra cosa! —gritó Tobías.
—Fue el amor —respondió Mateo.
—Fue mi mala puntería —corrigió Chabela.
Se enamoraron mientras fingían combatirse. Mateo comenzó a quedarse después de la jornada para ayudarla con sus diseños. Ella descubrió que él dibujaba zapatos sobre cualquier pedazo de papel: recibos, servilletas, envolturas y hojas arrancadas de calendarios. Tenía una imaginación desbordada y una irresponsabilidad del mismo tamaño. Podía trabajar dos noches sin dormir y desaparecer la tercera para tocar la guitarra en una cantina.
El primer beso nació de una discusión. Habían diseñado juntos una bota para mujer, pero no conseguían ponerse de acuerdo sobre el tacón. Mateo lo quería discreto; Chabela deseaba uno alto y firme, capaz de hacerse escuchar sobre cualquier piso.
—Las mujeres no necesitan pedir permiso para llegar —dijo ella—. El zapato debe anunciar que ya entraron.
Mateo dejó de mirar el diseño y la contempló a ella.
—¿Qué tanto me ves?
—Estoy decidiendo si besarte o protegerme la cara.
—Haz cualquiera de las dos, pero deja de mirarme como tonto.
Mateo la besó. Chabela sintió que algo se abría dentro de ella con la misma violencia con la que una cuchilla separaba el cuero. Por primera vez tuvo miedo, no de perder una pelea, sino de necesitar a otra persona. Respondió al beso y después lo apartó.
—Esto no resuelve la discusión. El tacón seguirá siendo alto.
Su amor tuvo el ruido de los talleres y la intensidad de las fiestas. Bailaban en las celebraciones de los barrios, recorrían ferias y seguían a las bandas hasta que los músicos guardaban sus instrumentos. Se amaban con alegría, pero también con una furia nacida de dos personas incapaces de obedecer. Discutían, se despedían para siempre y se buscaban dos días después porque ninguno sabía respirar bien durante la ausencia.
Mateo gastaba el dinero con una felicidad irresponsable. Después de vender un pedido, invitó mezcal a todos los presentes en una cantina. Chabela llegó cuando casi la mitad de la ganancia había desaparecido. Le quitó la cartera y se la guardó en el escote.
—Estamos celebrando —protestó él.
—Si sigues pagando botellas, mañana celebraremos la bancarrota.
Mateo intentó recuperar la cartera y recibió un manotazo que hizo reír a los clientes. Minutos después, Chabela estaba bailando sobre una mesa con él. No quería destruir su alegría; quería conseguir que sobreviviera hasta el día siguiente.
En la Feria de León acudieron con seis pares de zapatos fabricados durante las noches. No pudieron pagar un puesto y extendieron una manta. Un comerciante intentó expulsarlos, pero Chabela se plantó frente a él. Mientras discutían, Mateo comenzó a ofrecer la mercancía. Una mujer se probó unos zapatos rojos; otra eligió unas botas. Antes de que el comerciante lograra llamar a un vigilante habían vendido los seis pares.
Con aquella ganancia, Mateo quiso comprar una botella.
Chabela compró una mesa.
Era vieja, pesada y tenía una pata rota. La llevaron hasta la casa de los Rentería. Macario reparó la pata; Refugio limpió la madera y Mateo colocó encima los diseños.
—Parece un altar —comentó él.
Chabela apoyó ambas manos sobre la superficie.
—Lo es. Aquí vamos a fabricar nuestra libertad.
El matrimonio llegó después de una de sus discusiones más largas. Mateo deseaba abrir un taller; Chabela decía que todavía no tenían suficiente dinero. Él vendió su guitarra para comprar herramientas. Cuando ella descubrió el sacrificio, comprendió que, detrás de la risa y la imprudencia, Mateo había comenzado a tomarse en serio el sueño de ambos.
Se presentó con un anillo sencillo y un discurso ensayado. Chabela lo escuchó en silencio hasta que él comenzó a trabarse.
—¿Vas a pedirme matrimonio o a venderme un seguro?
—Estoy intentando hacerlo romántico.
—Entonces arrodíllate. Ya llevas demasiado tiempo de pie.
Se casaron un sábado por la mañana. En la celebración hubo carnitas, música y más invitados de los que podían alimentar. Chabela llevó los zapatos dorados que ambos habían fabricado. Cuando el sacerdote le preguntó si aceptaba a Mateo, respondió que sí, pero advirtió que nadie interpretara aquello como una rendición.
Refugio lloró durante la ceremonia. Macario bailó hasta que el cansancio lo obligó a sentarse. Tobías predijo que aquel matrimonio no duraría seis meses.
Duró toda la vida.
No porque dejaran de discutir, sino porque aprendieron que amar no consistía en domesticar el incendio, sino en evitar que terminara consumiendo la casa.
LA MESA ROTA SOBRE LA QUE COMENZÓ A CAMINAR LEÓN
Chabela y Mateo comenzaron a fabricar zapatos sobre aquella mesa. Ella diseñaba y cortaba; él montaba, clavaba y terminaba las piezas. Refugio cosía los cortes y Macario hacía entregas después de salir del rastro. Durante el día trabajaban en el taller de Tobías; por la noche encendían una lámpara y continuaban hasta que las manos dejaban de obedecerles.
El primer encargo importante fue de cuarenta pares. Trabajaron durante seis noches casi sin dormir. La casa olía a pegamento, cuero y comida recalentada. Mateo cabeceaba sobre las hormas y Chabela le lanzaba retazos para mantenerlo despierto. Cuando terminaron descubrieron que cuatro pares tenían una diferencia en el tacón. Mateo aseguró que nadie la advertiría, pero ella colocó los zapatos sobre la mesa y negó con la cabeza.
—Yo sí la veo. Y si la veo yo, ya es suficiente.
Deshicieron el trabajo y comenzaron de nuevo. Entregaron con retraso, pero el comerciante reconoció la calidad. Dos meses después les encargó cien pares.
Alquilaron un local estrecho y contrataron a tres mujeres rechazadas por otros talleres. Lupe había enviudado y necesitaba alimentar a cuatro hijos. Mercedes tenía una discapacidad en una pierna. Catalina había aprendido a coser observando a su padre, pero nunca le permitieron utilizar las máquinas.
Chabela no las contrató para barrer ni servir comida. Les entregó herramientas y les enseñó a cortar, montar y revisar cada pieza.
—Si alguna trabaja mejor que Mateo, le aumentamos el sueldo —anunció.
—¿Y si trabajan mejor que tú? —preguntó él.
—Entonces las hacemos socias.
El negocio creció con lentitud. Hubo clientes que no pagaron, pieles defectuosas, máquinas descompuestas y semanas en las que el dinero no alcanzaba. En una de ellas, Chabela descubrió que estaba embarazada. En lugar de sentir alegría, se sentó junto a la mesa y comenzó a llorar. Mateo la encontró con el rostro entre las manos.
—¿No quieres al niño?
—Lo quiero tanto que tengo miedo de traerlo a pasar hambre.
Mateo se arrodilló junto a ella. Le dijo que venderían las herramientas si era necesario, volverían a trabajar para Tobías o fabricarían zapatos sobre el suelo, pero aquel hijo jamás sería recibido como una carga. Chabela tomó una de sus manos y la colocó sobre su vientre.
—No quiero que me obligues a elegir entre ser madre y continuar con esto.
—No voy a obligarte a elegir. Lo vamos a cargar entre los dos.
Durante los últimos meses del embarazo, Chabela cortó sentada y dirigió el taller. Cuando comenzaron las contracciones estaba revisando un pedido. Refugio tuvo que arrancarle la cuchilla de la mano y Mateo la llevó a la clínica sin permitirle terminar el último par.
Su primera hija nació mientras en el taller continuaban golpeando los martillos. La llamaron Victoria, no por lo que ya habían alcanzado, sino por todo lo que todavía estaban dispuestos a pelear.
Años después llegaron Elena y Macario. Los tres crecieron entre cajas, pieles y trabajadores que los cargaban mientras sus padres terminaban pedidos. Chabela conoció el cansancio de amamantar durante la noche y dirigir al amanecer, de calmar una fiebre con una mano y revisar una costura con la otra. Hubo días en los que sintió que el cuerpo se le partía entre la maternidad y el taller, pero se negó a aceptar que una mujer tuviera que mutilar una parte de su vida para merecer la otra.
La peor crisis llegó cuando un intermediario desapareció con el dinero de una entrega. No había recursos para cubrir los salarios ni comprar material. Chabela empeñó sus zapatos dorados, vendió unas arracadas heredadas y pasó una noche entera sentada frente a la mesa rota.
Por primera vez pensó en rendirse.
Refugio la encontró antes del amanecer. Se sentó frente a ella y colocó sus manos, deformadas por años de costura, sobre la madera.
—¿Te acuerdas de la noche en que no me pagaron?
—Por eso empecé todo esto.
—Entonces no permitas que otro hombre vuelva a decidir cuánto valen tus manos.
Chabela miró los dedos de su madre. Allí estaba el origen verdadero de la fábrica: no en el dinero, los pedidos ni las máquinas, sino en aquellas manos lastimadas que habían trabajado toda una vida sin recibir su nombre sobre ningún zapato.
Al día siguiente reunió a los empleados. Reconoció que no podía pagarles el salario completo y ofreció liquidar a quien quisiera marcharse. Lupe preguntó qué garantía tenían quienes decidieran quedarse. Chabela tomó el martillo y golpeó la mesa.
—Mi palabra.
—Eso no paga la comida —respondió Lupe.
—No. Por eso primero vamos a repartir la que tenemos en mi casa y después saldremos a vender juntos.
Nadie se fue. Mateo consiguió nuevos compradores; Refugio organizó una cocina para las familias; Macario vendió una pequeña parcela heredada y los trabajadores aceptaron recibir pagos parciales. Tres meses después, Chabela había cubierto hasta el último centavo.
El gran salto llegó con una línea de calzado femenino diseñada por ella. Eran zapatos resistentes, elegantes y con tacones capaces de anunciarse desde el otro extremo de una calle. El modelo principal, fabricado en color dorado, recibió el nombre de Embestida.
Un distribuidor realizó un pedido tan grande que Chabela creyó que había colocado un cero de más. Tuvieron que comprar maquinaria, ampliar el taller y contratar trabajadores. La mesa rota fue desplazada por superficies nuevas, pero ella se negó a desecharla.
—Una fábrica que olvida su primera mesa termina creyendo que siempre tuvo techo.
Macario alcanzó a ver el crecimiento de la empresa. Visitaba el taller después de salir del rastro y recorría las áreas fingiendo entender las máquinas. Presumía que Chabela había heredado su carácter, aunque Refugio aseguraba que nadie podía heredar algo tan desmesurado.
Cuando enfermó, Chabela llevó hasta su cama el primer par de zapatos dorados. Macario los sostuvo sobre las piernas y pasó los dedos por las costuras.
—Yo trabajé toda mi vida para convertir animales en cuero —dijo—. Tú convertiste el cuero en un camino.
Chabela apoyó la cabeza sobre el hombro de su padre. La mujer que había peleado contra hombres, deudas y desprecios no encontró fuerza para enfrentarse a aquella despedida.
—No te mueras todavía.
—¿Es una orden?
—Sí.
—Siempre fuiste mala para entender quién manda.
—Yo mando.
Macario sonrió y le acarició el cabello.
—Hasta los toros se cansan después de embestir.
Murió esa noche. Chabela suspendió la producción y colocó su delantal junto a la mesa rota. Al día siguiente volvió a trabajar porque conocía una sola manera de responder al dolor: golpear el martillo hasta que el ruido no permitiera escuchar cómo se quebraba por dentro.
Refugio vivió lo suficiente para ver una fábrica ocupada por decenas de mujeres. Durante una ceremonia, Chabela le entregó el primer par de zapatos confeccionado completamente por ellas.
—Todo comenzó viéndote coser junto a una ventana.
Refugio acarició la piel y examinó las puntadas.
—Yo cosía para que otros pusieran su nombre.
—Por eso éstos llevan el tuyo.
Dentro del zapato podía leerse: Refugio.
La anciana se cubrió el rostro. Chabela se arrodilló frente a ella y le colocó los zapatos. Eran sencillos, suaves y cómodos; los primeros que Refugio no había tenido que fabricar para otra mujer.
—No sé caminar con algo tan bonito —murmuró.
—Tú me enseñaste a caminar sobre todo lo demás.
Muchos años después, la fábrica cumplió medio siglo. Los trabajadores organizaron una celebración y colocaron en el centro la vieja mesa de madera. Conservaba la grieta, la pata reparada y el nombre que Chabela había grabado con un clavo cuando tenía quince años.
Ella llegó tomada del brazo de Mateo. Los dos pasaban de los ochenta. Él caminaba encorvado; ella llevaba el cabello blanco, un vestido rojo y unos nuevos zapatos dorados. Sus pasos eran lentos, pero cada golpe de los tacones seguía anunciando que había entrado.
La banda comenzó a tocar. Mateo extendió una mano y le pidió bailar. Chabela respondió que ya no podía seguirla. Él sonrió: nunca había podido.
Bailaron con movimientos pequeños, abrazados en medio del taller. Alrededor estaban sus hijos, sus nietos, las primeras trabajadoras y varias generaciones de familias que habían vivido de aquella empresa. También parecían estar Macario con su delantal, Refugio frente a la máquina y la muchacha que durante una semana se sentó fuera del taller esperando una mesa.
Mateo tropezó y cayó sobre una rodilla.
—¿Te lastimaste? —preguntó Chabela.
—Estoy terminando de pedirte matrimonio.
—Llegas cincuenta años tarde.
—Siempre dijiste que era irresponsable.
Ella lo ayudó a levantarse y lo besó mientras las carcajadas, los aplausos y la música llenaban el patio.
Al terminar el baile, una nieta preguntó cómo había logrado conquistar una industria que no quería admitirla. Chabela se acercó a la mesa rota, tomó el viejo martillo y golpeó la madera. El sonido atravesó la fábrica como un latido.
—No les pedí que creyeran en mí. Aprendí el oficio hasta que ya no pudieron negarlo.
Volvió a golpear.
—No les pedí un lugar. Defendí una mesa.
El tercer martillazo hizo callar a todos.
—Y cuando dijeron que las mujeres no sabíamos caminar solas, les fabricamos los zapatos.
La banda reanudó la música. Chabela levantó los brazos y volvió a bailar. Sus tacones dorados golpearon el piso con la obstinación de su madre cosiendo junto a una vela, con la fuerza de Macario regresando del rastro, con la risa de Mateo sobreviviendo a todas sus peleas y con el paso firme de cada mujer que había dejado de trabajar escondida.
Aquella piel tuvo que conocer primero el cuchillo, la sangre, la sal y el fuego para convertirse en calzado. Chabela también había sido cortada por la pobreza, endurecida por el desprecio y golpeada por la vida. Pero no permitió que el dolor fuera la forma definitiva de su historia.
Lo convirtió en camino.
Y aquella noche, mientras una anciana vestida de rojo bailaba sobre la madera que intentó negarle un lugar, León escuchó cómo los tacones de oro de Chabela Rentería seguían golpeando la tierra con la alegría indomable de un corazón que jamás aprendió a rendirse.




3.- LA MUJER QUE HIRVIÓ SUS AUSENCIAS
Virginia Salgado tenía ocho años cuando el azúcar hirviendo le marcó las manos; después el río se llevó su casa, una bala perdida le arrancó al marido y un tren de carga condujo a sus tres hijos hacia el norte, pero ella siguió alimentando el fuego hasta convertir la soledad, la ceniza y el dolor en una cajeta espesa con la que terminó endulzando la infancia de los hijos de otras mujeres
LAS MANOS QUE EL FUEGO NO PUDO DEVORAR
Virginia Salgado Rangel nació en una casa de adobe levantada cerca de las tierras bajas de Celaya, donde el viento arrastraba olor a campo, establo y leña quemada. Su padre, Samuel Salgado, trabajaba desde el amanecer en terrenos ajenos; su madre, Consuelo Rangel, preparaba cajeta junto con doña Tomasa, la abuela, una mujer de espalda encorvada que podía reconocer el momento exacto de retirar un cazo con sólo escuchar la manera en que hervía la leche.
En aquella casa no había reloj. Las horas se medían por los sonidos: el primer gallo anunciaba la madrugada; las campanas, el comienzo del día; el hervor del cobre, la hora de trabajar, y el regreso de Samuel con los zapatos cubiertos de tierra indicaba que la noche estaba cerca. Virginia creció escuchando el golpe de la pala, el crujido de la leña y el movimiento circular de la cuchara contra las paredes del cazo.
Doña Tomasa decía que la cajeta no debía revolverse con prisa ni con miedo. La leche de cabra, el azúcar y el fuego necesitaban entenderse. Si la mano se distraía, la mezcla se pegaba; si el fuego crecía demasiado, la dulzura adquiría sabor a castigo.
—El cazo sabe cómo llega uno por dentro —le explicaba a Virginia—. Si vienes enojada, se quema. Si vienes triste, tarda. Si vienes con paciencia, termina obedeciendo.
Virginia comenzó recogiendo leña y lavando cucharas. A los siete años ya ayudaba a envolver los dulces y a llenar frascos. Le gustaba contemplar la transformación de la leche: primero blanca y ligera, después dorada, espesa y brillante. Le parecía un milagro que algo pudiera cambiar de naturaleza sin dejar de ser alimento.
A los ocho años sufrió el accidente que marcaría su cuerpo. Aquella tarde, Consuelo había salido a buscar más leña. Doña Tomasa removía un cazo grande mientras Virginia cuidaba a su hermano menor, Martín, que jugaba cerca del fogón. El niño tropezó y cayó hacia las llamas. Virginia lo empujó para apartarlo, perdió el equilibrio y hundió las manos en la mezcla hirviendo.
El grito atravesó la casa.
Doña Tomasa la sujetó de los brazos y la apartó del cazo. La piel comenzó a desprenderse de sus dedos. El olor del azúcar quemada se mezcló con el de la carne. Virginia lloraba y preguntaba por Martín, sin comprender todavía que lo había salvado.
Consuelo regresó corriendo. Envolvió las manos de su hija y la llevó hasta el médico más cercano. Durante el trayecto, Virginia apretó los dientes para no gritar, pero cada movimiento del carro parecía encenderle nuevamente los dedos.
Las quemaduras fueron profundas. Durante semanas permaneció acostada con las manos vendadas y los brazos separados del cuerpo. Consuelo la alimentaba, le limpiaba el rostro y le peinaba el cabello. Algunas noches, Virginia despertaba convencida de que sus manos continuaban dentro del cazo.
—¿Voy a poder moverlas otra vez? —preguntaba.
Su madre le besaba la frente y respondía que sí, aunque salía al patio para llorar sin que la niña la viera.
Cuando retiraron las vendas, los dedos estaban endurecidos y cubiertos por cicatrices. Virginia intentó cerrar las manos, pero el dolor se lo impidió. Miró aquellas extremidades extrañas y sintió que el fuego le había dejado dos animales muertos al final de los brazos.
Doña Tomasa se sentó frente a ella. Colocó sobre la mesa una pequeña bola de masa y le pidió que la apretara. Virginia no pudo. La abuela la obligó a intentarlo cada mañana. Primero movió un dedo, después otro. Aprendió nuevamente a sujetar una cuchara, abrocharse el vestido y sostener un vaso. Lloraba mientras amasaba, pero doña Tomasa no permitía que abandonara el ejercicio.
—El fuego quiso quedarse con tus manos —le decía—. Ahora tienes que enseñarle que no eran suyas.
Meses después, Virginia volvió a acercarse al fogón. El primer hervor la hizo retroceder. Consuelo intentó apartar el cazo, pero la niña tomó la cuchara con ambas manos. Le dolían los dedos y le temblaban los brazos. Aun así, comenzó a revolver.
La cuchara dio una vuelta.
Luego otra.
Cada movimiento era una victoria diminuta contra el miedo.
A partir de entonces, Virginia no ocultó sus cicatrices. Decía que el fuego le había firmado las manos para recordarle que había entrado en ellas y no había conseguido quedarse.
La familia logró mantenerse con la venta de cajeta, pequeños trabajos agrícolas y los jornales de Samuel. No tenían mucho, pero aquella casa conoció días felices. Por las noches cenaban alrededor del fogón. Martín hacía figuras con los recortes de papel y Samuel inventaba historias absurdas para escuchar reír a sus hijos.
La felicidad duró hasta la temporada en que las lluvias parecieron olvidar cómo detenerse. Durante varios días, el cielo se vació sobre el campo. El agua fue creciendo, entró por los caminos y alcanzó las primeras viviendas.
Samuel despertó a la familia de madrugada.
—Tenemos que salir.
El agua ya cubría el patio. Consuelo tomó ropa y documentos; doña Tomasa abrazó la imagen de un santo. Samuel cargó a Martín. Virginia corrió hacia el fogón y sujetó el cazo de cobre.
—Deja eso —ordenó su padre.
—No.
—La casa se está cayendo.
—Sin el cazo no podremos empezar otra vez.
Samuel quiso arrebatárselo, pero vio la determinación de su hija. Colocó el recipiente sobre la cabeza de Virginia y la ayudó a caminar contra la corriente.
Desde una loma observaron cómo el agua entraba en la vivienda. La mesa salió flotando por una puerta; después pasaron una silla, el baúl de Consuelo y las cobijas. Una pared se inclinó lentamente y desapareció dentro de la corriente.
Virginia sostuvo el cazo contra el pecho. En el fondo permanecían algunas manchas oscuras del día en que se quemó. Mientras todo lo demás era arrastrado, aquel recipiente conservaba el fuego, la memoria y la posibilidad de comenzar nuevamente.
LA NOCHE EN QUE LA DULZURA SE VOLVIÓ CENIZA
La familia levantó otra vivienda en las orillas de Celaya. Era más pequeña y pobre, pero tenía un techo firme y un espacio para el fogón. Doña Tomasa murió pocos años después, dejando a Virginia la cuchara de madera y una frase que la muchacha guardaría durante toda la vida: “Nada se vuelve dulce sin permanecer un tiempo frente al fuego”.
Virginia conoció a Tomás Arriaga cuando tenía veinte años. Él trabajaba descargando mercancías y poseía una alegría contagiosa. Llegó a comprar un frasco de cajeta, pidió probarla y terminó comiéndose tres cucharadas mientras aseguraba que necesitaba estar convencido antes de pagar.
—La cuarta cuesta doble —le advirtió Virginia.
Tomás miró sus manos marcadas. No preguntó qué les había ocurrido. En lugar de sentir lástima, observó la firmeza con la que sostenían la cuchara.
—Con esas manos debes hacer milagros.
—Hago cajeta.
—Es lo mismo si uno tiene hambre.
Tomás comenzó a visitar el puesto cada tarde. Compraba cantidades tan pequeñas que Virginia comprendió que la cajeta era solamente un pretexto. Él la hacía reír, cargaba la leña y se ofrecía a limpiar los cazos, aunque siempre dejaba alguna parte sucia para tener que volver al día siguiente.
Se casaron en una ceremonia sencilla. Samuel le entregó a Tomás la mano de su hija y le advirtió que estaba recibiendo a una mujer más resistente que cualquier hombre de la familia. Consuelo les regaló unas sábanas. En el patio sirvieron mole, arroz y cajeta en pequeños platos de barro.
Tuvieron tres hijos: Esteban, Julián y Amalia. Los niños crecieron alrededor del cazo, igual que Virginia. Tomás regresaba del trabajo cargándolos sobre los hombros, inventaba canciones y robaba cucharadas de cajeta cuando creía que nadie lo veía.
—Un día te vas a quemar —le advertía Virginia.
—Entonces tú me curas.
—Yo curo accidentes, no necedades.
No fueron ricos, pero durante algunos años la casa estuvo llena de risas. Tomás fabricó una mesa para que los niños hicieran la tarea. Virginia enseñó a Amalia a envolver frascos y a los varones a cargar leña. Nunca permitió que alguno despreciara el trabajo por considerarlo propio de mujeres.
La debilidad de Tomás era la cantina. No bebía todos los días ni llegaba a golpear, pero algunas noches perdía la noción del tiempo y regresaba cuando el amanecer ya estaba sobre los tejados. Siempre prometía que sería la última vez. Virginia discutía con él, escondía el poco dinero de la casa y le recordaba que tres niños esperaban verlo llegar.
Tomás la abrazaba y juraba corregirse. Durante semanas cumplía. Después aparecía un amigo, una celebración o una tristeza que él no sabía explicar y volvía a sentarse frente a una botella.
La última noche, Virginia preparaba un pedido grande. La leche hervía dentro del cazo y los niños dormían. Tomás había prometido regresar temprano, pero las horas fueron pasando. Ella continuó revolviendo mientras escuchaba cualquier ruido en la calle.
Cerca de la medianoche golpearon la puerta.
Virginia sintió miedo antes de abrir. No era Tomás. Eran dos hombres que evitaban mirarla. Le explicaron que había ocurrido una riña en la cantina. Alguien sacó un arma y disparó contra otro hombre. Tomás, que intentaba salir, quedó en medio. La bala destinada a un desconocido entró por su espalda y le atravesó el pecho.
Virginia dejó caer la cuchara.
Corrió hasta la calle sin ponerse zapatos. Encontró a Tomás tendido frente a la cantina. Tenía la camisa empapada y los ojos abiertos. Se arrodilló, colocó las manos quemadas sobre la herida y trató de detener una sangre que ya había comenzado a abandonarlo.
—Me dijiste que regresarías temprano.
Tomás movió los labios.
—Perdóname.
—No te perdono si te mueres.
Él intentó sonreír, pero sólo consiguió exhalar. Murió con la cabeza sobre las piernas de Virginia.
Cuando ella regresó a la casa, el cazo todavía estaba sobre el fuego. La leche y el azúcar se habían convertido en una masa negra adherida al cobre. Un humo espeso llenaba la cocina.
Fue la única vez en su vida que Virginia dejó quemar la cajeta.
Durante semanas no volvió a encender el fogón. Permanecía sentada mirando las manos con las que había intentado cerrar la herida. De niña no habían conseguido salvarla del fuego; aquella noche tampoco habían logrado salvar a Tomás de la muerte.
Esteban, el mayor, comenzó a trabajar. Julián abandonó temporalmente la escuela y Amalia ayudó a su madre. Fue Consuelo quien un día limpió el cazo, colocó leña en el fogón y encendió una llama.
—No puedo —dijo Virginia.
—Sí puedes.
—Aquí fue donde lo estuve esperando.
—Y aquí es donde tus hijos esperan que regreses tú.
Virginia tomó la cuchara. Las cicatrices le dolían como si acabaran de formarse, pero comenzó a mover la leche. Lloró durante todo el proceso. Sus lágrimas cayeron cerca del cazo, aunque ninguna entró en la mezcla. Había dolores que no necesitaban ingredientes porque ya estaban presentes en todo.
LOS NOMBRES QUE EL TREN SE LLEVÓ HACIA EL NORTE
Los hijos crecieron dentro de una casa cada vez más estrecha para sus sueños. Esteban quería trabajar en una fábrica; Julián hablaba de ganar dólares y construirle una vivienda a su madre; Amalia deseaba estudiar enfermería, pero la familia apenas conseguía cubrir lo indispensable.
Virginia aumentó la producción. Se levantaba antes del amanecer, alimentaba el fuego y removía el cazo durante horas. Sus manos envejecieron antes que su rostro. Las cicatrices se endurecieron, los dedos comenzaron a deformarse y el calor le abrió pequeñas grietas en la piel.
Aun así, el dinero nunca alcanzaba.
Esteban fue el primero en hablar del norte. Un conocido aseguraba que podían viajar sobre trenes de carga, acercarse a la frontera y encontrar trabajo. Julián decidió acompañarlo. Amalia se negó a quedarse sola y afirmó que, si sus hermanos se marchaban, ella también lo haría.
Virginia los escuchó sin interrumpir. Sintió que dentro de la casa comenzaba a crecer la misma agua que años atrás había arrastrado las paredes de su infancia.
—No saben lo que hay en ese camino.
—Aquí sabemos lo que no hay —respondió Esteban.
—Podemos seguir trabajando.
—Llevamos toda la vida trabajando, mamá.
Julián prometió que regresarían con dinero. Amalia le juró que estudiaría. Los tres hablaron de una ausencia breve, como si las distancias pudieran obedecer a las promesas.
La mañana de la partida, Virginia preparó tortillas, frijoles, cajeta y agua. Colocó la comida en tres bolsas y cosió los nombres de sus hijos dentro de las camisas, temiendo que algún día alguien necesitara reconocerlos.
Los acompañó hasta las vías. El tren llegó haciendo temblar la tierra. Los muchachos corrieron junto a los vagones y consiguieron sujetarse. Esteban subió primero, después ayudó a Julián y ambos extendieron los brazos hacia Amalia.
Virginia quiso gritarles que bajaran, pero la voz se le quedó atrapada.
Amalia fue la última en subir. Desde el vagón miró a su madre, pequeña y descalza junto a las vías. Extendió una mano como si todavía pudiera alcanzarla.
El tren comenzó a alejarse.
Virginia reaccionó y corrió detrás. Las piedras le abrieron las plantas de los pies. Sostenía el rebozo con una mano y levantaba la otra mientras pronunciaba los nombres de sus hijos.
—¡Esteban! ¡Julián! ¡Amalia!
Los llamó hasta que los vagones se volvieron una mancha. Continuó gritando cuando ya no podían escucharla. Siguió corriendo después de que el tren desapareció.
Finalmente cayó de rodillas entre las vías.
Había perdido una casa en el agua, a su marido dentro de una bala y ahora entregaba a sus hijos a un camino de hierro. Por primera vez deseó que sus manos no hubieran sobrevivido al fuego. Si no podía retener a nadie, ¿para qué las quería?
Durante los primeros meses recibió algunas cartas. Esteban consiguió trabajo en el norte de México. Julián hablaba de cruzar la frontera. Amalia contó que limpiaba habitaciones y guardaba dinero para estudiar. Después las noticias comenzaron a espaciarse.
Una carta tardaba dos meses.
Luego cuatro.
Después dejó de llegar cualquier cosa.
Virginia acudía a la estación cada vez que escuchaba un tren. Observaba descender a los pasajeros y esperaba reconocer uno de los rostros. Durante años conservó tres platos sobre la mesa. En fechas especiales cocinaba más comida de la necesaria por si sus hijos regresaban sin avisar.
Consuelo murió sin volver a ver a sus nietos. Antes de cerrar los ojos pidió a Virginia que no permitiera que la ausencia le secara el corazón.
—No sé cómo hacerlo.
—Sigue alimentando el fuego.
Después del entierro, Virginia quedó sola. Había sobrevivido a todos los habitantes de la casa. El silencio ocupó las camas, las sillas y la mesa. En algunos momentos creyó escuchar la risa de Tomás o los pasos de Amalia. Se volvía y encontraba solamente el cazo.
Necesitaba vivir, de modo que continuó preparando cajeta. Los vecinos comenzaron a comprarle. Después llegaron comerciantes que valoraban el sabor, la consistencia y aquella paciencia inexplicable con la que Virginia removía la mezcla. Vendía frascos, obleas, pequeños dulces y cajeta quemada.
Los niños del barrio se acercaban atraídos por el aroma. Ella les permitía raspar el fondo del cazo cuando terminaba. Algunos acudían sin dinero. Virginia fingía no darse cuenta y les entregaba una tortilla con cajeta.
—Se lo pago después —decían.
—Págamelo creciendo.
Una niña llamada Lucía comenzó a visitarla todas las tardes. Su madre trabajaba y la pequeña pasaba varias horas sola. Virginia le ayudaba con las tareas y le enseñó a remover la mezcla sin acercarse demasiado al fuego.
—¿Por qué tiene así las manos? —preguntó Lucía.
—Porque el fuego intentó comérselas.
—¿Y no pudo?
—No le gustó mi sabor.
Lucía rio. Virginia reconoció en aquella carcajada algo de Amalia. No intentó reemplazar a su hija; comprendía que nadie ocupa el lugar de un ausente. Pero descubrió que el amor puede abrir espacios nuevos sin borrar los vacíos anteriores.
Los años fueron encorvándola. Sus manos se volvieron más lentas y la cuchara más pesada. Aun así, cada mañana alimentaba el fuego con leña de mezquite. El aroma de la cajeta salía por las ventanas y recorría la calle como una invitación.
Una tarde llegó una carta.
No traía remitente conocido. Virginia abrió el sobre con dificultad. Dentro había una fotografía de Amalia vestida de enfermera y rodeada por dos niños. La carta explicaba que vivía al otro lado de la frontera. Contaba que Esteban había encontrado trabajo y formado una familia; de Julián habían perdido noticias después de un intento de cruce. Amalia pedía perdón por tantos años de silencio y prometía regresar.
Virginia leyó la carta varias veces. Besó la fotografía y la colocó junto a la imagen de Tomás. No supo si la promesa se cumpliría. Había aprendido que algunas personas aman desde lejos, pero no encuentran el camino de regreso.
Aquella noche preparó cajeta para todos los niños del barrio.
Lucía, ya adolescente, la ayudó a remover. Al terminar, levantó la cuchara y observó caer el hilo oscuro y brillante.
—¿Cómo sabe cuándo está lista?
Virginia contempló la mezcla. En aquel cazo hervían las manos quemadas, la casa perdida, la sangre de Tomás, los nombres gritados junto a las vías y las cartas que tardaron demasiados años.
—Está lista cuando deja de ser lo que era sin olvidar de dónde vino.
Lucía probó una cucharada.
—La suya sabe diferente.
Virginia miró sus manos deformadas. El fuego no había conseguido devorarlas. El agua no pudo vaciarlas. La bala no logró cerrarlas y el tren no las dejó inútiles. Esas manos continuaban alimentando, revolviendo y entregando dulzura.
—Es porque el azúcar sólo aprende a endulzar después de conocer el fuego.
Al caer la tarde, Virginia apagó la leña. Varios niños esperaban alrededor del cazo. Ella llenó platos, repartió tortillas y sirvió la cajeta todavía caliente. En cada rostro encontró algo de los tres hijos ausentes; en cada mano extendida descubrió una razón para seguir usando las suyas.
Cuando todos se marcharon, permaneció sola frente al cobre. Levantó la cuchara y dejó caer lentamente un hilo dorado. La mezcla descendió con la paciencia de aquello que ha soportado el hervor sin destruirse.
El río le había quitado una casa.
La bala le había arrebatado al marido.
El tren se había llevado los nombres de sus hijos.
Pero ninguna de esas fuerzas consiguió volverla amarga.
Virginia Salgado había pasado la vida frente al fuego, removiendo cuanto perdió para evitar que se pegara al fondo de su corazón. Y al final, cuando parecía que sólo le quedaban cenizas, descubrió que sus ausencias también podían alimentar.
Por eso siguió moviendo la cuchara.
Porque mientras algo hirviera dentro del cazo, su casa no estaría completamente vacía.
Y mientras un niño esperara una cucharada junto al fogón, todavía habría dulzura suficiente para impedir que el dolor tuviera la última palabra.




4.- EL CAZADOR DE MILAGROS
Donato Cruz nació durante un eclipse en La Cruz del Palmar, comunidad otomí de San Miguel de Allende, y creció sembrando maíz en una parcela donde había más piedras que tierra; cuando la sequía lo obligó a buscar trabajo en la ciudad, cambió la coa por la pólvora y aprendió a sembrar sobre la noche flores, pájaros y soles capaces de hacer llorar a los viejos, estremecer a los niños y reunir bajo un mismo cielo al San Miguel campesino y al San Miguel que comenzaba a transformarse
EL NIÑO QUE NACIÓ MIRANDO AL SOL OSCURO
Donato Cruz Hernández nació durante un eclipse, en una casa de adobe de La Cruz del Palmar. Aquella mañana, las gallinas corrieron hacia el gallinero creyendo que la noche había regresado; los perros aullaron, los pájaros dejaron de cantar y algunos ancianos salieron al patio para pedir que el sol no abandonara la tierra. Dentro de la casa, Tomasa Hernández apretaba los dientes mientras la partera, doña Sabina, recibía a un niño que llegó al mundo sin llorar.
Lo extraño no fue su silencio, sino que abrió los ojos inmediatamente.
Doña Sabina intentó cubrirle el rostro, pero el recién nacido giró la cabeza hacia la puerta, donde la luz se había convertido en una moneda oscura rodeada de fuego. Durante unos segundos, Donato pareció contemplar el eclipse con una serenidad que asustó a las mujeres.
—Tápale los ojos —ordenó Tomasa.
La partera envolvió al niño y dijo que aquel muchacho pasaría su vida persiguiendo la luz que acababa de ver desaparecer.
Epifanio Cruz, su padre, se rio cuando escuchó la profecía. Era un campesino de palabras escasas, piel curtida y manos tan endurecidas que podía sostener una piedra filosa sin lastimarse. No creía en anuncios del cielo. Creía en la lluvia cuando mojaba la tierra, en el maíz cuando nacía y en el hambre cuando la cosecha fracasaba.
La familia cultivaba una parcela pedregosa. Epifanio decía que allí las piedras crecían con mayor facilidad que las plantas. Antes de sembrar, él y Donato pasaban días retirándolas. Cada temporada parecía producir una nueva cosecha de rocas.
A los siete años, el niño preguntó por qué continuaban trabajando una tierra tan difícil. Epifanio hundió la coa, abrió un pequeño agujero y depositó varios granos.
—Porque ésta es la que tenemos.
—¿Y si no quiere dar maíz?
—Le pedimos otra vez.
Donato aprendió que sembrar consistía en sostener una conversación obstinada con la incertidumbre. Su padre enterraba semillas aunque las nubes no prometieran nada; su madre preparaba tortillas antes de saber si habría suficiente nixtamal para la semana. En aquella casa, la esperanza no era una frase: era un trabajo físico.
Tomasa conservaba palabras, cantos y relatos otomíes heredados de sus mayores. Bordaba pájaros, flores y venados sobre servilletas que después vendía en la ciudad. Donato se sentaba junto a ella y observaba cómo un hilo de color podía convertir una tela vacía en un jardín.
—¿Cómo sabes qué figura va a salir? —le preguntaba.
—Primero la veo aquí —respondía Tomasa, tocándose la frente—. Después convenzo a las manos.
El niño comenzó a dibujar las figuras de su madre sobre las paredes con carbón. Llenó la cocina de pájaros negros, soles, mazorcas y animales fantásticos. Epifanio fingía molestarse, pero evitaba encalar aquella parte de la casa.
Donato sentía fascinación por todo cuanto producía luz. Perseguía luciérnagas, recogía fragmentos de vidrio y los levantaba frente al sol para ver cómo la claridad se quebraba en colores. Durante las fiestas esperaba los cohetes con una impaciencia que le impedía comer. Mientras los demás miraban el estallido, él buscaba al hombre que lo había provocado. Le intrigaba pensar que unas manos terrestres pudieran convencer al cielo de florecer.
A los once años intentó fabricar su primera celebración con papel, carrizo y materiales que encontró abandonados después de una fiesta. No conocía el oficio ni comprendía los riesgos. El resultado fue un estruendo que hizo correr a las gallinas, derribó una olla y dejó a Epifanio con el sombrero cubierto de ceniza.
Tomasa salió pensando que la casa se incendiaba. Encontró a su hijo detrás de un muro, despeinado y con el rostro negro.
—¿Qué hiciste?
—Quería fabricar una estrella.
Epifanio observó el agujero abierto en una cubeta.
—Pues te salió un eclipse.
Después de asegurarse de que Donato estaba ileso, su padre le prohibió volver a experimentar. El niño obedeció, pero comenzó a guardar en una caja los papeles de colores que recogía en las fiestas. No sabía aún cómo producir luz; por lo menos podía coleccionar sus restos.
La sequía llegó cuando tenía quince años. El cielo permaneció limpio durante meses, con una belleza cruel. Las nubes aparecían a lo lejos y cambiaban de rumbo antes de alcanzar la comunidad. Epifanio sembró una vez y las semillas no brotaron. Sembró de nuevo, pero la tierra devolvió plantas amarillas que murieron antes de levantar una cuarta.
Donato acompañaba a su padre hasta la parcela. Allí encontraban los surcos abiertos como heridas y las hojas quebradas por el sol. Epifanio se arrodillaba, tomaba un puñado de tierra y lo dejaba caer lentamente.
—Le pedimos otra vez —recordó Donato.
Su padre contempló el campo.
—Hay años en que la tierra también se queda sin respuesta.
Vendieron algunos animales. Tomasa aumentó los bordados. Epifanio comenzó a trabajar por temporadas fuera de la comunidad, pero el dinero apenas alcanzaba para comer. Donato decidió buscar empleo en la cabecera de San Miguel de Allende. Salía antes del amanecer y regresaba de noche. Cargó mercancía, limpió patios, ayudó en obras y aceptó cuanto trabajo aparecía.
En la ciudad descubrió un mundo diferente. Los campanarios parecían nacer de la piedra, las calles descendían y subían entre fachadas encendidas, y por el Jardín pasaban habitantes, comerciantes, visitantes y extranjeros que miraban las puertas como si cada una escondiera una revelación. Donato observaba aquella belleza sin sentirse dueño de ella. San Miguel pertenecía al mismo municipio que su comunidad, pero algunas veces parecía encontrarse a una distancia mayor que cualquier país.
Una tarde escuchó un estallido detrás de una tapia. En lugar de alejarse, buscó la entrada. Encontró a Fulgencio Rangel, un viejo pirotécnico de bigote amarillento y manos cubiertas por cicatrices. Preparaba estructuras para una celebración y necesitaba a alguien que barriera, cargara madera y mantuviera limpio el lugar.
—¿Sabes trabajar? —preguntó Fulgencio.
—Sé aprender.
—No es lo mismo.
—Si me deja quedarme, le demuestro que sí.
Donato comenzó barriendo el taller. Durante semanas no tocó nada relacionado con la pólvora. Fulgencio era riguroso porque conocía el precio de una distracción. Le enseñó primero a respetar el oficio, a mantener distancia, a ordenar los materiales y a comprender que un error podía convertir una fiesta en luto. Donato observaba, memorizaba y preguntaba.
—¿Cuándo voy a fabricar algo?
—Cuando dejes de tener prisa.
—¿Y cuándo ocurrirá eso?
—El día que entiendas que el fuego no obedece. Uno sólo consigue que acepte acompañarlo.
Aquella frase cambió su manera de mirar. Donato comprendió que la pirotecnia no consistía en dominar la llama, sino en trabajar cerca de una fuerza que podía iluminar o destruir. La misma humildad con la que Epifanio depositaba una semilla en la tierra debía aplicarse al preparar una fiesta para el cielo.
EL HOMBRE QUE APRENDIÓ A SEMBRAR SOBRE LA NOCHE
Fulgencio descubrió muy pronto que Donato poseía una memoria extraordinaria para las formas. El muchacho podía observar una estructura una vez y reconstruirla mentalmente. También sabía dibujar. Llevaba al taller los pájaros, venados, flores y mazorcas que Tomasa bordaba, y preguntaba si podían trasladarse al lenguaje de la luz.
—En el cielo no se borda —decía Fulgencio.
—¿Por qué no?
—Porque no tiene tela.
—Tiene oscuridad.
El viejo guardó silencio. Después sonrió. Comprendió que aquel muchacho no quería limitarse a repetir los diseños conocidos. Deseaba convertir la noche en la tela más grande del mundo.
Durante años, Donato aprendió el oficio sin separarlo de su origen. Mientras trabajaba en San Miguel, continuaba ayudando a Epifanio durante las temporadas de siembra. Sus manos conocieron dos formas de la espera: la semilla enterrada y el instante anterior al encendido. Ambas exigían confianza. En una, el fruto surgía desde abajo; en la otra, florecía arriba.
En una fiesta de La Cruz del Palmar presentó su primer diseño propio. Quiso representar una milpa creciendo bajo la lluvia. El resultado inicial fue menos solemne de lo esperado: una parte de la estructura se encendió antes de tiempo, un círculo comenzó a girar en dirección equivocada y el encargado de la celebración tuvo que correr con la sotana levantada.
Durante varios minutos, la plaza entera fue una mezcla de gritos, carreras y carcajadas. Nadie resultó herido, pero Fulgencio permaneció serio mientras Donato contemplaba con horror lo que había hecho.
Cuando todo terminó, el anciano se acercó.
—¿Qué aprendiste?
—Que la milpa también puede perseguir al sacerdote.
Fulgencio intentó mantener el gesto severo, pero terminó riendo. Después obligó a Donato a revisar cada error. La alegría no debía construirse sobre el riesgo de los demás. A partir de esa noche, el muchacho se volvió meticuloso. Conservó la imaginación, pero aprendió a colocarle responsabilidad.
En aquella misma fiesta conoció a Jacinta Nicolás, una joven bordadora de mirada serena y carácter firme. Donato la vio riéndose del sacerdote fugitivo y supuso que se burlaba de su fracaso.
—No era así como debía funcionar ——le explicó.
—Qué lástima.
—¿Por qué?
—Porque nunca había visto correr tan rápido al encargado de la fiesta.
Jacinta bordaba manteles, blusas y servilletas con su madre. Sus diseños tenían flores rojas, aves enfrentadas y venados que parecían caminar sobre la tela. Cuando Donato los vio, quiso llevarlos al cielo.
Comenzó a visitarla con el pretexto de pedirle dibujos. Jacinta fingía creerle, aunque no entendía por qué necesitaba pasar tres horas observándola bordar para copiar una flor.
—Estás mirando más mi cara que la tela.
—Necesito saber de dónde salen los diseños.
—Salen de mi cabeza.
—Entonces estoy mirando demasiado abajo.
Jacinta le arrojó un ovillo de hilo.
Se enamoraron sin estruendo. Su amor creció como las semillas que Epifanio enterraba: primero oculto y después imposible de negar. Donato la acompañaba a casa, le hablaba del cielo que algún día quería construir y le mostraba las cicatrices pequeñas que comenzaban a poblarle las manos. Ella le hablaba de la paciencia del bordado y de la necesidad de que cada color encontrara su sitio.
Se casaron en La Cruz del Palmar. Fulgencio fabricó un espectáculo sencillo; Tomasa bordó la camisa de Donato y Epifanio regaló a los recién casados un costal con la mejor semilla que pudo guardar de la cosecha. No tenía dinero ni tierras para entregarles. Les dio maíz porque era lo único que en su mundo contenía al mismo tiempo alimento, pasado y porvenir.
Jacinta se convirtió en la otra mitad del trabajo de Donato. Él imaginaba movimientos; ella corregía proporciones. Ella bordaba una flor; él pensaba cómo hacer que se abriera sobre la noche. Cuando Donato se entusiasmaba demasiado, Jacinta lo devolvía a la realidad.
—Puedo iluminar toda la plaza —decía él.
—Primero cambia el foco de la cocina.
—Estoy pensando en algo más grande.
—Nuestra cocina lleva tres semanas a oscuras. Empieza por el milagro pequeño.
Tuvieron una hija, a quien llamaron Lucía. La niña creció entre bordados y dibujos, protegida de los materiales peligrosos, pero fascinada por los relatos de su padre. Cuando escuchaba una detonación lejana, levantaba los brazos y aseguraba que Donato estaba conversando con el cielo.
San Miguel comenzó a transformarse. Llegaron más visitantes, artistas y extranjeros que compraban casas, recorrían galerías y fotografiaban las celebraciones. Algunos miraban las tradiciones como una curiosidad; otros intentaban comprenderlas. Donato observó el cambio con cautela. No quería que las fiestas se convirtieran en decoración para visitantes, pero tampoco despreciaba las oportunidades de trabajo.
Un extranjero le pidió preparar fuegos artificiales para una boda. Deseaba “algo muy mexicano”, aunque no podía explicar qué significaba aquello. Donato le mostró varios dibujos. El hombre eligió una composición inspirada en los bordados de Jacinta.
—Quiero comprar ese cielo —dijo.
Donato respondió que el cielo no se vendía; se pagaba el trabajo de iluminarlo durante unos minutos.
La frase comenzó a circular. Pronto algunos decían que en San Miguel vivía un hombre capaz de vender porciones de noche. Lo buscaron para bodas, fiestas, celebraciones y encuentros. Donato aceptaba los encargos que respetaban su trabajo y rechazaba aquellos que pretendían convertirlo en una extravagancia vacía.
Con lo ganado mejoró la casa de sus padres, compró herramientas y dio trabajo a jóvenes de La Cruz del Palmar. Nunca quiso que olvidaran el campo. Les decía que una figura de luz carecía de sentido si no sabían cómo era una mazorca, cómo volaba un pájaro o qué color adquiría la tierra antes de la lluvia.
Sus manos se llenaron de cicatrices. Algunas fueron pequeños accidentes; otras, recuerdos de jornadas difíciles. Jacinta las curaba en silencio. Una noche, después de una quemadura, Donato confesó que tenía miedo.
—No del fuego —aclaró—. Tengo miedo de que un día mis manos ya no puedan hacer esto.
Jacinta tomó sus dedos marcados y los besó.
—Entonces lo enseñarás. Lo que sólo sabe hacer una persona muere con ella. Lo que se comparte aprende a quedarse.
A partir de entonces, Donato comenzó a formar aprendices. No les enseñaba únicamente un oficio. Les hablaba de responsabilidad, memoria y respeto. Les recordaba que la multitud veía unos minutos de belleza, pero detrás había días de disciplina y una obligación absoluta: todos debían regresar a casa.
LA NOCHE EN QUE LA MILPA FLORECIÓ SOBRE SAN MIGUEL
Los años encorvaron a Epifanio. Sus piernas dejaron de permitirle trabajar la parcela y sus manos comenzaron a temblar. Pasaba las tardes sentado frente a la casa, observando el terreno donde había sembrado durante toda la vida. Le costaba comprender que su hijo ganara dinero fabricando cosas destinadas a desaparecer en segundos.
—El maíz alimenta —le decía—. La luz no.
Donato nunca discutía. Sabía que su padre medía el valor de las cosas por su capacidad para vencer el hambre.
Fulgencio murió durante una temporada de lluvias. No lo mató la pólvora, como muchos habían supuesto, sino un corazón agotado. Donato llegó al taller y encontró la silla vacía, el sombrero colgado y una libreta llena de anotaciones. En la última página había una frase: “No fabriques ruido. Fabrica el instante en que todos recuerdan que están vivos”.
La muerte del maestro dejó a Donato frente al encargo más importante de su vida. Le pidieron preparar un gran espectáculo para las celebraciones de San Miguel Arcángel. Había trabajado muchas veces en ellas, pero ahora debía dirigirlo todo. Sería contemplado por habitantes de la ciudad, familias de las comunidades rurales y visitantes llegados de muchos lugares.
Durante semanas no encontró la idea central. Dibujó torres, estrellas y figuras monumentales, pero ninguna contenía aquello que necesitaba decir. Una tarde volvió a La Cruz del Palmar y encontró a Epifanio mirando la parcela vacía. La sequía había regresado. Sobre la tierra sólo permanecían algunos tallos secos.
Donato se sentó junto a él.
—¿Por qué seguiste sembrando aquí tantos años?
Epifanio tardó en responder.
—Porque cuando nace una planta entre estas piedras, uno sabe que no fue fácil engañar a la muerte.
Donato contempló los surcos y comprendió.
El gran espectáculo sería una milpa.
Jacinta diseñó las figuras. Tomasa, ya muy anciana, sacó sus bordados y señaló los colores. Lucía, convertida en joven, ayudó a organizar el trabajo. Los aprendices prepararon las estructuras bajo la supervisión de Donato. Él quiso reunir en aquella obra todo lo que lo había formado: el eclipse de su nacimiento, las semillas de Epifanio, los pájaros bordados por Tomasa, las flores de Jacinta y las enseñanzas de Fulgencio.
El día de la celebración, Epifanio dijo que no iría. Estaba cansado y le dolían las piernas. Donato no insistió. Sin embargo, al caer la noche, varios jóvenes llegaron con una silla y lo llevaron hasta un sitio seguro desde donde pudiera mirar.
La multitud llenó los espacios de la ciudad. Había campesinos, artesanos, niños, comerciantes, ancianos y visitantes. Se escuchaban campanas, música y conversaciones en distintos idiomas. Por encima de todos se extendía la misma oscuridad.
Donato observó sus manos. Las cicatrices parecían caminos secos. Jacinta se acercó y le acomodó la camisa bordada que había preparado para él.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Entonces todavía entiendes lo que haces.
Cuando llegó el momento, Donato dio la señal.
La noche recibió primero una luz tenue. Después aparecieron líneas verdes que comenzaron a levantarse como tallos. Sobre ellas se abrieron hojas, mazorcas doradas y flores rojas inspiradas en los bordados de Jacinta. Pájaros luminosos cruzaron por encima de la milpa. Una lluvia de destellos descendió sin tocar la tierra.
Los niños gritaron.
Los ancianos guardaron silencio.
Tomasa lloró al reconocer las figuras que había bordado durante toda su vida. Jacinta tomó la mano de Lucía. Los visitantes dejaron de mirar a través de sus cámaras y levantaron el rostro.
Epifanio permanecía inmóvil. Sobre el cielo de San Miguel crecía la cosecha que la tierra le había negado. Cada mazorca de luz parecía surgir de los granos que había enterrado con Donato cuando éste era niño.
Después, todo se apagó.
Durante unos segundos regresó la oscuridad completa. Algunas personas creyeron que había terminado. Entonces apareció un círculo negro rodeado por un resplandor intenso: el eclipse bajo el cual Donato había nacido. La figura permaneció suspendida y comenzó a abrirse lentamente hasta convertirse en un sol de colores.
La multitud estalló en aplausos.
Epifanio se puso de pie con ayuda de los jóvenes. Buscó a su hijo y levantó una mano. Donato lo vio desde la distancia. En aquel gesto reconoció todo lo que su padre nunca había sabido decirle.
Después de la celebración regresaron juntos a La Cruz del Palmar. Epifanio pidió detenerse junto a la parcela. La noche volvía a estar oscura y el olor de la pólvora llegaba debilitado desde la ciudad.
—Yo decía que la luz no alimentaba —murmuró.
Donato esperó.
—Estaba equivocado. Esta noche comió todo el pueblo.
Epifanio murió meses después, al comienzo de una temporada de lluvia. Donato enterró junto a él un puñado de la semilla que le había regalado el día de su boda. No quiso ofrecerle flores compradas. Le llevó aquello que su padre había depositado en la tierra durante toda la vida.
Los años pasaron. Donato continuó trabajando hasta que las manos comenzaron a perder firmeza. La ciudad siguió cambiando; llegaron más hoteles, galerías, visitantes y celebraciones. Él permaneció unido a La Cruz del Palmar y defendió que sus aprendices conocieran el origen de las figuras que colocaban en el cielo. No quería luces sin memoria.
Lucía tuvo una hija y la llamó Citlali. La niña heredó la curiosidad de Donato y la precisión de Jacinta. El abuelo le enseñaba a dibujar lejos de cualquier peligro. Juntos imaginaban venados, flores, pájaros y mazorcas.
Una noche, sentados en el patio, Citlali le preguntó si no le dolía que sus obras desaparecieran tan pronto.
Donato observó el cielo.
—¿Cuánto dura un relámpago?
—Muy poquito.
—¿Y lo olvidas?
—No.
—Entonces no importa cuánto dura la luz. Importa lo que alcanza a iluminar.
En su última celebración, Donato no dirigió el espectáculo. Permaneció junto a Jacinta, rodeado por sus aprendices, su hija y su nieta. Cuando llegó el momento, Citlali tomó la mano del abuelo y juntos dieron la señal.
Sobre la noche volvió a crecer una milpa luminosa. Después aparecieron pájaros, flores y un sol abierto. Los niños gritaron; los viejos lloraron; las campanas parecieron temblar dentro de los colores.
Donato levantó el rostro como lo había hecho al nacer. Muchos años atrás encontró un sol oscurecido y una comunidad temerosa de que la luz no regresara. Ahora, frente a sus ojos envejecidos, el cielo estaba lleno de todo cuanto había amado.
No abandonó la siembra.
Solamente cambió de terreno.
Epifanio depositó semillas debajo de las piedras. Tomasa sembró colores sobre la tela. Jacinta bordó flores capaces de resistir los años. Donato plantó instantes en la memoria de quienes alguna vez miraron hacia arriba.
Por eso lo llamaron el cazador de milagros, aunque él jamás aceptó el nombre. Aseguraba que los milagros no podían cazarse ni guardarse. Había que trabajar durante días para ofrecerles un lugar, encenderlos con respeto y dejarlos ir.
Porque algunas luces nacen para durar apenas unos segundos.
Pero cuando iluminan aquello que somos, ya no se apagan nunca.




5.- LA MALDICIÓN DE LA ARCILLA
Eladio Vargas aprendió a odiar el barro porque su padre utilizaba las mismas manos con las que modelaba platos para golpearlo; a los veinte años incendió el taller familiar y huyó hacia los cuadriláteros clandestinos, la frontera, el alcohol y las prisiones, hasta regresar viejo a Dolores Hidalgo con los puños destruidos, la culpa de haber abandonado a su madre y una última posibilidad de redención: abrir las manos, modelar la vasija que nunca pudo entregarle y enseñar a otros jóvenes que ninguna herida tiene derecho a convertirse en violencia
EL NIÑO AL QUE GOLPEABAN CON LA TIERRA
Eladio Vargas Zamora conoció el barro antes que el pan. Nació en una habitación contigua al taller de su padre, rodeado por el olor de la arcilla húmeda, la leña quemada y los pigmentos con los que Petra Zamora pintaba flores sobre platos, jarras y tibores. Desde la cuna escuchó el torno girar, el golpe de las herramientas contra la mesa y el rugido del horno que recibía piezas blandas y las devolvía endurecidas por el fuego.
La casa se levantaba en una calle humilde de Dolores Hidalgo. Al frente estaba el taller; detrás, dos habitaciones, una cocina y un patio donde Ezequiel Vargas almacenaba leña y costales de materia prima. El barro entraba en todas partes. Se pegaba a las paredes, viajaba debajo de las uñas y formaba una costra verdosa sobre la ropa. Petra bromeaba diciendo que, en aquella familia, hasta los sueños debían sacudirse antes de meterse en la cama.
Ezequiel era un alfarero excepcional. Colocaba sobre el torno una porción informe y levantaba de allí una vasija delgada, simétrica, casi perfecta. Sus dedos conocían la presión exacta para acariciar la arcilla sin herirla. Sabía cuándo humedecerla, cuándo detener el giro y cuándo permitir que la tierra encontrara por sí misma la forma. Sin embargo, aquellas mismas manos se transformaban al apartarse del torno. La paciencia que concedía al barro se la negaba a su esposa y a su hijo.
Estaba convencido de que los golpes formaban hombres. Si Eladio lloraba, le pegaba para enseñarlo a resistir; si cometía un error, volvía a golpearlo para obligarlo a obedecer. Algunas veces le arrojaba arcilla verde al rostro. En otras ocasiones le hundía las manos en el barro hasta lastimarle los dedos.
—El barro obedece —le decía—. Tú también vas a aprender.
Petra limpiaba al niño después de cada castigo. Utilizaba un paño húmedo para retirarle la tierra de las mejillas, el cabello y los labios. Mientras lo curaba, le repetía que la arcilla no tenía la culpa.
—Mi padre me golpeó con ella.
—Pero fue él quien levantó la mano.
—El barro estaba dentro de su puño.
Petra tomaba los dedos de su hijo y los extendía cuidadosamente.
—La tierra no decide en qué se convierte, Eladio. Todo depende de las manos que la tocan.
El niño no podía comprenderlo. Para él, el barro era la piel de la violencia. Olía a miedo, a lágrimas contenidas y a la respiración de Ezequiel acercándose por la espalda.
Cuando cumplió ocho años, su padre lo sentó por primera vez frente al torno. Colocó una porción de arcilla en el centro y le ordenó levantarla. Eladio apoyó los dedos, presionó demasiado y la pieza se deshizo. Ezequiel le dio una bofetada. La segunda vasija quedó torcida; la tercera se venció sobre sí misma. Cada fracaso recibió un golpe.
Petra observaba desde la mesa donde pintaba.
—Está cansado, Ezequiel.
—El barro no tiene la culpa de su flojera.
Eladio escuchó la frase de su madre deformada en la boca del padre. Apretó los dientes, colocó otra porción sobre el torno y comenzó nuevamente. Esta vez no peleó contra la materia. Dejó que girara entre sus dedos, corrigió la presión y sintió cómo la forma iba levantándose.
La vasija apareció lentamente.
No era perfecta. Tenía el borde desigual y una curva ligeramente inclinada, pero permanecía en pie. Eladio la contempló con asombro. Por un instante olvidó el miedo. Acababa de sacar una forma viva de un pedazo de tierra.
Ezequiel tomó la pieza, examinó el defecto y la aplastó.
—Otra vez.
Algo se quebró dentro del niño. No fue el talento, porque continuaba allí. Fue la posibilidad de amar lo que sus manos sabían hacer.
Petra recogió después los restos, volvió a unirlos y reconstruyó una vasija pequeña. Cuando estuvo seca, pintó sobre ella una flor azul. La guardó en secreto dentro de un baúl, envuelta en la primera camisa de Eladio.
Los años transformaron al niño en un joven fuerte, silencioso y lleno de rabia. Aprendió a preparar la arcilla, manejar el torno, vigilar el horno y reconocer una pieza mal cocida por el sonido. Poseía más talento que Ezequiel, pero se negaba a demostrarlo. Cuando una vasija le quedaba demasiado bien, introducía un dedo en la pared todavía húmeda y la deformaba. Prefería parecer torpe antes que regalarle a su padre el orgullo de haberlo formado.
Petra lo descubrió una tarde destruyendo una jarra magnífica.
—¿Por qué la rompiste?
—Porque estaba bien hecha.
—Entonces no odias el barro.
—Odio todo lo que sale de él.
Petra recogió un fragmento y lo levantó frente a la luz.
—No. Tienes miedo de que tus manos se parezcan a las de tu padre.
Aquella verdad hirió a Eladio más que una bofetada. Salió del taller sin responder, pero la frase permaneció dentro de él, esperando durante décadas el momento de cumplirse.
A los veinte años ocurrió la última paliza. Ezequiel había bebido y encontró varios platos mal acomodados. Culpó a Petra, la sujetó del cabello y la arrastró hacia el patio. Eladio se interpuso. Por primera vez no recibió los golpes sin responder. Sujetó a su padre y lo arrojó contra una mesa.
Ezequiel se levantó con un trozo de madera. Eladio alcanzó una lámpara de petróleo y la sostuvo frente a él. No pensaba incendiar el taller. Quería asustarlo, obligarlo a detenerse y demostrarle que el niño cubierto de barro ya no existía.
—Baja eso —ordenó Ezequiel.
—No vuelvas a tocarla.
—En esta casa mando yo.
—En esta casa solamente sabes destruir.
Ezequiel avanzó.
Eladio lanzó la lámpara.
El fuego encontró madera seca, telas, cajas y años enteros de trabajo. Las llamas subieron con una velocidad feroz. Petra gritó. Ezequiel intentó salvar los moldes mientras Eladio permanecía inmóvil, contemplando cómo el incendio devoraba el torno, las mesas y las piezas que esperaban entrar al horno.
Durante unos segundos sintió alivio. Creyó que estaba quemando a su padre sin matarlo, reduciendo a cenizas cada golpe recibido.
Después vio a Petra entrar al taller.
Ella regresaba por el baúl. Eladio corrió detrás y consiguió sacarla antes de que una viga se desplomara. Petra tenía quemaduras en un brazo y apretaba contra el pecho la caja donde guardaba la primera vasija.
—¿Por qué volviste por eso?
Petra lo miró rodeada por el resplandor del incendio.
—Porque aquí está el niño que eras antes de aprender a odiarte.
Las campanas comenzaron a sonar. Los vecinos acudieron con cubetas, pero el taller estaba perdido. Ezequiel contempló a su hijo con el rostro ennegrecido. Eladio comprendió que, si permanecía allí, uno de los dos terminaría muerto.
Huyó aquella misma noche.
No se despidió de Petra. No le pidió perdón. Corrió mientras detrás de él el cielo de Dolores Hidalgo se encendía con el fuego que había provocado. Creyó que escapaba de su padre, sin comprender que Ezequiel ya se había instalado dentro de sus puños.
EL BOXEADOR QUE UTILIZÓ SUS PUÑOS PARA HUIR DE SÍ MISMO
Eladio llegó primero a San Luis Potosí, después a Monterrey y finalmente a la frontera. Trabajó cargando mercancías, limpiando establos, lavando vasos y descargando camiones. Cambiaba de ciudad cada vez que alguien comenzaba a preguntarle por su pasado. Dormía en cuartos baratos y evitaba los espejos porque, con cada año, encontraba más rasgos de Ezequiel sobre su propio rostro.
Una noche, en una cantina fronteriza, dos hombres intentaron golpear a un mesero viejo. Eladio se interpuso y derribó a ambos. No peleó con técnica: peleó con veinte años de miedo acumulado. Sus puños cayeron sobre aquellos desconocidos como si finalmente hubieran encontrado el rostro de su padre.
Entre los clientes estaba Mauro Saldaña, promotor de combates clandestinos. Se acercó cuando terminó la pelea y le ofreció dinero por enfrentarse a un boxeador la noche siguiente.
—No soy boxeador.
—Tampoco esos hombres eran tu padre y les pegaste como si lo fueran.
Eladio lo miró con furia.
—¿Cuánto pagan?
Así comenzó.
Los combates se realizaban en bodegas, patios de talleres y sótanos donde el aire olía a sudor, tabaco, sangre y billetes manoseados. No había licencias, médicos ni reglas capaces de protegerlos. Los hombres peleaban bajo focos desnudos mientras alrededor crecían los gritos, las apuestas y el deseo de ver caer a alguien.
Mauro le enseñó a vendarse, cubrir el rostro y utilizar el peso del cuerpo. Eladio aprendió rápidamente. Había pasado la infancia recibiendo golpes y sabía reconocer el movimiento que los anunciaba. Poseía resistencia, brazos poderosos y una rabia que parecía no agotarse.
Le pusieron El Alfarero.
El apodo nació después de que alguien afirmó que sus golpes remodelaban el rostro de los adversarios. El público comenzó a gritarlo durante las peleas sin saber que aquel nombre abría una herida mucho más antigua que todas las del cuadrilátero.
—¡Alfarero! ¡Alfarero!
Cada vez que lo escuchaba, Eladio golpeaba con mayor furia. Quería destruir el nombre, pero sólo conseguía fortalecerlo.
Antes de cada combate se envolvía las manos. Observaba los dedos, recordaba a Petra limpiándole el barro de las mejillas y cerraba los puños. Después entraba dispuesto a castigar en otros hombres todo aquello que nunca había podido enfrentar dentro de sí.
Ganó muchas peleas. También perdió dientes, se fracturó la nariz y comenzó a escuchar un zumbido permanente en el oído izquierdo. El dinero llegaba por la noche y desaparecía antes del amanecer. Bebía, pagaba habitaciones, compraba ropa y regalaba billetes con la desesperación de quien no desea conservar nada que pueda obligarlo a imaginar un futuro.
Las cartas de Petra lo encontraron en la frontera. La primera llegó a la cantina donde trabajaba. Le contaba que Ezequiel había sobrevivido al incendio, pero una quemadura le impedía mover bien un brazo. El taller estaba destruido y sobrevivían pintando piezas para otros artesanos.
“No tengas miedo de regresar”, escribió. “Tu padre conserva la rabia, pero yo todavía conservo un lugar para ti.”
Eladio dobló la carta y la guardó dentro de la bolsa donde llevaba las vendas. Aquella noche subió al cuadrilátero con los nudillos abiertos. Derribó a su adversario en pocos minutos, pero continuó golpeándolo hasta que Mauro tuvo que separarlo.
—Ya terminó.
Eladio miró al hombre caído. Era joven. Tenía sangre en la boca y unos ojos llenos del mismo miedo que él había sentido frente a Ezequiel. Durante un instante quiso ayudarlo a levantarse. Después escuchó al público gritar su apodo y levantó los brazos.
La segunda carta anunció la muerte de su padre. Ezequiel había pasado sus últimos años sentado frente a las ruinas del taller, bebiendo y culpando a Eladio. Una infección terminó de consumirlo. Petra no le pedía que acudiera al entierro; únicamente quería informarle que el hombre a quien tanto había temido ya no podía volver a golpearlo.
Eladio compró un boleto para Dolores Hidalgo. Llegó a la terminal con una maleta pequeña y permaneció sentado hasta que anunciaron la salida. Imaginó a Petra viviendo entre paredes quemadas. Recordó sus brazos lastimados y el baúl contra el pecho.
El autobús encendió el motor.
Eladio no consiguió levantarse.
Dejó que partiera sin él.
Las cartas continuaron llegando. Petra le hablaba de las lluvias, de una pared reconstruida y de la bugambilia que había vuelto a crecer en el patio. Nunca le reprochaba el incendio. Cada palabra estaba escrita con una ternura que lo golpeaba más que cualquier adversario.
En una de ellas decía: “No necesito que regreses convertido en un hombre bueno. Regresa como puedas. Las madres también sabemos recibir ruinas.”
Eladio bebió durante tres días después de leerla. Al cuarto escribió una respuesta. Llenó varias páginas pidiendo perdón, prometiendo volver y confesando que cada noche despertaba oliendo el incendio. Guardó la carta dentro de un sobre, pero no la envió. Le parecía que las palabras habían quedado demasiado limpias para unas manos como las suyas.
A los treinta y cuatro años fue detenido durante una redada. El lugar donde peleaba funcionaba también como centro de apuestas y cobro violento de deudas. Recibió su primera condena.
En prisión siguió peleando. Al principio lo hizo para defenderse. Después, algunos internos comenzaron a organizar combates. Los custodios toleraban las apuestas y, en ocasiones, escogían a los adversarios. Eladio volvió a ser El Alfarero. Allí no peleaba por libertad, sino por comida, protección y unos minutos de poder dentro de un sitio construido para quitárselo todo.
Celso Aguilar, un preso mayor que compartía su celda, lo observaba regresar con el rostro abierto y los nudillos inflamados.
—Cada vez te pareces más a él.
Eladio giró con violencia.
—¿A quién?
—Al hombre con quien peleas aunque no esté aquí.
Eladio lo sujetó por la camisa.
—No vuelvas a hablar de mi padre.
Celso no bajó la mirada.
—Yo no hablé de él. Tú acabas de hacerlo.
Cuando recuperó la libertad, Eladio regresó a la frontera. Intentó abandonar los combates, pero no sabía vivir sin el golpe, el grito y el instante en que otro hombre caía. Trabajaba durante el día y peleaba por la noche. Su cuerpo comenzó a cobrarle cada año: las rodillas fallaban, el oído izquierdo apenas respondía y los dedos ya no cerraban completamente.
Mauro trató de retirarlo.
—Ya no eres el mismo.
—Nunca he sido el mismo.
—Un día no vas a levantarte.
—Eso espero.
Volvió a prisión en dos ocasiones por delitos relacionados con las peleas clandestinas, las apuestas y el cobro de deudas. Cada encierro lo endureció. En el último, sus manos comenzaron a temblar. El hombre capaz de derribar a casi cualquiera ya no podía sostener un vaso lleno sin derramarlo.
Petra dejó de escribir.
Al principio, Eladio supuso que estaba enferma. Después imaginó que finalmente se había cansado de esperarlo. Esa idea le dolió, pero también le proporcionó una excusa: si su madre había renunciado a él, ya no tenía sentido regresar.
Meses después recibió un sobre escrito por doña Candelaria, una vecina de Dolores Hidalgo. Petra había muerto ocho meses antes. La encontraron sentada junto al baúl, sosteniendo una fotografía de su hijo. Había pintado piezas ajenas hasta que la vista y los dedos dejaron de obedecerle. Murió pobre, defendiendo la casa porque continuaba convencida de que Eladio regresaría.
La carta que él había escrito años atrás seguía guardada entre sus pertenencias.
Nunca la envió.
Eladio leyó la noticia sentado en la litera. Después caminó hasta el patio, donde otros presos organizaban una pelea. Pidió entrar. Golpeó a su adversario hasta que sus manos se abrieron. Luego buscó a otro. Quería destruir todo lo que todavía pudiera sentir.
Celso se interpuso.
—Tu madre murió y tú sigues golpeando a tu padre.
—Quítate.
—Ezequiel ya está muerto.
—¡Quítate!
—El único que continúa levantando sus manos eres tú.
Eladio lanzó un golpe, pero se detuvo antes de tocarlo. El puño quedó suspendido frente al rostro de Celso.
Temblaba.
Por primera vez vio con claridad la herencia recibida: Ezequiel había utilizado las manos capaces de crear para lastimar a su familia; Eladio había pasado la vida utilizando las suyas únicamente para destruir. Incendió el taller para escapar de su padre y terminó convirtiendo su propio cuerpo en el último taller de su violencia.
Abrió los dedos.
Después cayó de rodillas.
Lloró con las manos apoyadas sobre el suelo de la prisión. No lloró solamente por Petra. Lloró por el niño cubierto de barro, por la vasija destruida, por la carta no enviada y por todos los hombres sobre quienes descargó una furia que nunca les perteneció.
Aquella noche dejó el alcohol y las peleas. La transformación no fue limpia ni inmediata. Durante semanas tembló, sudó y despertó buscando algo que adormeciera la culpa. Celso permaneció a su lado.
—Ya no tengo nada afuera —dijo Eladio.
—Tienes una casa.
—Está quemada.
—Entonces ya se parece a ti.
Cuando recuperó la libertad, Eladio tenía sesenta y siete años, la espalda vencida, varios dientes menos y unas manos incapaces de permanecer quietas. Guardó las cartas de Petra dentro de una maleta y tomó un autobús hacia Dolores Hidalgo.
Esta vez no se quedó sentado en la terminal.
LA ÚLTIMA VASIJA ANTES DEL INFIERNO
La ciudad había cambiado. Algunas calles le resultaban conocidas; otras parecían pertenecer a un sitio distinto. Eladio caminó hasta el barrio donde había nacido. Reconoció la torre de la iglesia, una esquina y el árbol bajo el cual se ocultaba cuando Ezequiel lo perseguía.
La casa continuaba en pie, pero el taller era una ruina. Parte del techo se había desplomado. El horno estaba cubierto por maleza y el torno permanecía oxidado debajo de una lámina. En el patio, la tierra se había endurecido hasta parecer piedra.
Introdujo la llave enviada por doña Candelaria. La puerta se resistió, como si la vivienda hubiera aprendido a desconfiar de su regreso. Eladio empujó con el hombro y entró.
El aire olía a humedad, polvo y abandono. En su antigua habitación encontró la cama preparada por Petra. Sobre un clavo permanecía colgada la camisa que había dejado a los veinte años. Estaba descolorida y cubierta de polvo, pero todavía conservaba la forma de sus hombros jóvenes.
Eladio la tomó y hundió el rostro en la tela. Buscó el olor de su madre.
No quedaba nada.
Doña Candelaria llegó esa tarde. Era una anciana pequeña, apoyada en un bastón. No lo abrazó. Primero lo miró durante largo tiempo, como si quisiera comprobar que el hombre frente a ella era el muchacho que había visto huir.
—Te tardaste.
—Sí.
—Petra defendió esta casa hasta el último día.
—No merezco entrar.
—Eso debiste pensarlo antes de hacerla esperar. Ahora ya estás adentro. Decide para qué volviste.
Le entregó el baúl. Dentro estaban las cartas de Petra, la respuesta que Eladio nunca envió y la pequeña vasija envuelta en un paño.
La reconoció inmediatamente.
Era la primera pieza que había levantado a los ocho años, aquella que Ezequiel aplastó y Petra volvió a formar. La flor azul todavía sobrevivía sobre un costado, pero la vasija estaba partida en dos.
Eladio sostuvo los fragmentos. Sus manos comenzaron a temblar.
—La conservó toda su vida —explicó Candelaria—. Decía que algún día volverías para terminarla.
Aquella noche leyó todas las cartas. No encontró acusaciones. Petra hablaba del clima, de los vecinos, de la bugambilia y de su esperanza. En la última, escrita con trazos deformados por la edad, había dejado unas palabras que parecían esperarlo detrás de la muerte:
“Si vuelves cuando yo ya no esté, no le pidas perdón a mi tumba. Haz algo que tus manos no tengan que lamentar.”
Al amanecer, Eladio salió al patio. Tomó una pala y comenzó a romper la tierra endurecida. Cada golpe le sacudía los hombros. El sol subió y le quemó la espalda, pero continuó excavando hasta encontrar una capa húmeda. Separó los terrones, retiró las piedras y llevó la tierra hasta una mesa.
Comenzó a preparar la arcilla.
El contacto le devolvió todos los olores de la infancia. Vio el rostro de Ezequiel, escuchó las bofetadas y sintió nuevamente el barro contra sus labios. Apartó las manos como si la tierra estuviera hirviendo. Durante casi cincuenta años había boxeado para demostrar que ya no era el niño indefenso. Sin embargo, bastó tocar la arcilla para encontrarlo escondido dentro de sus cicatrices.
Recordó entonces a Petra limpiándole el rostro.
“La tierra no decide en qué se convierte. Todo depende de las manos que la tocan.”
Eladio regresó al torno. Engrasó el mecanismo, reparó el pedal y colocó la arcilla en el centro. Cuando impulsó la rueda, el hierro soltó un gemido semejante al de un animal despertando después de décadas.
Sus manos temblaban. Los dedos fracturados no podían mantener una presión constante. La primera pieza se venció. La segunda se abrió por un costado. La tercera perdió el centro y cayó sobre la rueda.
Eladio golpeó la mesa. Pateó el torno y arrojó la arcilla contra una pared. La rabia regresó completa: Ezequiel, Mauro, las cárceles, la muerte de Petra y los años desperdiciados. Tomó un trozo de madera y levantó el brazo para destruir el torno.
En aquel instante se vio desde afuera.
Ezequiel estaba viviendo dentro de ese gesto.
Eladio dejó caer la madera.
—Tú ya no vas a trabajar aquí.
Recogió la arcilla del suelo. La humedeció y volvió a amasarla. Las lágrimas comenzaron a caer sobre sus manos. Durante décadas creyó que llorar era rendirse; aquella mañana comprendió que las lágrimas también podían devolverle humedad a una tierra endurecida.
Se sentó nuevamente.
Ya no intentó dominar la arcilla. La sostuvo. Buscó el centro y permitió que girara entre sus dedos. Sus manos continuaron temblando, pero, en lugar de pelear contra el temblor, aprendió a incorporarlo. La pared de la pieza empezó a subir con lentitud.
Eladio respiraba al ritmo del torno.
La vasija apareció.
Quedó ligeramente inclinada y conservó las marcas de unos dedos rotos. No era perfecta, pero permanecía en pie. Eladio la contempló como había mirado su primera creación a los ocho años. Durante un instante esperó que apareciera la mano de su padre para aplastarla.
Nadie llegó.
Apoyó la frente sobre la mesa y lloró sin esconderse.
Durante los días siguientes reparó el horno. Doña Candelaria consiguió leña y algunos vecinos lo ayudaron a limpiar. Un niño llamado Mateo permanecía durante horas junto a la puerta, observándolo trabajar.
—¿Usted es el hijo de doña Petra?
—Soy lo que quedó de él.
—Mi abuela dice que ella era muy buena.
—Tu abuela se queda corta.
Eladio coció la vasija. Después intentó pintarla. Sus dedos no tenían la precisión de Petra, pero trazó sobre la superficie una flor azul. Junto a ella dibujó una línea verde que parecía un tallo quebrado volviendo a crecer.
Cuando terminó, llevó la pieza al cementerio. La colocó sobre la tumba de su madre, la llenó con agua y depositó dentro varias flores.
—Llegué tarde, madre. No voy a pedirte que olvides ni a mentir diciendo que sufriste menos porque finalmente regresé. Te dejé sola. Permití que mi vergüenza fuera más importante que tu espera y contesté cuando ya no podías leerme.
Apoyó las manos sobre la tierra.
—Pero hoy hice algo que no necesité destruir. Ésta es la vasija que guardaste toda la vida. No pude reparar la primera, así que tuve que aprender a comenzar otra.
El viento recorrió el cementerio. Eladio permaneció arrodillado hasta que cayó la tarde.
Al regresar encontró a Mateo sentado frente al torno.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero aprender.
Eladio observó sus manos. Eran pequeñas, limpias y confiadas, como las suyas antes de que el barro se convirtiera en castigo.
—¿Tu familia sabe que viniste?
—Mi abuela me dio permiso.
—Entonces escucha la primera regla: en este taller ninguna mano volverá a levantarse contra otra persona.
Mateo asintió.
—¿Y la segunda?
—Ninguna pieza será destruida solamente porque no nació perfecta.
Eladio colocó arcilla sobre el torno y enseñó al niño a encontrar el centro. Cuando la primera vasija se inclinó, Mateo levantó los ojos esperando un regaño. El anciano sostuvo la pieza y le mostró cómo acompañar su imperfección.
En aquel gesto comenzó a romperse la verdadera maldición.
Mateo regresó al día siguiente. Después llegó Maribel, una adolescente a quien otros talleres habían rechazado porque aseguraban que las mujeres sólo servían para pintar las piezas. Más tarde apareció Toño, un muchacho sin padre que necesitaba trabajar para ayudar a su madre. Gabriel llegó escondiendo las manos dentro de los bolsillos porque también le temblaban. Lalo fue llevado por su abuela después de que lo expulsaran de la escuela por pelear.
Eladio no buscó alumnos. Los muchachos fueron llegando atraídos por el torno, el horno y aquel anciano de rostro golpeado que nunca levantaba la voz cuando una pieza se derrumbaba.
Juntos limpiaron las ruinas. Repararon el techo, levantaron una pared y rescataron herramientas cubiertas por el óxido. Eladio les enseñó a preparar la arcilla, reconocer su humedad y encontrar el centro antes de intentar levantarla. También les explicó que el barro no debía trabajarse con rabia, porque recordaba cada presión de los dedos.
—¿El barro tiene memoria? —preguntó Mateo.
—Más que nosotros. Por eso conserva todas las huellas.
La primera en sorprenderlo fue Maribel. Poseía una paciencia extraordinaria y una imaginación alimentada por las flores de los campos. Diseñó una serie de jarras decoradas con flores azules inspiradas en la vasija de Petra. Cuando un comerciante quiso pagarle menos por ser mujer, Eladio colocó las piezas nuevamente dentro de la caja.
—Si quiere manos baratas, compre una máquina. Aquí está pagando una vida.
Toño aprendió a controlar el horno y comenzó a llevar dinero a su madre. Gabriel descubrió que el temblor de sus dedos dejaba pequeñas ondulaciones sobre las vasijas. Al principio intentaba borrarlas. Eladio le pidió conservarlas.
—Eso está mal hecho —protestó el muchacho.
—No. Está hecho por ti.
Las marcas se convirtieron en su sello personal. Los compradores comenzaron a buscarlas porque ninguna pieza era igual a otra. Gabriel dejó de esconder las manos.
Lalo fue el más difícil. Tenía catorce años y llevaba la violencia pegada al cuerpo. Respondía con golpes antes de escuchar una pregunta. Una tarde, la vasija que trabajaba se venció. El muchacho gritó, levantó el puño y estuvo a punto de golpear el torno.
Eladio sujetó su brazo.
—Suélteme.
—No.
—¡La voy a romper!
—Yo pasé cuarenta años golpeando todo lo que no obedecía. Si vas a aprender conmigo, tendrás que descubrir que la fuerza también sirve para sostener.
Lalo comenzó a llorar de rabia. Eladio soltó su brazo, recogió la arcilla y la colocó otra vez en el centro.
—Empieza de nuevo.
—No puedo.
—Eso mismo decía yo.
La siguiente pieza volvió a caer. Eladio permaneció junto a él. La tercera resistió. Cuando Lalo consiguió levantar una pequeña vasija, la sostuvo entre las manos como si acabara de rescatar algo de sí mismo.
Con los meses, el taller comenzó a llenarse. Llegaron niños después de la escuela, jóvenes sin empleo y muchachas a quienes nadie había permitido acercarse a un torno. Eladio decidió llamarlo Manos Abiertas.
Sobre una pared escribió las dos reglas:
“Ninguna mano se levantará contra otra persona.”
“Ninguna pieza será destruida solamente porque no nació perfecta.”
Los aprendices comenzaron a vender platos, tazas, jarras y macetas. Parte del dinero se entregaba a cada artesano; otra parte mantenía el taller y compraba materiales. Varias familias encontraron allí un sustento. Los jóvenes mayores enseñaban a los pequeños y nadie podía recibir un pago sin aprender también a llevar las cuentas.
Mateo colocó después una tercera regla:
“Quien aprenda deberá enseñar.”
Eladio protestó porque nadie le había pedido permiso para escribirla. El muchacho le recordó que él tampoco pidió permiso antes de incendiar el primer taller.
—Aquello fue diferente.
—Sí. Esto está mejor escrito.
Eladio soltó una carcajada que sorprendió a todos. Hacía tantos años que no se escuchaba reír que hasta él pareció asustarse.
El tiempo volvió a correr por la casa. Donde Petra había trabajado sola bajo una luz pobre, ahora se reunían decenas de manos. En el patio se escuchaban conversaciones, risas y el giro constante de los tornos. El taller donde un niño aprendió a odiarse se convirtió en un lugar donde otros muchachos descubrían que todavía podían cambiar de forma sin dejar de ser ellos mismos.
Eladio nunca llegó a ser un artesano célebre. Sus manos temblaban demasiado y los años perdidos no podían recuperarse. Sin embargo, enseñó cuanto recordaba. En cada pieza buscaba la paciencia de Petra y vigilaba que ninguna palabra pronunciada allí se pareciera a la voz de Ezequiel.
Sobre una repisa colocó los dos fragmentos de la primera vasija. No intentó pegarlos. Decía que las heridas ocultas terminaban gobernándonos desde la sombra, mientras las visibles podían enseñarnos a no repetirlas.
Una tarde, Mateo le preguntó si el barro había dejado de darle miedo. Eladio acarició una vasija recién formada y negó con la cabeza.
—Pero ya entendí que nunca fue el barro.
Miró sus manos envejecidas. Eran las mismas que habían incendiado, golpeado y destruido. También eran las manos que habían orientado los dedos de todos aquellos jóvenes.
—La tierra no me hizo daño. Fueron las manos de mi padre. Después fueron las mías. Culpé al barro porque era más fácil odiar la tierra que reconocer al hombre en quien me había convertido.
Fuera del taller comenzaba a oscurecer. El horno conservaba su resplandor y sobre las mesas descansaban vasijas diferentes, imperfectas, vivas. Eladio escuchó las voces de sus aprendices y pensó en Petra pintando flores bajo una luz pobre, esperando durante décadas el regreso de su hijo.
No podía devolverle los años.
No podía alimentarla, cuidarla ni sostener su mano cuando muriera.
Pero podía impedir que la ternura de Petra terminara enterrada con ella.
Eladio abrió las puertas del taller. El olor de la arcilla húmeda salió hacia la calle, pero ya no olía a golpes ni a miedo. Olía a tierra recién mojada, a trabajo, a juventud rescatada y a todas las formas que todavía podían nacer.
La vasija colocada sobre la tumba de Petra permaneció allí durante muchos años. La lluvia fue borrando lentamente la flor azul, pero nunca consiguió derribarla.
Durante cuarenta años, Eladio utilizó las manos para devolver cada golpe que había recibido. Necesitó regresar viejo, roto y solo para comprender que un puño cerrado puede derribar a un hombre, pero únicamente una mano abierta es capaz de darle forma a la vida.
Y el hombre a quien llamaron El Alfarero mientras destruía rostros terminó mereciendo ese nombre cuando convirtió las ruinas del taller en una escuela, abrió los dedos de otros jóvenes antes de que aprendieran a cerrarlos como armas y consiguió que, a partir de sus manos, ninguna herencia de violencia volviera a pasar intacta hacia la siguiente generación.




6.- ANATOMÍA DE LAS RUINAS
Carmen Robles tenía dieciocho años cuando la violencia de 1968 le arrancó tres dedos de la mano izquierda y desapareció a su hermano en la Plaza de las Tres Culturas; diecisiete años después, el edificio Nuevo León se desplomó sobre ella y la mantuvo enterrada durante tres días entre los cuerpos de sus vecinos. Esta es la historia de una mujer que sobrevivió dos veces a una ciudad empeñada en sepultarla y que convirtió sus heridas, su memoria y su voz en la única sepultura posible para quienes nunca regresaron.
LA MANO QUE QUEDÓ TENDIDA EN TLATELOLCO
Antes de convertirse en una cicatriz que caminaba, Carmen Robles fue una muchacha de dieciocho años que se peinaba frente al espejo de la sala mientras su madre le gritaba desde la cocina que se le enfriaban los huevos. Tenía el cabello negro y abundante, los ojos serios de quienes parecen haber nacido recordando algo, y unas manos largas que le servían para escribir deprisa, remendar las camisas de su padre y tocar en la guitarra tres canciones que su hermano Rafael le había enseñado.
Vivían en un departamento modesto de Tlatelolco. Su padre, Jacinto, era trabajador de Correos; su madre, Aurora, cosía vestidos por encargo y conocía las medidas de medio edificio. Rafael, cuatro años mayor que Carmen, estudiaba ingeniería y poseía esa alegría descarada de los jóvenes que todavía creen que la razón basta para corregir al mundo.
Aquel 2 de octubre de 1968 salió de su habitación con unos volantes doblados bajo el brazo.
—¿Otra vez vas a esa plaza? —preguntó Aurora.
—No voy solo, amá. Voy con media ciudad.
Desde el pasillo, el Güero Molina, compañero suyo, metió la cabeza por la puerta.
—¡Ya vámonos, Rafa! Si llegamos tarde nos van a dejar hasta atrás, donde ni se oye ni madres.
—Cuida tu boca —lo reprendió Aurora.
—Perdón, señora Aurora. Quise decir que no se escucha ni tantito.
Rafael soltó la carcajada y Carmen también. Jacinto apareció ajustándose el cinturón del uniforme. Miró los papeles, luego a su hijo, y su cara se endureció con una preocupación que quiso disfrazar de autoridad.
—No me gusta cómo están las cosas.
—Precisamente por eso hay que ir —respondió Rafael.
Carmen decidió acompañarlo. No lo hizo por valentía ni porque entendiera por completo aquel tiempo convulso. Fue porque su hermano le había enseñado a leer los periódicos sin creerles todo, a preguntar cuando alguien ordenaba silencio y a no aceptar que el miedo tuviera siempre la última palabra.
En la plaza encontraron a estudiantes, vecinos, madres con niños, vendedores y jóvenes que llevaban semanas aprendiendo a reconocerse como parte de algo mayor que ellos. El Güero Molina saludaba a cuantos encontraba.
—¿Qué transa, mi Beto? ¿Siempre sí trajiste la manta o nomás viniste a hacer bola?
—Aquí está, carnal. Mi jefa casi me corre cuando vio que agarré su sábana buena.
—Pues ya valió. Si sobrevivimos al gobierno, a ver si sobrevives al chanclazo.
Carmen sonrió. Rafael la llevaba tomada de la mano para no perderla entre la gente. A esa hora la tarde aún parecía inocente. Las voces ascendían por las fachadas y regresaban multiplicadas. Algunas personas se asomaban a las ventanas. Había consignas, risas y una esperanza extraña: la sensación de que hablar juntos podía abrir una grieta en el muro más grueso.
Entonces aparecieron las luces en el cielo.
Carmen recordaría durante el resto de su vida el breve resplandor de las bengalas. Le parecieron hermosas durante un segundo. Después llegó el ruido.
El primer disparo no se pareció a nada conocido. El segundo se confundió con los gritos. Luego la plaza entera se convirtió en un animal herido que buscaba escapar de su propia piel. La multitud comenzó a correr. Hubo cuerpos que cayeron y otros que no pudieron detenerse para levantarlos. Rafael apretó la mano de su hermana.
—No me sueltes.
Carmen quiso responder, pero una detonación le reventó el mundo. Sintió un golpe ardiente en el brazo izquierdo, como si le hubieran enterrado una barra de hierro encendida. Cayó de rodillas. Cuando levantó la mano descubrió que ya no estaba completa. La sangre saltaba con una furia que parecía ajena, y tres de sus dedos eran apenas una ausencia roja.
Rafael se quitó la camisa, envolvió la herida y la cargó. Avanzó empujando, suplicando, protegiéndola con su cuerpo.
—¡Abran paso! ¡Está herida!
El Güero apareció con la frente ensangrentada.
—¡Por acá, Rafa! ¡Órale, por acá hay una salida!
Llegaron a una de las entradas. Una nueva estampida los golpeó. Rafael dejó a Carmen en brazos del Güero para ayudar a una mujer que había caído con un niño.
—Espérame aquí —le dijo.
Fue la última vez que ella vio su rostro.
El Güero la sacó como pudo. Corrió cargándola entre el estruendo y, al llegar a una ambulancia, gritó con la voz rota:
—¡Échenle la mano, doctores! Bueno… ayúdenla, ayúdenla ya.
Carmen despertó en un hospital. Aurora estaba sentada junto a la cama, sosteniendo lo poco que quedaba de su mano. Jacinto permanecía de pie junto a la ventana.
—¿Dónde está Rafael? —preguntó Carmen.
Ninguno contestó.
Durante semanas lo buscaron. Recorrieron hospitales, oficinas, delegaciones, cárceles improvisadas y depósitos donde las familias caminaban entre cuerpos cubiertos. Jacinto llevaba una fotografía de su hijo dentro de un sobre para protegerla del sudor. Aurora preguntaba con una voz que se iba haciendo cada día más pequeña. Carmen, todavía vendada, los acompañó en cuanto pudo ponerse de pie.
—Se llama Rafael Robles Ortega. Tiene veintidós años. Llevaba pantalón oscuro —repetía.
En algunos lugares les cerraron la puerta. En otros fingieron revisar listas. Una tarde, un funcionario cansado arrojó la fotografía sobre un escritorio.
—Si no está registrado, no podemos hacer nada.
Carmen recogió el retrato con la mano derecha.
—Entonces regístrelo como desaparecido.
—Señorita, no me venga a decir cómo hacer mi trabajo.
—Hágalo bien y nadie tendrá que decírselo.
Rafael nunca regresó. Tampoco apareció su cuerpo. Su plato permaneció durante años en la alacena. Aurora lavaba sus camisas aunque nadie las usara; Jacinto continuaba comprando el periódico que su hijo leía. La familia no pudo enterrarlo porque la ausencia no tenía ataúd, pero tampoco consiguió esperarlo sin destruirse un poco cada día.
Carmen aprendió a escribir con la derecha. Aprendió a abrocharse los botones, a cortar verduras, a sostener una taza y a peinarse con una mano incompleta. Lo que nunca aprendió fue a decir que Rafael había muerto. Para ella, aquella palabra necesitaba un cuerpo, una fecha cierta, una despedida. Su hermano no estaba muerto: estaba arrancado.
TRES DÍAS DEBAJO DE LA CIUDAD
Los años pasaron sin conseguir que 1968 se alejara. Jacinto murió con la fotografía de Rafael en la cartera. Aurora envejeció mirando la puerta cada vez que alguien subía las escaleras. Carmen estudió enfermería y comenzó a trabajar en una clínica del Centro Histórico. Eligió ese oficio porque, después de haber visto tanta sangre derramada para imponer silencio, necesitaba dedicar la vida a impedir que otras personas se vaciaran.
En 1985 tenía treinta y cinco años y seguía viviendo en Tlatelolco, ahora en el edificio Nuevo León. Compartía el departamento con su madre y con Lucía, su hija de nueve años, nacida de un matrimonio breve con un hombre que huyó cuando comprendió que amar a Carmen también significaba convivir con sus muertos.
Los vecinos habían formado una familia ruidosa. Estaba don Chucho, jubilado ferrocarrilero; la señora Meche, que prestaba azúcar y cobraba el préstamo en chismes; Julián el plomero, convencido de poder arreglar cualquier tubería con alambre; y Beto, un adolescente flaco que subía el volumen de la música hasta hacer temblar las ventanas.
—¡Bájale a tu escándalo, chamaco! —le gritaba Meche desde el pasillo.
—¡No es escándalo, doña Meche, es rock!
—¡Pues dile a tu rocanrol que pague mantenimiento!
Carmen los escuchaba discutir y sonreía. En aquellas peleas cotidianas había una forma de cariño. La ciudad podía ser dura, brutal, desmesurada; pero dentro de un edificio, entre puertas enfrentadas, la gente aprendía a sobrevivir compartiendo tortillas, cuidando niños ajenos y prestándose el último billete antes de la quincena.
La noche del 18 de septiembre, Lucía durmió con Aurora en casa de una tía. Carmen debía entrar temprano a la clínica y decidió quedarse. A las siete de la mañana con diecinueve minutos, mientras calentaba agua, la ciudad comenzó a rugir desde abajo.
Primero vibraron los vasos. Después las paredes emitieron un gemido profundo. Carmen se quedó inmóvil durante un instante, tratando de entender por qué el piso se movía como la cubierta de un barco.
Desde el corredor oyó a Julián:
—¡Está temblando! ¡Sálganse, banda, sálganse ya!
Abrió la puerta. La señora Meche apareció en camisón abrazando una imagen de la Virgen. Beto salió descalzo.
—¡No manchen, esto sí está grueso!
El edificio crujió.
Carmen reconoció aquel sonido. No porque lo hubiera escuchado antes, sino porque algunas tragedias tienen una voz común. Era el mismo bramido que había atravesado la plaza diecisiete años atrás: el anuncio de que la normalidad acababa de romperse.
—¡Por las escaleras! —ordenó.
No alcanzaron a llegar.
El suelo se inclinó. Una pared se abrió como una fruta madura. Carmen vio pasar frente a ella un refrigerador, una silla, la puerta de un armario. Después todo cayó. La ciudad se dobló sobre sí misma y el edificio Nuevo León descendió con sus cuartos, sus fotografías, sus camas todavía tibias y la vida completa de cientos de personas.
Carmen despertó en la oscuridad.
Tenía el cuerpo inmovilizado entre una losa y un mueble. Algo pesado le aprisionaba las piernas. Respiró y el polvo le raspó los pulmones. Intentó gritar, pero solo consiguió toser.
—¿Hay alguien?
Durante unos segundos no hubo respuesta. Después escuchó un gemido.
—Aquí… aquí estoy.
Era una niña. Carmen la conocía: Marisol, seis años, hija de los vecinos del piso superior.
—Soy Carmen. No tengas miedo.
—No veo nada.
—Yo tampoco. Pero puedo escucharte.
Más lejos, una voz masculina lanzó una maldición.
—¡Chale! ¿Quién apagó la ciudad?
Carmen reconoció a Beto.
—¿Estás herido?
—Creo que sí… pero todavía estoy guapo, ¿verdad?
—No puedo verte.
—Entonces sí. En la oscuridad todos mejoramos.
La risa de Beto terminó en un quejido. Aquel intento absurdo de bromear entre los escombros les devolvió por un momento algo parecido a la vida.
Carmen habló con ellos durante horas. Les pidió que no desperdiciaran fuerzas, que respiraran despacio y golpearan algún objeto cuando escucharan voces afuera. Con la mano derecha encontró una tubería; con la izquierda mutilada apenas podía tocar la superficie. Comenzó a golpear con una piedra.
Tres golpes. Pausa. Tres golpes.
Algunas veces les pareció escuchar movimiento sobre las ruinas. Entonces gritaban juntos. Después volvía el silencio, espeso y negro, y cada uno quedaba encerrado con su miedo.
Marisol preguntó por su madre.
—Está buscándote —respondió Carmen.
—¿Cómo sabes?
—Porque las madres siempre buscan.
Pensó en Aurora recorriendo hospitales durante años. Pensó en aquella espera que había envejecido su rostro. No quiso imaginar a su propia hija preguntando si ella regresaría.
Para distraer a Marisol le contó una historia sobre una princesa que vivía debajo de una ciudad. La niña debía encontrar una puerta secreta siguiendo el canto de los pájaros. Carmen inventaba mientras hablaba. Cada vez que su voz se quebraba, Beto intervenía.
—Oiga, enfermera, no le eche tanta crema a sus tacos. ¿Cómo va a haber pájaros bajo tierra?
—Es un cuento, Beto.
—Ah, bueno. Entonces póngale también un dragón, para que se ponga bueno.
—El dragón está dormido.
—Pues despiértelo, ¿no? Para eso pagamos boleto.
Marisol rio débilmente. Aquel sonido diminuto iluminó los escombros más que cualquier lámpara.
Pasó el primer día. La sed comenzó a convertirles la lengua en una piedra. Durante la noche —si era de noche, porque allí el tiempo no tenía cielo— Beto dejó de bromear. Confesó que había discutido con su padre y que llevaba dos días sin hablarle.
—Cuando salgamos, le voy a decir que no estaba tan menso como yo pensaba.
—Se lo dirás.
—Bueno, tampoco hay que exagerar. Le diré que nomás estaba medio menso.
Al segundo día encontraron una pequeña filtración. Carmen recogió gotas de agua en la palma derecha y humedeció los labios de Marisol, guiándose por su voz. Después le dio un poco a Beto. Ella se reservó apenas unas gotas.
—Tome usted —protestó el muchacho.
—Estoy bien.
—No se haga la heroína, doña Carmen. Aquí todos estamos igual de fregados.
—Precisamente por eso debemos repartirlo.
Beto guardó silencio y luego murmuró:
—Cuando salgamos le voy a invitar unos tacos.
—No como carne.
—Uy, pues así qué chiste salvarse.
La respiración de Marisol comenzó a debilitarse. Carmen le pidió que siguiera hablando. La niña contó que tenía un vestido amarillo, que en la escuela le gustaba dibujar casas y que quería un perro blanco. Luego preguntó si la princesa del cuento había encontrado la puerta.
—Todavía no.
—Apúrate.
Carmen continuó la historia. La princesa avanzaba entre piedras, llamando por sus nombres a quienes habían quedado atrás. Cada nombre se convertía en una luz. Con aquellas luces construía un camino.
—¿Ya la encontró? —preguntó Marisol.
—Ya puede verla.
—¿Hay sol?
—Mucho. Tanto que vas a tener que cerrar los ojos al principio.
—Qué bueno.
Poco después la niña dejó de contestar.
Carmen la llamó durante horas. Le prometió el perro blanco, el vestido amarillo, la puerta y el sol. Le juró que afuera su madre estaba esperando. Pero del otro lado de la piedra solo quedó un silencio pequeño, un silencio del tamaño de una niña de seis años.
Beto lloró sin hacer ruido.
—No diga que se murió —suplicó.
Carmen cerró los ojos.
—No lo diré.
En el tercer día escucharon golpes. Esta vez venían de arriba. Beto comenzó a gritar:
—¡Aquí estamos! ¡No se hagan patos, acá abajo estamos!
Carmen golpeó la tubería hasta sangrar. Respondieron desde la superficie. Horas después apareció una línea de luz. Fue tan delgada que parecía un hilo, pero para Carmen tuvo la intensidad de un amanecer entero.
Sacaron primero a Beto. Luego removieron la losa que aprisionaba a Carmen. Uno de los rescatistas la tomó de la mano izquierda y sintió los dedos ausentes.
—¿Esto le pasó en el derrumbe?
—No —respondió ella—. Esto me lo hizo la ciudad la primera vez.
Cuando la izaron, el sol le hirió los ojos. Escuchó sirenas, órdenes, llanto, motores, palas. Tlatelolco era una inmensa herida abierta. Aurora y Lucía corrieron hacia ella. Su madre se arrodilló para besarle la cara cubierta de polvo. Su hija se abrazó a su cintura con tanta fuerza que Carmen sintió cómo regresaba a su propio cuerpo.
Miró hacia los escombros.
—Falta Marisol.
Nadie respondió.
—Allá abajo falta una niña.
Y Carmen comprendió que había salido de las ruinas llevando otra ausencia entre los brazos.
LA MUJER QUE SE NEGÓ A ENTERRAR A SUS MUERTOS
Después del terremoto, Carmen pudo haberse marchado. Lucía le rogó que buscaran un lugar lejos de Tlatelolco. Aurora ya no soportaba los ruidos nocturnos: cuando pasaba un camión pesado despertaba llamando a Rafael; si un vaso vibraba, se protegía la cabeza.
Pero Carmen permaneció.
Durante el día ayudaba a curar heridos. Por las noches colaboraba con vecinos que elaboraban listas de desaparecidos, rescatados y muertos. Había aprendido que las tragedias se volvían todavía más crueles cuando alguien permitía que los nombres se convirtieran en cifras.
Beto sobrevivió con una pierna lesionada. Visitaba a Carmen apoyado en unas muletas prestadas.
—Ya ve, doña Carmen, quedé medio chueco, pero todavía doy batalla.
—Tú siempre has estado chueco.
—Eso sí. Nomás que ahora tengo certificado médico.
Años más tarde abrió un pequeño taller de reparación de radios. En la pared colocó un dibujo que Marisol le había regalado antes del terremoto: una casa amarilla, un perro blanco y un sol enorme. Nunca explicó a sus clientes por qué lo conservaba. Cuando alguien preguntaba, respondía:
—Es el plano de una casa que todavía no terminamos.
Aurora murió sin saber qué había ocurrido con Rafael. En sus últimos momentos confundió a Carmen con él. Le acarició el rostro y susurró:
—Ya llegaste, hijo. Te guardé comida.
Carmen no la corrigió. Se inclinó sobre la cama y contestó con la voz más grave que pudo:
—Sí, mamá. Ya regresé.
Aurora murió sonriendo, y Carmen sintió que aquella piadosa mentira había cerrado una puerta que permaneció abierta durante más de veinte años.
Lucía creció, estudió medicina y se marchó a vivir al sur de la ciudad. Nunca comprendió del todo por qué su madre insistía en asistir a marchas, reuniones de familiares y conmemoraciones. Una tarde le pidió que dejara descansar el pasado.
—No quiero que vivas rodeada de muertos.
—No vivo rodeada de muertos —respondió Carmen—. Vivo acompañada por personas a las que alguien quiso borrar.
—Pero tú sigues aquí.
—Precisamente por eso tengo que hablar.
Con los años, Carmen comenzó a visitar escuelas. Mostraba su mano izquierda sin dramatismo. Contaba que había perdido tres dedos cuando tenía dieciocho años y que aquella no era la peor pérdida de esa tarde. Luego enseñaba la fotografía de Rafael.
—Mi hermano no aparece en una tumba. No sé dónde terminó su cuerpo. Por eso debo pronunciar su nombre. Mientras alguien lo diga, no habrán conseguido desaparecerlo por completo.
También hablaba de Marisol, la niña que encontró una puerta de sol debajo de las ruinas. No contaba su muerte para provocar lástima, sino para impedir que el olvido le robara por segunda vez la existencia.
La ciudad envejeció junto con ella. Cambiaron edificios, automóviles, gobiernos y consignas. Llegaron nuevas generaciones a la plaza. Algunas no conocían los nombres; otras los llevaban escritos en mantas. Carmen caminaba lentamente entre ellas. Su cuerpo había quedado torcido por los días bajo los escombros, pero su voz conservaba una firmeza que ninguna bala ni ninguna losa había podido quebrar.
Una mañana de octubre, ya anciana, volvió sola a la Plaza de las Tres Culturas. Llevaba dos flores blancas. Depositó una donde había visto por última vez a Rafael. La otra la dejó junto a una grieta, en memoria de Marisol.
Beto, también envejecido, llegó apoyándose en un bastón.
—Sabía que la iba a encontrar aquí.
—Llegaste tarde.
—Ay, doña Carmen, uno ya no camina: negocia cada paso.
Se sentaron juntos. Durante unos minutos contemplaron a los jóvenes que cruzaban la plaza, riendo, enamorándose, discutiendo por asuntos que para ellos eran el centro del universo.
—¿Usted cree que sirvió de algo acordarse tantos años? —preguntó Beto.
Carmen observó su mano incompleta. Las cicatrices se habían aclarado, pero seguían allí, dibujando sobre su piel el mapa de un país que no había terminado de responder por sus muertos.
—Míralos —dijo, señalando a los muchachos—. Pueden caminar por esta plaza sin saber nuestros nombres. Eso es parte de la vida. Lo que no deben ignorar es que otros cayeron para que ellos pudieran cruzarla sin bajar la cabeza.
—Entonces sí sirvió.
—No lo sé. Pero olvidar habría servido a quienes quisieron borrarlos.
El viento levantó algunas hojas. Carmen creyó escuchar a Rafael riéndose con el Güero Molina, a Marisol preguntando si la princesa ya había encontrado la salida, a Aurora diciendo que todavía quedaba comida caliente. Todas sus ausencias se sentaron un instante junto a ella.
No lloró. Había dolores que, después de tantos años, ya no salían por los ojos. Se quedaban en los huesos, ayudando al cuerpo a mantenerse de pie.
Carmen se levantó con dificultad. Beto le ofreció el brazo.
—Vámonos, doña Carmen. Yo invito los tacos.
—Sigo sin comer carne.
—Después de tantos años y usted sigue empeñada en ponerle trabas a la felicidad.
Caminaron juntos. Detrás de ellos quedaron las dos flores, una plaza llena de pasos y la memoria respirando debajo de las piedras.
La ciudad había intentado sepultar a Carmen dos veces. Primero bajo los disparos. Después bajo toneladas de concreto. Las dos veces consiguió herirla, arrancarle pedazos, llenarle la vida de nombres que nadie pudo devolverle.
Pero no logró enterrarla.
Porque Carmen Robles había descubierto que sobrevivir no consistía solamente en continuar respirando. Sobrevivir era levantar la mano mutilada frente a quienes ordenaban silencio. Era llamar por su nombre al hermano sin sepultura. Era recordar a la niña que murió esperando el sol. Era impedir que las ruinas se cerraran sobre la verdad.
Y mientras conservó voz, Carmen siguió hablando.
No para vivir anclada al dolor.
Sino para que los muertos no tuvieran que defenderse solos.




7.- EL TRUENO DE LA NOCHE
Aurelio Reyes nació entre las flores de Xochimilco con unos pulmones capaces de despertar a los canales y pasó más de sesenta años convirtiendo las madrugadas de Garibaldi en un territorio donde nadie tenía derecho a permanecer triste. Trompetista, enamorado incorregible, protector de músicos hambrientos y fabricante de parrandas legendarias, gastó fortunas de un día, sobrevivió a dos puñaladas, amó a tres mujeres extraordinarias y tocó lo mismo para grandes figuras que para el hombre pobre que solamente podía pagarle con un taco. Cuando la vejez intentó retirarlo de la música, todo aquello que Aurelio había regalado regresó para demostrarle que una vida también puede medirse por el número de personas a las que hizo cantar.
LA TROMPETA QUE DESPERTÓ A LOS CANALES
La primera trompeta de Aurelio Reyes fue un embudo amarrado con alambre a un pedazo de tubo. Se la fabricó don Teófilo, su padre, después de sorprenderlo por quinta vez soplando dentro de una regadera para imitar a los mariachis que recorrían los canales de Xochimilco. El artefacto no tenía pistones, boquilla ni la menor posibilidad de producir música, pero Aurelio lo levantó como si acabaran de entregarle un instrumento de oro.
—A ver, músico —le dijo su padre—, échate una.
El niño llenó los pulmones y soltó un bramido espantoso. Las garzas salieron volando, un perro comenzó a ladrar desde la otra orilla y Remedios, su madre, dejó caer un manojo de alcatraces para agarrarse el estómago de la risa.
—¡Ay, Teófilo! Nos salió trompetista, pero de los que anuncian el fin del mundo.
—No sean gachos —protestó Aurelio—. Apenas estoy calentando.
—Pues calienta menos, muchacho —respondió su padre—. Nos vas a cocer las lechugas.
Aurelio tenía nueve años y unos pulmones desmesurados para su cuerpo flaco. Podía permanecer debajo del agua más que los otros niños, gritar de una chinampa a otra sin quebrarse la voz y apagar las veladoras desde una distancia que Remedios consideraba una falta de respeto a los santos. Sin embargo, fue una tarde de domingo cuando descubrió para qué quería utilizar todo aquel aire.
Desde una trajinera llegó el sonido de una trompeta. No parecía música hecha por un hombre, sino un relámpago que hubiera aprendido a cantar. La nota se extendió sobre el agua, acarició las flores, trepó por los ahuejotes y entró en el pecho de Aurelio para quedarse allí.
El muchacho corrió detrás de la embarcación. Saltó zanjas, derribó una cubeta y atravesó una parcela recién sembrada hasta que don Tranquilino Márquez, el trompetista, pidió al remero que se detuviera.
—¿Qué onda, escuincle? ¿Vienes siguiéndonos?
—Quiero tocar.
—¿Qué cosa?
—La trompeta.
—Ah, bueno. Yo pensé que querías tocar la trajinera. Pues súbete, pero si la tiras al agua te vendo para comprar otra.
La primera nota de Aurelio sonó como un cerdo atorado en una puerta. Los pasajeros soltaron la carcajada. El remero, un hombre gordo al que todos llamaban el Cañas, casi perdió el equilibrio.
—¡No inventes, chamaco! Eso no fue música. Fue un pato pidiendo que lo remataran.
Aurelio limpió la boquilla con la camisa.
—Espéreme tantito. Hasta los patos tienen derecho a ensayar.
La respuesta le gustó a don Tranquilino. Desde entonces comenzó a enseñarle a cambio de que cargara los instrumentos, barriera la trajinera y le consiguiera tortillas con chile para soportar las jornadas. Aurelio practicó durante siete años. Primero con el tubo construido por su padre; después con una corneta abollada y finalmente con la trompeta de don Tranquilino, que se la dejó al morir.
Para entonces, don Teófilo ya no se burlaba. Los domingos interrumpía el trabajo para escuchar a su hijo tocar. No decía que se sentía orgulloso porque algunos padres de su tiempo creían que el orgullo debía esconderse para no echar a perder a los hijos. Sin embargo, construyó una caja de madera para proteger el instrumento y grabó en la tapa las iniciales A. R.
Cuando Aurelio cumplió diecisiete años, decidió probar fortuna en Garibaldi. Remedios le preparó tortillas, frijoles y un taco de sal para el camino, aunque apenas tendría que atravesar la ciudad. Para ella, el Centro estaba tan lejos como otro país.
—No vayas a andar de borracho —le advirtió.
—No, mamá.
—Ni de enamorado.
—Tampoco.
—Ni de pleitista.
—Menos.
Don Teófilo soltó una risa.
—Déjalo, mujer. Si le quitas eso, ¿a qué va a Garibaldi?
Aurelio llegó a la plaza cuando comenzaban a encenderse las luces. Había mariachis recargados en los arcos, boleros cerrando sus cajas, vendedores de flores, parejas reconciliándose a gritos y hombres solitarios buscando una canción que les ayudara a terminar de romperse. En medio de aquella multitud, Aurelio sintió que la ciudad respiraba con sus pulmones.
Anselmo Bermúdez, el Chato, fue el primero en acercarse. Era violinista, pecoso, flaco de piernas y ancho de conversación.
—¿Qué pasó, mi chavo? ¿Te perdiste o vienes disfrazado de músico?
—Vengo a trabajar.
—¿Y qué sabes tocar?
Aurelio levantó el instrumento.
—Eso ya lo estoy viendo, mano. Te pregunté si sabes tocarlo.
Aurelio respondió con una nota larga, clara y poderosa. El bullicio disminuyó. Algunos músicos voltearon. El Piojo Ledesma, un guitarronero tan pequeño que parecía cargar una casa sobre el vientre, se quitó el sombrero.
—Ora sí, Chato. El provinciano trae más aire que tú cuando debes la renta.
—Soy de Xochimilco.
—Para nosotros, todo lo que está después de Taxqueña ya es provincia —sentenció el Chato.
Aquella noche Aurelio consiguió su primer trabajo. Tocaron para una mujer llamada Josefina, pero se equivocaron de ventana y despertaron a otra Josefina casada con un carnicero celoso. El hombre salió empuñando un cuchillo y los persiguió hasta la plaza.
—¡Te dije que era la ventana de la derecha! —gritó el Chato mientras corrían.
—¡Dijiste la de las cortinas verdes!
—¡Todas las cortinas se ven verdes con esa luz, animal!
—¡Pues párate a explicárselo al señor del cuchillo!
Escaparon sin cobrar, pero Aurelio comprendió que había encontrado a su gente. Durmió durante varios meses en la trastienda de una cantina, compartiendo una cobija con el Chato y utilizando el estuche de la trompeta como almohada. Hubo días en que los tres músicos reunían sus monedas para comprar una torta.
—Yo la parto —decía el Piojo.
—Ni loco —respondía el Chato—. La última vez te salió una mitad del tamaño de tu guitarrón y otra como estampita.
—Es que tengo problemas de perspectiva.
—Tienes problemas de hambre, gandalla.
Aurelio se reía incluso cuando le dolía el estómago. Descubrió que la pobreza era menos humillante cuando había alguien dispuesto a burlarse de ella y repartir lo poco que tenía. Desde entonces, si alguno conseguía trabajo, comían todos. Ningún músico cercano a Aurelio volvió a dormirse con hambre mientras él tuviera una moneda en el bolsillo.
LAS TRES MUJERES QUE APRENDIERON A REÍRSE DEL MISMO HOMBRE
Soledad Mendoza, a quien todos llamaban Chole, servía comida en la cantina donde Aurelio dormía. Lo conoció una tarde en que el joven llevaba dos días sin probar bocado y contemplaba una cazuela de frijoles con una devoción casi religiosa.
—¿Tienes hambre?
—No. Estoy admirando el paisaje.
—Pues el paisaje trae tortillas. Siéntate antes de que te desmayes adentro de la olla.
Chole le dio de comer, le cosió los botones del traje y comenzó a guardar para él los mejores tacos. Aurelio le llevaba flores sobrantes de las serenatas y le tocaba canciones cuando terminaba de limpiar la cocina. Se enamoraron entre platos despostillados, mesas llenas de botellas y madrugadas que olían a cebolla, perfume barato y promesas.
Cuando la trompeta heredada de don Tranquilino dejó de responder, Chole vendió unos aretes y completó el dinero para comprarle otra.
—Te los voy a pagar.
—No quiero dinero.
—¿Entonces qué quieres?
—Que cuando te vuelvas famoso no digas que aprendiste solo.
—Voy a decir que una mujer hermosa descubrió mi talento.
—No seas hocicón. Di que una cocinera te salvó de morirte de hambre.
Aurelio y Chole permanecieron juntos casi seis años. Se amaron mucho, pero deseaban vidas diferentes. Ella quería abrir su propia fonda; él pretendía conocer todas las noches de la ciudad. Cuando se separaron no hubo engaño ni abandono. Chole se quedó con la cama, Aurelio con la trompeta y ambos conservaron una amistad que duraría toda la vida.
Con el tiempo, Chole abrió La Desvelada, una fonda donde se alimentaban músicos, taxistas, policías, enamorados derrotados y periodistas que salían demasiado tarde. Aurelio comió allí centenares de veces sin pagar.
—Me debes ciento ochenta comidas —le recordaba ella.
—Apúntamelas.
—Ya no caben en la libreta.
—Entonces quiere decir que prescribieron.
—Lo que va a prescribir es tu trompeta cuando te la rompa en la cabeza.
Amparo Vélez fue distinta. Cantaba con una voz áspera que parecía provenir del fondo de una botella y poseía un carácter capaz de vaciar una cantina sin ayuda. La primera vez que Aurelio intentó acompañarla, ella se detuvo a mitad de la canción.
—Oye, trompetista, ¿vas a tocar conmigo o quieres taparme la voz?
—No sabía que se pudiera tapar semejante trueno.
—¿Me estás diciendo gritona?
—Te estoy diciendo inolvidable.
Esa noche terminaron besándose detrás de una columna. Su amor fue ruidoso, alegre y competitivo. Se retaban para ver quién podía sostener durante más tiempo una nota, improvisaban versos sobre los clientes y convertían cualquier presentación en un duelo. Amparo no quería una casa ni esperaba que Aurelio cambiara. Soñaba con recorrer el país cantando.
Cuando recibió una oferta para salir de gira, fue Aurelio quien la ayudó a preparar las maletas.
—¿No me vas a pedir que me quede?
—¿Para qué? Si te quedas por mí, en un mes me vas a odiar.
—¿Y si me voy?
—Vas a regresar cantando mejor.
Amparo lo besó con lágrimas en los ojos.
—Eres un desgraciado bastante decente.
—No lo vayas contando. Me arruinas la reputación.
Años después volvieron a encontrarse. Ella ya era una cantante respetada; él se había convertido en uno de los trompetistas más queridos de Garibaldi. Cantaron juntos como si el tiempo hubiera estado esperando aquella noche para continuar.
Mercedes Alcántara llegó durante la madurez de Aurelio. Era viuda, vendía flores y poseía un sentido del humor tan tranquilo que desarmaba cualquier fanfarronería.
—¿Cuánto cuesta una rosa? —preguntó Aurelio.
—Para ti, el doble.
—¿Por qué?
—Porque primero la compras y luego se la regalas a otra.
Mercedes no intentó domesticarlo. Aprendió los nombres de sus compañeros, atendía a los músicos enfermos y organizaba colectas cuando alguno moría sin dinero para el entierro. Cada noche colocaba una flor dentro del estuche de Aurelio: una gardenia si había tocado bien, un clavel si había estado regular y una rama sin flores cuando desafinaba.
Ella se convirtió en su compañera definitiva. Junto a Chole y Amparo formó una alianza que Aurelio llamaba, con respetuoso temor, “el sindicato”. Las tres coincidieron por primera vez en el cumpleaños cincuenta del trompetista. Él había prometido llevar a Chole a cenar, acompañar a Amparo en una presentación y bailar con Mercedes en Xochimilco durante la misma noche.
—Yo puedo cumplir con todo —afirmó.
El Chato lo miró con lástima.
—Tú puedes correr, mano. Cumplir ya quién sabe.
A las nueve, las tres mujeres aparecieron juntas en Garibaldi.
—¿Qué onda, campeón? —preguntó Chole—. ¿También te clonaron?
—Puedo explicarlo.
—No hace falta —dijo Mercedes—. Nosotras ya nos organizamos.
—¿Para qué?
Amparo levantó una ceja.
—Para celebrar tu cumpleaños sin ti.
Se marcharon riéndose y lo dejaron rodeado por sus compañeros.
—Qué gachas —murmuró Aurelio.
—Gacho tú —respondió el Piojo—. Ellas nomás te administraron la desgracia.
Aurelio salió tras ellas con todo el mariachi. La cena, la presentación y el baile terminaron convertidos en una sola fiesta que comenzó en Garibaldi y terminó al amanecer sobre una trajinera. Chole preparó enchiladas, Amparo cantó, Mercedes bailó con él y los canales devolvieron la música como si debajo del agua hubiera otra ciudad celebrando.
Esa fue la especialidad de Aurelio: transformar el contratiempo en parranda. Una vez tocó gratis en la boda de un barrendero porque el novio había sido estafado por otro grupo. En otra ocasión, organizó una serenata para una anciana que cumplía cien años y llevaba tres décadas sin escuchar música en su ventana. También empeñó sus zapatos para pagar el entierro de un desconocido y tocó descalzo durante todo el cortejo.
—¿No te da pena andar así? —le preguntó el Chato.
—Pena sería dejar que el difunto llegara solo.
—Sí, pero después vamos por tus zapatos.
—Si todavía están.
—Con esas patas, el del empeño te va a cobrar por devolvértelos.
Aurelio recibió su primera puñalada al impedir que unos borrachos golpearan a un mesero. La segunda llegó varios años después, cuando defendió al Piojo durante una riña que comenzó porque alguien se burló de su estatura.
Mercedes lo encontró en el hospital y contempló el vendaje.
—¿Otra vez te picaron?
—Esta fue más chiquita.
—Qué considerados. La próxima vez pídeles que te maten despacito para que no interrumpan la fiesta.
—No me voy a morir.
—Claro que no. El infierno no tiene presupuesto para mantenerte.
Aurelio sobrevivió. Regresó a Garibaldi todavía adolorido y tocó con tal fuerza que reabrió la herida. Mercedes lo llevó nuevamente al hospital mientras el Chato caminaba detrás cargando la trompeta.
—Este hombre no entiende —se quejó ella.
—Sí entiende —respondió el Chato—. Nomás que obedece puras tarugadas.
LA PARRANDA QUE HIZO AMANECER DOS VECES A LA CIUDAD
La vejez no llegó de golpe. Primero les robó velocidad a los dedos. Después le fue acortando el aire y, finalmente, le quitó varios dientes, indispensables para sostener la boquilla. Una noche, frente a una pareja recién casada, Aurelio intentó alcanzar una nota que había dominado durante toda su vida. El sonido salió quebrado.
Nadie se burló. Eso fue lo que más le dolió.
Los músicos bajaron los ojos y el Chato continuó la melodía con el violín. Aurelio terminó la serenata, guardó el instrumento y anunció que tenía sueño. Durante varias semanas dejó de aparecer por Garibaldi.
No estaba arrepentido de su vida ni perseguido por fantasmas. Tenía miedo. Desde los nueve años había sido el hombre de la trompeta. Si ya no podía tocar, no sabía quién quedaba detrás del silencio.
Mercedes lo encontraba sentado junto a la ventana, moviendo los dedos sobre las rodillas.
—Puedes seguir dirigiendo al grupo.
—Yo no quiero dirigir.
—Puedes enseñar.
—Los muchachos tocan mejor que yo.
—Entonces puedes escucharlos.
—Eso es lo peor. Los escucho y sé exactamente dónde debería entrar mi trompeta.
Chole comenzó a mandarle comida. Amparo regresó a la ciudad. El Chato, ya encorvado y con las rodillas vencidas, aparecía todas las tardes.
—Vamos a la plaza.
—No tengo ganas.
—Nadie te preguntó si tenías ganas. Te estoy avisando para que te pongas pantalones.
—Traigo pantalones.
—Pues parecen pijama, mano. Así no puedes salir. Hasta la tristeza exige cierta presentación.
Mientras Aurelio se encerraba, sus amigos prepararon la última gran trastada. Localizaron a un dentista cuyo padre había sido mariachi y consiguieron una prótesis especial. Reunieron músicos, vendedores, cantineros, boleros, taxistas, cocineras, antiguos clientes y familias completas. Amparo convocó a los cantantes. Chole preparó comida para un ejército. Mercedes llenó de flores varias trajineras.
El Chato llegó una tarde al cuarto de Aurelio.
—Tenemos trabajo.
—Ya no toco.
—Qué bueno, porque el cliente pidió uno que no sepa. Te queda perfecto.
—No estés fregando.
—Ándale, Trueno. Si no vienes por las buenas, llamo a las señoras.
Aurelio palideció.
—Eso es abuso de autoridad.
Cuando llegaron a Garibaldi, cientos de personas aguardaban. Aurelio reconoció al barrendero cuya boda había salvado, ahora acompañado por sus hijos; a la mujer que recibió una serenata por sus cien años, convertida en fotografía sostenida por una nieta; a meseros, músicos jóvenes y viejos compañeros. Sobre una mesa descansaba la trompeta de don Tranquilino, restaurada y reluciente.
—¿Qué es todo esto? —preguntó.
—Tus deudas —contestó Chole—. Como nunca pudiste pagarlas, venimos a cobrártelas cantando.
El recorrido comenzó en la plaza. Los músicos avanzaron por las calles del Centro mientras la gente se sumaba. Algunos no sabían quién era Aurelio, pero seguían la música. Los automovilistas tocaban el claxon, los vendedores bailaban detrás de sus puestos y los policías terminaron abriendo paso a aquella procesión sin santo y sin permiso.
—¿Quién autorizó esto? —preguntó un agente.
El Piojo ya había muerto, pero su hijo, igual de pequeño y cargando el mismo guitarrón, respondió:
—La necesidad, jefe.
—¿Necesidad de qué?
—De echarnos una buena antes de que se acabe el mundo.
Llegaron a Xochimilco al caer la noche. Las trajineras estaban cubiertas de flores. Don Teófilo y Remedios ya no vivían, pero habían alcanzado a ver a su hijo convertido en músico y a disfrutar muchas de sus fiestas. No había culpa en aquel regreso. Había gratitud. Aurelio no volvía a pedir perdón a la tierra: regresaba para llevarle todo el ruido que había cosechado lejos de ella.
Mercedes le entregó la prótesis.
—Póntela.
—¿Y si no puedo?
—Entonces desafinas con dignidad.
Aurelio acomodó la boquilla. La primera nota salió áspera y torcida.
—No estuvo tan mal —dijo el Chato.
—Sonó horrible.
—Sí, pero gratis hasta Pavarotti desafinaba.
Las carcajadas corrieron de trajinera en trajinera. Aurelio respiró nuevamente. Recordó al niño del embudo, al joven hambriento, a Chole alimentándolo, a Amparo desafiándolo desde un escenario y a Mercedes colocando flores dentro del estuche. Pensó en todos los músicos que habían compartido con él una torta, una deuda, una serenata y un amanecer.
Volvió a soplar.
Esta vez, la trompeta respondió.
El sonido cruzó sobre el agua con la fuerza del primer día. Los mariachis levantaron sus instrumentos. El Chato tocó sentado porque las rodillas ya no le permitían sostenerse. Amparo comenzó a cantar. Chole bailó con el cocinero de La Desvelada y Mercedes tomó a Aurelio de la cintura cuando terminó la primera pieza.
Las trajineras cercanas se unieron. Los remeros golpearon el ritmo con sus pértigas. Los niños brincaron, las parejas giraron y hasta los viejos que habían jurado no bailar se pusieron de pie. Xochimilco entero parecía balancearse sobre el agua.
—¿Cuántas canciones te quedan, Trueno? —gritó un joven músico.
Aurelio levantó la trompeta. Tenía los ojos húmedos, pero la sonrisa intacta.
—Las suficientes para que al sol le dé vergüenza salir sin pedirnos permiso.
Entonces comenzó “El son de la Negra”.
La música no convocó a los muertos ni vino a absolver pecados. Celebró a los vivos. A Chole, que alimentó generaciones de músicos; a Amparo, que había recorrido el país con su voz; a Mercedes, que convirtió las flores en una manera de acompañar; al Chato, al Piojo, al Costuras y a todos los hombres que habían aprendido a dividir una torta sin partir la amistad.
Aurelio comprendió que no había dilapidado sus fortunas. Las había transformado. El dinero gastado se convirtió en entierros acompañados, músicos alimentados, parejas reconciliadas, cumpleaños salvados y desconocidos que durante una canción dejaron de sentirse solos. No tenía propiedades ni cuentas bancarias, pero había invertido su vida en la memoria de los demás.
La fiesta continuó hasta el amanecer. Cuando la primera claridad apareció sobre los canales, nadie dejó de tocar. Las trompetas respondieron al sol con una fuerza desafiante. Parecía que la ciudad había amanecido dos veces: una por obligación del cielo y otra por voluntad de los músicos.
El Chato se acercó a Aurelio.
—Ya párale, carnal. Te vas a quedar sin aire.
—¿Y para qué quiero guardarlo?
—Para mañana.
Aurelio miró las flores, las trajineras y las caras iluminadas de quienes todavía bailaban.
—Mañana que respire otro. Este aire ya tiene canción.
Levantó nuevamente la trompeta. El sonido salió herido por la edad, pero lleno de una alegría indomable. No era la nota perfecta del muchacho que llegó a Garibaldi. Era algo mayor: el aliento de una vida entera atravesando el metal.
Aurelio Reyes no derrotó al tiempo permaneciendo joven. Lo venció consiguiendo que la vejez también aprendiera a bailar.
Y aquella mañana, mientras las flores se inclinaban sobre los canales y Garibaldi parecía extenderse hasta Xochimilco, el Trueno de la Noche siguió tocando, no porque temiera al silencio, sino porque todavía quedaba demasiada vida esperando su canción.
(By Notas de Libertad).





























